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UN VINO INMORTAL

Yo había dado unos pasos, tumultuosos.

 

Así viví.

 

Era un hombre enraizado como hileras en par de

          sicomoros.

 

Copudo

 

y tumultuoso, yo me aferraba: cuánto me oponía,

          al agua. Cobrar la pieza;

          asistir. Todo

 

ser

 

era yo: yo era veinticuatro veces, incorregible;

          llamado el

          Venturoso.

          Hablaba, con

          familiaridad;

          conseguía pasar

          desapercibido, me

 

escabullía: yo

 

el Desprovisto; me creyeron. A todos respondía

          con mi ropa de

          cama recién

          oreada, camisas

          aromáticas de

          muchachón

 

libertario, yo

 

estaba a punto de entrar todo bruñido a mi edad

          adulta, no

 

recuerdo

 

exactamente qué edad o si la edad se diluía;

          desde entonces, el

          sol me cegó: ciego

 

y hecho

 

de bizqueras, todo jorobeteado me encontré aquel

          día, tan normal: qué

          fue lo imprevisto si

          el sol

 

de la mañana

 

traspasaba diluyendo el desayuno como todas las

          mañanas por los

          cuarterones en la

          ventana de mainel

 

de la cocina: nos

 

despedimos; nunca más volví. Como siempre: el

          sol me había cegado

          esa mañana y yo de

          mi halo envejecí de

          pronto y con un paso

 

lateral

 

me encharqué hasta el tobillo de cúpulas que no

          había visto, en todas

          partes: hasta el tobillo

          me encharqué

 

en el lagar

 

que está frente por frente de casa y desde una

          ventana estoy embebido

          hará unas horas o cuánto,

          quienes

 

entran

 

salieron; son mis escabullidos: aquello me mataba

          y por fin lo supuse, así

          lo vi; reaparecía. Era

por fin

 

el Maniatado ojos abiertos de par en par y un vino

          incandescente en la punta

          de la lengua: todo reflejos;

          yo tan subido de aquel

          poso de inercias

 

en el lagar.

 

 

CONSUMACIÓN

Entró en la cocina

 

con un manojo de romero en la mano, hizo

 

girar el reino de los cielos, dos aromas

 

en el calor de la tarde: almorzamos

 

hasta la extremaunción de nuestro sistema

          respiratorio

 

perfumado: hablar,

 

aroma y regüeldo a romero: reír,

 

el sistema digestivo tritura y tritura hasta

 

su exhalación (contumaz): ya llegamos;

 

dos aromas en el desorden del mantel

 

y las sábanas.

COLUMNA

(Para leer en voz alta)

Por César González “Chico”

Primer sorbo

… había un desierto interminable y un tren que corría, -es un decir- , por él… al tren le decían “La Burra” y su velocidad máxima era de 45km/h… eso no es gran cosa, a menos que tu destino esté a más de 2500km hacia el norte, en Mexicali, paso obligado hasta tu destino final, Ensenada…

… casi nada tenía significado en aquellos años… era más bien el tiempo de buscarle significado a las cosas e importaba poco lo lejos que estuvieran… yo tenía 16 y quería ser biólogo marino; tenía a mi amigo Jorge, una guitarra terciada a la espalda, un sombrero y un poco de dinero… ¿qué otra cosa haría falta para atravesar el desierto?...

…el vagón iba atestado de gente y no alcanzamos lugar para sentarnos… eran unas bancas incomodísimas de listones de madera, de modo que ir sentado no representaba un gran privilegio… como tampoco quisimos ir parados 60 horas establecimos nuestro cuartel general entre un vagón y el otro… desde allí vi pasar las horas y el desierto y pasé las noches en blanco contemplando un cielo estrellado que no he vuelto  a ver jamás… había una vía paralela a la de “La Burra” por la que corría el tren rápido conocido como “La Bala”…en un punto del desierto nos alcanzó e iba tan veloz que daba tiempo de conversar largamente con los pasajeros, intercambiar mercancías, darles la mano y hacerte amigo de ellos… incluso nos dio tiempo de darle serenata a una muchacha de ojos bonitos que iba asomándose por una de las ventanas… como el viaje a ratos se hacía monótono cantábamos todo el día y los pasajeros agradecidos nos alimentaron todo el camino… lo primero que llegó fue una charola de tacos, cortesía del vagón 16 y un pasajero mandaba preguntar si nos sabíamos La Sanmarqueña… —Sanmarqueña de vida, Sanmarqueña de mi amor, cantamos por horas, inventando los versos…

