El ser humano o la relación

Traducción de Mohamed Aboudeif.

¿Cuál es más importante, el ser humano o la relación? ¿La madre o la
maternidad, el hijo o la filiación, el amigo o la amistad, el marido o el
matrimonio?

Parece una extraña pregunta. Generalmente, confundimos estos términos;
además, estamos familiarizados con analizar a cada persona a través de la
red de relaciones que compone su mundo, como si estas relaciones, en las
que el individuo forma parte también, fueran lo único que lo hace visible.
El ser humano, criatura débil y extraordinaria, con todas sus contradicciones,
sueños, sentimientos, lágrimas, dolores, alegrías, bailes, bellezas, huesos,
venas, carne y sangre, es despojado de todo, salvo de su humanidad. No lo
podemos ver. Nadie nos informó de su existencia desnuda de todo, excepto
de su propia verdad.

Es invisible el humano. Lo que le importa a la sociedad, como una comunidad
conformada por individuos que viven juntos, son aquellas relaciones que
crean los vínculos entre las personas. Estas relaciones sociales constituyen la
realidad de la sociedad como la conocemos.

Aunque la sociedad está formada por individuos, tiene una conciencia propia,
independiente de cada uno de sus integrantes. Desgraciadamente, no es una
superconciencia; al contrario, es primitiva, la de un ser temeroso por su
extinción, y lo único que busca es garantizar su continuidad.
Esta obsesión por sobrevivir hace de la sociedad un poder disuasivo,
apuntado a la cabeza de quien intenta deshacerse de cualquier tipo de
relaciones, incluso las que lo vinculan con una creencia, una secta, un
partido, un matrimonio, entre otras.

Estoy convencida de que el hombre es la finalidad de las normas religiosas.
Todas las leyes y religiones sirven para preservar su dignidad, su derecho a la
vida, así como su creatividad de experimentar y generar belleza. Sí lo creo,
pero teóricamente sobre las hojas blancas de un mundo perfecto. Creo en
que la humanidad es el propósito. De hecho, en este lugar gris donde estoy
parada, noto otra realidad; noto que la relación importa más que los propios
seres humanos, que su felicidad, que su sueño e incluso que su humanidad.
Algunas relaciones asfixian sus partes, los matan lentamente, los corrompen;
los convierte en un ser deformado, herido y triste y, aun así, el humano lucha
contra la sociedad, con todas sus herramientas, para rescatar las relaciones,
aunque eso sea a sus expensas.

La colectividad no tolera a la mujer que elige no embarazarse porque no está
lista; posiblemente nunca lo esté; tampoco al hombre que se niega a casarse
y opta por su soltería. La comunidad no soporta a un joven que revela
guardarle rencor a su papá por azotarlo con el cinturón durante la infancia;
tampoco a una mujer que pide su divorcio, a menos que su esposo sea
borracho, libertino o tacaño. La sociedad no perdona a un joven que cambia
de doctrina porque vio cernir la verdad en otro lado; no acepta a quien se
niega a pertenecer a una congregación o a un partido; mucho menos a quien
abandona las creencias heredadas y decide buscar la verdad por su cuenta.

A la sociedad no le interesa la felicidad de sus integrantes, ni el derecho de
ellos a vivir en armonía consigo mismos; tampoco el derecho a elegir una
manera de vivir; no le importa la triste realidad de dedicarse a engendrar
cada vez más hipócritas, y a seguir produciendo el mismo modelo falso. Un
modelo estándar free size que conviene a todos, aunque en realidad es todo
lo contrario. Únicamente les conviene a los mutantes que intercambian su
humanidad e individualidad por un conjunto de relaciones acordadas.  




La verdad

Estoy dispuesta a desmentir la teoría de la gravedad de Newton y creer que el hombre
volaría si lo escribiera García Márquez; desmentir el origen de las especies de Darwin y
creer que los animales de George Orwell puedan rebelarse, leer y escribir.


Estoy dispuesta a creer que aún vive el Principito en un asteroide con tres volcanes, e
intenta domesticar, con todo el amor, una rosa.


Que todavía viven los siete enanitos en el bosque, y que la enorme maquinaria capitalista
no los tragó para convertirlos en anuncios de televisión.


Que el conejito está feliz dentro del sombrero.


Que la buena hada convertirá las balas en rosas que caerán sobre los niños de Siria.
Estoy dispuesta a creer que Borges se encontró consigo mismo de joven en el pasado, y
desmentir mi reloj.


Estoy dispuesta a creer que Dante pasó por el Infierno y el purgatorio, y desmentir a los
clérigos.


Estoy dispuesta a concluir la Revolución Francesa en el personaje, creado por Charles
Dickens, a quien le cortaron la cabeza en la guillotina por sacrificio al amor.


Estoy dispuesta a sufrir la fiebre de Raskólnikov, en Crimen y Castigo, y desmentir todos
los sermones.
Estoy dispuesta a creer en cada letra que escribió Eduardo Galeano, y desmentir a la BBC.


Estoy dispuesta a creer en Kafka cuando convirtió a su personaje en insecto, y desmentir
la genética.
Ciertamente, la realidad, toda la realidad, es difícil que radique fuera de la literatura.




