Un cuento camino al cielo. Philippe Bisson

Un cuento camino al cielo. Philippe Bisson

Me despierto con sed, con hambre.

 

Sed y hambre de alimento espiritual.

 

He escuchado hablar de una calle, creo que no está pavimentada, a la que algunos le dicen, Sendero al cielo y otros de cariño, Caminito al cielo. Se dice que allí encuentra uno respuestas a cuestionamientos existenciales. Esto es para mí.

 

Me visto de manera sencilla por aquello de la humildad, dejo anillo y reloj. Calzo zapatos cómodos, intuyo que el camino será largo, y me pregunto si será necesario un bastón, como de peregrino. Por último, antes de salir, decido dejar mis prejuicios en el vestíbulo, cosa de acudir con mente abierta, receptiva.

 

Un autobús me deja en lo que parece ser la entrada, cubierta a lo ancho por un arco iluminado con la palabra Bienvenido, y en más pequeño: Entra, caminante, bajo tu propio riesgo.  ¿Riesgo?  Antes de pasar bajo el arco noto que no se ve nada al frente, no sé si es oscuridad o si alguna cortina invisible la tapa, podría ser la cueva del diablo, pero, no, no, solo divago, el misterio se elucidará en segundos, espero no necesitar de una luz propia lo que no creo porque de lo que se trata precisamente es de encontrar La Luz.

 

Respiro hondo varias veces, he escuchado que la respiración es importante para la reflexión y por ende el bienestar. Me enfilo hacia la oscuridad y me sumerjo en lo que me parece un sendero envuelto por aire etéreo que lo aligera a uno, parece que floto. Súbitamente se ilumina el espacio de una luz difusa que me permite apreciar que el sendero no es recto sino sinuoso. Inicio el recorrido.

 

Visito construcciones variadas, austeras, barrocas, elegantes, cuadradas: se denominan mezquitas, templos, sinagogas, iglesias y más; con imágenes o sin imagines; pero todas con promotores, jóvenes de ambos sexo y de buena apariencia, por no decir sugestiva, que ofrecen todo tipo de promociones y oportunidades, inscripciones a mitad de precio, garantía por treinta días o devolución del dinero, precio especial pagando anualmente, número de rezos incluido, entradas posibles, en fin, cualquier tipo de plan, hecho a la medida del cliente, y todos hablan de que su Dios es el mejor de todos, el más grande, el más bueno, el más poderoso, el más compasivo, católicos, judíos, musulmanes, ortodoxos, protestantes, todos con diversas variantes, como una que se denomina La santa muerte, y algunas que ni conozco,  con diversas modalidades, más liberales o más conservadores. Logro escuchar, dentro de los recintos, algunos mensajes pronunciados por los dirigentes de tal o tal religión, prometiendo más o menos lo mismo, como una vida asegurada en el paraíso, menos daños aquí en la tierra, con solo seguir algunas reglas sencillas y ponerlas en práctica, de lo contrario habría un precio que pagar por toda la eternidad. Los sermones suelen ser acompañados por cantos, difíciles de entender porque están en lenguas antiguas.

 

Todos entregan panfletos con sus explicaciones y principales credos y promesas, de suerte que requiero de una bolsa para guardarlos todos, junto con artículos promocionales, como rosarios, crucifijos, estrellas, velas, cuadernos con mantras, credos, mandamientos…

 

Al final de estos monoteísmos se encuentra una sección en que se anuncia: multiteísmo. De inmediato concluyo que difiere de lo recorrido hasta ahora. Encuentro un panoplia de dioses, no haciendo mucho caso a los transeúntes por estar ocupados con sus propias actividades; escucho un oráculo que dice que tenga yo cuidado, que el fatalismo es terrible e inalterable, aunque en compensación se promte una vida fácil y alegre. También me topo con maniqueístas, animistas, y otros, lo cual me parece complicado y no me ofrece alimento espiritual. Así que salgo por la puerta lateral.

 

Se dibuja una nueva sección en que se anuncia creencias cósmicas; aquí se encuentran budistas, shintoistas, taoístas, panteístas en que se reza que todos somos parte de un mismo todo. A pesar de contar con “divinidades específicas”, por acordarles un calificativo, contiene elementos espirituales, que es lo que vine a buscar. Así que me introduzco por el sendero en cuestión. Aquí también hay merolicos que venden meditaciones en cinco sencillos pasos, o en una semana prometen el nirvana, descuentos y precios como los otros. A diferencia de los espacios de la primera sección, aquí se presentan austeros, sin sillas, es decir se sienta uno en el piso, predomina el silencio o en ocasiones se escucha una voz que empieza como suspiro y termina como ruido de un motor, ¿así se escuchará el cosmos, el aliento vital?

 

Mi bolsa se ha llenado, pesa, pero como está repleta del alimento que busco, no me importa. Parece que estoy llegando al final, aunque vislumbro otro edifico, apartado del camino, lo percibo por la silueta oscura que se dibuja contra el domo del fantástico recinto por el que he transitado a la expectativa. Como ha sido largo el recorrido, decido detenerme, tomar algún refrigerio, tal vez revisar alguna propaganda que he recogido, antes de aventurarme en el último sitio, por más ominoso que parezca.