… el desierto no termina nunca, quienes lo atraviesan ya nunca son los mismos y de cada quien depende hallarle o no significado a las cosas… ya no tengo 16, y todo queda cada vez más lejos… no suelo usar sombrero, jamás fui biólogo marino y hace muchos años que perdí a mi amigo Jorge entre la niebla… pero todavía me queda un poco de dinero y sigo con una guitarra terciada a la espalda… ¿qué otra cosa haría falta para atravesar el desierto?...

Segundo sorbo

… conozco a Rafa desde hace casi tres años… debe haber cumplido 11 por estos días… Rafa toca el clarinete bajo un puente cerca de mi casa y casi siempre va solo, aunque a veces lo acompañan sus primos que tocan la trompeta y el saxofón; ambos menores que Rafa… él los dirige y los cuida… hemos hecho buena amistad y conversado un poco, porque paso a menudo por ahí rumbo a una de mis clases… cuando me ve acercarme empieza a tocar “El Tecolotito” que sabe que me gusta porque me trae recuerdos… yo le correspondo al pasar de regreso con un paquete de galletas, un café con leche, un chocolate, un sándwich, alguna fruta… Rafa siempre tiene hambre; siempre ha tenido hambre… ignoro cuál sea su situación familiar… yo no he preguntado y él, que es un músico discreto, jamás me ha comentado nada… del mismo modo, nunca me ha pedido nada distinto de lo que le llevo… siempre acepta y agradece con mucha educación y como un profesional que ha hecho bien su trabajo… solamente un día me dijo enseñando el hueco del diente que le falta que si las galletas fueran de chocolate “El Tecolotito” sonaría con más sentimiento…

… la última vez que pasé Rafa me dijo que se iba a mudar de puente, un poco más lejos sobre la avenida… 

… —es que desde que llegaron los negritos este puente ya tiene sobrepoblación y ya casi no nos dan nada a mí y a mis primos…

… lo dijo así, sin atisbo de rencor o de resentimiento; como alguien acostumbrado a usar las palabras sin temor alguno y sin adjudicarles ningún juicio de valor, más que el de describir un hecho concreto…

… en efecto, hace algunas semanas seis o siete muchachos, adolescentes ya, seguramente centroamericanos, piden limosna bajo el puente de Rafa…

…  —y ni hacen nada… nomás estiran la manota y la gente de los carros les da… yo por lo menos toco…pero bueno, esta es una avenida con muchos puentes y nada me cuesta hacerme tantito para allá…
… —a mí tampoco me cuesta nada cruzar por el otro puente Rafa… 
… —ya quedamos…
… empezó a tocar “El Tecolotito”…
… les dejo a ustedes la moraleja…

