Un papel en los hechos

Un papel en los hechos



Por Guillermo Martínez Wilson



San-Sin abrió distraído el sobre sin remitente y de inmediato se recriminó por su
torpeza. Era una carta corriente sin volumen, fue un acto inconsciente, pero
existían estrictos protocolos y disposiciones con relación a paquetes y
documentos. Ante cualquier sospecha se debía solicitar la intervención del
Departamentos Especial de la Policía Antiterrorista. En el último tiempo los
opositores al régimen con una creatividad cada vez más renovada, mantenían a
los dirigentes en vilo. San-Sin con la carta ya abierta se la llevó a la altura de la
frente dándose pequeños golpecitos por su torpeza, en actitud de lamentación,
pero a la vez alegre de no haber saltado en pedazos. La señorita Li-Sun lo
observaba desde su escritorio, hacía un tiempo que compartían la oficina de
recepción; y dejando en silencio su máquina de escribir, le preguntó ¿Camarada
San-Sin le ocurre algo? Lo veo pálido y está poco comunicativo esta mañana.
No, no es nada señorita, solo recordé algo que sucedió anoche. Luego pensó en
el instante preciso cuando distraídamente abrió el sobre; no se escuchaba el
estúpido sonido del teclear de la máquina. Eso significaba que ella lo había visto
cuando rasgó el sobre.

La muchacha había llegado como ayudante y secretaria hacía dos meses, se
rumoreaba que era protegida del doctor Sin-Yutan, filólogo y gran calígrafo del
Departamento. Los trabajos en un lugar como este eran apetecidos y quien estaba
en esa posición era envidiado. No habían pasado ni quince días cuando todo el
personal celebró con un pequeño ágape la incorporación de la nueva y bella
secretaria al Partido Institucional. San-Sin entendía que su descuido y el haber
sido descubierto, podía significar un inminente motivo de despido o traslado.

Miró a la señorita Li-Sun con su mejor sonrisa y excusándose le dijo –Lo abrí
porque es un simple sobre, no sé de dónde viene. Li-Sun se levantó del escritorio
y se puso frente al afligido San-Sin, que se apresuró en terminar de abrir el sobre
y sacar las dos cuartillas en fino papel y otra hoja más tosca con unos extraños
signos dibujados. Se las entregó a la bella mujer, de la que ahora él sospechaba;
era ella una espía o pequeña informante del gobierno, que lo haría perder todo.
La joven extendió los papeles sobre el escritorio del asustado San-Sin, que
observó sus finas y largas uñas de un rojo vivo, igual al de las cortesanas
del antiguo régimen, que ellos los trabajadores, habían logrado erradicar.

Ella con la mejor teatralidad, comenzó a leer en silencio la carta. Algunos
segundos después miró a San-Sin y le informó que estaba dirigida al camarada
Doctor Sahego Li Mengho, catedrático de lenguas y profesor emérito de la
Facultad de Arqueología de Birmania. Se la enviaba un ayudante de topógrafo
del Ministerio de Obras del Departamento de Vialidad en la provincia Shin, cerca
de la frontera con China, donde están construyendo una carretera que atravesará
la selva con el fin de… Esto es un poco latoso camarada San-Sin. Él solo estiró
el cuello como indicando que no tenía opinión, en seguida le rogó que por favor
se sentara en su escritorio, pues ella no podía estar leyendo de pie. La muchacha
se sentó justo cuando dos mujeres pasaban por el pasillo con sus carros de
limpieza y escobas. Ambas se inclinaron saludando, costumbre que estaba
prohibida por orden del Partido, por considerarla una forma de servilismo propia
del sistema anterior; pero ni Li-Sun ni San-Sin les reprocharon nada. Ella susurró
–son camaradas que se criaron en el campo– y siguió con la lectura, pero esta vez
en voz alta:

El veinte y seis del presente mes, después que las cuadrillas de camaradas que
trabajaban en la desforestación y despejando una senda, nos comunicaron de el
hallazgo de unas antiguas construcciones de barro y madera en medio de la
selva lo que obligo a suspender su labor de deforestación. El ingeniero de
segundo grado Thuyan Su y yo, creímos que era nuestro deber informar al
prestigioso Departamento de Arqueología y Lenguas de este importante
descubrimiento. Esto con la violenta oposición del primer Ingeniero, que
desestimaba estas ruinas y manifestó que de informar este hallazgo a nuestras
autoridades, solo retrasarían el trabajo. Le adjunto un pliego con los dibujos de
los ideogramas que alcanzamos a copiar…

