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Un viaje al testimonio de la realidad: “Libro Centroamericano de los muertos” por Víctor Munita-Fritis



Conocí a Balám Rodrigo en un bar a finales de 2024, a través de un talentoso clan de poetas y narradores centroamericanos como Mario Martz, Fátima Villalta, Alain Pallais y Carlos M. Castro, quienes lo llevaron hasta allá. Sin embargo, ya sabía de él; su nombre siempre fue elogiado por el poeta chileno Héctor Monsalve. Yo trabajaba en ese lugar y lo atendí junto al poeta Ismael Romero; no bebió nada, porque no toma alcohol. Solo compartió historias asombrosas de la poesía, el fútbol y la familia, se tomó fotografías y prometió regalarme al día siguiente su libro en la FIL de Guadalajara. Cumplió. Nos vimos en el stand de Chiapas.

Este libro es una ventana a una de las muchas heridas que laceran el continente. Nos invita a comprender cómo la poesía puede ser la voz de los silenciados, un lienzo de 141 «llagas». No es solo un libro deslumbrantemente bien construido; es un acto de memoria y una denuncia con una fuerza abrumadora. El poeta es un interlocutor de su tiempo, un centinela de documentos y un vigía de los muertos olvidados por la burocracia global. Nunca pierde de vista que la poesía es ese encuentro entre el que escribe y lo escrito, entre el lector y el poema. Existe una poesía densa y poderosa en estas narrativas aparentemente sencillas y cotidianas, la vida misma rev(b)elada ante las realidades políticas.

El tema más poderoso que se explora es la idea del palimpsesto. Balám Rodrigo no escribe sobre un cuerpo en blanco; toma la crónica de Fray Bartolomé de las Casas, el famoso fraile dominico y obispo del siglo XVI que defendió los derechos de los indígenas en América, convirtiéndose en un crítico de las atrocidades cometidas, a quien se le atribuye ser el precursor de los derechos humanos.

La violencia no es un fenómeno reciente, y es precisamente esa antigua y dolorosa realidad la que nos obliga a adentrarnos en textos poéticos e históricos como este. Nos sumerge en la desconocida —para muchos de mis compatriotas— Centroamérica, el paso hacia la frontera, el recorrido por México, y finalmente el anhelado sueño gringo que a menudo culmina de manera cruda en “el suelo americano”.

Este poemario relata las experiencias de víctimas de una colonización inconclusa, oprimidas por fuerzas políticas y económicas que deshumanizan a los habitantes de nuestro continente. Sus versos construyen un mensaje desgarrador contra aquellos que buscan una vida mejor y, a veces, intentan escapar de la pobreza por caminos equivocados. El libro confronta las crisis humanitarias y personales de la sociedad, la eterna historia de opresión continental.

Balám nos invita a recuperar la identidad de aquellos que, tras la muerte, se convierten en meros números sobre un plano con coordenadas geográficas, como una nota impactante que podría llegar a manos de una madre en su búsqueda. El poeta crea espacios de testimonio y ofrece algo de consuelo a los familiares, quizás con la precisión de los lugares y al involucrando al lector como un testigo que debe reflexionar. El autor muestra empatía con los niños; hay una historia —que él mismo me señaló, dada mi afición por la historia del fútbol— sobre un niño que cae de «La Bestia», un tren que atraviesa el corazón del dolor centroamericano. Curiosamente, la primera vez que lo conocí, a esa misma hora «La Bestia» emitía su estruendoso sonido sobre los rieles en el centro de Guadalajara.

16°07’12.1″N 93°48’11.7″W – (TONALÁ, CHIAPAS)

Tengo 11 años, ahora y para siempre.

Nací en el Barrio FendeSal de Soyapango,

cerca de San Salvador, pero a mí nadie,

nunca, me salvó.

Mi padre fue asesinado por pandilleros

de la Mara Salvatrucha,

le quitaron una soda y una cora; no tenía más,

ganaba tres dólares al día en el vertedero.

Yo le ayudaba jalando el carro

y a veces encontrábamos comida

en las bolsas de desechos que llegaban de Metrocentro

y regresábamos contentos a la casa.

Huí de Soyapango con Pablo, de quince años,

mi amigo de la calle.

Quería ser futbolista como yo y jugar

en la Selecta, iríamos a la MLS a probar suerte,

por eso intentamos llegar a Estados Unidos,

donde hay más dólares que pandillas.

En un local de tortas mexicanas,

en Coatepeque, Guatemala, miré en la tele

un bárbaro documental sobre el Mágico González:

jugando para el mejor Cádiz de la historia

le metió dos goles al Barcelona

el año en que nació mi padre: 1984;

lloré de la emoción.