Tercer sorbo

… mañana pacífica en el jardín del arte de San Ángel… cuadros, esculturas, ella y yo tomados de la mano, paseando sin prisa; mis meninges desinflamándose dulcemente…
… ella, deteniéndose frente a un grupo de esculturas, sonríe y abre esos ojazos que pone cuando algo la sorprende… 
… —mira que piezas interesantes, ¿cómo las hace?...
… él, entrado en años, barba entrecana, flaco, amigable, sorprendido de que alguien, sobre todo alguien tan guapa se detenga a preguntar con tanto interés, responde con una nota de orgullo en la voz… 
… —son nidos de hormiga señorita; hormigueros pues, y sonríe también…
… yo no sonrío… yo a lo lejos, veo venir la hecatombe…
… —pero cómo, dice ella, ¿toma el trozo de aluminio y lo trabaja hasta darle la forma de lo que usted imagina es un hormiguero por dentro?... qué lindo, qué interesante, qué cantidad de trabajo… me dan ganas de llevarla…
… —ah, el proceso es más simple que eso señorita, dice él, aún más orgulloso... 
… yo le hago señas de alarma para que no siga por ese camino pero me ignora...  
… —funde usted una buena cantidad de aluminio… cuando ya está en estado líquido lo vierte con mucho cuidado en la boca del hormiguero y al enfriarse lo desentierra y tendrá usted una réplica exacta de cómo es un hormiguero por dentro fundida en brillante aluminio… fascinante ¿no?...
… —tal vez sea momento de que continuemos corazón, digo yo, apretándole ligeramente la mano…—es tarde… 
…siento el peligro cada vez más cerca...
…ella no ha perdido ni un poco de esa sonrisa que ilumina la plaza, pero mira al sujeto con una inquietante fijeza… yo conozco esa mirada y es la que precede al momento en que uno tiene que salir huyendo si aprecia su vida…
… —qué lindo dice ella, con recargada amabilidad… —¿y usted es escultor o qué?...
…es inminente; la apacible mañana está a punto de convertirse en la zona más violenta al oeste de Gaza y Cisjordania…
… —si señorita, escultor, dice sacando el pecho...
… ella acaricia la pieza con su mano libre…
… —y si yo compro esto, ¿se lo pago a usted o a las miles de hormiguitas que pagaron con su vida esta escultura? pregunta ella sin cambiar un ápice la amabilidad de la voz, la sonrisa, la mirada…

… —en última instancia las artistas son ellas, no usted…
… yo empiezo a buscar alrededor un sitio donde resguardarme…
… él parpadea confundido como si no hubiera escuchado bien…
… —usted no es un simple escultor, no… es un escultor hormiguicida, es un genio… puede ir de casa en casa exterminando plagas y creando esculturas… es fantástico, lo felicito… mira que echarle aluminio hirviente a unas pobres hormigas, qué artista…
… su voz cortaba el aire como un cuchillo; peligrosa, afilada… sus palabras volaban como armas arrojadizas...
… para ese momento yo luchaba por soltarle la mano porque sus uñas empezaban a clavarse en mi piel... 
… —¿sabe qué le recomiendo?, gritó que todos la oyeran… —debería intentar echarse un poco de aluminio fundido por el culo porque a todos nosotros, dijo abarcando la plaza con un gesto, nos gustaría apreciar la fantástica escultura que resultaría ¿verdad?... sería su obra magna…
… aquello apenas comenzaba pero para entonces yo ya estaba lejos en busca de un lugar seguro… el Valle de la Muerte, el Volcán Sinabung, Irak, Somalia, Ecatepec...

El poso del café

...ella es de las que buscan horizontes aunque tengan enfrente una pared

El tema de la antologías de poemas y poetas es y será polémico, no sólo por sus criterios sino por sus utilidades y aportaciones, por sus aciertos y sus injusticias, sus presencias y omisiones, sus propósitos y despropósitos. Eduardo Mosches no sólo ha resistido la corrosión del tiempo y el desgaste de la promoción cultural, de la edición de la revista Blanco Móvil durante 32 años, ha sido capaz de renovar la publicación en lo formal y en lo sustancial; sobre todo la ha mantenido como una revista impresa que poco a poco toca los dominios de la virtualidad. Pero lo suyo hasta ahora es el papel. Quizás por esa fijación a la letra impresa y a la movilidad específica del tiraje, del natural deterioro de la materia, ha pensado en extraer de esa memoria o de ese cauce del olvido lo que a su parecer es más salvable o recuperable, o quizás más compartible, del bagaje lírico acumulado a lo largo de 30 años. Su justificación la halla en esas tres décadas dignas de celebrarse con una edición conmemorativa.

   La presencia periódica de una revista o de un suplemento cultural tiene de manera relevante el registro casi cotidiano de una actividad cultural visible, pero que puede transcurrir de modo imperceptible a la invisibilidad del pasado. Es allí, en esas vetas olvidadas donde los investigadores, los académicos y los estudiantes encuentran información para identificar, descifrar, clasificar, conceptualizar, ponderar, etcétera. El horizonte de una publicación cultural es muy amplio y diverso, aun cuando su inclinación ideológica o estética esté más o menos decantado en su política editorial, en su discurso. En Blanco Móvil caben muchos intereses artísticos y culturales, pero la poesía ha tenido siempre un lugar de privilegio, en el sentido común no de un colectivo, sino de la dirección editorial en manos de Eduardo Mosches y una cauda de colaboradores, amigos, familiares, conocidos que han aportado sus granitos de arena o sus ladrillos en la construcción de esta ya larga historia de 140 números.

