De Memoria de la luz:

 

I

Cielo desgarrado de luz,

lágrimas azules,

las manos del aire,

tenues,

te han dibujado

en los dolores antiguos ya abandonados por el tiempo,

en el tejido donde han crecido ausencias,

olas por donde cabalgan sueños,

tierras extendidas para que la nave,

vencida de horizontes,       

ice de nuevo las velas zurcidas

por donde la voz,

por donde el viento,

por donde la luz recuperen

el trazo que un gesto te ha cincelado

en los ojos.

 

 

Por Manuel Becerra

 

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Poema de las reses

Carne lavada y tendida en los mataderos

que aún se recuerda pastando

en los labrantíos verdes

y aún se la oye rumiar como el rencoroso.

 

Y así continúa la vida

 

mientras el carnicero, hombre de los garfios,

cuelga la piel pendular de los metales, en negra pasarela,  

y de la vida que escurre

aún a temperatura del cuerpo

podría la ternera venir a mamar de la madre.

 

Por Manuel Becerra

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Otra canción de la ballena

La ballena es una isla efímera.

Alberga sobre el lomo, como un buey de mar, un cayo de pájaros.

 

Dentro de ella un manglar se refocila y se empobrece en cuestión de segundos cuando salta, da una contorsión y golpea de regreso la piel del mar.

 

Su corazón es una piedra calcárea que cada tanto vuelve a su punto de ebullición.

 

Tiene un espiráculo sobre su cabeza igual que un pozo en la colina:

Si el brocal se descoloca, cabe la posibilidad de la luz;

 

a partir de entonces la luna descubre en el interior a un hombre barbado

con un gorro de papel periódico asando un bagre en torno a una fogata.

 

El hombre levanta un leño encendido, contra la noche de la ballena, y alumbra sus paladares en cuyos muros está escrita la historia de las estrellas.

 

Su balada oscura de Silicio es tan antigua como la rotación de la tierra.  

Existe otra forma de cantar, pero existe bajo el agua.

 

En otra vida la ballena fue una nube de tordos, un hombre que murió bajo la espada.

 

 

 

Por Daniel Olivares Viniegra

 

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Me sabes a aves

 

Dulzor dulce olor y nunca (amar)gura de amar:

"Salado dalas"

y alado de alas..

Al tacto siento cientos y cuán extasía tu mir(h)ada...

Presencia de sensual esencia o ansia de fraguar fragancias...

Vagancia:

vaga ansia de andar; esporádicamente juntos…

pero siempre.

Albo alhelí, aromático ámbar, narcótico beleño, armónica camelia

dulcísima canela,

sacro damasquino…

Sonora canora;

a gustosidad manifiesta, relevo de pruebas:

frío río; aliente caliente...

***

Por Manuel Becerra

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El cuerpo de mi hija se compone

de agua y de fiebre. De madrugada 

la sonrisa cumple su oscuro oficio.

A la hora del frío y del mercurio

retrocede la mano de la madre

como el mar de la bahía.

Entonces hay que poner paños húmedos.

Sobre sus flecos negros la coronan

la fiebre y el deshielo,

las coyunturas cálidas, la llaga

en el rencor por la vida.

Junto a mí, enfermo y pequeño

su cuerpo le hace de ángel y vuelve del delirio

con llagas en las manos. 

Pienso en esos momentos de poesía y de alquimia

y mi hija me señala a lo lejos un cerro

colmado de pequeñas aldeas y me dice:

mira, un cementerio barcos. 

Por Manuel Becerra

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Crónica de la gente que ama los gatos

Pocas cosas sabemos sobre los gatos. Sabemos que su cabeza es del tamaño de una rosa natural y que es similar en peso y volumen al puño cerrado de un niño. Pero también sabemos que el rostro del gato nunca está en un solo sitio.

Mientras permanece adormecido en las manos de Grecia, mi hija, también está en el árbol de una vida pasada, bebe leche de almendras en una casa en Estambul, cruza a los vagabundos a la otra orilla del Leteo, devuelve con una arcada una bola de cabellos o está donde alguien cincela su rostro para la tumba de un rey.

 

Por Mirna Valdés

 

La que no tiene nombre la invisible

 

Rodeo de palabras para expresar

algo que podría haberse dicho

de forma más breve.

 

 

Hipótesis

(premisa que tomo como base de mi razonamiento poético)

 

El obrero de la luz en su afanosa tarea, pinta con su brocha de oro la cúpula de la catedral. Dorados lingotes resaltan entre el caserío, en la cresta de la loma.

A cubetadas de ardientes ocres, el día se baña.

El sol persigue mis pasos, pero ya no estoy aquí, me he marchado.

Por Dylan Novalis

 

1.-

Amor mío, ya no sé qué más decir mientras me toco las manos y lentamente dibujo laberintos sobre ellas.

Amor mío, los vagabundos y los perros comparten la lluvia y les miro por un balcón con cierta envidia (también de la lluvia).

Amor mío, en el país de los ciegos todos nos tocamos las manos e imaginamos un salón con candelabros brillantes y obreros afuera, en huelga o en marcha (que no es lo mismo), empapándose las botas como mis manos, a veces, cuando las saco por la ventana y pienso en las tuyas con sus 10 dedos largos, lejanos, de un color que habita en la playa de la luna.

 

Por Josefina Barreto

 

 

 

Soy Julieta de Shakespeare en Verona,

quizá la dulce Laura de Petrarca;

soy Helena de Troya que se asoma

abrazada de Paris en su barca.

Por mí solía sufrir Lope de Vega

desgranando un soneto en mi regazo;

nunca hice distinción, porque en la entrega

igual daba Quevedo o Garcilazo.

No se asombren si Nervo fue mi Amado

o sin con Pablo caminé desnuda,

soñando los caminos de Machado

mientras rimaba versos con Neruda.

Rubén Darío me enviaba sonatinas

y junto a Becker despertaba ufana,

mirando a las oscuras golondrinas

que colgaban su nido en mi ventana.

A Gabriela Mistral le di la mano,

caminamos con la melancolía

escuchando el gallego y castellano

en que hablaba de Castro Rosalía.

Con Shelley me embriagué en vino de hadas

 y Lorca me cubrió de madrigales,

despertando en alegres madrugadas

soñando en tibias noches otoñales.

Del infierno de Dante, pesadillas

que luego en paraíso se desgranan

sonriendo al releer las Redondillas

a los ingratos hombres, de Sor Juana.

A veces melancólica sirena

como Alfonsina que en la mar se pierde,

como la estatua de Ovidio que venera

o Diaz Mirón prendado de “Ojos verdes”

De Acuña figuraba ser Rosario

quien inspira un Nocturno ya muy tarde;

mientras guardo en las hojas de mi diario

la Patria que me dio López Velarde.

 Con Edgar Allan Poe y sus negros gatos

vi los hechizos de la noche oscura.

Con Cervantes pasaba largos ratos

hablando de molinos y locura.

Tengo mil formas, mil caras y mil cuerpos

y sin embargo ninguna forma es mía;

me pierdo entre lo efímero y lo eterno.

¿Quieres saber quién soy? Soy la Poesía.

 

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