Óscar de la Borbolla

 

Estaba tan harto de la vida que decidió pegarse un tiro: tomó un diúrex y como sabía de oídas que los tiros infalibles se pegan en la sien, ahí se pegó una bala calibre 22 con todo y casquillo. Fue un momento de gran excitación, con la mano temblorosa se llevó el proyectil al lugar preciso, cortó con los dientes el primer pedacito de diúrex, presionó para adherírselo sobre la punta de la ceja y el pelo de la patilla, y en seguida se colocó una segunda tira, una tercera y hasta una cuarta. Cuando por fin pudo sacudir la cabeza sin que la bala cayera supo que el tiro estaba bien pegado, respiró hondo con un enorme alivio. Suicidarse no era para tanto, ni siquiera dolía.

Iliana Vargas

 

Una historia que no debía existir. La torre de San Petersburgo construida por enanos en busca de miles de terrones de oro. O la tierra de los hombres que sólo comen musgo. O las princesas que se acuestan pensando en los dolores de su mandíbula y en la hinchazón de sus vientres a causa de la infertilidad que se expande como un feto de seis meses. Una historia que ni siquiera valga la pena ser imaginada. No burlada ni negada ni malversada, ni siquiera planteada por la mente más ociosa y aburrida de cualquier ciudad o pueblo o terruño. Una historia sin personajes, sin materia para degustar, sin cielos estremecidos, sin paisajes por descubrir. Una historia que no nazca del sentido común y que no encuentre sentido en ningún sitio más que en el que le fue dado en su nacimiento… A eso me suena la historia que me contaste, Bulmaro. Pero, Óscar, lo dices como si yo la hubiera inventado, y en realidad sólo la aprendí de memoria para explicarte que puede escribirse algo así, bello y sin sentido. Escucha, voy a decirte la segunda parte:

Alain Derbez

 

(a Ricardo Fritz, a Carlos Chimal, a Marcela Capdevilla)

 

Imagino un falo péndulo lleno de campanadas y dos negras vestidas a la usanza antigua.

Imagino que ríen de lo que imagino ahora que con el negro entran a la casa. Me imagino que sus risas se alargan, ascienden entre distintas tonalidades e inundan toda la habitación. Los muros, las risas y los cantos los blancos dientes. No hay cifrado que encierre esos sonidos ni escrito que puede detectarlos: agua derramada el tiempo que gotea y el péndulo que lleva el ritmo: el péndulo y el blues tic tac, tic tac: el péndulo, y el blues el miembro como de chango que cuelga de la imagen que Cortázar me dio de Johnny Carter. El ritmo todo lo satura.

Óscar Alarcón Travolta

 

Puta. Mi madre dice que es puta.

Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta. Y me dice que no me le acerque, que corra si intenta abrazarme. Su imagen me ronda la cabeza. Doña Graciana recorre la calle pepenando el desperdicio, busca botellas de plástico, utiliza el cartón para forrar las paredes de su cuarto para no pasar fríos.

Margo Glantz

 

¡Mira, nomás!, te digo. Y tú miras. Al lado se han sentado. Ella es alta, rubia, bien vestida. Lleva, como debe de ser, el suéter colocado en el cuello como si fuera pañuelo, por si las dudas, ahora que es verano y que el tiempo parece invernal, pero a lo mejor, de repente, nos sale el sol o cae la lluvia de nuevo, y hace fresco, y además es elegante.

Édgar Omar Avilés

 

22 de mayo de 1820, Cd. de Valladolid

Magnolia, dueña de mis suspiros:

Pienso en ti. Aquí, frente al escritorio donde he redactado tantos versos a nuestros amores, a la luz de una vela que proyecta quimeras que crepitan con el fuego, pienso en ti, te imagino concentradamente hermosa frente al telescopio estudiando las estrellas y me haces fuerte para la batalla que es mía y de toda la humanidad. Mi siniestra sostiene uno de los recios puros que me regalaste, y mi diestra, la pluma de ganso con la que te escribo esta carta. Carta que desconozco si su destino será que tú la leas o si será interceptada por ellos.

Luis Zapata

 

En la noche, aunque todos estábamos cansados, el Rengo propuso que fuéramos a un burdel para brindar por nuestro triunfo. Un poco porque era algo que había que celebrar y otro poco por la costumbre, aceptamos. Todos nos sentíamos muy contentos, especialmente el Guacho y el Botas, que a saber qué diablos les había picado: se palmeaban los hombros, decían más chistes que otras veces y se les veía la cara como recién lavada. El fresco de la noche nos había reanimado, y la sensación de estar, el sabernos, en otra ciudad, ya sin preocupaciones y a punto de emborracharnos, nos llenaba de chispitas el pecho y el estómago.

José Manuel Ríos Guerra

 

Édgar y yo íbamos a una fiesta en casa de Cristian. Era la medianoche de un miércoles y yo estaba muy cansado; pero me prometieron que iba a ser una fiesta única, en donde conocería cosas nuevas. Yo pensaba que no había nada nuevo bajo el sol, que ya todo estaba visto, pero me equivocaba.

En el camino noté varios espectaculares donde aparecía la cara sonriente de Penélope Cruz.

            —Esta vieja me está siguiendo —dije.

            —¿Quién?

            —Penélope Cruz.

            —¿Eres estúpido o tus papás son primos? Es claro que me está siguiendo a mí.