«El baúl de la abuela» por Jorge Manzanilla

«El baúl de la abuela» por Jorge Manzanilla









Mi abuela era una lectora voraz y quería heredarme ese amor por los libros y todos sus intentos fueron fallidos, me regaló infinidad de libros infantiles, que, por supuesto, nunca leí. Mi fijación en ese momento estaba en los videojuegos, en Caballeros del Zodiaco, Dragon Ball Z y en las cascaritas de futbol de la colonia. Mi amor no andaba en los libros y las cosas que me gustaban no tenían nada que ver con leer, o al menos eso creía. Mi abuela tenía más de 10 libreros enormes en su casa, ella y mi papá eran los únicos lectores. Mi mamá pedía que leyera sin que ella lo hiciera, si a mis papás les daba igual que leyera, pues yo no tenía interés alguno.


Un día mi abuela compró un baúl para meter nuevas colecciones y libros selectos. Sus libreros ya no había espacio, muchas veces su sueldo se le iba en comprar más y más libros. Mis papás la regañaban porque descuidaba su alimentación y su persona. Su obsesión por la lectura la llevaba a encerrarse por horas. Leía todo el día, nunca veía la tele y casi no salía. Detestaba a los escritores vivos aun cuando ella trabaja para dependencias de gobierno y de cultura. A la casa no iba gente del medio artístico, mi abuela era muy reservada y callada. Cuando hablaba era siempre refiriendo a algún libro. Nadie la entendía, ni si quiera los amigos que la conocían. Los años hacían que mi abuela fuera más descuidada con su persona y sus lentes eran cada vez más grandes. De niño pensaba que al lector se le agrandaban los ojos por todo su esfuerzo. Realmente no quería usar lentes porque me vería como la abuela.


Ya de adolescente mis gustos habían cambiado, tenía 15 años y seguía sin leer. En el 2002 un huracán llegaba azotar a mi natal Mérida, todos nos encerramos en casa. No había televisión y la única luz estaba en unas veladoras que mis padres y mi abuela habían conseguido. Fue una semana con todas las carencias porque el huracán había roto plantas de luz y la Comisión estaba trabajando en todas las instalaciones rotas. ¿Qué hacer con tantas horas libres? Sólo leer. Buscaba entre los libreros “algo para distraerme”, leía pocas páginas y brincaba a otro libro. Todos me aburrían. Mi abuela insistía que no leyera los libros que estaban en el baúl, fuera de ellos, podía leer lo que quisiera. La negación formó al lector que ahora soy, me acerqué a ese baúl y al abrirlo vi que mi abuela tenía libros del Marqués de Sade, Baudelaire, Nietzsche, Sartre y el libro del Decamerón. Al ir leyendo libro por libro me di cuenta que mi abuela era una pervertida. Yo lo estaba siendo poco a poco. Y ahora, no me queda duda, la literatura pervierte.


La literatura fue adquiriendo valor en mi vida, algo muy parecido a sentirme evangelizado, ahora es mi turno de “evangelizar” a los demás. La promoción de lectura, los talleres literarios, la carrera de literatura hispanoamericana y los posgrados no me hacen un mejor escritor, quizás, un mejor lector. Sin embargo, los tiempos de silencio son otro proceso de escritura, lo que no se dice y no se muestra nos convierte en lobos esteparios. El baúl de la abuela definió mi vocación como lector, la escritura fue aparte y se va presentando día a día.