Sinfonía del delirio. Sofía Alvarado Cortés

Sinfonía del delirio. Sofía Alvarado Cortés

Poema azul

 

A veces la poesía toda no sirve.

Y duelen, los golpes nos duelen,

se empozan en la mirada, dice Vallejo,

y abren zanjas en el rostro más fiero,

y se nos meten en la sangre como remolinos atemporales

y nos caminan la geografía de la piel y los cabellos.

Hoy el dolor es una roca, un recogimiento del llanto.

Aquí hay un vacío en el aire muriéndose de risas.

Un pozo, un hueco que nos respira.

¿Cómo se continúa la vida?

¿cómo se pone el mantel y se come en la misma mesa?

¿cómo le hace la gente para seguirse?

A veces la poesía toda no salva,

no es bálsamo,

y se transita el fango

como sobre un pantano que absorbe el sueño,

y la vida es una obra de Beckett,

un canario que canta en una jaula,

un cielo que se abre como estampa al fondo del río,

una marca ridícula en el vestido del mundo,

una niña azul que deja de latir a mitad del parque,

una niña brisa que se pierde en el mar de la noche.

 

 

 

Sinfonía del delirio [1]

 

1. Nos hemos quedado dentro, como dos desaparecidos que se comunican de a ratos con el mundo. Hemos cerrado las puertas de la casa. El infierno son los otros, dice Sartre.

Abajo de los sueños estamos nosotros, los confinados. Hemos salido del mundo para encontrarnos. Las casas son objetos de deslave interno, mascullan hiel o mieles, dependiendo de la hora en que se entra.

Atracamos la nave, bajamos el ancla al fondo de los océanos. Hablamos quedo, como si tuviéramos un altavoz entre nosotros, como si el virus respetara los silencios. Dice Gonçalo Tavares que, hasta las partículas más pequeñas, como los virus, emiten un sonido cuando chocan con los objetos. No queremos despertar al monstruo. Ahora somos los objetos. Silencio.

 

 

2. “El miedo actúa como un mamífero. El amor, en cambio, como un virus: se injerta; se reproduce sin razón; se adueña de su huésped egoístamente sin consideraciones de especie, taxonomía o salud; es simbiótico. El amor es un virus poderoso”, vuelve a decir, Julián Herbert. [2]

 

 

3. Perdimos el conteo de los días, nos imaginamos como aquel personaje de Morselli, que calculaba el tiempo a través del moho de un queso echado a perder en aquel mundo desaparecido que escribió antes de matarse.

 

 

4. Encierro sobre sí mismo, escritura, repetición: un poema de William Carlos Williams:

 

Es difícil

sacar noticias de un poema

pero los hombres todos los días

mueren miserablemente

por no tener aquello que

tienen los poemas.

 

 

5. Leí que la cantidad de componentes del genoma humano de tipo virósico representa casi la mitad de nuestro ADN[2].

 

 

6. Las moscas son seres breves que pueden vivir en el fango, igual que en las fauces de un muerto o dentro de un pastel de tres leches. Tienen dos ojos con miles de receptores que captan el mundo como si fuera un mosaico en 360°. No pueden masticar ni morder, pero sí succionar, lamer o perforar. Pueden degustar los lugares donde posan sus patas, porque saborean, huelen y sienten con todo su cuerpo.

Para Monterroso eran un tema tan importante como la muerte y el amor. Para Duras, la representación de su propia brevedad, de su propia inminencia a la muerte en soledad.

 

 

7. ¿Quién se atrevió a decir que el mundo era bello? Montones de basura desperdigada en los desiertos, especies extintas, personas que se tambaleaban en las calles por un pedazo de comida, hombres que no veían el sol pegados a un ordenador, sueños idos en alfombras de mugre, guerras, niñas sin pan, sin hogar, desmembradas a la luz del día. Ecocidios, miseria humana. El mundo no era bello. Era, un camino dantesco a la muerte.

