Por Mercedes Alavardo 

 

El otoño se había instalado en el DéFe y esa tarde del año pasado se había puesto chula en su atardecer lento y aborregado. Congregados en una terraza se compartían el pulque, las aguas locas, los choripanes y las risas. Estaba por ahí Mauricio Torres Paredes, chileno que cargaba en la mochila un puñado de ejemplares de La rebelión de la falla, en una versión de Niño Down Editorial.

¿Tienes hambre? preguntabas/como si el pulpo de tu mirada no terminara por saber/ de la noche parda porque  parduzcos nos hemos vuelto a socorrer/ para los nuevos dientes de la camarera/ Ellos han vuelto y de nuevo les dices que sí/ que eres la verdadera reina de las confidencias/ la que salta desde la cornisa sin el rencor cintilando látigos/ porque los días de granizo no hay descanso para las mordidas/ e insistes en que soy un poco rincón luminiscente augurio/ hecho de pequeños cerdos que siempre has soñado en tu costado/ debajo de tu cama en tus relicarios multicolor/ debajo de las veladoras y las agujas de emociones exactas

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Por Mercedes Alavardo 

 

Aida Toledo camina desde sí misma hacia ella; desde la mujer que es hacia la mujer que los otros ven (vemos), que se desespera entre los edificios o se enfría con la nieve. Conduciéndose desde lo que la forma hacia lo que la trasciende, nos cuenta de la bilbioteca en que escribe, del invierno, de los que han pasado y se han ido.

En uno de éstos feminismos que no se gritan porque se tienen tan asumidos que se exsudan en cada verso, Toledo es mujer -palabra por palabra-, absolutamente mujer en una ciudad que noes sólo contexto sino testigo, que muchas de las veces pasa del sustantivo que complementa la imagen al pronombre que la completa a ella.

La reseña de los hombres que han pasado, de sus características físicas y de los pequeños cotidianos en donde ha sentido sus ausencias… las cosas que le contaron que debía cuidar, los amores en que no ha querido ser y los sexos en que ha vuelto a mirar hacia dentro de sí misma… todo esto es la poesía de Aida. Y aún será más.

 

Despertamos con el cese de un caudillo/ Un erudito que conjugaba letras y pensamientos./ Decenas de recuerdos encabezaron aquel día/ Mientras cielo,  tierra y universo disputan su estadía./ Su pareja cósmica no bromeaba; pues en su corazón cabía/ La empatía, bondad, humildad y sencillez de un semidiós.

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La tristeza del tigre se vuelve arcilla del campo. Y las ciudades florecen porque las flores alcanzan pronto la edad del muerto y no debería de ser, pero a veces, también, alguna fauna previene aquella oscura tormenta: salen de su letargo orquídeas, fantasmas, anémonas impresionantes, débiles girasoles que han calcinado el sol entre sus hojas.

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Traigo noticias desde la oscuridad remota/ La parte inexplorada del universo/ La consciencia/ Fundida entre los presagios de los antecesores/ Transmitida como el aliento de la existencia/ Nos muestra partes de un futuro roto/ Encontramos fragmentos en el piso que no encajan en ningún lado/ La mirada del saber parece nublada.

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Por Mercedes Alavarado

En aquel departamento de la calle de Tonalá —por donde sale el sol— había un balcón angostísimo y largo en el que me ingenié para colgar una hamaca color crudo, de algodón, que había que lavar cada semana. Tenía también una silla-hamaca colgada en pasillo, convenientemente cerca de una mesa para poner el café y el libro en turno. Tenía —y esta visión es quizá la que más extraño- una frase escrita en mi puño y letra, en burdo plumón, junto a la puerta de salida: Soy la fecha que el mar todavía no ha escrito.

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