Paraíso de la élite

Cuando veo una discusión subida de tono sobre temas de gustos, me da miedo. Me siento
ante personas que dejan de ser apreciadores de arte para convertirse en una potestad y
otorgar o quitar una legitimidad artística. Son individuos que te imponen lo que
consideran bello y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo, lo permitido y lo prohibido
en el arte.


Esto significa que estas personas dejaron de ser conocedoras de arte, para convertirse en
patriarcas. Padecemos el peso de millones de opiniones que degradan nuestra
humanidad, violan nuestras mentes hasta en el más mínimo detalle. Lo único que nos
faltaba era alguien que nos emitiera un veredicto de lo que es hermoso y lo que no lo es.
Alguien que vulnere tu derecho a recibir el conocimiento como corresponde a tu
privacidad. Alguien que no respeta tus lecturas, tus gustos artísticos, tus heridas del alma,
tus cicatrices viejas y todo aquello que formó tu experiencia estética. Una Persona que
pretende eliminarte por completo para que ames lo que ama y odies lo que odia, para que
te conviertas en una versión idéntica de él; de un tirano pretencioso pese a todas sus
lecturas.


Si te gusta una novela que no le agrade a él, entonces eres un “tonto” o, en el mejor de los
casos, un simple lector o conocedor ordinario; no alcanzas la altura de los elitistas para
unirte a sus benditas reuniones, ni para obtener la Indulgencia por lectura, con la cual
entrarás a su paraíso, el paraíso de la élite.


Me da mucho miedo cuando veo una discusión subida de tono sobre temas de gustos,
porque estas personas, a pesar de todas sus lecturas, no creen en la libertad, ni
comprenden lo que es realmente. Lo que significa que esta cultura de uniform, la cultura
de aplanar y moldear que hemos estado combatiendo en las escuelas, los hogares y las
mezquitas, también la tendremos que combatir en las novelas, las antologías y en los
encuentros de los intelectuales. Es decir, todo lo que fue escrito por estos “intelectuales”,
en contra de la tiranía política o religiosa son tonterías, porque no escatiman esfuerzos
por convertirse de igual forma en tiranos intelectuales, culturales, literarios y artísticos.
Por Dios, eso es lo que realmente nos faltaba.


Dice Roy Peter Clark que la sabiduría más antigua del arte establece que no se debate una
cuestión de gustos. Todas esas discusiones que se tornan en controversias, y terminan
etiquetando a los demás de ignorantes literarios (el equivalente cultural de la traición en
política, o infiel en el área religiosa). Estos debates intensos y airados, con toda la tristeza

y frustración que evocan, también son motivos para lamentar la decadencia de los gustos.
Bueno, me dan mucho miedo.





Soy albricia

Albricio los libros que resplandecen las preguntas, los que te arrojan, sin piedad, a la
perturbación, al desasosiego y a la agudeza del cuestionamiento. Albricio los libros que te
arrancan la tranquilidad de la ilusión, los que te causan dubitación; ¿qué tal si todo lo que
me han enseñado mis padres, lo que he aprendido en la escuela, y lo que he creído,
fueran una mera falacia de la verdad? Mas, ¿qué es la verdad? Albricio los libros que
abogan por la duda y niegan a la certeza.  Sí soy albricia.


Albricio los versos que apuñalan el corazón y restauran nuestro ser incompleto. Los versos
que penetran tu hígado y se bañan en tu sangre. Albricio El mural, de Mahmud Darwish;
Las palabras chatarras, de Suzanne Alaywan; El polvo, de Wadih Saadeh; La tumba, de
Qassim Haddad; La constitución de la fe, de Nazih Abou Afsh, y muchas otras obras
poéticas. Cómo sería el mundo si no existieran estas obras. ¿Cómo se purifica el corazón
sin la poesía?, me pregunto y albricio diligentemente. Sí, soy albricia.


Albricio las cafeterías con vista al mar, la nobleza de amor a las personas que se muestra
con una comida; una charla sobre el ser y la nada, sentada a la mesa junto con los amigos
mientras tomamos una taza de café turco.


Albricio las hierbas que crecen entre las losas. Exalto aquella hierba apacible que lucha
con toda su fuerza blanda por su derecho a la vida, aquella que agrieta la pared y crece
verdosa sin defecto. Le tomo fotos y las publico en las redes sociales, y a los seguidores les
digo: miren esta hierba que agrieta la pared, ¡simplemente miren! Sí, soy albricia.
Albricio las nuevas rosas en el jardín. Albricio la pequeña tienda de artesanía. Albricio los
extraños, los locos, los poetas y los que tienen el corazón amansado. Albricio el pan
caliente, las cardelinas, los ramos de crisantemos. Albricio las películas que sacuden el
suelo bajo mis pies, haciéndome traspasar con fuerza para vivir la vida de otra persona.
Albricio los árboles, los nidos, los pájaros, los poetas, los gatos revoltosos en las calles, las
macetas, los amigos, el eco. Albricio la lluvia, el sueño, la planta. Albricio la gacela, las
tortugas marinas. Albricio la belleza del mundo dondequiera que la encuentre.
Sí, soy albricia. La belleza para mí es un credo.





Bothayna Al Essa es una escritora kuwaití, nacida el 3 de septiembre 1982. Es
autora de más de 10 obras, fundadora de la editorial Takween, y ganadora de
muchos permios nacionales.

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