La señorita inspiró largo y exhaló por su boquita, soplando como una máquina de
barrer hojas. San-Sin nunca la había mirado seriamente, ahora entendía el por
qué había sido contratada, tanto por su belleza, como por sus finos movimientos
de pantera, aunque el soplido le causaba dudas acerca de su educación. Ella lo
miró y dijo –Lo enviaremos al Departamento de copistas y después lo haremos
llegar a su destinatario en la Academia, pero primero debemos consultar a
nuestro director Sin-Yutan ¿Le parece? San-Sin dudoso, evadió su respuesta
diciendo –Sabía que ahora en el Departamento de copias recibieron unas
máquinas maravillosas, un regalo solidario del gran pueblo chino, las llaman
fotocopiadoras –Que moderno– le contestó. He oído que usted trabajó en ese
departamento. Si camarada, cinco años y después fui escogido para este puesto
en la recepción del Centro de estudios. Pero falta algo más que venía en el sobre.
San-Sin le entregó un trozo de papel en que al parece ser estaba el nombre del
remitente. Lo tomó abanicando su bello rostro sonriente y le preguntó ¿Tiene
algún pegamento? Si un frasco de goma arábiga. Él lo abrió y le alcanzó también
un pequeño pincel. Ella con mucho arte y habilidad pegó el pequeño papel con el
nombre en el reverso del sobre, que luego guardó celosamente entre sus
documentos:

Camarada San Hwon
Miembro Nº 345 del Partido Socialista Renovado.
Distrito de Chan Peg.

Después que hayan sacado las copias en esas fabulosas máquinas chinas y las
despachen al Consejo de Seguridad, entregaré todo personalmente al camarada
profesor Sin-Yutan. Pero viene dirigida al erudito Sahego Li Mengho, no sería
mejor que la lleve a la Facultad y la entregue ahí directamente. No camarada, ese
no es su trabajo, cuando vuelva con las copias yo se las haré llegar al profesor y
él decidirá. San-Sin un poco asustado se inclinó y tomando cuidadosamente los
papeles, se dirigió rápidamente al Departamento de copistas.

Se fue caminando por los cuidados jardines, respirando el aire húmedo del
parque. Una reciente tormenta como diluvio, había mantenido el lugar en
oscuridad total, obligando a los jardineros a refugiarse. Ahora por fin salían con
sus carros y herramientas y lo saludaban con mucho respeto, como si fuera un
importante funcionario de la Facultad. Él contestaba distraídamente, su
preocupación era la carta que llevaba a la oficina y el peso en su conciencia. No
porque sería archivada y olvidada, sino porque una copia iría directo a los Guardias de
la Revolución y aunque el que la envió era miembro del Partido, el
camarada insinuaba en ella una acusación en contra del Ingeniero Jefe, que
podría tener consecuencias nefastas para su futuro; y era él quien abrió el sobre,
leyó la carta y conocía el nombre del remitente.

San-Sin se encontró con varios antiguos funcionarios de la oficina que lo
saludaron afectuosamente en especial la señorita Ho MenGho, Jefa de copistas.
San-Sin le explicó su visita y le entregó las hojas. Sintió un alivio cuando ella
después de una rápida lectura, concluyó que había un gran equívoco, la carta
estaba dirigida al gran filólogo Sahego Li Mengho, pero había ido a dar al
Departamento incorrecto. Se apresuró a aclarar que debía volver con la carta y
los dibujos por orden de la señorita Li-Sun, que ella entregaría todo al señor Sin-
Yuan y qué él decidiría cómo proceder. No debe decidir nada el camarada
profesor Sin-Yuan, yo arreglaré esto y cogió el teléfono pidiendo que la
comunicaran. San-Sin respetuoso pidió permiso para retirarse –No, espere San-
Sin, yo hablaré con la secretaria del erudito Sin-Yuan. Hablaron unos minutos,
San-Sin escuchó algo así como –Si él… muy simpático camarada, pero…– y
bajó la voz –es casado. Después colgó y lo miró sonriendo, él se hizo el
desentendido y le devolvió la sonrisa.

