«Periplo de los lechos», un acercamiento a la obra de Héctor Domínguez Ruvalcaba

«Periplo de los lechos», un acercamiento a la obra de Héctor Domínguez Ruvalcaba

Por Porfirio Miguel Hernández Cabrera

 

Exordio

 

Periplo de los lechos / fábula retroviral (2015) -del poeta, narrador y profesor investigador en la Universidad de Texas en Austin, Héctor Domínguez Ruvalcaba (Hermosillo, Sonora, 1962)- es el segundo poemario mexicano en poetizar íntegramente la relación entre el homoerotismo y el VIH/sida; el primero fue Poesida (1996), del poeta y dramaturgo mexicano Abigael Bohórquez (Caborca, Sonora, 12 de marzo de 1936-Hermosillo, Sonora, 27 de noviembre de 1995).

Domínguez-Ruvalcaba es especialista en sexualidades, género y violencia en la literatura y la cultura latinoamericanas, y tiene en su haber un primer libro de poesía titulado El viento no responde (1992), además de diversos trabajos de cuento, poesía, ensayo y crónica aparecidos en antologías, revistas y suplementos mexicanos. Su obra académica comprende los libros: La modernidad abyecta. Formación del discurso homosexual en Hispanoamérica (2001), Modernity and the Nation in Mexican representations of Masculinity (2007), De la sensualidad a la violencia de género (2014), Nación criminal (2015), La cuestión del odio (2015) y Translating the Queer. Body Politics and Transnational Conversations (2016; traducido al español como Latinoamérica Queer. Cuerpo y política queer en América Latina, 2019).

Periplo de los lechos / fábula retroviral es un poemario dividido en tres partes, cada una de las cuales contiene treinta y ocho, veintiún y veintiún breves poemas de verso libre, respectivamente. En la primera parte, el poeta hermosillense canta las delicias del homoerotismo; la segunda está dedicada a la vivencia homoerótica del VIH/sida; y la tercera al exorcismo poético de los demonios atrayentes del suicidio.

 

 

Primera parte: “Periplo de los lechos”

 

En esta sección, Domínguez Ruvalcaba describe las relaciones homoeróticas entre hombres recurriendo a cuatro temas centrales: 1) el ligue efímero que atenúe la soledad; 2) la expresión de la fuerza irrefrenable del deseo homoerótico; 3) el encuentro homoerótico en todas sus variedades; y 4) el enamoramiento como refugio existencial.

 

1) El ligue efímero que atenúe la soledad

El tema del ligue que propicie el remanso temporal del homoerotismo fugaz queda expresado en la compra de los servicios sexuales de los “jotos”; así, por ejemplo, en el poema “Paseo de los tianguis”, en un mercado callejero del Centro Histórico de la Ciudad de México: “[…] Un joto proletario / promete humillarse como quieras. / Y en menos de un rasguño / expira la carne del desprecio / y arrojas el látex / vencido contra el suelo.”

 

2) La expresión de la fuerza irrefrenable del deseo homoerótico

El deseo homoerótico está presente en muchos de los poemas como un impulso subyugante que se manifiesta resolviéndose en los variados viajes del yo lírico y sus compañeros sexuales. De esta manera, en el poema “Texolo” la visita a la cascada del mismo nombre en Xico, Veracruz, propicia el desfogue sexual de los amantes en medio del energizante torrente de agua:

Texolo es un cuerpo de agua que se agolpa / presintiendo el mar, / que rompió estruendoso la piedra, / y escapa eufórico sin freno. La persecución de su arrojo nos arrastra; / ¿qué podríamos hacer / contra esta gravitación que nos avienta irreversible, / contra la lluvia de tortugas insomnes, / contra este comernos convulsivo? / Caigo como estrella que regala el cielo, / humeante rescoldo que busca guarecerse / en el recodo palpitante de tus ingles. / Soy un cachorro hambriento que busca en tus rincones / la miel, la sal, el jugo generoso, / grito de agua, cañada estremecida.

 

3) El encuentro homoerótico en todas sus variedades

La diversidad de las relaciones homoeróticas del yo poético queda plasmada en acercamientos con jóvenes, como en el poema “Verano”, en que el ayuntamiento culmina con una eyaculación sobre el cuello del yo lírico: “… en el fermento / de los sudores / la amarga pulpa / hierve doliente / de su apetito, / baña mi cuello / de secreciones.”

La variedad de relaciones homoeróticas se plasma también en el goce de la penetración anal, el autoerotismo, la masturbación al otro, la felación y el anilingus o “beso negro”.

