CIENCIA Y POESÍA POR MARCO ANTONIO MURILLO

CIENCIA Y POESÍA POR MARCO ANTONIO MURILLO


Quiero comenzar la columna de hoy con un poema de José Emilio Pacheco, Prehistoria. “¿De dónde viene la lumbre del cielo? / ¿La produce el estruendo? ¿O es la llama / la que resuena al desgarrar el espacio?”. Se cuestiona el poema en su segunda parte. Ese texto, creo yo, resume la experiencia del ser humano que, a base de conocer a través de su consciencia e imaginación, busca explicar el universo próximo, ese que tras cada respuesta parece más enigmático. El poema, que se recoge en el libro El silencio de la luna, representa una de esas veces en que la imagen poética es capaz de decirnos más que el rigor de una enciclopedia. Mientras aquella intenta abarcarlo todo, responderlo todo, el poema de Pacheco, más prudente, prefiere sugerir apelando a las reflexiones del lector. Lo importante, parece decirnos, no es explicar el mundo, sino hacerle las preguntas correctas, porque a través de ellas el ser humano talvez pueda encontrar su casa, su cueva rupestre.
En Cosmos, ensayo de una descripción física del mundo, Alexander Von Humbolt, dice algunas palabras que, si las atendemos bien, ponen en jaque al cientifisismo enciclopédico, ese lado de la ciencia que intenta sintetizar al mundo en un objeto medible, despojado de su mundo interior:

Del mismo modo que, en las elevadas esferas del pensamiento y del sentimiento, en la filosofía, la poesía y las bellas artes, es el primer fin de todo estudio un objeto interior, el de ensanchar y fecundizar la inteligencia, es también el término hacia el cual deben tender las ciencias directamente, el descubrimiento de las leyes, del principio de unidad que se revela en la vida universal de la naturaleza.

Este tipo de sinceridad humana con respecto a la naturaleza, también aparece en la obra científica de Goethe. Para Gary Lachman, Goethe veía los fenómenos científicos con “una calidez y atención interiores hacia lo que observaba”, involucrándose en ello “de la misma manera que un artista en su obra”. Así, en Las metamorfosis de las plantas, la naturaleza no era un ente estático, dispuesto para el observador, sino algo que siempre estaba transformándose. desde la simpleza de una semilla hasta la complejidad de una flor.

Estos acercamientos al mundo, despojados del afán cientifisista que, desde el siglo XVIII han dominado la tecnología y otros saberes que hoy rigen nuestra comprensión de la naturaleza, nos hablan de la importancia de mirar el mundo no como un objeto inanimado, el cual puede ser reducido a una ley, a una ecuación sencilla, sino como una moneda de por lo menos dos caras: lo tangible, es decir, lo superficial a nuestros sentidos, y lo intangible, que sólo puede ser conocido por la consciencia humana y sus sombras: la imaginación, la reflexión, lo poético, esas voces siempre capaces de animar las cosas.

Yo, como seguramente también el poeta José Emilio Pacheco, creo firmemente en esto que digo. No hay día en el que, durante la noche, después de mi jornada laboral, no me haga preguntas que nunca tendrán respuesta, pero que me enriquecen: ¿Por qué estamos aquí? ¿Existimos detrás del paladar de la muerte? Para mí, todas esas preguntas se resumen en una sola: ¿Para qué la poesía? Hay quienes creen que la poesía es el clímax del lenguaje, su punto más álgido, puesto en funcionamiento mucho tiempo después de la invención de las palabras. Yo no lo creo así: la poesía nos ha acompañado desde hace miles de años, fue nuestra primera manera de hacer ciencia, de conocer lo que nos rodeaba.

Gary Lachman en El conocimiento perdido de la imaginación, ofrece otra interpretación sobre qué es la poesía. Para él, es la huella lejanísima de un lenguaje primigenio, perdido en la prehistoria. En aquel lenguaje, las primeras palabras tenían la cualidad de nombrar las cosas, de tal modo que el mundo carecía de “la estricta separación entre lo interior y lo exterior, lo objetivo y lo subjetivo, lo vivo y lo muerto, y el hecho y la imaginación que (hoy en día) experimentamos nosotros”. Eran días en los que el lenguaje animaba al mundo, lo pintaba, lo hacía existir sin márgenes, tal como revela el inicio de Prehistoria de José Emilio Pacheco:


En las paredes de esta cueva
pinto el venado
para adueñarme de su carne,
para ser él,

para que su fuerza y su ligereza sean mías
y me vuelva el primero
entre los cazadores de la tribu.

