Dos muertes posibles por Manuel Iris

Dos muertes posibles por Manuel Iris

Más de una vez he escuchado a compañeros de escritura decir que la poesía nos ayuda a
salvarnos de nosotros mismos. Es una frase hermosa con la cual, en realidad, no logra decirse
concretamente nada. Es una insinuación. Para que tuviera peso, para que en serio pudiera decirse
sin reír semejante frase, valdría la pena contar alguna de esas veces que han —que hemos— sido
salvados por la poesía.

Ofrezco mi propio ejemplo: si no fuera por este oficio pude haber muerto cuando menos
dos veces, y seguir habitando las calles. Quiero, para hablar de la escritura y sus consecuencias,
contar esas dos ocasiones que pueden ser, para otros, la historia de mi fracaso.
Si acaso hace falta, quiero aclarar que con estas anécdotas no busco ofender a nadie: mis
muertes y mis vidas no son ejemplo de nada.


I


Tenía 15 años la primera vez que alguien me dijo— la persona era relevante, y lo dijo en
serio— que debería dedicarme a hacer carrera política. Era el padre de un amigo, y junto a él
estaban otros adultos que yo respetaba. Todos estaban de acuerdo. Me recomendaban buscar un
puesto en las juventudes de algún partido político mexicano, y empezar ahí a ascender poco a
poco. Dichos amigos y sus padres eran de una escala social superior a la de mi familia y eran,
además, gente de muchas lecturas. Yo podía llegar lejos, decían. Me deslumbraban y yo quería
escucharlos.
Por causas cuyo detalle no viene al caso dejar plasmadas aquí, durante esos años tuve la
oportunidad de dar dos o tres discursos en eventos que, sin que yo lo advirtiera, tenían un
trasfondo no solamente político, sino lamentablemente partidista. Lo importante es decir que
incluso en una ocasión hablé, con mucho éxito, frente unas 1500 personas, entre ellas el entonces
gobernador del Estado. Al final de mi discurso, dicho personaje se acercó a darme la mano y
felicitarme públicamente. Estaba, o cuando menos aparentaba estar, visiblemente impresionado.
Su gesto no tenía un significado menor, pues era un hombre conocido por varias cosas
cuestionables, pero también por su capacidad oratoria. Quedaba claro que, efectivamente, yo
poseía cierta habilidad natural para hablar en público, y que tal vez era posible usarla para hacer
carrera política.

Pero yo tenía ya el enorme defecto de querer dedicarme a la poesía. Mi intención era
también usar palabras, pero sin multitudes ni discursos. Prefería ponerlas en la página, en un
silencio que no lo es.

Me interesaban la justicia social y la posibilidad de ayudar a cambiar la vida de ciertas
personas, por supuesto. Pero la clase política siempre me dio una enorme desconfianza, y en
cambio nada me arrastraba más que la posibilidad de escribir, algún día, aunque fuera un solo
verso de verdad. Esa muy improbable epifanía sin consecuencias tangibles era, y sigue siendo, el
centro de mi existencia.

La verdad es que no hubo batalla ni conflicto. La llamada carrera política jamás pasó de
ser una recomendación cariñosa pero instintivamente ignorada en pos de algo que, cuando se
decía en voz alta, no daba menos que risa.

Estoy seguro de que sin esa devoción por la escritura posible (ningún poema había sido
escrito todavía) mi vida hubiera sido otra, y el poeta futuro hubiera muerto dentro de mí.


II


Muy poco tiempo después de aquellos discursos, visité un par de congregaciones
cristianas fuera de mi ciudad. Dichas visitas no estaban motivadas por una búsqueda existencial,
ni religiosa: yo conocía, muy cercanamente, a uno de los pastores de una congregación, y a
algunos de sus amigos. Las visitas al templo —entretenidas desde muchos puntos de vista— eran
inevitables al frecuentarlos.

Mis amigos eran gente carismática y con cierto éxito profesional. Sin embargo, era
evidente que carecían de real vocación de servicio, y de cualquier preparación en asuntos
espirituales, filosóficos o religiosos. La sabiduría, la humildad y el ejemplo brillaban por su
ausencia. Se estaban enriqueciendo gracias a su nuevo trabajo y estaban, por supuesto,
enamorados de su propia voz. Andaban por el mundo convencidos de que su habilidad para
hablar en público (que no era tanta) era un regalo de dios para ellos y para sus feligreses, quienes
vivían en un barrio mucho más humilde que el suyo.

No tardaron en decirme que dios mismo les había comunicado, a todos al mismo tiempo,
que yo debía ser pastor de su congregación o de alguna otra. Era la voluntad del altísimo y ellos
estaban felices de que ese mensaje, que iba a cambiar mi vida y la de muchos, les hubiera llegado
de golpe, en ese momento, mientas cenábamos.

La certeza de que su estatus de guías de una comunidad, y de que todos sus
pensamientos, todas sus ocurrencias, todas sus acciones (varias de ellas muy cuestionables) eran
manifestaciones de dios, fue para mí la revelación de un tipo de egocentrismo que nunca antes

había podido observar de cerca. Si la clase política me generaba desconfianza, esta nueva
sociedad de iluminados improvisados me provocaba, y me provoca todavía, un rechazo visceral.
Jamás acepté su invitación a compartir “la palabra” porque, de nuevo, yo esperaba (no
estaba seguro de que iba a suceder, pero estaba seguro de que podía suceder) que mi interacción
con las palabras, con los otros, y con la trascendencia, sucediera por medio de la poesía.
Lo espiritual que a veces aparece en las cosas que escribo hoy fue, de algún modo, lo que
me alejó de los templos aquellos. De nuevo, los poemas no escritos me salvaron de la segunda
muerte.


III


Como cualquiera, yo he tenido muchas más que dos muertes. No dedicarme de lleno a la
academia, o no establecerme en mi propio país han sido puertas que, al cerrarse (al cerrarlas yo)
han decidido el rumbo de lo que llamo mi vida. Pero en esas historias no decidí ser poeta o no,
sino el modo de serlo. Por ello no las incluyo aquí.

Gracias a esas dos muertes pude entender que existen muchas maneras de estafar por
medio de las palabras. Venturosamente, la poesía deja de existir cuando aparece el engaño. A
diferencia del político o el religioso, el poeta no pretende poseer la solución a ningún problema,
ni tampoco habla de lo que sabe: escribe lo que intuye y no quiere que nadie lo siga. Es, al
mismo tiempo, un solitario y un miembro de la tribu.

Quien dedica su vida a la poesía está casi completamente seguro de que jamás será rico ni
políticamente poderoso, y eso es parte de su vocación. El poeta vive al servicio de algo que no
conoce, pero de cuya existencia está seguro, pues la poesía misma es testimonio de ello.
El que hoy escribe y el protagonista de estas historias de juventud son ya personas
distintas, pero relacionadas: el niño siempre es el padre del adulto. El jovencito aquel me hizo
posible. Me salvó.