Un cuento de Jaime Romero

Un cuento de Jaime Romero

 

 

¿Quién soy yo para juzgar?

 

Jaime Romero

 

 

 

 

 

 

 

Aunque la señora de la palapa me advirtió que no me fuera lejos por mi seguridad, yo no le hice caso y caminé tranquilamente todo el borde de la playa hasta llegar al final, donde se juntan el mar vivo y la laguna en Boca del Cielo.

 

 

Ahí estaba yo, bajo la tímida sombra que improvisé con una toalla y unos palos que me había encontrado en el camino. Un sol abrumador, abrazándolo todo con su luz, proyectaba muy bien lo solitario del lugar. Además de pasto seco, plantas espinosas y pequeñas palmas había dos palmeras enormes ahí paradas, como guardianas del lugar. Boca del cielo era una playa virgen que me habían recomendado unos amigos. Se tenía que cruzar la laguna en lancha para llegar ahí. A la distancia veía los manglares impenetrables, verdes y frondosos. Me habían dicho que tuviera cuidado con los cocodrilos, lo que me pareció muy sugestivo. De mi mochila saqué una botella de Jack Daniel’s que había comprado en el aeropuerto. Tenía un termo con hielos, agua mineral y dos vasos de vidrio grueso que venían de regalo con la botella. Me iba a tomar ese whiskito a gusto, como si estuviera en el mejor de los hoteles. Ese era mi propósito. Al ir sirviendo mi trago, mientras escuchaba el sonido del alcohol cayendo sobre los hielos, me sentía muy complacido. Di un sorbo pequeño. Me supo a gloria. Con el vaso sudando entre mis manos, me quedé mirando a un grupo de pelícanos parados sobre unas rocas enormes frente a mí, como a doscientos metros mar adentro. ¡Qué bonito sería volar!, pensé al ver un grupo de esas aves atravesar el cielo y bordear el mar en formación casi militar. Se fueron a parar sobre otras rocas a mi izquierda, pasando la bocabarra, donde la laguna se confunde con el mar vivo y el agua parece tranquila. ¿Los cocodrilos podrán nadar en mar abierto?, me pregunté al reconocer que en las aguas tranquilas habitan peligros insospechados. Una vez, un amigo casi muere del susto por meterse a un río de agua dulce que se veía tranquilo, pero tenía sanguijuelas. Hasta se me enchinó la piel al pensar eso. El sonido de una lancha cruzando me sacó de ese trance. Una brisa tiró mi toalla. De inmediato la coloqué otra vez. Fantaseé con una buena sombrilla y un camastro. Tal vez un servicio de bar. Pero no había nada de eso. Lo que me puso a pensar en el grupo de gente que juntaba firmas para continuar con la construcción de un hotel. Yo iba llegando apenas. Habrán sido como las ocho de la mañana. Dejé mi mochila recargada sobre la barda de una pequeña tienda y me puse a escuchar la conversación mientras esperaba que llegara la lancha para cruzar. Los hombres se acercaban a los lancheros, tratando de convencerlos de que el hotel significaba desarrollo. Algunos se decían cosas al oído y se reían. “Con la llegada del hotel van a tener empleos seguros y esto se va a llenar de turistas”, decía un hombre de lentes oscuros que, al mismo tiempo que hablaba, les extendía unas hojas para que firmaran. Para mi sorpresa nadie firmó. “Acá no necesitamos ningún hotel; así estamos bien, eso ya está decidido, métaselo bien en la cabeza”, dijo una señora que vendía empanadas y refrescos. Cuando llegó la lancha me subí; ya no escuché en qué terminó el asunto. El mar y el cielo unidos me hacían pensar en un espejo vivo. Al ver los impresionantes manglares verdes, la arena blanca y el agua casi transparente reconocí que un paisaje virginal era más mágico y encantador que un horizonte contaminado con hoteles y turistas. No sé dónde salieron, pero se me acercaron dos niños y me dijeron: ¿Me da una moneda para comer?

 

 