Las órdenes eran claras, los dibujos irían a quien estaban dirigidos con una
pequeña nota, después de su correspondiente envío al Departamento de policía
política que revisa todo documento que circula en el país. En minutos escribió
unas pocas letras indicando el origen de los dibujos. Luego le indicó que fuera a
sacar las copias solo de estos y volviera para agregar su pequeña nota a los
extraños signos. Le señaló que no era necesario copiar la carta y que solo los
dibujos irían a Seguridad. Un gran alivio se produjo en su ánimo, el camarada
ingeniero estaba a salvo. Aunque no lo conocía, su conciencia habría quedado
apesadumbrada si por una simple carta, este se viera afectado. Al salir del
Departamento de Copias vio que llegaba el distinguido erudito. Regresó directo a
la recepción, dejó la carta en un escritorio y se fue a su casa.

El anciano profesor acostumbraba caminar lentamente por los amplios pasillos de
la Facultad de Letras seguido de su ayudante, quien cargaba su portafolio y traía
atado con un lazo al pequeño perro salchicha, propiedad y compañero del
anciano. Cada cierto tramo el profesor se detenía a mirar a través de los biselados
vidrios de las grandes puertas, donde estudiantes y profesores trabajaban
concentrados en sus grandes folios. Todos eran alumnos y calígrafos de la
Facultad, centro de estudio que había sido creado por el honorable Sahego Li
Mengho a su vuelta del exilio en Oxford, donde había sido valorado como el más
importante erudito en leguas antiguas del Asia.

Al ingresar a su estudio fue saludado efusivamente por su secretaria quien lo
acompañó a sentarse en un pequeño rincón de la sala, mientras el ayudante
soltaba al perro, que corrió a subirse a las faldas de su amo. Le indicó que dejara
el portafolio encima del escritorio, cosa que hizo la secretaria anticipadamente,
dando a entender al ayudante que su labor estaba cumplida y lo despidió. Este le
preguntó al anciano –Camarada profesor, a qué hora vengo a buscarlo. El
anciano nacido en tiempos de la monarquía, donde su padre fue un importante
ministro, abominaba este nuevo trato. La palabra camarada lo irritaba pero
disimulaba con bonhomía y una sonrisa –Yo lo llamaré cuando requiera sus
atentos servicios ¡Camarada! Esto sonó como una burla, que la señorita captó
pero no así el asistente quien se retiró asintiendo.

Después de descansar un rato y dejar a su perro cómodamente estirado en el
sillón, el anciano profesor preguntó a su secretaria, que ordenaba unos
documentos en el escritorio ¿Qué correspondencia tenemos? Bastante esta
semana, la estoy disponiendo por orden de ingreso. Sí, es importante el orden de
todas las cosas. Luego ella le alcanzó dos periódicos.

Mientras los hojeaba, escuchaba la melodiosa voz de su secretaria al describir la
correspondencia –Carta del eminente calígrafo chino Ling Yu Tan, dice cuanto
ha avanzado en descifrar los manuscritos recibidos de nuestra Facultad y que
definitivamente eran poemas, seguramente del antiguo Reino del Oeste, en época
del Emperador Amarillo Huang, dos mil años antes de la era. –De Mao o de
Cristo– agregó sonriendo el señor Sahego, soltó unas pequeñas bromas y
concluyó diciendo –Son de la época en que se introdujeron vides en china y
empezó la elaboración de vinos hasta hoy, pero no de la calidad de los vinos
franceses o chilenos. La secretaria celebró el ánimo del profesor y siguió con su
lectura –Hay una invitación de los Jóvenes de la Revolución donde compartirán
la experiencia que vivieron con los camaradas en un Estado Socialista recién
instituido por el nuevo presidente Lagos en Sudamérica ¿Quién invita y qué día?
Es extraño señor, no tiene patrocinio, la invitación es para la próxima semana en
el Palacio de Deportes del Pueblo. No creo que tengan nada interesante que
contarme esos muchachos, podría ir usted, será una reunión para gente de su
edad, la mayoría de las veces me quedo dormido en ese tipo de reuniones. Sí
profesor, yo iré no se preocupe y no sé por qué invitan a estas actividades que
solo hacen perder el tiempo a los académicos como usted; y lo último, estas
fotocopias del Departamento de la señorita Ho MenGo, son unas grafías y una
nota de puño y letra de ella. El anciano miró asustado a la hermosa secretaria y le
pidió la nota, leyó en silencio y respiró más tranquilo. Me envía unos ideogramas
antiguos para que intente descifrar que significan y a qué período de nuestra
cultura corresponden, deme el papel con los dibujos. Los puso en su escritorio y
se quedó cavilando. La señorita estaba a punto de ofrecerle un té cuando escuchó
–Estos son garabatos, no son más que rayas sin sentido, pero me preocupa la nota
de la señorita Ho, no explica nada. Debo contactarme y preguntar. Lo comunico
de inmediato profesor. No, no nos apresuremos, esperemos un tiempo, busca
entre mis libros Alfabetos y Grafías de Tailandia, después mi té por favor. Le
agradeció y se quedó inmerso en los dibujos.