 

Hojeo los documentos pero no me atrapa ninguna de las ideas. Llega el momento de volver al camino. Es de subida, llego a una primera fachada, se prende el anuncio, leo: Agnosticismo. No hay vendedores afuera, entro a lo que parece una sala austera, no hay nadie adentro. Es decir, este movimiento o creencia no tiene sacerdotes o líderes espirituales. Bueno. Encuentro un cartoncillo en que leo una frase muy sencilla: adolecemos de los conocimientos para determinar si existe una fuerza creativa de la vida o no. Por lo tanto no perdamos el tiempo en especular. Debemos preocuparnos por la humanidad y la vida en general.

 

No está mal, no tratan de venderte nada pero me parece, amén de reflexionar más al respecto, que es una propuesta de no compromiso, sin fe en nada, más que en la humanidad, y… de fácil postura, sin riesgo, ¿apologética?

 

La oscuridad predomina cuando salgo de allí, el sendero se vuelve escarpado, oscuridad frente a mí, cuando aparece otra construcción. No está bien iluminada, pero distingo la fachada, la puerta de entrada, alcanzo a leer un pequeño anuncio: Entrada de ateos.  Bueno, ¿por qué no? Es necesario presenciar todas las propuestas, esta también es una creencia, y de tipo espiritual, creencia que gira alrededor de la humanidad y su comportamiento ante uno y los demás.

 

Aquí encuentro dos panfletos, el primero se llama evolucionismo, en que resume en tres puntos las enseñanzas de Darwin, que en su fundamento, desecha la idea de que la vida haya sido creada por una divinidad; y otra que simplemente es una fe en la no existencia de una divinidad: no se debe decir “dios no existe” sino más bien” yo no creo que Dios exista”, esta última postura, muy personal como creo que debe ser la verdadera fe, y no la impuesta por los dogmas religiosos.  Al igual, se debería decir: “Creo que Dios existe” y no aseverar que Dios existe. En este recinto no hay más, se respira silencio y una calma que tranquiliza.

 

Finalmente salgo por una puerta y retomo el sendero en que se ve una luz a lo lejos, ha de ser la salida. No hay más.

 

Unos cartelones aparecen como recordatorio de no olvidar sus pertenencias, de haber visitado todos los recintos, e invitan a dejar temores y esperanzas atrás de uno, ya que debe poseer uno suficiente material para llegar a su propia paz interna. Una banca me invita a sentarme, bajo una luz cuyo origen es invisible.  Estoy cansado, por la pesada carga que acarreo, decido eliminar gran parte de ella. ¿Cómo seleccionar? Hay mucha redundancia entre las múltiples ofertas, elementos que todas ofrecen, algo original es difícil encontrar, noto pequeñas diferencias que a menudo han sido razón de sangrientas guerras y asesinatos. Trato de buscar lo más esencial. Una idea se ha repetido a mi parecer, la busco y en efecto, en la mayoría de los panfletos aparece como lo esencial de cada creencia. La escribo en un cuaderno, la repito para entenderla bien y no olvidarla:

 

Haz a los demás como quisieras que te hicieran a ti; y su corolario:

 

No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti.

 

Es muy claro el significado de la frase. La adoptaré. Es hora de marcharme, me topo con un bote de basura en que abandono la bolsa con toda la papelería que acumulé durante el trayecto.  Y me pregunto: si todas concluyen lo mismo, ¿para qué tanta carga inútil de creencias, dogmas, supersticiones y demás verborrea?

 

Retomo mi camino meditando sobre lo que mis sentidos han recogido, y las frases finales hasta arribar al arco de salida. Se ilumina un anuncio, el último, supongo.

 

Buen viaje, pasajero de la vida. Esperamos que encuentres lo que buscaste aquí.  Diez días has pasado en nuestro recinto,  –¿Cómo diez días? Si solo fueron unas horas  –suficientes para que decidas el camino espiritual que seguirás, ya que tu recorrido ha sido exhaustivo.

 

    Cualquiera que sea el camino que emprendas, sepas que la única regla que aplicará es que respetes las otras creencias cualesquiera que sean por más aberrantes que te parezcan, y cualquiera que sea la persona que las profesa.                                                         

 

-Cualquier uso indebido que se perpetre será severamente castigado. El hecho que hayas transitado por este lugar te obliga a esta regla.

 

Una vez fuera, me detengo, me ha sorprendido ese aviso por inesperado y categórico. Entiendo lo del respeto a los demás, y que toda creencia no sea razón de agresividad o provocación, esa es el fondo de la frase que anoté, pero, lo del castigo, eso del castigo…

 

 

Philippe Bisson inició su escritura en la adolescencia (15 años) con el tradicional poema de amor. Durante la carrera (administración) sigue la escritura de “poemas” y textos de angustia existencial. Tras un vacío de 30 años en 1993: escribe cuentos para sus hijos. En 2000 primer taller de escritura con Rosamartha Sosa (Club France), en 2004—2005: taller con Aline Pettersson, en 2005: edición a cuenta de autor, Callejón sin Salida compendio de cuentos (+ ilustraciones), presentado en el Club France y en 2005—2016, taller con Eusebio Ruvalcaba.