Agradecimientos
Aunque no soy experta en literatura catalana, por alguna razón me invitaron a presentar este
libro. Será por el gran amor que tengo a España, a sus paisajes, a sus admirables
construcciones y castillos, a sus poetas –como mi querido Jordi Virallonga–, a sus ciudades
–que siempre me han recibido con tanto cariño–, en especial, Barcelona. ¿Cómo no
enamorarse de sus callejuelas medievales, de ese mar Mediterráneo que me eriza la piel al
pensar en todos los navegantes que han cruzado por sus olas, de los lugares por donde pasó
don Quijote y, fue derrotado por el Caballero de la Blanca Luna? ¿Cómo no reír con el
huevo que baila o el divertido caganer? ¿Cómo no entusiasmarse con el idioma catalán, por
los y las poetas que se empeñan en conservarlo, así como en México otros “necios” inician
o continúan escribiendo en mixe, mixteco, zapoteco, mazahua, triqui, en fin, otras muchas
decenas? Esta necedad hermana las lenguas mexicanas con el catalán y otras lenguas de
España. Los pueblos que han vivido el trauma de ser despojados de su lengua y costumbres,
por prohibiciones políticas, debemos recordar que vamos juntos en la reivindicación por la
soberanía y respeto de todos los pueblos del mundo (incluido el masacrado país de
Palestina) y de las mujeres. De esta forma, la publicación de la Antología general de la
poesía catalana moderna: “me exalta lo nuevo y me enamora lo antiguo” es un acto de
resistencia.
Amé tanto Barcelona y su lengua, que, sin saber que pronto se publicaría la
antología de Jordi, la poeta y promotora cultural Maite Jou –quien, por cierto, fue un tanto
culpable de ese amor, cuando me llevó a escuchar un recital en catalán del poeta Albert
Tugues– y yo, planeamos realizar una antología de mujeres poetas catalanas, cuya primera
parte se publicó en el número reciente de nuestra revista de poesía La Otra e incluyó a
escritoras como Zoraida Burgos, Josefa Contijoch, Antònia Vicens, Montserrat Rodés,
Cèlia Sànchez, Teresa Pascual, Rosa Font, Dolors Miquel, Tònia Passola, Isabel Ortega,
entre otras. Varias de ellas coinciden con la selección de Jordi.
De esta forma, quiero agradecer a José Ángel Leyva, director de La Otra Ediciones,
y al autor, la confianza de permitirme hablar de este maravilloso libro.
Se trata de un largo poemario (336 páginas) (tan largo que tuve que hacer una
antología de la antología), dividido en diez partes:
I. LENGUA, PATRIA, IDENTIDAD,
II. GUERRA, EXILIO, RESISTENCIA,
III. LUGARES Y PAISAJES,
IV. FERVOR DE CUERPO Y ALMA,
V. EL PULSO DE LA NOCHE,
VI. EL SENTIDO DE LA VIDA,
VII. ESCRIBIR POESÍA,
VIII. SOLEDAD CON FIGURAS,
IX. CANCIONES, DIVISAS Y ORACIONES,
X. CONCIENCIA DE VIDA Y DE MUERTE o LOS PARAÍSOS PERDIDOS Y
EL PASO DEL TIEMPO
El criterio de esta división fue temático, excepto una parte, a la cual volveré en su
momento. Como asegura su autor, se trata de una antología de poemas, no de poetas, lo
cual torna más delicado el asunto, pues se requiere de mayor compromiso, de un
conocimiento pleno de la poesía catalana de todas las épocas y gran sensibilidad para
discernir entre tantos siglos, tantos escritos, tantas voces, que parece una misión imposible.
Así, se compilaron textos de aproximadamente noventa poetas, nacidos entre 1860 y 1980.
Veintiséis son mujeres. Se incluye a figuras como Joan Maragall (1860), el llamado padre
(o uno de los padres) de la poesía catalana; a Simona Gay (1898): la primera mujer que
escribió en catalán; y a Anna Dodas (1980), la joven poeta que murió asesinada. Muy, muy
en general, se trata de poemas conversacionalistas, alegóricos, que giran en torno a la
cultura catalana.
La disposición en la cual se ordenan los poemas me dio la impresión de ser una
especie de relato que va desde breves descripciones del pueblo hasta la muerte individual,
en gradación. Por ello, tenemos una estructura que por sí misma cuenta una historia.