 

4) El enamoramiento como refugio existencial

Si bien Domínguez Ruvalcaba pone énfasis en poetizar las diversas prácticas sexuales entre varones, no está exento de abordar el amor entre ellos, pero lo hace de una manera más esquiva. El tema del enamoramiento como refugio existencial está presente en esta primera parte del libro en diversos poemas en los que, en ocasiones, la experiencia amorosa se fusiona con la sexual, como en el caso de “Estoque”, en el que se describe a la penetración como el camino del embelesamiento del yo lírico: “Baño de escalofríos, / puñalada que incendia / la ruta de mi vientre. / Si tan sólo muriera con la última embestida, / si tan sólo cayera con la mirada abierta / para no borrar tu rostro de mis ojos.”

Del mismo modo, en el poema “Pulpas turgentes de una tarde a la deriva” se expresa el regocijo sensual de la carne, con el consecuente rechazo de la ternura, pero, al mismo tiempo, también está presente la añoranza del otro, el hombre como sujeto de deseo:

Puede que se pierda la tarde que nos une, / y que supuren las ventanas un vapor de hombres. / No es hambre de carne enternecida / mi adicción a la incesante fábula del beso, / no hay nombres que escribir en las paredes / porque no queremos nombres / para entender la estación subcutánea de las frutas. […] En tus pliegues secretos / la carne enloquecida sale a recibirme, / fiebre de cítricos al vuelo, / carcajada en crisol altisonante, / sed de fraguas al centro del Edén, / transe de todas las bestias mitológicas, / al centro de tu cuerpo me invita la muerte seductora. / Sabor irrepetible del hombre que agoniza / en el deleite […] Sé que en mi demencia / navegaré por abismos desterrado, / penetraré las huertas de los mangos, / y a tientas entre cáscaras turgentes / buscaré la tarde que hurtaste de mi cuerpo.

 

 

Segunda parte: “Fábula retroviral”

 

Después de haber transitado en lo sensual y lo sexual mediante el recuento de la travesía homoerótica plena del yo lírico por varios lechos, en la segunda parte del libro, Domínguez Ruvalcaba poetiza sobre el trastrocamiento integral de la vida debido a la vivencia de la seropositividad, a la convivencia con el VIH.

De este modo, esta sección del poemario puede dividirse en los siguientes tres ejes temáticos: 1) el cuerpo, sus malestares físicos y sus pesares subjetivos por convivir con el VIH; 2) las experiencias de la adherencia al tratamiento antirretroviral en la vida cotidiana; y 3) la lucha por la sobrevivencia y el miedo a la muerte.

 

1) El cuerpo, sus malestares físicos y sus pesares subjetivos por convivir con el VIH

Los poemas de este eje temático son muy orgánicos porque se refieren a lo corporal, pero también aluden a las experiencias subjetivas del yo lírico conviviendo con el VIH. Así, “Considerando en frío, imparcialmente…”, marca la pauta de este tema en el que los malestares y las enfermedades del cuerpo (la “casa del virus”) impactan dicotómicamente en el apesadumbrado yo poético:

El cuerpo no cesa de arder y retorcerse / ni deja dormir la noche entera, se anuda en la espalda y se inflama en los confines pudibundos. / Tanto lo agobia el deseo de un abrazo / como lo ahoga el cuerpo de junto y lo repele. / No está solo el cuerpo, / es un vasto corredor donde transita el mundo, / un flujo de sustancias imprecisas: / el agua deviene luz, y se desatan vientos siderales. / La verdad se vierte en la mentira, / las lágrimas inundan las palabras, / la vida nos lleva a las puertas de la muerte: la muerte nos vive, / el cuerpo es casa del virus, campo de batalla de los gérmenes, / reo al que condenan las ideas, / el que paga las facturas del miedo, / y no nos deja descansar en el olvido. / Antes de pensarlo, el cuerpo reacciona traicionero, / y tan pronto lo negamos, nos atrapa en sus inercias; / apenas resolvemos lo que somos, / él viene a recordarnos lo contrario. / Se crispa, se incorpora, cae rendido, / nos lleva y nos trae y no sabemos / qué día decidirá dejarnos solos. / Y entonces, me pregunto, / cómo seremos sin él, / si nos ha acostumbrado a su latido, si el hambre, el deseo, la euforia y la morriña / no serían lo mismo sin un cuerpo.