   Del Río que corre no es un gesto romántico y nostálgico de Mosches, es una acción consciente e intencional de un editor que vislumbra la necesidad de colocar señales, indicaciones, mojones en el camino para quienes decidan emprender la revisión de su trayectoria como artífice de Blanco Móvil. Es además la facilitación de la lectura, en este caso de los poemas que, a criterio del antólogo, merecen ser releídos, reconocidos bajo la metáfora heracliteana del tiempo como río. Algo semejante hizo Edmundo Valadés en la revista El Cuento, al agrupar los relatos en antologías temáticas como La picardía amorosa, Con los tiernos infantes terribles, Ingenios del humorismo, Amor, amor y más amor, entre otros. La propuesta de Mosches conlleva un recuento de los poetas y poemas que han aparecido en la páginas de Blanco Móvil y que al parecer responden a la exigencia de su gusto y de su lectura crítica. Es un registro de autores, sí, pero es también una nómina de poemas cuya calidad es innegable en su gran mayoría. Las ausencias hablarán también de su injusto vacío, pero es verdad que se palpa la dimensión de una pluralidad de voces y de orígenes, de generaciones y de épocas, de temas y poéticas que hacen interesante y recomendable la antología en cuestión.

   Este muestrario de poemas y poetas sitúa a Del río que corre en el tipo de antologías que hacen acopio del agua corriente en pequeñas o grandes represas, como lo ha sido el ya extinto Anuario de Poesía que comenzó a publicar Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y luego el Fondo de Cultura Económica para dar a conocer los poemas más “sobresalientes” publicados en revistas y suplementos culturales de México cada doce meses. Los antólogos también sometieron a sus gustos y a sus exigencias dichas selecciones, y por qué no, también a sus filias y sus fobias. La diferencia básica está en el rigor y en la ética que mueve cada decisión. Puedo afirmar que en el Mosches editor hay una ventaja sustancial, él mismo ha sido ya previamente el promotor de los poemas y poetas que elige para este libro, y lo ha sido también de los poemas que, digámoslo con eufemismo, no incluye. Su antología no tiene un propósito canonizador, taxativo, y sin embargo resalta figuras o presencias insoslayables e incuestionables, pero cuyos poemas, como el de los demás, menos afamados, se defienden por sí mismos.

   Durante estos 30 años de poesía contenida en Blanco Móvil hay que destacar lo que Carmen Boullosa –quien por cierto no aparece en la muestra poética-- apunta en su prólogo: “constancia editorial, generosidad y empeño” de la revista, para no insistir en el nombre de la mano que mece la cuna. Permanecer es una proeza en un país donde todo se desmorona cada sexenio, donde lo cultural renace de sus ruinas o de sus cenizas, o donde hacer un proyecto cultural fuera de las instituciones, de la burocracia, del poder gubernamental o financiero es invisible y a menudo despreciado. Pero no es el caso, porque Mosches es un gestor cultural que convoca y enlaza, amarra y tira de cualquier cabo para concretar sus ideas e iniciativas. Así, esta antología cuenta con la complicidad y el apoyo de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

   Del río que corre es el zumo de una acción sostenida en favor de la inteligencia y la sensatez, una aportación cultural que nace de la migración en un México dolido por la expulsión de sus campesinos y sus trabajadores, de una población acosada por el terror y la desesperanza. Eduardo Mosches llegó a este país ante la imposibilidad de vivir en el suyo, Argentina, y estos más de 30 años de Blanco Móvil, manifiestos en Del río que corre, son testimonio de esa fértil relación con el territorio que es también su patria: la poesía..., y, tal vez, este paisaje y paisanaje que lo convierten en mexargén, como dijera el extrañado Juan Gelman.

Del río que corre, Poesía en Blanco móvil a través de 30 años, Libros del Marqués y Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, 2017.