San-Sin llegaba siempre temprano antes que el resto personal del Departamento
dirigido por el extraño filólogo Sin-Yutan. Esa mañana para su sorpresa escuchó
música en su oficina, pues el director ya había llegado. Se dio un tiempo, ordenó
su escritorio y decidió ir a preguntar si requería algo; el subalterno de la
recepción debía mostrar respeto. Cuando ingresó a saludarlo, por largos segundos
este pareció ignorarlo, leía concentrado con la lámpara reclinable sobre los
textos. Apagó su pequeño aparato de música y dijo –Ah, tú eres de los primeros
en llegar, haces bien camarada, sabías que todo lo que aquí ocurre se notifica
mensualmente a los organismos superiores mediante nuestra secretaria Li-Sum,
la que al parecer también informa de cualquier irregularidad. Esto lo hizo dudar;
si el profesor también sospechaba de ella como una posible espía, entonces no
era su amante como pensaba. Aunque hace unos días había ocurrido algo
extraordinario, la joven le había pedido que la acompañara a su casa, porque
requería la fuerza de un hombre para mover un pesado mueble.

Estoy a su disposición por si requiere algo, iré a mi puesto. Sin-Yutan lo quedó
mirando y le pidió que se acercara, levantó un papel que tenía en su escritorio, lo
agitó con la mano en alto y le gritó –Siéntese. Asustado, el pobre San-Sin se
acomodó con las rodillas juntas, apretándolas con una sensación de pánico, el
papel que sostenía ante su cara podía ser su desafiliación del Departamento,
quizás no podría volver ni siquiera a la oficina de copiadores. Su destino podía
ser una aldea perdida en la selva o los Campos de Formación Revolucionaria,
que más olían a campos de castigo. El académico se dirigió a San-Sin en tono
iracundo y rabioso –Estos malditos garabatos han creado un lío de Estado, sí, un
embrollo que no sé donde terminará y usted camarada, usted, es parte de este
turbulento problema. San-Sin sufrió un mareo y casi cae desmayado, se
preguntaba por qué, qué había hecho para que el profesor lo reprendiera así, en
qué podría estar involucrado. No sé lo que me habla, yo solo estoy en mi puesto
y toda mi vida gira en torno al trabajo, mi casa y mis dos hijos. Estos malditos
dibujos, véalos, mire, mire bien San-Sin. Recordó cuando abrió el sobre donde
venía una carta acompañada de esa hoja con dibujos, dirigida al catedrático
Sahego. Qué podía haber en estos símbolos y rayados que ponía en duda su
honestidad ante el profesor; quien sentía sobre sí una peligrosa investigación.

He sido citado al Departamento de Política Interior para dar explicaciones por
este maldito garabato y levantó sus manos al cielo exclamando –Qué sé yo de
todo esto– La secretaria lo trajo y lo recibió de manos de usted San-Sin, de usted,
acaso no trabajan juntos en la recepción, quien me aclara este embrollo. ¿Y la
señorita Li-Sun? Preguntó San-Sin inocentemente. No ha llegado, no sé nada de
ella, quizá esté enferma; es tarea suya llevar el registro de asistencia del personal
y controlar el ingreso. Vea, esta es la copia que me dio la policía del papel que le
entregó a Li-Sun. El nombre del que hizo el envío debe estar en ese desorden de
papeles, señalando la mesa donde efectivamente había una rumba de
documentos. San-Sin, vaya a la recepción y atienda lo suyo, más tarde busque
entre los alumnos a alguien que lo reemplace y vuelva aquí, debemos encontrar
el sobre original y rehacer todo los pasos desde que usted se lo entregó a Li-Sun.
El pobre regresó descompuesto a su escritorio, se sentó y quedó mirando fijo el
bello pómulo de una de las grandes puertas que daban a la sección de estudiantes,
muchos de ellos ingresaban y lo saludaban. Pasó un lapso y sorpresivamente
ingresó un joven. Se animó y le pidió que lo reemplazara por un rato, porque Li-
Sun aún no aparecía por la Facultad, que tenía un importante asunto solucionar y
no había a quien más recurrir. El tímido estudiante le explicó que podía
reemplazarlo, pero no por más de una hora.