En este santuario
divinizo las fuerzas que no comprendo.
Invento a Dios,


Eran días en que el agua, los árboles, los peces eran nuevos para el lenguaje. Bastaba decir la palabra “tierra” para que la tierra revelara su superficialidad y su interioridad. Hoy, las palabras, ya manidas por innumerables generaciones, necesitan de un trabajo casi titánico para conseguir ese mismo efecto. Solo algunos poemas contienen palabras que lo logran, y no son reproducibles fácilmente. Por ello, una imagen poética no puede ser traducida a otra cosa. Lo más que podemos hacer es intentar explicarla. Pero dicha explicación siempre estaría sujeta a esta nota de Octavio Paz: “Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro”.

En el siglo XVI, durante el proceso de “Invención” de América (término acuñado por Edmundo O`Gorman) tuvimos la oportunidad de ver cómo funcionaría aquel lenguaje primigenio. Los escritores de la Conquista se vieron obligados a reinventar el nuevo continente con ayuda de la imaginación poética. Ya no se trataba de idear mundos a la manera de Marco Polo, sino de nombrar aquello inédito que estaban viendo sus ojos. Convertían a los animales y a los frutos en metáforas vivas: el colibrí era el pájaro mosquito para los españoles, mientras que los ingleses llamaron al caimito star apple (manzana estrella). Aquella aventura reimaginativa se vería reflejada pocas décadas después en el inicio del barroco europeo. Fue un hito para el lenguaje, a tal punto que, en pleno siglo XXI, los poetas seguimos disfrutando de las conquistas alcanzadas por los autores de esa época.

Vuelvo a mi pregunta inicial, esa que no me deja dormir mis horas: ¿Para qué la poesía? Es otra forma, junto con la ciencia y la filosofía (solo por nombrar algunas) de conocer la naturaleza. La poesía nos recuerda que las cosas son algo más que superficie. Hay más en nosotros que sólo observar y comprobar; y eso me hace feliz, porque en ello reconozco que el mundo no es algo dado, listo para ser encapsulado en una ley, sino algo que debemos encontrar haciendo las preguntas correctas. Cuando Albert Einstein escuchó el nacimiento de la física cuántica, esa ciencia de lo pequeño que se vale de paradojas e imágenes poéticas para explicarse, cuando lo escuchó de boca de Niels Bohr, dijo: “Quiero creer que la luna está ahí incluso cuando no la estoy mirando. Dios no juega a los dados”. A lo que Bohr le respondió: “Para de decirle a Dios lo que tiene que hacer”.

Con ello, trato de denostar a la ciencia que me dio la luz eléctrica y la computadora con la cual escribí estas palabras. Tampoco se trata de poner a la poesía como la máxima expresión del ser humano, sino me interesa mostrar que en estas dos formas de conocimiento humano hay una unidad que no debemos perder. Tan vacío es el hallazgo científico cuyas aplicaciones no profundizan en la relación humano-naturaleza, como en aquel poema abstracto que, por detenerse a disfrutar solo el paladeo de las palabras, se olvida de la realidad humana.

Ambas, ciencia y poesía, además, comparten elementos en concreto. Pienso en la luz, cuya variedad de construcciones poéticas pueblan innumerables páginas de la literatura (acaso sea el elemento más recurrido por los poetas). En Prehistoria de Pacheco, como dejé ver al inicio de este discurso, aparece adentro de una pregunta: “¿De dónde viene la lumbre del cielo?” La luz, a su vez, es parte crucial en la física, pues es ella la que marca los límites del universo, no se puede alcanzar, mucho menos rebasar. Es ella, energizando las estrellas que nunca pudo descifrar Olbers, la que nos da la esperanza de que nuestra voz no está sola en el universo.