Por Carmen Avendaño
Original, culto e irreverente, Guillermo Meléndez sería un poeta mucho más conocido si no fuera por su falta de pericia en “esa guerra sucia”, como llama a la carrera literaria, que exige “disimular plagios, dominar estilos en boga, (…) incrustarse con habilidad entre las mafias de aduladores profesionales”. Mi mejor lápiz (Libros de la Mancuspia y Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018) de Guillermo Meléndez (Galeana, Nuevo León, 1947) es el libro XV de una trayectoria que incluye la antología Ciudad del Náufrago, (Fondo de Cultura Económica, 2002), además de publicaciones en Chihuahua, Morelia, Guadalajara, Ciudad de México y en su lugar de residencia, Monterrey.
En parte responsable de esta marginación es la geografía de la ciudad que padece, Monterrey, a casi 700 kilómetros de la Ciudad de México. Tal vez por ello en este libro el poeta fabula su fundación para deshacerla, para arrancarla de raíz, como si el valle donde fuera alzada contra todo pronóstico fuese uno de los sitios baldíos que hoy pueblan su centro. En el escrito de título barroco Apuntamiento sobre la fundación de la Villa de Nuestra Señora Santa Rita del Valle de Monte Montura, Meléndez toma la voz de los tlaxcaltecas para narrar el episodio donde el fundador postizo, Don Diego de Cabra, les pide a los colonos que junten las chivas, y partan por la mañana de vuelta a Santiago de Saltillo:
“Que Monte Montura se quede como pueblo fantasma entre sus hermosas montañas y su esplendente sol, nosotros nos largamos lo más pronto posible, ya que aquí, aparte de las múltiples adversidades que nos anulan, como ustedes saben, vivimos con el riesgo que los Pistisfiafuiles, como lo hacen con las tribus enemigas, nos arranquen las cabezas y luego, sepultadas en un pozo entre pencas y brazas, sirvan de cena en el banquete donde empeyotados y en pelotas danzan al derredor del petate que contiene los huesos de sus ancestros.”
Poemas en prosa es un modo de llamarle a estas piezas de nombre propio que comprenden tanto formas de las escritura como de la oralidad. Al “Apuntamiento”, o crónica fabulada, se suman materias de la memoria: recuerdos, cartas, informes, elogios; y de la predicción: presagios, vaticinios, ovomancia (lectura de un huevo) y metoposcopia (lectura de arrugas y marcas en el cuerpo).
Como se desprende de estas prácticas el autor es un lector empedernido, que se inviste a sí mismo de la dignidad de interlocutor de grandes escritores atrincherado junto a sus héroes contra el menosprecio de la poesía: “a veces, si hay viento y vino, se filtran por entre las cortinas inmortales que charlan conmigo sin incomodarse con el tufo de mi aliento aguardentoso”. Meléndez los baja del pedestal y los invita a su presente, donde alternan con su familia, sus amigos, sus cantantes favoritos. De este modo el solitario se vuelve un anfitrión que convida al lector a conocerlo en su vida cotidiana, haciendo de ella lugar de encuentro con los inmortales.
“Juglaría” marca una sección y bautiza un escrito donde el poeta retrata a los actuales juglares que pasan por su calle: “una niña tamborilera que recolecta las monedas, su madre que va tras ella dando las gracias y el padre vestido de manta, con huaraches de tres agujeros, es un músico que fue aprendiz de clarinete en una banda de Juchitán. (…) Gracias amigos por cantar la Barca de Guaymas, Modesta Ayala y El hijo desobediente. No hubo desperdicio; puras buenas. Gracias, Mester de Juglaría por hacerme llorar con la trova de la Delgadina que al negarse al incesto, el rey, su padre, la dejó morir de hambre entre las aldabas de una almena.”
