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Poesía de Lizbeth Padilla



ENEAS DERROTADO

No le miré siquiera el lunar del muslo
Amanecía su piel al toque de las cinco
yo entraba en su cuerpo golpeando los cristales
arañando el jadeo que le hervía

No me fui por falta de amor
tampoco hubiera hundido aquellas naves que azotaron la vista de mis hombres
Una y mil veces oscurecí su cabellera con mis besos de cuervo
y ella sudaba cantos

Qué hacer si la voz de los dioses salía de mi camisa
me apretaba
si yo quería beber y en el fondo del cáliz Júpiter sonreía

Dido era la hermosa
la amante venado que ocupó en el tálamo mi voluntad
Me fui por el horror de haber oído tañer la muerte en sus huesos de reina
porque la poseía y chillaban las Parcas
Ningún varón vació sus mares
en aquella bocaza de ballena enternecida por el canto

Me recogí en mi navío y salí huyendo
porque me lastimaba su hermosura
y subí hasta los cielos que un héroe puede conquistar
pisando las vértebras de la derrota

Era perfecta
pero la perfección se pudría entre mis manos
mientras mis uñas amorosamente rasgaban sus vestidos
No dije adiós
porque la boca se fue desgastando por sus lengüetazos de becerro

Deseo que las letras de mi nombre se postren a sus pies ad infinitum
y como sierpes cuiden su paso por el Hades
que mancille la reina el nombre Eneas resurrecto en su fuego
pues escogió la luz como último tálamo para reposar








PATÉTICOS VIAJANTES

La lluvia despertó a Janitzio y lo hizo azul.
Los oyameles no amortiguan mi rebuzno dentro del desamparo.

Los muertos uncen a sus carretas bueyes blancos.
Mi padre aceptó el yugo como se acepta un dulce.

Mientras en las acacias la lluvia escurre
Andrés se encuerva dentro de una begonia.

La carretera enlaza espigas como trenzas de luz.

Continuaremos puliendo los dolores,
desyerbando el suicidio con las frutales manos que los muertos de Pátzcuaro
dejaron a las puertas de la troje.

En mi diversión atrapé
un león feroz de la llanura por sus orejas.
Con la ayuda de Asur e Ishtar
atravesé su cuerpo con mi lanza.
Asurbanipal

De niña supe que los primeros hombres se convirtieron en peces por soberbios.
En sus ovas revoloteaba la primera maldición
y sus branquias silbaban crípticas melodías.

Sobre los frisos miraba ciervos y jabalís martirizados.
Los cazadores nunca reconocieron en los ojos de las bestias la virgen luz,
un fuego humilde como el de los hornillos del hogar que se encienden de noche para
entibiar el alma.

Ahora que desde el terraplén oteo los cadáveres al fin de la cacería
despierta Leviatán en cada lanza.








Semblanza

Nacida en el estado de México es poeta, narradora y dramaturga. Tiene publicados los poemarios
Escobas para el viaje, Papalote de luz para Andrés, Lápices de la Ninfa Vieja, El dolor de los
iluminados, El libro de Natanael, Ritual de Juegos Efímeros, La piel de los ausentes, Tragaluz del
insomnio, Alquimista de lágrimas, La última gota de la clepsidra, La rueca inmóvil de la ermitaña
y En el silencio metálico de las guayabas. Su antología personal, Enlobar epifanías, reúne la mayor
parte de su obra.

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