 

 

8. Prohibido suicidarse, decía aquel letrero en el bosque.

 

 

9. La muerte es trámite, burocracia e intercambio monetario.

La muerte es una fila a las 12 de la tarde en el seguro social.

Es un recurso bancario para pagar una casa de tres pisos.

La muerte es un borracho que baila en el desierto de Atacama.

Una crucecita en un centro turístico.

Unas margaritas marchitas en la carretera.

La muerte tiene la precisión de un reloj londinense,

de un corte argentino.

La seguridad de un médico con un estetoscopio.

La blancura de una camilla en medio del pasillo.

Lo absurdo de tres girones de salsa a mitad del llanto de la sala de espera.

Lo hermoso de dos caballos en el océano.

La muerte es la tierra habitada,

una carcajada siniestra de la vida.

 

 

 

10. Nuestra galaxia es apenas un silbido en el espacio,

un sueño que hemos tenido.

Vagamos entre lo más chico y lo más grande.

Seres humanos intermedios, entre dos puntos, a mitad de todo.

La reyerta del mundo nos busca de noche

como fiera se desangra y como fiera se le encienden los ojos.

Hemos llegado más lejos de lo que creímos,

¿en qué momento se apagará la estrella?

Aquí nos bajamos, en la niebla, a mitad del mundo.

La reyerta nos espera, es un animal herido,

el sonido de los pastizales al viento,

la luz golpeada por la sangre de los muertos.

 

 

11. “Siempre me apresuro a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca he podido mirarlos hasta el último momento. Me refiero a esto cuando digo que desapareció. Con la mirada en otra parte yo seguía pensando en él. Me decía se va haciendo pequeño, se va haciendo pequeño.”, dice Samuel Beckett.

 

 

 

Réquiem

 

Yo pienso, enuncia el poeta.

Las ideas son depósitos turbios,

grumos oscuros y viscosos,

engrudo que pega las arterias de este cuerpo.

No sé caminar si no al vacío,

hacia las yerbas del amor putrefacto

que nacen de estanques y pantanos.

¿Quién dijo ámame por no llorar?

¿Quién vino sólo a mirar el jardín,

a resistir una gota de lluvia en el espinazo?

No sé cuál de todas habla

cuál de todas me nombra

a lo oscuro.

Voy errante

hacia el río que ha de llevarme a Beatriz.

¿Alguien sabe, acaso, quién fue Dante,

quién Virgilio?

Si usted conoce esas aguas, anúncielo,

es urgente que lo grite.

Aúllo con todo el cuerpo,

aquí ha quedado un organismo

que grazna la tierra.

Alfombra desmembrada

para los vivos,

aquí me encuentran,

todavía.

Aquí, más abajo de la tierra,

mis manos rasgan el miedo

y de mi boca nace un chirrido de ave

como de un nido de angustia.

Pasen, aquí un bulto con nombre y apellido

ha anunciado su ausencia.

Bienvenidos, sean.

Adelante, caminen, ábranse paso

entre los gusanos.

 

 

 

Sofía Alvarado Cortés (1986). Nació en Chihuahua, desde hace años vive en la costa de Guerrero. Es escritora, docente y promotora cultural. Estudió Lengua y literaturas hispánicas en la UMSH, así como algunos Diplomados en creación literaria, cine y análisis de textos por la BUAP, la UMSH y el INBAL. Ha sido publicada por Escritoras mexicanas, así como en diversas antologías, revistas y periódicos impresos y digitales.  Ha fundado colectivos para la promotoría cultural, enfocados principalmente en el cine y la literatura. Actualmente es parte de Foro Comala y da talleres de narrativa para mujeres.

 

[1] Texto creado durante la pandemia como un canto delirante de la existencia y lo vivido por la autora, como un estado de la mente, previo a la locura.

[2] Leído en Canción de tumba de Julián Herbert