Las tres primeras partes –“Lengua, patria, identidad”, “Guerra, exilio, resistencia”,
“Lugares y paisajes”–, están formadas por poemas nacionalistas, en el sentido del amor al
terruño, conmovedores, con cierto toque provinciano, de despedida o de llegada a Cataluña,
homenajes a la tierra y a la lengua. En algunos, incluso, hay cuadros de esos emocionantes
lugares, como mencioné al principio. Doy un ejemplo:
¿Mas dónde, dónde encontraré tus cimas,
bello Montserrat?
Nunca veré, ciudad de Barcelona,
tu hermosa Seo,
ni estas colinas, joyas de la corona
que Dios te dio.
(Jacint Verdaguer, p. 31).
Al idioma:
Cómo me gusta escribir en una lengua
que dicen que se muere.
Qué sensación de paz y desahogo
llevarla cuesta abajo hacia las fuentes,
(Màrius Sampere, p. 54).
Al ser femenino:
Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,
de clase baja y nación oprimida.
Y el turbio azul de ser por tres veces rebelde
(Maria Mercè Marçal, p. 57).
En esta historia, por supuesto, la guerra abre un doloroso paréntesis:
Se acercan al alero las ramas del abeto
y, lejos, ¿qué fragor sacude la ventana?
Es triste la montaña en el corazón del frío,
y es triste este olor de la menestra llana.
Como raíz o fruto en la niebla del huerto,
sobre su pecho claro te alimentas, dormida,
y se parece al silencio de la muerte
este tibio silencio de la vida.
(Marià Manent, p. 65).
Creía que era fácil
y no lo es,
las guerras no se ganan nunca.
(Montserrat Abelló, p. 76).
La siguiente organización –partes 4, 5 y 6, es decir, “El fervor de cuerpo y alma”,
“El pulso de la noche” y “El sentido de la vida”– está formada por poemas intimistas, de
amor desamor, de soledad y la vida. La historia, después de la guerra, ya nos permite hablar
de amor. Leo algunos casos:
Te quiero porque sí, porque el cuerpo me manda.
Porque vienes de la ola sin orden ni concierto.
Porque la mies del bosque te enrama la cabaña
sin paños ni barrotes, en este verde ensueño.
Porque quiero y me sorbe de raíz la locura.
Porque es amor, segado, que ha ganado mi cama.
Pues llevo remachado del escorpión el ansia
que provoca el salobre y encrespa la ensenada.
Porque yo soy muy frágil para poder frenar
a la marea viva que me niega y va a tientas.
(Maria Mercè Marçal, p. 146)
Tengo la lengua paralizada en tu boca.
Soy un animal tumbado al abrigo de tu boca.
Soy un animal sediento del agua de tu boca.
Todo el mundo por una dulce construcción del Nosotros
en el Uno.
(Dolors Miquel, p. 149)
Encontré un terrible poema de felación, sodomización, violación. No soy espantada: yo
misma escribo poesía erótica, pero en el poema que comento no se ve por ningún lado el
goce femenino, es más, ni siquiera una conciencia del sadismo. No lo voy a leer, pero sí
menciono al autor de este poema misógino, Vicent Andrés Estellés, y sólo cito la prueba:
“inicié la penetración, / que fue penosa, lenta y dolorosa, / hasta que te entró toda entera”.
(Parece verso de Taibo). ¿Dónde está la poesía en estas líneas? Es el único pero que
encuentro en el libro.
El apartado 7, “Escribir poesía”, merece mención aparte porque, aunque de alguna
forma es intimista, se refiere a un acto más social, relacionado con el tema de la
comunicación, sí, pero también de cómo la vive el escritor:
La poesía
planea sobre
la vida fulgores de otros mundos
te estalla en los ojos
estrellas
de agua secadas en la cala
de la infancia cuando
inútiles regresan
los ángeles ya sin
sal sin alas y tú
intentas coger sus sombras
harapos en las cuerdas
de tender las palabras la hora
(Antònia Vicens, p. 232)
Hay lugares
donde solo
se llega a pie,
caminando, gateando, tropezando,
arrastrando la tripa como una babosa
y con trocitos de tierra en la boca.