 

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MONJE ENTRE ARCÁNGELES

Para Adolfo Castañón

                                  

Al bajar la cabeza, vio sus pies juntos con las medias

      de pura lana

 

blanca. Qué

 

reverencia sus pies sobre el suelo de madera en que

      imagina rebulle la

      carcoma, imagina

 

el tercer

aviso de la campanilla que convoca la hora nona:

      sus pies

 

abrirán

 

un leve arco como si hubiera un pórtico y darán

 

tres

 

pasos cortos al enfundarse en las viejas pantuflas

      de tela: alzará

 

la cabeza

 

y al ver la portezuela lateral de salida sentirá una

      leve animación de

      cuerdas y manecillas,

      pronto

 

saludará

 

a los monjes nimbados de cansancio al trasluz de

      una ventana: y tendrá

      que alejar

 

a toda prisa

 

aquel revuelo de hoces y espadas flamígeras que    

      lo incitan a plantarse con

      las piernas abiertas en

      arco y la mano flamígera

      en la empuñadura

 

de una espada.

 

 

UN PAN INMORTAL

 

La dueña

 

de la noria besó la mula en los belfos, dejó correr

      el agua, la harina de cernir

 

su óvalo. No hubo

 

pan en toda la mañana y se quedó a la mesa besando

      la inasible forma de

      un pan, tres

 

formas

 

inasibles, una imperecedera dimensión la mesa.

      Qué la asustó de pronto

      que se puso

 

a declamar

 

en medio del campo como si hubiera un silencio de

      flores (brotar) de la

      cebada o la harina

 

y el agua

 

se empaparan en la cocción quebradiza de un pan

      viejo: un pan,

      incomestible.

      Ese pan

 

de hoz

 

que siega en la interminable dimensión siempre

      encima; debajo, un

      patíbulo de cristal:

      Dios, quién es la

      mujer que huele a

      lilas en la plenitud

      de abril

 

y tiene

 

unos labios sedientos de besar el belfo de las mulas.

      Sólo ella conoce el

      misterio de comer

      la aromática brizna

      de las yerbas,

      reconoce

 

en el cuévano

 

la forma nutritiva del vino la forma nutricia de la

      espiga en la canasta:

      tan sólo ella reconoce

      por su amor a los

      belfos la forma

 

quieta

 

de la noria en su esfuerzo, la mansedumbre de un

      lomo: y su boca se

      colma en un pan

      convexo, humedecido

      por el relente que del

      sol a la sombra que

      del sol a la sombra

      bajo los árboles

 

masca.

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BALNEARIO LA CONCHA, 1954

Era domingo, cuatro decisiones.

 

Mi madre nos nutría de linfa, hidromieles: se
         asomaba papá de veguero
         y visera, mangas

 

cortas. Yo

 

proponía ir más allá de los cuatro tazones de
         café con leche, hablaba
         de otras ciudades con
         muros sembrados

 

de logaritmos

 

y espirales al almuecín, yo me iba: y mi padre
         proponía el color
         esmeralda de las
         playas, mamá
         temblaba. A
         sus anchas

 

temblaba

 

cuando nos íbamos los dos de casa, padre y
         varón veteados en un
         revuelo de naftas y
         aceleraciones, dos

 

fotutazos

 

de albricia descarada por el amanecer y el
         domingo, las mujeres en
         casa: nos desnudábamos
         de pelo

 

en pecho

 

al llegar a las casetas y mientras digeríamos
         al sol el desayuno mi
         padre recapacitaba
         acerca del árbol

 

lila

 

y los caramelos que robó de niño, su guante
         blanco de artillero
         polaco y el caftán
         orlado de arabescos
         policromos

 

para

 

días festivos, el raído caftán de peregrinaciones:
         nadábamos un poco
         hablábamos otro
         pedazo de aquellos
         profetas interiores
         que escogían a un
         niño, lo enseñaban

 

a narrar

 

y el niño aprendía de golpe, nunca jamás
         desfallecía. Nadaba

 

mi padre

 

como un perro lacio de aguas y lo vi sonrojarse
         cuando habló de una
         amiga villaclareña,
         tembló