Eran unos niños que juzgué un poco flacos. El más grandecito, como de 7 años, tenía un short rojo. El más pequeño, como de 4 años, traía un pantalón azul marino recortado de las piernas. Ambos sin playera ni chanclas. Me pareció muy extraño porque no había nadie más alrededor. Alcanzaba a ver a lo lejos las palapas, una montaña y el cielo. Nada más. Pensé con amargura en la pobreza que orilla a los niños a pedir limosna. Vi sus piecitos de dedos anchos metidos en la arena, adaptados al medio marino. Estaba a punto de decirles que se fueran a estudiar en vez de andar pidiendo dinero, que el dinero envilece el espíritu y esas cosas, pero no pude. Bebí de un jalón el whisky para pensar mejor. Ese sabor dulzón me trajo de vuelta el espíritu. Los niños me miraban expectantes. Al voltear al mar, inesperadamente vi brincar un delfín o algo parecido. ¿Lo vieron?, les pregunté a los niños con emoción. Ellos alzaron los hombros como si no les importara. Me entristeció muchísimo. ¿Por qué habrán parado las obras para finalizar el hotel? No podía entender la cerrazón de la gente. Era cierto que un hotel era una buena oportunidad de salir adelante. Me reproché por no haberme ido a Mazatlán o a las Bahías de Huatulco. Allá la gente es más civilizada, pensé con cierta amargura. Recordé que la señora de la palapa donde llegué me había dicho, literal: Joven, no se vaya a pasear tan lejos porque los seres del mar le pueden dar un susto. Hay cocodrilos acá, ¿verdad?, pregunté pensando que se refería a eso. ¡No, qué va!, dijo la señora dejándome ver que le faltaban dos dientes a su sonrisa, acá hay duendes. El pensamiento mágico es producto de la ignorancia, deduje en ese momento y me fui. Pero ver a los niños frente a mí pidiendo limosna me produjo rabia. No podía alimentar su mendicidad. Estaba en ese dilema, cuando vi pasar a una muchacha rubia, recogiendo caracoles a la orilla de la playa. Entonces se me ocurrió una solución más justa. Mira, le dije al más grandecito, ¿ves aquella güera? Ambos niños voltearon a verla. Si haces que se venga a tomar un trago acá conmigo, te doy este billete de cincuenta pesotes. El niño miró el billete como sintiéndolo suyo y arrancó aleteando hacia la muchacha. El otro más pequeño se agarró los pantalones, dio dos vueltas y corrió detrás, de la misma manera, meneando sus bracitos como si fueran alas. Me dio mucha ternura. Cuando era niño y me mandaban a la tienda, yo me iba como si fuera un carro, acelerando y rebasando a los demás peatones. Cada quien su entorno. Al sentir una ligera brisa de mar acariciarme la nuca recobré un poco de buen ánimo. Me quité la playera y me tumbé de panza sobre la arena. Sentía el calor del sol como una mano tibia en la espalda. Miraba desde ahí cómo aquellos niños brincaban alrededor de la güera y ella reía y les acariciaba la cabeza. Una parvada de gaviotas pasó graznando sobre sus cabezas. El cielo tenía un azul profundo, sin nubes. Me senté y me serví otro trago. No sé qué le dijeron, pero la muchacha volteó a verme. Desde ahí, le dije salud con el vaso levantado. Ella me sonrió y, mirando hacia la arena mojada, lentamente caminó hacia mí. Los niños, agarrados del hombro, como buenos hermanos, contemplaban su trabajo realizado. ¡Hola, amiga! le dije a la muchacha y le ofrecí un trago. Hola, me respondió ella y, como si viniera del desierto, se bebió casi todo el vaso. Los niños nos seguían mirando desde la orilla del mar vivo, y se decían cosas al oído. Yo miraba a la güera y apenas lo podía creer. Tenía el cabello descolorido y los hombros muy bronceados, casi quemados, lo que me hizo pensar que llevaba mucho tiempo por ahí. Se sentó a mi lado en silencio. Todo estaba en orden otra vez. Miraba a los niños meterse al mar y salir como expertos nadadores. El niño más grandecito, metido hasta la cintura en el agua, me llamó con la mano. Advertí con justicia su demanda. Ahorita regreso, le dije a la güera y me arremangué el pantalón hasta la rodilla. Está bien, respondió ella. Fui hacia el niño y, bajo el pretexto de un saludo, le puse el billete de cincuenta pesos en la mano. ¡Gracias, amiguito!, le dije y sentí la caricia espumosa del mar en mis pies. Ya me iba, pero me detuve al sentir que el niño más pequeño me jalaba del pantalón y también extendía la mano. Una manita pequeña exigiendo su retribución. Ya no era una limosna; era el pago por un trabajo realizado. Saqué otro billete y se lo pasé. El niño se puso tan contento que brincaba en una pata. Podía escuchar sus risas y el sonido del mar como la mezcla de un arrullo hermoso. Yo regresé a donde estaba la muchacha. Los niños se quedaron jugando ahí. Todos contentos. La güera me miraba con cierta prudencia. Me contó, con un español bastante bueno, algo sobre el lugar donde se estaba quedando, y que pagaba quince pesos por una hamaca y derecho al baño y agua potable. No se necesita más para vivir bien aquí, dijo. Yo no estuve de acuerdo del todo. Aunque, pensé, estaríamos mejor con un refrigerador, un plato de ceviche y una mesa para jugar a las cartas. Mientras la escuchaba, no podía dejar de mirar una pulsera de caracoles colgando de su tobillo. ¿Te gusta?, me preguntó. Claro, le dije y, como esquivándola, volteé a ver a los niños zambullirse en el mar. Me quedé con la boca abierta al ver que el más grandecito me enseñaba, entre sus dos manos, un pescado que había atrapado. Era un pez con las aletas rosadas, bastante grande. ¿Cómo le habría hecho sin red ni caña de pescar? Esos niños podrían vivir del mar sin ningún problema. Me sentí más pobre yo, que ni siquiera sabía nadar. La muchacha estaba tumbada en la arena, con los ojos cerrados. Ni se dio cuenta. Yo me tumbé también. Así nos quedamos un rato, bajo el cobijo del silencio compartido, mirando a los pelícanos disfrutar de su vida marina, sobre las rocas y bajo el sol. El aroma a mar era como una nube invisible de tranquilidad que lo invadía todo. Sírveme otro, anda, dijo la güera intempestivamente y se levantó sobre sus codos. Pude ver algo de tristeza en sus ojos claros. Le serví. Sonrió. Oye, ¿puedo saber qué te dijeron los niños para que te acercaras?, pregunté por curiosidad. ¿Qué niños?, respondió ella un tanto desconcertada y sonriendo se puso un mechón de pelo detrás de la oreja. Esos que están ahí, dije y señalé hacia el mar vivo. A la derecha estaba la laguna, casi a nuestras espaldas. Ella volteó, se puso una mano sobre los ojos y trató de buscarlos. No veo nada, dijo. Yo tampoco los veía ya. ¿Te sientes bien?, dijo ella y se levantó. Yo me sentí muy nervioso. ¡Espera un momento!, no estoy loco, acá había unos niños, le dije y traté de tocarle el hombro como si buscara que ella misma fuera real. Al notar mi sobresalto, la güera se hizo para atrás y, diciendo algo en alemán, supongo, se empezó a morir de risa. En lugar de los dos niños había dos pelícanos jugueteando en la orilla. Chapoteaban como preparando el vuelo; salpicando el agua con sus alas y sus patas. Corrí hacia allá. Al darse cuenta de que me acercaba, las aves aletearon y en segundos ya planeaban hacia las rocas con los otros de su especie. Eran unas aves bastante grandes. Asombrado como un imbécil, casi a punto del espanto, vi los dos billetes de cincuenta pesos flotando en el agua. Inevitablemente pensé en los cocodrilos y la sangre se me congeló. Me salí del mar corriendo y desde la orilla me puse a gritar como loco. La güera se me acercó y trató de calmarme. ¡Los niños, puta madre, los niños!, decía yo. ¡Cálmate, amigo, tranquilízate!, me decía ella y trataba de agarrarme el hombro. Por un momento, por el lenguaje, pensé que no 27Una madrugada sin retorno me había entendido. ¡Acá había unos niños!, aseveré. La güera me agarró de los hombros con fuerza y, mirándome a los ojos, me dijo con suavidad: Tranquilo.