Los títulos de algunos de los poemas de esta parte remiten a malestares y estados físicos asociados con la enfermedad: “Fiebre”, “Náusea” y “Convalecencia”; en ellos, ahora las sensaciones descritas no son eróticas, sino desagradables reacciones fisiológicas y psicológicas provocadas por el “virus”.

 

2) Las experiencias de la adherencia al tratamiento antirretroviral en la vida cotidiana

El segundo eje temático de esta sección aborda las incomodidades físicas y subjetivas del yo poético derivadas del tratamiento antirretroviral en el contexto actual de los avances médicos contra la pandemia del sida. Este tema se trata en tres poemas de nombres emblemáticos: “Plegaria retroviral”, “Pausas retrovirales” e “Indetectable”, los dos primeros con alusiones religiosas.

Específicamente, “Plegaria retroviral” es una especie de oración del yo lírico a los medicamentos antirretrovirales para que le permitan continuar con el ritmo de la vida a pesar de la convivencia con el VIH: “Transfigura mi yacer en correría, / mi dormir en diligencia, / mi trajín en desatada búsqueda. / Herido soy y clamo / porque no se suspendan las heridas”.

Del mismo modo, en “Pausas retrovirales” el yo poético describe la insustancialidad de los aconteceres “del cuerpo y sus propias tormentas” (“insomnio”, “hambre”, “pies molidos”, “vientre convulso”) en comparación con la resignación por el descenso de la calidad de vida y la necesidad de existir contando las células del sistema inmunológico, para lo cual establece una analogía del padecimiento con el calvario de Jesucristo:

De todo esto lo único que me pertenece es el dolor y / todas sus variantes. / Sea entonces el dolor la forma y la sustancia que me / encumbra, / Jesucristo de la madrugada / y los antirretrovirales, / de las cuentas agresivas y regresivas / a que se ha reducido el cuento de vivir, / Jesucristo estomacal, / Jesucristo de jaqueca y náusea, / haga usted de cuenta que lo hemos atendido como / usted se merece.

Finalmente, en “Indetectable” se manifiestan de nuevo los dolores corporales y el envejecimiento prematuro: “[…] a dónde voy a que me sellen la vigencia del cuerpo, / cómo simular que un dolor de plantas me consume / como si estuviera ardiendo desde el suelo. / Un anciano se asoma a mi espejo […]”. Pero también está presente la conciencia de la sobrevivencia ante la muerte de los conocidos: “Cada vez que se va un hombre / me cercioro de mí mismo: sigo en pie […] Me dicen que sigo indetectable.”

 

3) La lucha por la sobrevivencia y el miedo a la muerte

En este último eje temático de la segunda parte, el yo poético enuncia con mayor contundencia el desasosiego existencial marcado por el dolor físico y psíquico, y el miedo a morir. De esta manera, en “Ungüento” se expresa la necesidad de aliviar con el contacto corporal e íntimo el sufrimiento de vivir que se lleva a cuestas: “Unta de saliva mis brazos, / mis pies, mi cuello: / hurga mi cuerpo hasta que encuentres / la semilla del dolor que traigo / y deshazla con tus dedos.”

Sin embargo, a pesar del dolor y el miedo, en el poema titulado “Turbonada” se expresa el anhelo de vida, porque lo más importante es seguir viviendo: “Cuerpo empeñado en respirar, / lo demás sale sobrando […] Pago por adelantado y a grandes tajadas / las turbonadas de miedo / que me arrollan sin tregua, / respiros, torrentes, espasmos / y luego una incesante andanada de silencio”.

Además, en “Fiera nocturna” el yo lírico deposita también en la poesía y en la añoranza de los momentos felices que lo hacían escribir versos no tan tristes, el anhelo de continuar existiendo:

La madrugada toca a la puerta, / un absurdo dolor en el pecho / se crispa como fiera amenazada. […] No hay duda, sólo miedo, / no hay calma, / sólo frágiles refugios de papel y tristes nombres. Hay días que no amanece / y espero en vano la hora del pan / que perfumaba la calle de otros versos. […] Desde el plexo un estornudo arrasa con la calma / y la fiera nocturna vuelve en el acto / a su humilde condición de insecto.