Aquí, por ejemplo,
aquí dentro, donde ahora mismo
empieza a formarse
algo equívoco
y clandestino, alguna cosa
tan cosa, mitad quién sabe
mitad vete a saber, tan parecido
—y tan inverosímil—
a la escritura.
(Gemma Gorga, p. 240).
La parte 9 es una especie de homenaje a la tradición oral. Encontramos en ella
parodias de oraciones, nanas y menciones a ritos, como la navidad. Leo en esta ocasión los
poemas divertidos, como “Nueva oración del Padre Nuestro”:
Padre nuestro que estás en el cielo,
sea aumentado a veces nuestro sueldo,
venga a nosotros la jornada de siete horas,
hágase un poco nuestra voluntad
como la de quienes siempre mandan.
El pan nuestro de cada día
dádnoslo más fácil que el de hoy,
perdonad nuestros pecados
así como nosotros perdonamos
los de nuestros encargados
y no nos dejes caer en manos del director,
antes adviértenos si se acerca.
Amén.
(Miquel Martí, p. 292)
Parodia al “Yo confieso”:
Yo, escritor,
me confieso al Verbo todopoderoso
y a vosotros, fantasmas
de Llull y March, de Verdaguer y Carner,
de Sagarra y de Pla, de Foix y Ferrater,
de haber pecado gravemente
de pensamiento, palabra
y obra y omisión.
De haber pecado usando léxico impropio,
de haber empleado
demasiados verbos vulgares,
sustantivos despojados de sustancia,
adjetivos chillones solo por gozar
del espectáculo
de un fuego vivo de virutas,
de haberme apoyado tanto en superlativos
y adverbios anodinos. De usar a menudo
preposiciones cambiadas,
conjunciones desenfocadas,
es decir,
de haber dejado vagar el instinto
por inexactas, ambiguas regiones sin forma.
De haber vendido la sagrada moral de la sintaxis
por un plato de lentejas de efecto y modernidad.
De haber frecuentado el «ya está bien»,
el «ya se entiende», el «da igual, no importa»…
Me confieso
de no haber corregido tanto como era necesario,
de no haber indagado en muchos más diccionarios.
De haber cedido al lenguaje vano,
al discurso sinuoso,
solo por el placer de las subordinadas,
a las metáforas solo sorprendentes,
a las imágenes
duras sin motivo,
al orgullo de lo oscuro.
Tú, Verbo todopoderoso, tú, sola claridad,
tú que me has hecho lenguaje según tu imagen,
acógeme un día en el paraíso de los escritores,
donde sobran las palabras,
donde la felicidad
es la precisión de tu silencio.
(Narcís Comadira, pp. 293-295).
Y como cualquier narración acaba con la muerte, reúno las partes 8 y 10, “Soledad
con figuras” y “Conciencia de vida y de muerte” o “Los paraísos perdidos y el paso del
tiempo” porque ambos muestran aspectos ontológicos como la soledad y el fin de los días:
Llevo dentro de mí
para hacerme compañía
la soledad tan sólo.
La soledad inmensa
del amar infinito
que ansiaría ser tierra,
aire, sol, mar y estrella,
para que fueras más mío,
y yo más tuya fuera.
(Rosa Leveroni, p. 250).
Cuando me llegue la hora del descanso,
quiero un trozo de manto de cielo marino;
quiero el dulce silencio del vuelo de gaviota
dibujando el contorno de una cala bien fina.
El olivo de plata, un ciprés más erguido
y que la rosa florezca en mitad de la noche.
La bandera de olvido de una vela bien blanca
haciendo ardiente y limpia la blancura del muro.
Y saberme que soy, en el resguardo suave,
solo un tallo de hierba de la paz divina.
(Rosa Leveroni, p. 313).
De esta forma, entre soles, dolores y terrores transcurre la lectura de esta antología
que por supuesto debe formar parte de cualquier biblioteca que se enorgullezca de serlo.
Difundir la literatura catalana es homenajear a los idiomas que en algún momento fueron
censurados y prohibidos, lo cual aumenta en este difícil tiempo del regreso de la
ultraderecha, el peligro que significa la intervención de un país a otro (s) y el pisoteo de
derechos humanos por intereses económicos. Por la paz. Enhorabuena.