 

 

Yo me quedé consternado.

 

 

Nos fuimos a sentar al lugar donde estábamos. Anda, sírveme otro trago, dijo ella muy relajada. Le serví. Lo bebió de un tirón. Otro, me dijo. Le llené el vaso. Esta vez cerró los ojos y le dio un pequeño sorbo. ¿Estás más tranquilo, amigo?, preguntó con un tono de voz que dejaba oír algo de compasión. No sé, respondí dudoso, aquí había unos niños, no estoy loco. Aquí hay muchas cosas, respondió y dio otro pequeño trago al whisky. Miré hacia la bocabarra y, cuando alcancé a ver un cocodrilo deslizarse despacio hacia el agua, sentí miedo. Estaba casi seguro de que una de esas bestias se los había llevado. Me pareció horrible que la güera hiciera como si nada. Egoísmo puro. Me quedé mudo como las palmeras que apenas se movían por el aire. Agaché la cara, pensativo. Mira, allá te hablan, me dijo la güera sacándome de mis pensamientos y, sonriente, señaló con la mano hacia las rocas donde estaban los pelícanos. No supe si alegrarme o huir del lugar al ver a los niños trepados en las rocas, saludándome con las manitas levantadas. La güera me cerró un ojo y, con el vaso de whisky en la mano, corrió hacia el mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Jaime Romero

 

 

Nació el 16 de abril de 1975 en la Ciudad de México. Es doctor en pedagogía, graduado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Egresado del Diplomado en Creación Literaria impartido por mujeres escritoras en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia en el año 2012. Ha publicado algunos cuentos en antologías y revistas; además, con un libro de cuentos titulado Una Madrugada sin Retorno, ha sido ganador del XVII Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola que ofrece la Universidad de Guadalajara. Ha dado talleres de literatura en la Cárcel de Santa Martha, en donde, como resultado, se ha publicado una antología con textos de los presos. Actualmente es docente investigador en el Posgrado de Desarrollo Rural y en la Licenciatura de Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco.