Jorge Manzanilla Perez
«Restos» de Jesús González Mendoza es un poemario que construye un universo lírico donde la voz poética interpela al lector, lo convierte en testigo de un dolor colectivo y lo enfrenta a las fracturas de la existencia. A través de imágenes brutales y una sintaxis fragmentada, el libro explora temas como la violencia, la identidad, la animalidad y la corporeidad, tejiendo un discurso que oscila entre lo íntimo y lo social. La obra dialoga con tradiciones literarias que van desde el surrealismo hasta el realismo crudo, mientras recurre a estrategias formales, como el uso de animales simbólicos y la deshumanización del cuerpo, para cuestionar las fronteras entre lo humano y lo bestial, lo vivo y lo muerto.
González Mendoza emplea un tono confesional que, sin embargo, evade el solipsismo. El poema de la página 12 «he visto los ojos de mis iguales / y no me vi en ninguno de ellos», sintetiza esta dinámica: el sujeto poético se desdobla en observador y observado, pero también incluye al lector en esa mirada. La ausencia de reflejo sugiere una crisis identitaria que trasciende lo individual; es un vacío compartido, una pregunta lanzada al otro. Aquí, la voz lírica no solo expresa, sino que invita al lector a buscar (o negar) su propio rostro en ese espejo roto. Esta técnica recuerda a la poesía testimonial de Juan Gelman o Raúl Zurita, donde el yo se expande para volverse colectivo. La repetición de «te lo digo» en el mismo poema refuerza este gesto interpelativo, como si el hablante necesitara validar su existencia a través del otro.
En la página 20, los versos «varias veces me rompí la cabeza con rocas diminutas / otras veces me metí en una botella / y me lancé desde lo más alto / esperando a que alguien me atrapara», evocan el absurdismo filosófico de Emil Cioran. Como en Breviario de podredumbre, donde el rumano escribe «la conciencia es una caída vertical», González Mendoza convierte la angustia en un acto físico y repetitivo. Las «rocas diminutas» podrían ser los pensamientos autodestructivos, mientras que la botella símbolo de encierro y fragilidad alude a la incapacidad de comunicar el dolor. El lanzarse «desde lo más alto» esperando rescate refleja la paradoja cioraniana de buscar salvación en un mundo sin sentido. Sin embargo, a diferencia de Cioran, el poeta mexicano no se regodea en lo abstracto: su imaginería es concreta, casi infantil (botellas, caídas), lo que intensifica la vulnerabilidad del gesto.
El poema de la página 22 donde las vacas «saben llorar» y presienten el matadero establece un diálogo con poetas como Jesús Bartolo o Emiliano Arestegui, quienes usan animales para explorar la crueldad y la inocencia. La vaca, aquí, es un ser liminal: sagrada («siente la gracia de dios») pero condenada, maternal («ama a sus becerros») pero sacrificada. La mención de que «se hincaban por respeto» ante sacerdotes ironiza sobre la religiosidad humana, mientras que la escena del corral donde las otras vacas observan a la víctima sugiere una solidaridad que los hombres han perdido. Teóricamente, esto resonaría con Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo: el animal como «otro absoluto» que desestabiliza el antropocentrismo. La vaca, en su silencio y sufrimiento, se vuelve más humana que los hombres «más tontos» que ella.
El poemario desmiembra literal y metafóricamente el cuerpo. En la página 19, el hablante «guarda el cuerpo de [su] madre en un cajón» y lo ensambla por partes, evocando a Kristeva: lo abyecto como aquello que «perturba identidad, sistema, orden». El cadáver materno objeto de amor y terror simboliza la imposibilidad de duelo en una sociedad traumatizada. En la página 31, el «hombre despedazado» bajo la cama encarna la violencia internalizada; su presencia grotesca («me pide que meta los dedos / en su costado») recuerda a Bataille: lo sagrado como horror y fascinación. Estos cuerpos mutilados no son metáforas, sino Restos materiales de un México herido por el narcotráfico (p. 25: «un aguacatero degollado») y la pobreza (p. 52: «cuando vemos el huevo no pensamos / aflamos los cubiertos»).
Restos es un libro que no concede redención. Su fuerza radica en convertir al lector en cómplice de una verdad incómoda: que la muerte, como escribe en la página 51, «será tirada en la misma fosa» para todos. González Mendoza construye un bestiario de lo humano fantasmas, perros, vacas donde lo animal revela nuestra propia barbarie. Si hay esperanza, está en el acto mismo de testimoniar: como el «cuidador del panteón» (p. 42), la poesía aquí registra a los muertos que resurgen, insistente e incómodamente, para recordarnos que no hemos escapado del todo.
Biblio
Bataille, Georges. El erotismo. Barcelona: Tusquets, 1997.
Cioran, Emil. Breviario de podredumbre. Traducido por Fernando Savater, Madrid: Taurus, 1989.
Derrida, Jacques. El animal que luego estoy si(gui)endo. Madrid: Trotta, 2008.
González Mendoza, Jesús. Restos. México: Elefanta Editorial, 2020.
Kristeva, Julia. Poderes de la perversión. México: Siglo XXI, 1988.

