¿POR DÓNDE SE EMPIEZA A CAMBIAR?

La palabra “cambio” siempre está de moda, sobre todo cuando llegan épocas de elecciones
y los políticos recurren a este vocablo con fines persuasivos, sin proporcionar evidencias.
Puede abordarse el tema del cambio desde dos grandes puntos de vista: el individual y el
social, aunque uno no se entienda cabalmente sin el otro. Quizá lo más adecuado sea
empezar con las limitaciones para realizar cambios. En el ámbito individual, resulta claro
que la herencia es una de ellas, pero también el origen y la estructura síquica de la persona,
así como su contexto histórico, social y cultural (creencias, mitos, religión, premisas,
valores…); por último, la repetición de esquemas, patrones, pautas, hábitos familiares. Se ha
comprobado que, si bien no siempre ocurre así, un individuo repite patrones y esquemas
que percibió en la infancia, y esto le impide cambiar. Frases y refranes como “árbol que
crece torcido jamás su rama endereza”, “las cosas son como son” y otras, implican graves
impedimentos para el desarrollo. También describir la identidad de forma esencialista
simplifica la explicación de las conductas al tipificar a los individuos. Las posturas
esencialistas bloquean el desarrollo de individuos, comunidades y sociedades.

Hasta aquí, de forma escueta, algo de lo que puede descubrirse en el individuo, pero la
sociedad es un tapiz de individualidades agrupadas en familias y comunidades. Si una
comunidad se rige por valores en común, la sociedad lo hace con códigos y leyes, es decir,
mediante el poder que impone normas y maneras de comportarse, de modo que intenta
inventarnos o reinventarnos a base de premios y castigos. Y aquí vale la pena responder a la
pregunta clave de esta reflexión. El gobierno y muchos sicólogos nos venden la hermosa
idea de que los cambios empiezan desde abajo, con el individuo: si deseamos que no haya
corrupción, por ejemplo, debemos empezar nosotros, los simples ciudadanos. La raíz del
mal, según esta romántica postura, se halla en el pobre individuo que, para librarse de una
autoridad corrupta, la soborna para salir del aprieto. Sin embargo, ¿de verdad la raíz del
problema se halla en el ciudadano o más bien en los esquemas que reproduce el poder
desde arriba? ¿Los verdaderos cambios empiezan abajo o arriba?

Como ya dije, se nos vende la bella idea de que los cambios empiezan abajo, pero si 500
ciudadanos cambian, ¿los millones que no lo han hecho lo harán por esos 500? Contra esta
postura, sostengo que los cambios empiezan arriba, en las cúpulas del poder, de donde
surgen leyes y códigos, donde se establecen esquemas que luego se reproducen abajo. Si un
alto funcionario es corrupto y roba, ¿por qué no lo haría el mecánico, el plomero, el
electricista o el abogado familiar? ¿O acaso el plomero debe darle el ejemplo al alto
funcionario? En una ocasión, José Vasconcelos dijo que Álvaro Obregón, un ambicioso del
poder, no era, sin embargo, un ladrón como lo fueron y lo serían luego otros políticos, y eso
bastaba y sobraba para que el resto de su gabinete y los gobernadores en general tampoco lo
fueran. En una familia, los padres les dan el ejemplo a los hijos; en un país, los gobernantes
y altos funcionarios deben dar el ejemplo a la sociedad. Los cambios sociales verdaderos
empiezan, por tanto, desde arriba, en la punta de la pirámide. Si los altos funcionarios
dejaran de ser tan ambiciosos y tuvieran sueldos más modestos para que la riqueza se
repartiera equitativamente en la sociedad; si hubiera leyes que prohibieran sueldos
ominosos; si a los servidores públicos se les impidiera despilfarrar el dinero y robarlo del
erario con pretexto de que “no pertenece a nadie”, habría mayores posibilidades de que los
ciudadanos no se corrompan. Antes de exigirle al ciudadano común que no soborne a un
policía, los funcionarios y políticos deberían empezar, ellos mismos, a no robar dinero
ajeno.




Semblanza.
Juan Antonio Rosado Zacarías (Ciudad de México, 1964). Es narrador, ensayista, poeta, crítico literario e investigador independiente. Ha publicado centenares de artículos en distintas revistas y suplementos culturales, entre los cuales cabe mencionar la revista Universidad de México (UNAM), Al pie de la letra, Cuadernos Americanos (UNAM), Voices of Mexico (UNAM), La experiencia literaria (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM), Literatura Mexicana (Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM)El Comité 1973, Signos literarios y lingüísticos (UAM), Casa del Tiempo (UAM), Blanco Móvil, Estudios (ITAM), Opción (ITAM), Cultura urbana (Universidad Autónoma de la Ciudad de México), La Colmena (Universidad Autónoma del Estado de México), Coatepec (Universidad Autónoma del Estado de México), Castálida (Instituto Mexiquense de Cultura), Texto crítico (Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana), El puro cuento (Editorial Praxis), ComplotTropo a la uña (Cancún), Luna Zeta (Oaxaca), Etcétera, Configuraciones, La cultura en México (suplemento de la revista Siempre!), El gallo ilustrado (suplemento del periódico El día), Salida de emergenciaLa Jornada (Morelos), Confabulario (Suplemento del periódico El Universal) y Sábado (suplemento del periódico Unomásuno), donde sostuvo una columna semanal en 1995. Es miembro del Comité Editorial de Blanco Móvil. Para esta publicación coordinó en 2014 un número de cuento y poesía dedicados al tema de la violencia en las escuelas.

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