Linda Barrón*

 

La línea ondulante de hojas, granos y semillas avanzaba con lentitud bajo el sol ardiente. Las hormigas obreras, diminutos titanes del bosque. Cargaban el estigma de su especie servil. Tres veces su propio peso soportaban sus cuerpos frágiles.

Los guardianes de curvas mandíbulas vigilaban la línea sin desmayo, atrás, adelante, animando la marcha del ejército acaparador, amenazando siempre con el ataque enemigo para aligerar el paso.

Carlos Monsiváis

 

Era una santa, así la considerábamos, y eso mostraba en su conducta. No le tenía miedo a la pobreza y la enfermedad, sufría cuando no sufría. Por eso todos protestamos cuando se le llevó a la cárcel. ¡Era una infamia! Esa mujer era sólo el bien, era llama de amor puro. La policía insistió: ella había envenenado a doce viejitas a quienes obligó a testar en su favor.

Gerardo Horacio Porcayo

 

I

Inicio el grito mucho antes, apenas el viejo aroma golpeó sus fosas nasales y arrancó el olvido las sensaciones de vértigo.

Todavía se detuvo en la despedida. Sus hombres, aún más añejos que él mismo, sorteaban los sentimientos bajo extremos de nostalgia y sorpresa ambigua.

–Es lo que siempre fuiste, bwana –dijo uno, cuyo nombre ya no era capaz de recordar. Sólo su mujer siguió sus pasos a través de la espesura. Las bandas metálicas de su silla de ruedas arrancaron hierbajos y hojas podridas del suelo. Sus cabellos, antes rubios y sedosos, flotaban enmarañados y cenicientos bajo el impulso motorizado.

Bárbara Jacobs

 

Mi libro favorito no es todavía un libro, sino que empieza por ser un cuento dentro de un libro que se llama Trois contes, de Flaubert. La idea de Trois contes me gusta y, sí un día me animo a imitar a mi vez a Gertrude Stein, escribiré mis Three Lives como ella, por Flaubert, pero las escribiré como to, por ella y por Flaubert, y las llamaré Tres historias, por ejemplo. La idea de Trois contes y la de Three Lives, que es la misma idea, me atrae, decía, pero cuento, la vida, que llamaría mi favorita de esas ses historias, es “Un coeur simple”, de Flaubert, y en segundo lugar “The Good Ana”, de Gertrude Stein.

Patricia Laurent*

 

Una llaga apareció en el frenillo. Un ojo oriental que soma vigilador a través de un túnel rojo, como un faro en busca de sanar la aburrición.

Regreso de la ventana. Ella todavía duerme en la misma posición, mal cubierta con mi sábana. Sus piernas están rojas de sol y su espalda llena de ámpulas, algunas vacías donde empieza a despellejar. Su respiración chacualea en flemas que suben y bajan por el tubo de la garganta.

Me acomodo en cuclillas a su lado y levanto, cuidadosamente una esquina de la sábana para ver la división de sus nalgas, verdosa y grasienta. Poso la yema del dedo índice por la raya. Me llevo el dedo a la nariz, después lo chupo. Jugos naturales.

Carmen Boullosa

 

Es de noche en los bosques de Santo Domingo. Las moscas de fuego iluminan a dos perros acostados sobre el cuerpo de un chico. Su cuerpo está helado y los fieles animales procuran regresarle el calor con su proximidad. Cuidan de no tocarle la cabeza y de no movérsela. Lamieron ya la sangre que escurriera de las heridas.

Francesca Gargallo

 

Sucedía que, al despertar con un amante, experimentaba una náusea repentina y, antes de que el hombre o la mujer con quien había dormido pudiera ofrecerme el desayuno, yo huía hacia mi casa. Entonces recordaba otras mañanas, las muy tristes en que volvía del tribunal donde dictaminaban un divorcio que ni mi marido ni yo habíamos querido, y las muy alegres de una juventud que duró hasta entrados los cuarenta años.

Elena Poniatowska

 

De los pretendientes, el que más inquietaba a Weston era Xavier Guerrero con su mutismo, su casi displicencia. No hacía sino mirarla, nunca decía una palabra, ni siquiera se movía. No bailaba y Weston sólo captó una mueca despectiva del día en que él se vistió de mujer en la fiesta en casa de los Salas y empezó a contonearse. No, no eran macho como él, Dios me libre, ni ostentaría jamás una pistola ni un traje de charro. –Qué mariachis tan exhibicionistas, los muralistas, qué machismo el suyo! Para hacerlo rabiar se acercó a Guerrero: “¿Me permite esta pieza?” El ídolo lo miró indignado y al poco rato se fue para su casa. “Qué hombre tan cerrado, no es un hombre, es una piedra.” “Sí, pero muy bien tallado”, le contestó Tina.

Augusto Monterroso

 

Sí, pero cuando en 1944 llegué a México era entonces, cuando la vida comenzaba, con una prolongación de la Europa en guerra. Quiero decir que había aquí ya tantos refugiados españoles, checos, alemanes, lituanos, húngaros, rusos, etcétera, que aquel dolor, en apariencia remoto, podía tocarse literalmente con la mano cada vez que uno estrechaba ña de uno de ellos, cosa que pasaba a cualquier hora del día o de la noche, en cualquier casa y casi en cualquier calle.

Aline Petterson

 

El hombre levanta la vista de los papeles. Lleva tantas horas inmerso en la batalla. Está mareado. Tantos héroes. Tantos muertos. Tanto tiempo, Tantos años viviendo historias. La espalda le duele, las letras se le mezclan, los nombres se le olvidan. Hay un escudo… El mundo fraguado en una rodela de triple cenefa brillante y reluciente, con una abrazadera de plata. Dos ciudades de hombres dotados de palabras. Él también está dotado de palabras que se le secan en la garganta. Unas bodas. Unos ejércitos. Jóvenes entre viñas de oro sostenidas por varas de plata. Doncellas que danzan. En la orla del sólido escudo, la poderosa corriente del río Océano. ¿Hace cuánto que estuvo frente al mar? La cabeza le zumbaba como enjambre libador de dulce miel. Quién fuera Aquiles, el de los pies ligeros. El que tiene en su poder la historia.

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