 

y hablamos

 

en seguida de su sombrero de nutria y el
         carromato ígneo
         de la guerra: nada

 

nos detenía ya

 

y compartimos una mano de mamoncillos bajo
         la sombra de una yagua,
         llamábamos

 

al tamalero

 

por su nombre y pensamos en casa, traeríamos
         a dos manos el maní
         en los cucuruchos:
         llegaríamos, dos
         ráfagas

 

de sal

 

a casa mi madre me dio un beso que yo di a mi
         padre cuando besó a
         mi hermana, besamos

 

el pan

 

de flauta a la mesa y hundimos las manos en
         los bolsillos un momento
         para hacer silencio y dos
         genuflexiones, comprobar
         un momento que éramos
         cuatro: el Maestro

 

y la noria

 

con el Vidente y la noria que no abriría en el
         suelo aún contra nosotros
         cuatro un espacio, nos
         quedan suelo y brisa
         parsimonia y arena
         en la boca cuajada
         de canela, gofios y
         espléndidas natillas
         en los cuatro

 

cuencos.

BIENVENIDA

Un canal

de aguas lívidas cruza el desierto de Gobi en toda
         su extensión.

En el juego

de los eslabones se extravió un Emperador de la
         dinastía Sung.

Pasa

a caballo ida y vuelta día y noche, raudo: a su
         paso se quiebran las
         aguas (se amansan)
         recogen

la lenta

configuración de una bestia de carga. Y cada siete
         años (séptimo día
         de un séptimo mes)
         dimana

una luz

del fondo de aquellas aguas, el Emperador (inmaculado)
         y su corcel (inmaculado)
         se refugian

por fin

en una misma sombra y los pueblos festejan la cordura.

Por Blanca Luz Pulido

 

“Decidimos vivir. Algo sigue sustrayendo

fuerzas a la tierra. Porque existe un espacio

que no se entrega donde los enemigos se reconcilian.”

Rafael Cadenas

                                                                                “Adentro algo baila”

                                                                                                                    Valerio Magrelli

                                                                                               “Sólo el silencio está donde solía”

                                                                                                                      Eliseo Diego

 

Del río que corre. Poesía en Blanco Móvil a través de 30 años, nos entrega una colección de 126 poemas, en cerca de 170 páginas de poesía de varias épocas, países, tonos, formas, modos, estilos, autores. Cuando una publicación literaria realiza la hazaña de perdurar treinta años, entonces es posible realizar esta clase de recuentos, de ediciones que celebran esa rara avis que, contra todo pronóstico, sobrevive en el esforzado medio de las publicaciones literarias periódicas, en un país donde pocas personas gastan en libros y menos aun en revistas de literatura.

En Blanco Móvil estaremos publicando durante esta semana pomeas de José Kozer, así que a manera introductoria colocamos para el lector unas notas sobre su obra.

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"José Kozer es el nombre de uno de los poetas más consistentes e innovadores de la literatura hispanoamericana contemporánea, el nombre a la vez de una obra y de un discurso. De ahí que pueda hablarse del Efecto Kozer". Adolfo Castañón.
"Ironía, continuo montaje y desmontaje. "La entrada al templo no tiene entrada" nos dice el imprescindible José Kozer (La Habana, 1940): el otro que sigue caminando. Para que la iluminación sea posible." Juan Soros. Contra portada de la edición española (Amargord, Colección Trasatlántica) de Tokonoma.
"En este teatro cotidiano, José Kozer, Premio Iberoamericano Pablo Neruda 2013, nos mantiene al borde de la butaca con imágenes acopladas, aun entre interludios. La palabra, protagonista irrevocable, se ondula entre horizontes caribeños traídos de Odesa y Orientes poetizados para regresar al hogar "de la mano de Guadalupe". A su vuelta el telón baja, y exclamamos: PLAUDITE." Fondo de Cultura Económica (México). Contra portada de ACTA EST FABULA.
"El ejercicio infatigable de la escritura parece concederle a José Kozer la certeza de su existencia. Ánima es la respuesta del poeta a la pesadumbre del sinsentido." Contra portada de Ánima, Fondo de Cultura Económica (México).

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