Como pocos Meléndez insiste a largo de su poesía en la antigua hermandad con la música, que los juglares llevaban de la mano por los caminos, aunque ya en ese tiempo los trovadores de la corte se afanaran en distinguirse de ellos. Así, en La senda del paupérrimo, aparece Rubén Darío con ecos de tango:
(…) “Sólo sé y me alegra saber que soy testigo de la aparición de un roble igual al que don Rubén Darío imaginó lleno de rosas frescas. Sí, el árbol tiene flores muy preciosas, efímeras como amores de estudiantes, sus miradas renuevan los bríos a los que necesitan más de un hervor para perder la dureza del alma, sus corolas color sangre son signo de asombro auténtico pero por desgracia en lo que dura un parpadeo se deshojan y terminan su existencia en los hocicos de los cerdos prófugos de las granjas de un villorrio que llaman Atongo de Abajo.” La fugacidad que observara el poeta japonés Matsuo Basho en las sendas hacia pueblos lejanos la retoma el autor en sus barrios, haciendo extraño lo propio.
En el escrito/folleto La casa del poeta, el autor recorre sus aposentos como si ya no estuviera ahí, junto a promotores que explican: “El sitio es estrecho así como la casa de muñecas que prestaba a Rilke la princesa Marie von Thurn cuando se iban de veraneo a Sils Maria, y él, atendido por amables mozos, escribía y escribía durante día y noche sin incomodarse con los trebejos hasta que terminó sus Elegías del Duino.” En el recinto se observa que el colchón con sus efluvios ha sido reemplazado por uno nuevo, y han colocado un tomo abierto de don Alfonso Reyes – el Regiomontano Universal- para dar la idea de que era su autor predilecto aunque se sabe que sólo leyó “aquel poema donde compara al sol de su infancia con perrito faldero.”
A pesar de esta aparente desmarcación de una herencia literaria local, la figura del perrito faldero reaparece en Carta de amor, con un epígrafe de la célebre canción de Jaques Brel Ne me quitte pas, “déjame ser la sombra de tu perro”, donde el amante se convierte en la sombra de Pinkie, una French Poodle: “En ese drama, con tintes de sainete, la escena más emotiva sucedía cuando la pinche perra desde dos kilómetros antes de llegar a casa detectaba el ruido de tu coche. El animal movía el rabo y aguzaba las orejas y mi corazón que era una mancha entre penumbras palpitaba de prisa como si en vez del motor de una Caribe diésel estuviera escuchando a la Cabellé cantar un aria de Puccini.”
“Siempre somos extranjeros en algún lado”, manifestó el poeta uruguayo-mexicano Saúl Ibargoyen en una mesa que compartió el 2013 con Guillermo Meléndez, “por la simple razón que no podemos conocer todo. ¿Acaso conocemos hasta el último rincón de nuestra casa? Si nos queda una molécula por conocer, podemos decir que somos extranjeros con relación a esa molécula”. En el Gargantuas, icónico bar de Monterrey, Ibargoyen evocó la tradición árabe que dice “Somos extranjeros que pasamos por la tierra”.
Otra cara de la tradición errante, la representa el poeta judío Yehuda Amijai, cuya pregunta en retrospectiva sobre la propia obra marca la exigencia de este libro, ¿Cuál es el mejor lápiz?. “Amijai, no como espectro en pena del Más Allá rabínico, sino como espíritu inmortal del rango de Li-Po, se aparece y me dice: – Mi mejor lápiz fue aquel que en una florería tenían atado como un perro a una cadena. Con el escribí palabras de amor y buenos deseos a una amiga a la que envié un ramo de anémonas.” El de Meléndez, también atado, es aquel que le colgó en el cuello su hermana para evitar que lo perdiera, como invistiéndolo de un destino; un lápiz que el niño gasta hasta que punta y borrador se unen en la iniciación a la escritura, guiado por una maestra que no en vano se llama Oralia.
El mejor lápiz, el primero, es la mejor pluma de un loro que en Lamento del carcelero, opone a la escritura como destino una mudez empecinada, tal vez a causa de la jaula que padece o porque su dueño sólo quiere enseñarle a decir groserías.