Dos días hasta llegar a la frontera con México;

atravesamos el río y subimos al tren La Bestia

adelante de Tecún, en Ciudad Hidalgo.

Antes de Arriaga me quedé dormido

y todavía sigo cayendo.

Llevaré para siempre, como el Mágico,

un 11 tatuado en la espalda;

quizá por el número de bolsas en que guardaron,

todo partido, mi cuerpo;

tal vez porque traía puesta la camisa de la Selecta

con la misma cifra o porque la muerte lleva

el 11 infinito de las vías del tren grabado en el vientre.

Antes de caer, Pablo me contó este sueño:

Veía yo a Roque Dalton levantarse de entre los vivos

y venir de nuevo al mundo de los muertos.

A su diestra, el Mágico González driblaba a la muerte

y le hacía la «culebrita macheteada»

pateando cabezas decapitadas de pandilleros cuscatlecos,

haciéndole tremendo caño entre las piernas.

El estadio Flor Blanca estaba lleno, había un velorio inmenso

donde la muchedumbre velaba a todos los migrantes muertos.

Sé que Dios juega futbol allá en el cielo.

Pero aún no quiero estar en su equipo.

Me quedaré esperando en la banca

hasta que me llamen, sonriendo,

mi amigo Pablo y el Mágico González

para jugar con ellos.

Es la voz póstuma de un niño migrante salvadoreño de 11 años, quien narra la cruda realidad de la violencia y la pobreza que lo expulsaron de su país. Su sueño de ser futbolista, encarnado en la figura del mítico “Mágico” González — el ídolo de Maradona—, se ve truncado por una muerte violenta al caer del tren “La Bestia”. El número 11 se convierte en un poderoso símbolo que unifica su edad, su ídolo, su trágico desmembramiento y las vías del tren que sellaron su destino. A través de una mirada infantil, el poema denuncia la brutalidad de la migración forzada, contrastando la inocencia de los sueños con una realidad desgarradora, en mi caso hasta las lágrimas.

Una obra conmovedora y solidaria, un relato de profunda oscuridad expresado con una exquisita poesía. Es un libro político, pero sin caer en el panfleto; un logro formidable. El autor no necesita fundamentar su pensamiento como un activista callejero o un filósofo que escribe versos y los desflora en una presentación cualquiera, sino que lo hace desde el espacio más apropiado para un poeta: las páginas de sus libros.

Frases que me resuenan de este libro: “México una tumba clandestina”, “México un país de pesadillas”, “Como México no hay dos:¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos”, “La indígena María ‘N’ de 19 años, murió en el río Bravo, del lado Mexicano…”, “Sé que mi madre me busca en caravanas”, “A mí me agarraron los narcos en Nuevo Laredo, Tamaulipas”.

LIBRO CENTROAMERICANO DE LOS MUERTOS.
Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, 2018.
Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 2018.
(INBA, Gobierno del Estado de Aguascalientes)












Semblanzas.

Balám Rodrigo, nació en Villa de Comaltitlán, Chiapas, México, 1974. Exfutbolista y destacado escritor mexicano: poeta, ensayista, cronista y divulgador científico. Su poesía aborda temas sociales como migración, violencia e identidad. Ha impartido talleres y conferencias internacionalmente. Galardonado con premios como el Sor Juana Inés de la Cruz (2012), Rosario Castellanos (2013), Jaime Sabines (2014), Amado Nervo (2017), Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (2018) por Libro centroamericano de los muertos, y Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas (2024) por Kraken. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, su obra ha sido traducida a varios idiomas, consolidándolo como una voz indispensable.





Víctor Munita Fritis, Atacama, Chile, 1980. Ha participado en ferias y encuentros literarios en España, México y Perú. Es autor de “México, Paisaje de Copiapó” (TC,2021), el poemario “Libro de Asistencia” (UANL,2024) y “Yo, entre todas las Mujeres” (Cinosargo, 2010; Emergencia Narrativa, 2013; Mago Ed., 2020), Un síndrome mesiánico y otras fuentes documentales de Franco Romero Román (Borde Libre, 2024) . Ha recibido dos veces la Beca de Creación Literaria de Chile (2017, 2024), la Beca de Narrativa Breve en Cultura de Jalisco (2023), Premio al Mejor Libro de Poesía de Fútbol Chileno de la Fundación IHE (2018) y la Medalla Pedro León Gallo del Gob. Regional (2023), Premio Trayectoria de Atacama, 2025.


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