Aforismos de “Contrariedades”. Mario Pérez Antolín

Aforismos de “Contrariedades”. Mario Pérez Antolín

 

Mi madre nunca me soltaba dentro de la barca. Ahora, esta mujer con una cruz roja en el chaleco también me abraza como si fuera su hijo. Reparten mantas y no pegan. Yo quiero volver a casa para jugar con mis primos. Tengo miedo del mar porque se enfada sin motivo. Mi madre decía que nos esperaban cosas buenas al final del camino. Ojalá. De momento, la tristeza, el hambre y el frío continúan conmigo.

 

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El carrito de la compra es épico en manos de una mujer cansada. El carrito de golf resulta ruin en manos de un bróker atlético. Los dos ruedan: uno, sobre el asfalto agotador; el otro, sobre el césped impecable.

 

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La rosa está harta de tanto simbolismo poético. El resto de las flores la consideran una pretenciosa. Como si fuera suya la culpa de semejante aluvión metafórico. De hacer caso a los poetas, ella contendría la belleza esencial, el tiempo inapelable y casi todos los conceptos de los manuales de estética y ontología. Desea que la liberen de esta responsabilidad. Ya son muchos años soportando el preciosismo reiterativo de la lírica empantanada. Se parece a un monarca, cansado de reinar, al que le asquean los halagos. ¡Que la cojan con otra! Una imagen más, incluso buena, y dejará de llamarse «rosa» para llamarse «nada».

 

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Duplicación: no eres nadie si no tienes una segunda residencia para los fines de semana y los periodos vacacionales, un par de gafas intercambiables con monturas de diferentes colores, un automóvil urbano además de otro adaptado a los recorridos más largos, una amante que escuche paciente tus desahogos domésticos y un hijo pequeño que entretenga al mayor. No eres nadie si no tienes por partida doble la misma insignificancia.

 

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Que molesto, ya lo sé. Que estorbo a la mayoría, me consta. Que mis opiniones resultan sospechosas, lo asumo. Que no soy un ejemplo a seguir, no lo discuto. Que altero el orden establecido, podría admitirlo. Por algo me hice poeta.

 

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Muy de tarde en tarde un reguero de leche se desliza sobre las losas de granito. Desde la cuadra unas vacas mugen a la espera del ordeño, que se retrasa. Ese líquido blanco, derramado, contiene, para mí, más luto que alimento.

 

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Gente que sigue a perros, maletas con ruedas que siguen a gente. Los unos unidos por correas, los otros por asas extensibles. Yo prefiero llevar las manos en los bolsillos, porque allí da gusto asir la nada.

 

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Lo que más me envejece son esos libros del anaquel superior, que antes estaban a mi alcance y que ahora debo contemplar a distancia, esperando que una mano amiga los baje a la planicie donde habito.

 

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Si cae la luna, el hueco que ella deje en el cielo no lo llenarán las tinieblas.

 

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Deberían subtitularnos cuando pensamos y, cuando hablamos, deberían enmudecernos.

 

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Un cambio político profundo únicamente se produce cuando hay más rabia que miedo en la mayoría postergada.

 

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Cuando pises el césped, no te imagines una moqueta vegetal, sino un hervidero de individuos minúsculos excesivamente atareados como para prever un aplastamiento repentino.

 

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Hoy, muy pocos se permiten el lujo de observar, con un vistazo sobra. Padecemos de atención sobreexcitada. Infinidad de puntos de interés que desaparecen al instante como pompas de jabón.

 

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Cadena de rechazos: el aristócrata que desprecia al burgués por su codicia, el burgués que desprecia al proletario por su tosquedad, el proletario que desprecia al paria por su haraganería. La estratificación social se basa en una permanente repulsa, la cual no obsta para que se saque un mutuo aprovechamiento entre las partes discordantes. Lo de siempre: me asquea un tanto, pero, si conviene, sería estúpido no sacar partido. Condenados al pacto detestable.

 

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Escribo sobre la mujer de enfrente sin que lo sepa. Eso apenas importa porque yo tampoco sé que ella, ahora mismo, fantasea conmigo. Pronto nos olvidaremos. Nuestros caminos quizá nunca coincidan. Ni siquiera lograré informarla de que protagoniza uno de mis textos. Disfruto entablando relaciones ficticias y conjeturales, que evitan la odiosa proximidad de una desavenencia probable.

 

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Seguimos manteniendo el proyecto vital de siempre, pero con una mayor esperanza de vida. Mientras no modifiquemos el contenido básico de nuestro existir, de qué vale llegar a los cien. Hasta ahora, mayoritariamente, no hay vivencias valiosas para rellenar tantos años. El tiempo, como simple decurso, se torna pesadilla. Haría falta un renacimiento en la mitad de muchas biografías.