San-Sin volvió a la oficina del director, su rostro reflejaba el tránsito por el que
estaba pasando, pálido y demacrado esperó que su jefe le indicara que podía
empezar a buscar el papel con los signos. No se atrevía a preguntar, se mantenía
de pie pero era obvio que podía caer desmayado en cualquier momento. El
profesor seguía leyendo en silencio y lo ignoraba. San-Sin se sintió como un
espectro, hasta pensó que era invisible, pero era obvio que el ruido de la puerta al
entrar no podía haber pasado desapercibido. Retrocedió lentamente apoyando su
espalda en la puerta, nunca transpiraba pero ahora sentía que su sudoración era
fría; solo quería irse a dormir y despertar de esta horrible pesadilla.

Dejo pasar los minutos y el profesor no se dirigía a él, lo ignoraba. Optó por salir
y lo hizo silenciosamente. Llegó exhausto a su escritorio donde lo esperaba el
joven estudiante que lo había reemplazado, este leía con las piernas sobre una
silla, las bajó rápidamente al verlo llegar y le dijo –El tiempo que he pasado aquí
ha sido de lo más provechoso camarada. San-Sin le dio las gracias y le pidió que
lo perdonara por haberle pedido ayuda mientras cumplía con el profesor –Usted
es un gran camarada– terminó diciéndole. Este se levantó, cogió sus libros y
afirmó que esa era la obligación, ayudar en toda circunstancia, además ese
tiempo había sido una delicia que le permitió leer y avanzar en su libro. San-Sin
alcanzó a leer solo parte del título Las cincuenta sombras… La mano del
estudiante le impedía leer el título completo. Volvió a agradecerle y alabó su
disciplina de leer. Él era el más joven de los que asistían al Departamento,
siempre saludaba, los demás eran mayores, cursaban estudios superiores y
cuando pasaban por su lado lo ignoraban.

Su inquietud se hizo más intensa al ver llegar a la secretaria, desaparecida para el
profesor y el resto del personal, pero no para él, porque se encontraban en
secreto. Venía acompañada de un personaje con un impenetrable rostro de ojos
muertos; un comisario del Partido seguramente. Ella lo saludó efusiva
preguntando, para que el inspector y los estudiantes que revoloteaban alrededor
escucharan, si es que la habían extrañado en su ausencia. San-Sin solo le dijo sí,
que ¡Mucho! Pero para él había sido un espantoso transitar por horas tortuosas.
Li-Sun sonrió y le presentó al camarada Inspector Hu Thiem, que estaba a cargo
de investigar los dibujitos que llegaron del norte. Luego se acercó al oído de San-
Sin y le susurró algo, este al percibir su perfume a canela, tuvo una erección.
Cuando se marcharon hacia la oficina del decano, el pobre se quedó abatido y sin
saber qué hacer con su matrimonio. Llevaba una vida tranquila y así creía que
sería hasta su vejez, pero ahora dudaba de eso frente a esta mujer bella, educada,
miembro del Partido y que empezaba a tratarlo no como un funcionario inferior,
sino como alguien íntimo y especial. Después, sintió temor del inspector de ojos
muertos ¿Se habría percatado de ese gesto de intimidad?

Los profesores y estudiantes pasaban ahora directo a saludar a San-Sin
preguntándole cualquier cosa, para tratar de sonsacar algo del insignificante
conserje que antes ignoraban. Pero él, cortés y amable, no respondía a preguntas
sobre la presencia del inspector en la Facultad. Si eran muy insistentes, sobre
todo algunos profesores, les aconsejaba cordialmente que pudieran audiencia con
el decano, pues era el único que podría satisfacer su curiosidad. Él, era un simple
funcionario que vigila el acceso, además de otras labores menores en beneficio
de los camaradas. Ese era su trabajo.

San Sin debía recoger a sus hijos cada miércoles en la guardería, llevarlos a casa,
entretenerlos y preparar su cena, para después acostarlos. Ese día su mujer iba a
las reuniones del Comité del barrio; las mujeres revolucionarias en toda la
capital, tenían los miércoles para ellas. Pero cuando volvía llegaba transformada.
San-Sin sentía que no le hablaba, sino que le ladraba –Patriarcalista– era lo
menos que le decía; hacía ya dos meses que había armado su cama aparte.