 

 

Tercera parte: “Utilerías del suicidio”

 

En esta última sección del poemario, el autor juega con la idea del suicidio ante el vacío existencial para descartarla siempre con ayuda de la poesía. En varios poemas son recurrentes las menciones al “tedio” de la vida, de los domingos, a “estos días que sólo pasan”; al “miedo” al futuro, que se evita anclándose en el pasado; a la locura; y al “insomnio”. Esto se resume en los primeros versos de “De cómo corre el agua donde no llueve”, en los que el yo lírico expresa: “Bajo la cáscara estriada del cuerpo / anida el sopor del miedo / feliz de someterme. / Me rapta la madrugada. / Aterrada, la herida / supura miel de sangre, / veneno secreto para bogar / en el íntimo vacío del insomnio”.

No obstante, el “insomnio” también es abordado en sus cualidades creativas cuando se transforma en el camino fecundo que, irremediablemente, conduce a la poesía. De este modo, en el poema “Fuera de línea”, la soledad y el aburrimiento (físicos y telemáticos) desatan la conciencia de las verdades existenciales que pesan y, ante eso, sólo queda el consuelo del autoerotismo y su poetización: “Todos están fuera de línea, / cierro la ventana del chat, apago la compu. / Todas las verdades se presentan, / caigo en la cuenta de los muertos / y sólo atino a abrirme la bragueta / y jugar un solitario”.

En los poemas de esta sección, el deseo erótico se impone esperanzadoramente sobre el deseo de morir. La poética de la ideación suicida está claramente plasmada en los siguientes fragmentos de “Crónica de la madrugada”: “No espero que usted sea, / un reflejo fiel de mi lujuria; / mi apetecible espejo […] Escupo en mi reflejo, / termino por volcarme en la cocina / en busca de un cuerpo que me arranque / un grito errabundo / y un placer de navajas en el cuello”. Aún más, el deseo erótico queda plasmado con mayor contundencia en “Palpitación”: “Embriaguez de sangre perseguida / y carne lacerante. / Nadie me detenga. / Soy pájaro perdido en la demencia / de su vuelo, / soy viento que se arroja / con la urgencia de no olvidar las flores”.

De este modo, el yo lírico se aferra a la existencia por medio de la poesía, y en ella vierte, a pesar de todo, el deseo de disfrutar también de los cotidianos placeres de la vida, como cuando, en el poema nombrado “Desayuno”, pide: “Inventa por favor otra página, otra calle, otra ciudad, que he vuelto vencido del sueño a reanudar la vida y no hay bostezo que me alivie”.

Como lo expresa en “Convocación”, al solitario yo lírico -atormentado por sus demonios- no le queda más que recurrir al sarcasmo para recuperarse del patetismo de la angustia. Esta imagen queda claramente ejemplificada en el final de “Dulce estertor que anhela abrirse”, poema en el que el yo poético, también con  ironía, intenta descreídamente ser feliz cuando dice: “Si la pinche felicidad insiste en arrollarme / con su canto de sirenas, / hagamos el viaje / y que dure la vida entera, aunque ésta no pase de la / esquina”.

Terminación

En su conjunto, Periplo de los lechos / fábula retroviral reúne una poesía muy íntima, sexual y subjetivamente, en la que el yo poético se desnuda sin pudores y se revela en un ejercicio de catarsis. Focaliza su discurso poético exclusivamente en los varones masculinos que establecen relaciones homoeróticas. Domínguez Ruvalcaba no precisa de una poesía social que incluya a todos los hombres sexo-genéricamente diversos y disidentes; más bien, asume, implícitamente, un posicionamiento queer más acorde con la época actual, el cual no necesita de clasificaciones para poetizar sobre el amor y el sexo entre varones como una experiencia con mayor reconocimiento y aceptación social.

No obstante, sin eludir el tema del amor, el autor pone más énfasis en lo sexual al ser explícito en la poetización de las diversas prácticas eróticas entre hombres. Esta aproximación, indudablemente, está imbuida de las condiciones histórico-sociales existentes en torno a la lucha de los movimientos LGBTTTI, local y mundial, por el reconocimiento de la diversidad y la disidencia sexuales, y en consecuencia, refleja una mayor apertura para abordar poéticamente las experiencias homoeróticas.

Por otro lado, es destacable que Domínguez Ruvalcaba poetice sobre la convivencia con el VIH/sida, ya que es una condición que no alcanzaron a vivir, al principio de la pandemia, muchos de los hombres que tenían sexo con hombres en los años ochenta y noventa del siglo pasado. Evidentemente, el tratamiento sobre el impacto de la acción inmunológica del VIH en los varones con prácticas homoeróticas en el poemario, también es producto del momento histórico y, en particular, del estado del conocimiento de la biomedicina sobre el virus. Así, el autor publica su libro cuando el avance de la investigación sobre los antirretrovirales permiten darle al sida un estatus de enfermedad crónica en lugar de enfermedad mortal. Sin embargo, ello no impide que los padecimientos por la infección del VIH sigan siendo física, psicológica y socialmente preocupantes.