En la sección de Presagios nos asomamos a una de las formas poéticas más antiguas y vigentes, en tanto atañen al futuro, a la condición de posibilidad, bajo la apariencia humilde de una Zettel –hoja en alemán- que entrega el loro del organillero:
Si cruzas el océano te transará una vendedora
disfrazada de mística al ver que no puedes
convertir a tu moneda el precio en euros.
Después ardido por la estafa dirás a los amigos:
el pontífice no necesita ir muy lejos
si sale a una gira para enmendar ladrones;
ahí a su lado, en Galleri Savelli una Santa Rita
vale como si del estigma de su espina
aún supurara pus milagrosa.
Como abasto de la providencia para nutrir el asombro, algunos vaticinios anuncian percances que ya sucedieron, son un camino nuevo para abordar la memoria del encuentro con un mundo que debería ser más ancho y menos ajeno. Con el retorno al terruño vuelve la doble lectura, real y posible, en Vaticinio del Lingüista 2, donde un libro se vuelve oráculo cuando se abre al azar, originando versos esperanzadores:
Desde las profundidades de tus horas
a pesar del invierno embistiendo
cabalgarás sobre un tiempo brillante.
La tercera de tres partes que componen esta obra, Cartas del confinado, está dedicada a la interlocución. Los destinatarios de las epístolas son variados, y junto a Manuela – la que teje el gozo y desteje la espera- se encuentra Clarice Lispector; Santa Clos junto a José Lezama Lima; Herman Broch junto a Safo. Los asuntos de las misivas son igualmente eclécticos, y si a Broch le confiesa que como él, escribe para reactivar su juventud, a la gran poeta griega le cuenta, mordaz y risueño, los pormenores de un zafarrancho con tamales colombianos.
Como en la poética del mencionado poeta Saúl Ibargoyen, Guillermo Meléndez desacraliza la herencia grecolatina, la influencia eurocéntrica en la literatura que desde el nombre mismo acredita su dominio: latinoamericana. Más que un reflejo de la dominación política sea tal vez origen, considerando al latín la letra sangrienta de la colonia. Ante las literaturas europeas que se siguen presentando como bastión de alta cultura y garantía del saber, Meléndez se apropia de su riqueza y le mezcla valores de la cultura popular, en resistencia frente a la actual colonia anglosajona, a la cual es tan permeable la ciudad de Monterrey.
El desafío a los estándares de prosperidad que la dominan se muestra también en los poemas visuales que desde hace un tiempo Meléndez comparte en su página de facebook. Como en ellos, con intimismo sutil y honestidad irreverente Meléndez convierte la soledad del escritor en la compañía del lector. Desde una modernidad donde lo trascendental desentona, el poeta en lugar de caer en lo trivial lo levanta, lo nivela, lo integra a nuestros paisajes imperfectos latinoamericanos, donde los pedazos de espejo relucen entre los escombros, como el amor a la verdad.
Guillermo Meléndez nació en Galeana, N.L. 1947. Licenciado en Ciencias Jurídicas por la UANL. Premio de las Artes (Área Literatura) UANL, 2008. Obras (entre otras): La penúltima piel (Ediciones del Azar, Chihuahua, 1994); Inmundi (ediciones Toque, Guadalajara, 1995); Memorias del aljibe (Libros de la Mancuspia, Monterrey, 1998), Ciudad del náufrago (FCE, México DF, 2002); Cuaderno de la nieve (Mantis Editores, Guadalajara, 2004); Circo Romano (El Árbol Ediciones, Morelia, 2007); Legajo de la noche (Ediciones Intempestivas, Monterrey, 2008); Hiel, Diario de un ruco (Posdata Ediciones, Monterrey, 2011) y Vestigios del ausente (Ediciones Caletita, Monterrey, 2015).