Ingenuamente San-Sin se ofreció a prepararle un té –No, no quiero que prepares
nada, además tenemos que hablar de un tema muy serio que nos compromete a
todos; a mí y los niños. Qué, de qué me hablas, yo soy el mismo de siempre, tú
eres la que ha cambiando y no me explico por qué, no sé qué he hecho mal. ¡San-
Sin¡ o eres un ingenuo o no sabes donde pisas, mi instructor político me explicó
el lío en que estás metido. Cuál lío, yo cumplo en todo, me preocupo de los niños
y te espero contento para ofrecerte algo, no sé de qué hablas. !No sé, no sé! Tú
crees que soy una mujer de casa para lavar y cocinar. Ahora estoy en un Comité
de mujeres guardianas de la revolución y me entero de todos los asuntos de
importancia, para resguardar al gobierno del pueblo de los colonialistas ingleses,
de los monárquicos y otros lame culos; las mujeres somos la primera línea de la
revolución. No sé cómo te metiste en un asunto tan turbio de mensajes secretos
entre conspiradores –Mensajes secretos, conspiraciones– murmuro el pobre San-
Sin y abrió la ventana para fumar.

Afuera el callejón oscuro y lóbrego lo intranquilizó aún más. Se volvió y tomó
una botella de loza con alcohol de arroz que tenía en una pequeña alacena. Iba a
empinarse un trago cuando su mujer le gritó –No quiero borrachos en mi casa.
Aterrorizado guardó la botella y miró a su mujer, ahora una completa
desconocida. Habían llegado desde la aldea donde se criaron corriendo entre los
bosques y cosechando el arroz. Se habían casado enamorados, pero aún así sus
padres la obtuvieron para él a cambio de un buey grande y de trabajo; pero ahora
pensaba que esa mujer no valía ni un conejo. Se sentó agobiado sin entender
nada, ni saber qué hacer. De pronto su mujer apareció en ropa interior, con el
pelo suelto y le dijo –Ahora duermes conmigo, mañana hablamos, ven a la cama.

El importante funcionario de Inteligencia Hu Thiem había decidido viajar al
norte. Pidió una reunión con sus superiores, para él era indispensable viajar al
lugar desde donde se envió este probable mensaje en clave. Así lo había
planteado a sus superiores, no sin pocas reprimendas. Cómo se le ocurría usar el
teléfono para hablar de asuntos tan delicados. A regañadientes el Jefe del
Departamento de Contra-espionaje lo citó de inmediato. Debía presentarse a una
reunión urgente.

La tarde declinaba cuando el inspector llegó a un típico edificio en el barrio
antiguo de Rangún. Estaba lleno de tiendas donde circulaban personas que
regateaban y miraban las vitrinas. Ingresó al Cuartel de Inteligencia por una
modesta tienda de dulces.

El que comandaba la reunión se dirigió al inspector –Usted sabe perfectamente
camarada Hu Thiem el gasto de recursos que esto significa para el erario, sin
duda recuerda cuando estuvo en la contaduría; los escasos fondos que nos
asignan. Nunca logramos adquirir cámaras de vigilancia, menos sistemas de
escucha. El anciano general Hue, que asesoraba al Comité, se largó a reír
mientras dejaba sobre la mesa el pocillo con té que tenía en sus manos, y entre
carcajadas dijo –Pero si en toda Burma no hay más de quinientos teléfonos. El
Inspector Hu Thiem asombrado de la poca seriedad que le daban a su
investigación; la que había durado ya dos meses sin resultados. Nadie había
logrado descifrar los signos y nada incriminaba al gran erudito Sahego Li
Mengho. Un anciano que había permanecido en silencio zanjó la discusión y
demostró su autoridad –Bueno, aceptemos que el camarada Hu viaje y lleve a su
ayudante, pero no al infeliz que recibió los garabatos. El inspector se removió
inquieto en su silla, pero el que hablaba era un jerarca del Departamento de
inteligencia respetado y temido. Cuál es el nombre del que envió el sobre
original? Hu busco entre sus notas y respondió –San Hwon. Se produjo un
silencio y el anciano preguntó –Seguramente es del pueblo de Chang. Sí
camarada, del distrito chino, su padre era chino, un comerciante avecindado más
de sesenta años, desde el tiempo en que éramos colonia. Es por eso que se ha
hecho esta investigación acuciosa, ordenaba por el honorable camarada Theiem
Lan, el más joven del Departamento de Exteriores; quien no estaba en la reunión.
Otro de los ancianos agregó –Estos jóvenes, tan perspicaces en asuntos de
inteligencia, se la pasan viendo películas extranjeras. Otro de los asistentes –y
muchas novelillas de John Le Carré.