Estas características del contexto histórico en el que surge el poemario, permiten realizar algunas consideraciones sobre las connotaciones socioculturales actuales del VIH/sida. En este sentido, la poética de Domínguez-Ruvalcaba a mediados de la segunda década de los años dos mil no es un canto colectivo como, por ejemplo, Poesida, de Bohórquez, sino una perspectiva muy personal y, por tanto, subjetiva, a veces un tanto críptica, sobre todo en la tercera parte. Ello es un reflejo del estatus del sida en la época actual, de modo que, para el autor, Periplo de los lechos… representa un ejercicio literario y a la vez catártico para exorcizar a los demonios de las aflicciones físicas y psicológicas de la seropositividad, pero también del hartazgo existencial. De esta manera, el libro de Domínguez Ruvalcaba, fiel al espíritu de su época, se caracteriza por una poética que refleja que la convivencia con el VIH ha pasado a ser, en gran medida, una experiencia individual, en solitario, lo cual remite al yo poético a sí mismo y a sus vicisitudes corporales, psíquicas y existenciales. Este individualismo en la aproximación poética de la seropositividad, está relacionado, entre otros factores, con la considerable disminución de la lucha contra el sida de los activistas gays y de la sociedad civil debido, entre otras razones, a su estatus actual de enfermedad crónica.

En suma, los poemas de Domínguez Ruvalcaba abordan libre y abiertamente la fuerza deseante del homoerotismo en los hombres sexualmente diversos y disidentes. Además, reflejan las experiencias físicas y subjetivas de la convivencia con el VIH y, en ese sentido, el sufrimiento implícito en tales experiencias de la seropositividad. Así, el homoerotismo, la convivencia con el VIH y el sufrimiento son tres temas que dan pie a la regocijante y angustiante, a la vez, expresión artística del autor y, en su poemario, cobran legitimidad literaria y social como partes de la diversidad de la condición humana.

 

UACM Plantel Cuautepec 14 de mayo de 2019

Testigo presencial

 

A esos asesinos,

a los que trafican con el odio,

a los jefes que mandan y protegen

en todo el territorio que usted mira;

que matan y se atacan de la risa;

que salen panzones como Villa

a atracar los trenes del pasado

en raudas camionetas bien cromadas;

que lustran sus botas

con negras cabelleras de mujer;

que se emplazan allá en la Mariscal

con su eterna comezón de genitales;

que hablan bien al chile,

que lanzan miradas como lazos,

de la vieja acordada de la sierra;

que nunca se han doblado

porque solo al miedo le han tenido miedo;

que van muertos quizás y ya lo saben,

porque tantos secretos los callaron para siempre;

a esos señores, no, por Diosito santo,

que no los conocemos.

 

 

 

El cumpleaños del capo

 

El receptor dio un chillido

el diez y el veinticinco al encuentro

que se armen

no hacer ruido

unidad de aire alerta

que sólo vayan diez y veinticinco

ya saben el terreno

el señor de los cerros cumple medio siglo

un banquete de carnes dulces

caminará a gatas

con los ojos vendados

no sea que se burlen

de su panza descolgada

con garabatos de venitas verdes.

A sus anchas

sorben polvo

y gritan vidriosos

rebosantes de temblores

los gruesos comensales.

El diez y el veinticinco

aguardan el momento para abrir fuego

música de suspenso

close up a los ojos haciendo puntería…

No se vaya

volveremos después

de algunos mensajes

de nuestros patrocinadores.

 

 

 

La tertulia de Bowden

 

Para Jaime Bailleres

 

Ya ni Campobello,

la dama de los muertos legendarios,

pudo imaginar cadáver tan perfecto.

Que una máscara de barro oaxaqueño

pulida y bien horneada

hubiera aparecido prodigiosa

en pleno Chamizal

–tornasoladas moscas

de zumbidos azabaches–

no es cosa tan fácil de urdir, querido Bowden.

Y no me venga por favor con que es maravillosa,

ya bastante estómago he tenido con ir a hacer mi jale;

para lindas las nubes migratorias

o las flores obstinadas

que brotan en las grietas del asfalto

o las púberes mazahuas

que no hay foto capaz de contenerlas.

Pero no me diga, por favor,

que ese grito con dientes tan perfectos

lo deja estupefacto.

