Un cuento de Gabriela Santamaría

Un cuento de Gabriela Santamaría

 

 

 

Medias negras

 

Gabriela Santamaria Santiago

 

 

 

Se vestía todos los días con medias negras para ir al trabajo. Había conseguido un buen empleo, que le daba para comprar bolsos carísimos y vestidos elegantes. Yo no entendía absolutamente nada sobre su profesión, lo único que sabía era que le pagaban bien, que nos alcanzaba para darnos uno que otro capricho. Me gustaba mirarla desnuda por la habitación mientras se secaba el cabello, se ponía ropa interior y esas medias negras, tenía cientos de medias negras con diferentes diseños. Esas medias me volvían loco. No sólo por vérselas puestas, si no por su suave textura. Jugar cariñosamente con Nadia y sus medias negras me enloquecía. Era una sensación confortable cuando terminábamos en la cama, y ella me besaba, me acariciaba antes de irse al trabajo.

 

 

Nadia siempre me echaba un gritito para avisarme dónde iba a estar. Ya estando en la puerta me aventaba besos. Eso sí que eran besos de amor. Yo sabía que ella me quería, me lo decían sus dulces ojos. Yo amaba a Nadia por sobre todas las cosas. Nada podía hacerme tan feliz como escuchar el ruido de sus zapatos por las escaleras, el sonido de las llaves al abrir la puerta, para ver su angelical rostro. Me colmaba de arrumacos frente a los atardeceres. Vivíamos en el séptimo piso, desde ahí podíamos contemplar cómo el sol se iba ocultando poco a poco. A veces pasábamos horas sentados en el sillón. Era casi un ritual. Ella se quitaba los zapatos de tacón, y las medias las enrollaba en mi cuello. Yo me dejaba querer. Después de un rato, ella iba a la cocina y traía vino.  Lo servía en su copa. Bebía un poco y luego cogía un libro. Regularmente leía en voz alta poemas de Silvia Plath. Le gustaba leerme poesía. A Nadia le encantaban los poetas suicidas. A mí me gustaba estar con ella, sentirla cerca de mí, jugar con su pelo y sentir su calorcito.

 

 

Una noche Nadia no llegó al apartamento. Dormí toda la tarde. En la noche estuve vagando por ahí. Al otro día me pude dar cuenta que su cama seguía igual, no había rastro de ella. Ese mismo día la escuché llegar, venía acompañada de un tipo. Ella no se preocupó por saludarme como todos los días. Fueron directo a su habitación. Su cama estaba tendida, y ellos se recostaron. Dejaron la puerta entreabierta; pude ver como él la besaba y ella no oponía resistencia. El hombre se desnudó por completo; desnudó también a Nadia. De pronto salieron volando sus medias negras. Esas medias con las que enloquece a cualquiera. Entré sigilosamente a la habitación. Ellos no se percataron de mi presencia. Me mantuve ahí por un rato. Hacían ruidos; ella gritaba desaforadamente, una y otra vez. Pasó un largo tiempo, el hombre parecía no moverse. Nadia me vio, y me dijo:

 

 

—¡Bruno! ¿Qué haces ahí?

 

 

Corrí con dirección a la sala.  Ella fue tras de mí. Me tomó, me llenó de besos. Nadia murmuraba no sé qué cosas.  Me sirvió agua, yo la bebí. Ella esperó a que terminara el agua. Me llevó con ella a la habitación. Me recosté a su lado, comencé a la lamer su piel, y nos quedamos dormidos por unos instantes.

 

 

Aquel hombre despertó, comenzó a toser y a rascarse el cuerpo. Nos volteó a ver con sorpresa, sus ojos se tornaban rojos e irritados, su tos se hacía cada vez más fuerte. Quería emitir algunas palabras, pero no pudo. Nadia se levantó. Lo llevó al baño.  No paraban los estornudos por parte de aquel tipo. Ella fue a la habitación por las medias negras, y las enrolló en el cuello del hombre, hasta terminar con su última respiración. Nadia y yo hacíamos buen equipo. No era el primer hombre que moría en nuestro apartamento. Después de esa faena, ella ponía música para amenizar el ambiente. Sacar el cuerpo duro y sin vida de un humano no es cosa fácil. Nadia se encargaba de eso mientras yo jugaba con sus medias.

 

 

Al otro día despertamos juntos. La vi arreglarse, limpiar el apartamento. Sacó de su bolso un moñito rojo, me lo puso en el cuello; yo hubiera preferido sus medias. Sonó el timbre, ella abrió la puerta. Era Alejandro, su pintor favorito. Lo invitó a pasar a la sala. Ella me colocó en nuestro sillón especial, y dijo en secreto:

 

 

—Alejandro viene a retratarnos en un cuadro. No es un enemigo.

 

 

El pintor le confiesa a Nadia:

 

 

—¡Tú gato me da escalofríos, es un poco extraño!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabriela Santamaria Santiago (México) Licenciada en Educación egresada de la Escuela Normal Superior de México. Profesora de Educación Básica en la SEP. Siempre interesada en la promoción de la lectura y en los movimientos contraculturales de los jóvenes, en la música y en el aprendizaje de los niños y adolescentes. Actualmente se desarrolla como profesora de lengua y literatura. Algunos de sus cuentos y reseñas aparecen en la revista “Horizontum” y en la revista “La sirena varada”. Colaboró también en la revista “Literae” y “Letra en Movimiento”. Recientemente en la revista “Los Heraldos Negros” y en el blog “Pálido punto de luz” (educación). Participó con uno de sus cuentos en la antología erótica “La fiereza de lo amado” 2018. Es editora general de la Revista Anestesia. Actualmente tiene una columna de minificción en la Revista Arte Boticario.