El anciano le dijo que todo estaba muy bien pero eran demasiadas las personas
investigadas. No se descubrió ningún nexo con el Departamento de filología
clásica del profesor Sin-Yutan, ni con sus estudiantes y menos con el eminente
Sahego Li Mengho. Además ya está demostrado que la secretaria y el
recepcionista no cumplen ningún papel en los hechos… y bueno, para terminar…
yo apruebo su viaje a la selva del norte camarada. Los demás levantaron la mano
en señal de aprobación, el anciano sonriendo les dijo –Hoy precisamente cenaré
en casa del erudito Sahego, también está invitada una gran actriz de nuestro
tiempo en Vietnam, cuando éramos jóvenes y trabajamos con el gran Ho Chi
Minh.

Terminada la reunión salieron al pasillo, el general se acercó al anciano y lo
abordó –Usted tiene mejor información señor Thiem Nugho Chem –General, me
río de estas paranoias que surgen sobre conspiraciones, todo por unos dibujos
que llegaron por equivocación. Pero estoy seguro de que si el camarada inspector
Hu Them hubiese empezado a investigar por otro lugar, no tendría ninguna razón
de ir al norte –Usted insinúa que este asunto tiene otra arista– sugirió el general
–Camarada, no hay otras aristas, ni conspiraciones, ni mensajes secretos, solo
unos trazos en un papel. Quien primero los notó fue nuestra eficiente amiga Ho
MenGo en el Departamento de copistas. Ella informó de la carta y solo envió los
dibujos al Profesor Sin-Yutan. Esta explicaba en parte las imágenes e informaba
de un problema de celos y desacuerdos en el trabajo, dentro de un equipo del
Departamento de vialidad, tal como me informó el erudito cuestionado; quien
desde un principio comprendió que no eran más que unos garabatos. Pero estos
jóvenes que ahora nos remplazan en nuestros cargos, son demasiado imberbes y
falta de tino. Esos palotes que tanto temor han causado, no son más que unas
rayas mal hechas por un terrible dibujante. Al parecer su único fin era
desprestigiar a su superior, un antiguo camarada. Se despidieron y cada uno fue a
su automóvil, donde los esperaban sus respectivos choferes.

La mansión del filólogo destacaba en el antiguo y exclusivo barrio construido por
los británicos. Thiem Nugho descendió animado del vehículo, pensaba en los
contratiempos que enfrentaría el investigador de los ojos muertos en su misión.
Iría acompañado de un ayudante del renovado Departamento de Inteligencia;
para él no era más que un montón de payasos.

Esta noche se encontraría con viejos amigos de su juventud, verdaderos espías y
dobles agentes durante la guerra. Pidió su bastón y le indicó al chofer la hora en
que viniera a recogerlo. Al ingresar fue recibido por un empleado, quien lo guió a
la sala. Allí estaba la vieja actriz con el profesor. Se levantaron para saludarlo y
él se inclinó a la vieja usanza. Ella se le acercó y con suavidad le arregló su
corbata, tomó una de sus manos y le dijo –Nunca te ha sentado este adorno, las
corbatas son prendas inglesas, luego lo besó en la mejilla –Que felicidad verte
viejo amigo, cuánto tiempo ha pasado, la última vez fue en Tokio o en… No, tú
sabes que solo iría a Tokio por una orden superior, lástima que la bomba atómica
no los hizo desaparecer, para mí los japoneses siempre serán enemigos. Querido
Thiem, todavía guardas rencores, pero son el precio de nuestro trabajo, aunque
solo tú sigues activo y no sé por qué lo haces ¿Te emociona? Eso creo, aunque
ahora pediré mi baja, de hecho estaba a punto de retirarme y surgió una estúpida
investigación que involucraba a nuestro querido Sahego aquí presente. Este hizo
sonar un pequeño gong para llamar al mayordomo. Al llegar le indicó que
sirviera unos tragos y que después lo llamaría, cuando pasaran al comedor.