Yo creo que la muerte está hechizada,

y es un transe sostenido,

y un aire de pavores,

expansivo silencio que nos pasma.

 

 

Carretera a Casas Grandes

 

Como la piedra que tiene sobresalto

despertó la sangre dentro del cadáver.

Dijo: «este dolor de vientre que me raja

es más felicidad que una tarde de pájaros sin miedo».

 

Dos o tres veces los camiones cargados de leopardos

la hicieron encogerse sin resuello,

hasta verlos extinguirse en la boca de la noche.

Una ráfaga perdida azota las láminas de un yonque.

 

Si fantasma fuera, sólo facultados la verían,

greñas y liebres al viento;

y si fuera simple carne

de la pobre que tiran por amarga,

y si fuera una mujer que no llegó a morirse,

llevaría prolongado su gemido,

atada al suelo con un hilo de sangre.

Y si no hubiera dolencia alentadora

que le oprimiera las costillas,

el cuello turbulento,

la boca repleta de arena,

¿para qué, entonces, los pies se cuidan

de no pisar los vidrios?,

¿para qué virar el ojo menos reventado,

que inventa fanales y casi se cierra para siempre

de no ser por un graznido de carroña,

que la persigue esperando su caída?

 

De un momento a otro habría de llegar

al aullido iluso de los perros

en los valles invadidos

de ánimas fatuas en harapos…

Lo demás es sólo historia.

 

 

 

Angelita

 

Angelita no era bonita

pero qué arisca voz tenía,

ya sea a punto de llorar

o soltar la carcajada

se le apretaba el pecho

cuando decía mar;

luego tenía niños en mente

con gritos a la hora del recreo

porque ella quería ser maestra

de primaria,

ya después que terminara de pagar

las deudas de su madre.

 

En la maquila, cómo la querían,

digo, siempre tan puntual,

siempre servicial,

siempre de buen modo,

aunque a veces tuviera

la espalda acuchillada

de quince horas seguidas

de conectar los rojos con los rojos

los blancos con los blancos,

y cerraba los ojos

y volvía a abrirlos

para ver que seguían los rojos

y los blancos en la línea

de producción interminable.

 

Yo digo que ese día

se la llevó el aire

por ese modo suyo de siempre estar soñando.

De Angelita no hay nada qué decir

que le pueda parecer interesante,

así que, por favor, no me haga más preguntas.

 

 

 

Infancia pétrea

 

Era difícil tener un momento para el sueño.

Los llantos se iban sucediendo,

desafiando la orden de silencio.

Ya muy tarde quedaban rescoldos de gemidos.

Otros enmudecían,

buscaban la mirada de los guardias,

los emboscaban con odio apaciguado…

fantasías desbocadas de revancha

llenaban su mente.

 

Dentro de sus mentes

invocaban un tropel de bestias hambrientas,

una jauría furiosa

que corría a devorar a sus captores,

infecciones incurables,

embolias y demencias:

todo lo merecían esos señores…

y por cada día añadido a su desgracia

hervían sus vientres iracundos

que incubaban venganzas.

 

Los niños callaban como rocas.

 

 

 

 

Héctor Domínguez Ruvalcaba (Hermosillo, Son. 1962) es profesor investigador en la Universidad de Texas en Austin, especializado en sexualidades, género y violencia en la literatura y la cultura latinoamericanas. Su obra académica comprende los libros: La modernidad abyecta. Formación del discurso homosexual en Hispanoamérica (2001), De la sensualidad a la violencia de género (2014); Nación criminal: narrativas del crimen organizado y el estado mexicano (2015) y Latinoamérica Queer (2019). Ha coordinado varias antologías y escrito diversos artículos y capítulos de libros sobre género, sexualidad y violencia en el arte visual, el cine, y la literatura latinoamericana, que han aparecido en revistas especializadas y de difusión. Su obra literaria incluye los libros de poesía El viento no responde (1992) y Periplo de los lechos. Fábula retroviral (2015), además de numerosos cuentos y crónicas publicados en antologías, suplementos y revistas culturales como Plural, Nexos, Letra S, y Confabulario. Entre las distinciones que ha recibido, se encuentran los premios: «Bravo Faculty of the Year Award” (2014); «President’s Associates Teaching Excellence Award» (2013); «Lucia, John, and Melissa Gilbert Teaching Excellence Award in Women’s and Gender Studies” (2014); y el premio «Humaniza» de Derechos Humanos por la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (2019).