 

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Evita que la muerte tenga envidia de tu felicidad. Deja siempre, en tus logros, una pequeña parte sin cumplir. Tómatelo como un seguro de vida.

 

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Calor sin peso apenas: la mejor manera de encontrar la placidez necesaria. Me gusta la levedad envolvente que siento durante un baño de agua caldeada. Disfruto bajo un edredón de plumas mientras nieva al otro lado de mi ventana. Algunas madres saben proporcionarlo: te quitan el frío y no te aplastan.

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Lo que distingue a una generación de otra no son los años transcurridos, sino la jerga utilizada.

 

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Un autor anónimo describió este lugar en una antigua leyenda. Hoy lo visito yo; pero los caminos no coinciden, el cauce del arroyo ha cambiado, los bosques tienen otros árboles y las piedras parecen más gastadas. Solo la quietud inalterable es la misma.

 

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Sin que lo notes, se impone la presencia del rorcual como un balón de grasa con su flotabilidad intacta. Algo tira de ti hacia el fondo para que la cámara de tus pulmones aplaste burbujas microscópicas. Nadar, mirando las nubes, te envuelve entre dos océanos.

 

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No es cosa de malgastar la poquísima voluptuosidad que le queda a un cuerpo cuando se tumba sobre la camilla de un hospital. En el baile de salón, los ancianos sustituyen el erotismo por el respeto para que nadie note su falta alarmante de coordinación. También debe aceptarse el maquillaje mortuorio como un arte de vanguardia dentro de las salas experimentales. Tocar anula, durante un corto intervalo, las ganas de desaparecer.

 

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Un crítico literario que se precie, llevado al extremo, debe ser capaz de morir por un buen libro y de matar al autor de un mal libro.

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La calidad del amor se sabe por cómo dejaron los amantes la habitación después del encuentro: en estos casos, el apasionamiento entraña desorden. Una jaula de fieras no puede permanecer intacta.

 

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El amor no admite adjetivos, como la muerte no admite redundancias.

 

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Hasta ahora el sometimiento se alcanzaba con padecimientos, desde ahora se alcanzará con divertimentos. Mucho más serviles seremos disfrutando que sufriendo. Pasó el tiempo de coaccionar mediante daños y empieza el tiempo de embaucar mediante placeres.

 

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El paso de la idea a la ideología obliga a convertir al pensante en creyente.

 

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Algunas veces, en los bajos fondos está la cultura de altos vuelos: así surgió el tango.

 

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Se acercan a la Tierra y nadie sabe de dónde vienen. Con estos alienígenas, los misiles intercontinentales no sirven de nada. Irradian una luz que atrapa los sobresaltos inmediatamente. A falta de una mejor denominación, la prensa los llama «ángeles galácticos», pero lo cierto es que ni pertenecen a la galaxia ni su espiritualidad tiene origen celestial. Algunas personas se han ofrecido para contactar con ellos. Incluso dos científicos están dispuestos a establecer una relación extrasensorial. De momento, los mayores esfuerzos consisten en seguir descifrando un mensaje interceptado de forma casual. El primer borrador, aún no hecho público, dice así: «Nos atrae vuestra endeblez / Queremos llorar como vosotros / Nos gustaría perder la omnisciencia / No albergamos intenciones hostiles / ¿Aceptáis un trueque? / La superioridad tecnológica que tanto os gusta por el sentimentalismo que tanto os molesta / El secreto del teletransporte por un verso triste capaz de reiniciar el universo».

 

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El suicidio requiere también un mínimo de motivación.

 

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¿Cómo se la distingue? Porque te hace sentir frío en pleno agosto bajo un sol de justicia. También te reseca la boca, aunque hayas bebido un gran vaso de agua fresca. Consigue inspirar sentimientos tristes incluso al que baila en la fiesta más animada. Tiene un rostro hermoso tras el que esconde una máscara diabólica. Nunca exige porque sabe que, tarde o temprano, siempre se saldrá con la suya. Pero la mejor manera de detectarla es por su aliento. A pesar de mascar continuamente chicles mentolados, no logra camuflar el olor a tumba.

 

 

 

Mario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) es uno de los aforistas más importantes de nuestro país. Sus libros en este género (Profanación del poder, La más cruel de las certezas, Oscura lucidez, Crudeza y Contrariedades) han recibido elogios de escritores tan eminentes como Eugenio Trías, Victoria Camps, Joan Subirats, Vicente Verdú, Juan Carlos Mestre o Jaime Siles. Antólogo de Concisos, que reúne a los mejores aforistas españoles contemporáneos. Autor de cuatro poemarios: Semántica secreta, Yo eres tú, De nadie y Esta ínfima parte de infinito. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, al italiano y al francés.