Con sus copas en la mano, Thiem y la actriz tomada de su brazo, caminaban
hacia el comedor. Ella le preguntó directamente en qué situación estaba metido
Sahego ¿Es muy grave? En nada querida, es casi una telenovela, como esas
porquerías que tanto gustan a nuestros compatriotas, teleseries turcas –y
venezolanas– dijo la dama. Pero cómica en este caso, de esas comedias ligeras
que te viste obligada a actuar en Tailandia durante la guerra, ya en la mesa les
contaré a todos la conclusión a la que llegué, indagando paralelamente a la
investigación oficial.

La cena trascurrió entre alegres historias del pasado. Cada cierto tiempo el
anfitrión preguntaba si estaban satisfechos de la elección de los platos. Querido
Sahego, aunque nunca te casaste sabes llevar una casa en forma, esta cena fue
magnífica, ya perdí la cuenta de las delicias que nos han servido, te confieso que
me parece una cena en un palacio chino ¿Qué opinas Thiem? Sí, disfrutando
estas exquisiteces, pero tengo que dejar claro que ustedes siempre trabajaron en
altas esferas, yo no envidio nada, pero debo decir que mis misiones siempre
fueron en ámbitos muy menores y mis comidas eran en cocinerías callejeras. Sí
querido amigo, todos saben que te sacrificaste exponiéndote a grandes riesgos,
por eso es un secreto a viva voz, que al retirarte te homenajearán con la
condecoración más alta del Pueblo. La actriz dio por terminada la cena porque ya
no podía aceptar más, en seguida gradeció la hospitalidad del encuentro y dijo
–Ya no aguanto esperar a que Thiem nos cuente de la investigación sobre
Sahego, eso sí me interesa, soy curiosa ustedes me conocen. Sí, les contaré, al
tiempo que señalaba con la mirada al personal que estaba en la sala; dando a
entender que ellos no podían estar presentes y escuchar tan delicada información.
Cuando quedaron solos, el anciano miró a sus amigos e hizo un gesto para que
pusieran atención y los invitó a acercarse. Les habló un rato de cómo decidió
llevar su propia indagatoria y susurró –En nuestro nivel, el que algo incriminara a
Sahego, alteraría todo el aparado de Gobierno. ¿Ocupaste todos tus recursos, tus
años manejando información? –No, nada de eso– y sacó del bolsillo de su
chaqueta una fotografía. Miren el origen del peligroso mensaje secreto. La mujer
se llevó tres dedos a los labios, el anciano erudito se acomodó los lentes y
exclamó –Parece sexo, sí, son figuras teniendo sexo– y se quedaron mirando en
silencio. Thiem los miró con la expresión de un niño que ha resuelto solito el
misterio. Obtuve la fuente original de un camarada obrero que les sacó fotos a
unos murales pintados con imágenes del culto a la fertilidad, en unas ruinas
descubiertas hace un tiempo; pero antes de sufrir la exposición a la luz, al
monzón y a la alteración del sitio por el saqueo. Este mal dibujante llegó cuando
las figuras iban desapareciendo, las copió pésimo y las envió pensando en su
registro y preservación, pero causando todo este lío. Lo acentuó como
preguntando qué les parecía este desenlace; el cual aún no tenía solución para los
torpes del Departamento de Inteligencia, en el que todos ellos trabajaron por
tantos años. El anciano Sahego comentó –Es una escena bastante erótica– y soltó
una picara sonrisa, mientras miraba a la actriz, como reviviendo algo. Ella se fue
a sentar manifestando que ya era tarde y que estaba agotada… demasiados
acertijos para un día.








Guillermo Martínez Wilson nació en El Barrio La Chimba, Santiago de Chile en 1946. Estudió en la
Escuela de Bellas Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, Facultad de Arquitectura. También
cursó estudios en la Escuela de Grabadores Forun Grafik en Malmo, Suecia. Fue Director de la
Sociedad de Escritores de Chile y colaborador en diversos medios periodísticos cómo: Diario
Atacama, Diario Chañarcillo y Página virtual AtacamaViva. Ha publicado El juicio final y otros
cuentos
en 2006, Entre pata de cabra y cantina y Los Caballeros de La Sirena Negra en 2011, El
Traductor
en 2016 y Josefov en 2019.

Actualmente el artista trabaja en su nuevo libro de cuentos, del que ésta muestra de anticipo
forma parte. Además, paralelamente desarrolla su obra como destacado grabador, en la que
observa, recupera y exalta, con profunda y certera mirada poética, escenas en luz y sombra de
hechos, oficios e imaginarios atávicos de nuestro continente.