Cuando llegas
Voy a colocar aquí
este brillo que tengo en los ojos
estas caricias
que almacenaré en mis manos
para cuando vuelvas.
Voy a dejar sobre la cama,
estos desos de olerte,
hasta en tus más hondas desvestiduras,
esta mariposa tatuada en mi piel
que quiere andar sinuosamente
por mi estómago.
En la puerta colocaré mi poesía,
esa dama fértil que te espera
que agita las caderas, que vela por vos,
y ansía que estalles.
Mi amuleto está sobre la mesa de luz;
él sabe que la soledad aflora en mi mirada
y eso debería ser suficiente.
Intuye que es muy grande la noche
como para animarse al vacío.
Yo te amo aunque estés triste
y las nubes agarren de los pelos a Dios.
Y cuando llegas, que explotan los colores
aunque vengas de mal humor,
mi resignación se mezcla con mi deseo,
espero marchitamente que se te pase
hago un pacto irrevocable con el silencio,
y cuando te desnudas escribiendo
se me hace poesía la boca.
Ararte sin piedad
Cuando era un niño que ni sabía
a qué guerra había ido Mambrú,
ya te esperaba, jugando a los soldados.
Te veía caminar como si el equilibrio
se enamorara de la suela de tus zapatos,
y soñaba con tus dedos, náufragos heridos
jugando en una isla, en la curva de mi espalda.
Cuando estuve a centímetros de tu piel,
imaginé que un día recorrería esos poros morenos.
Soñaba con que tus ojos azabache
se alojen en mis cuencas cercanas,
y juntos pudiéramos reconstruir los días.
Hoy mis imaginerías son diferentes,
pensar en esculpir tus huellas hasta sangrarte,
ararte sin piedad para fertilizarte,
desintegrarte en la arena, descubrir en vos, lo indescifrable.
Que salgas habitada de mí.
Que yo toque tu cielo
con mis dedos sedientos
sabiendo los dos,
que entre tus piernas está nuestra bendición
y a la vez nuestro pecado.
Que yo me anime definitivamente
a vivir por tu piel, y a morir en tus costillas.
Que mis labios recorran todo tu territorio,
y dejen huellas en los arroyos más salados.
Para desde ahí, poder reinaugurar la vida.
Atronador el galope
Ellos son insaciables.
Soltaron botones, desataron lazos,
se despojaron de pudores
y se descubrieron desnudos
bebiendo el aire y la saliva del otro.
Han salido de sus cuevas
temblorosos y eternos.
Aspiraron fragancias desaforadas
y se perdieron los dos en el mismo abismo.
Ambos compartieron sus brincos
quedaron pegados con agua
se fueron de aquí muchas veces
con la pequeña muerte del orgasmo.
En la oscuridad apenas podían percibir
el contorno del otro y medir el espacio disponible.
Era tan atronador el galope de sus propios corazones
como el arrebato de sus jadeos.
Luego trazaron un plan para la mañana.
Se metieron en el río
jugaron con el agua hasta el cuello
y era tanta la dulzura que destilaban
que los peces les mordían las piernas,
equivocados.
Ausencia de tu abrazo
He perdido
hace muchos años
ese olor a polenta recalentada.
Ya no tengo
sino en alguna foto
la presencia de esa mirada noble.
Quizás me quede
si hojeo tus documentos
la sensibilidad de tu sonrisa
aunque no deberías sonreír
para la foto de la cédula.
No te veo
en los primeros bancos de la Iglesia
minutos antes de la misa.
Si estiro mis brazos hacia el aire
no puedo tocar tu cabellera
esa que tanto querías.
Ya no te desmayas como antes
cuando me asustabas sin saberlo.
Hoy tengo otras fragilidades
alguna que otra desmemoria
y nunca más alguien me cuidó
como vos lo hacías en silencio
furtiva,
yendo a verme jugar
con miedo de que colapse.
Hoy es desproporcionadamente triste
esa sensación de ausencia de tu abrazo,
pero estás acá a mi lado,
mamá.
Sangre encendida
¿Qué es la piel?
Es hambre viva,
es el altar donde la lengua reza
y los dedos dictan su ley.
El beso metido bien adentro
no ternura, sino invasión caliente,
desgarrar la boca con deseo
hasta que el aire se rinda.
La viga y el tajo
cruzados en la penumbra,
madera dura contra herida húmeda,
golpe y refugio,
latido y gemido en el mismo filo.
La sangre encendida de nuevo
revienta las venas,
sube, arde,
gira en espasmos
que hacen del cuerpo un incendio.
Pasar la lengua a la piel
es arrancar su secreto,
saborearlo lento,
sal, sudor y carne
que no se cansan.
Que los cuerpos vuelvan a los cuerpos,
que se crucen, se hundan, se rompan,
que no haya arriba ni abajo
sino pura fusión animal.
Que la piel sea el territorio
donde reine nuestro temblor.
Oficio miserable
Ese oficio miserable
dijo Bolaño
refiriéndose al escritor,
y uno que no tiene más armas
que esta, la de la pluma y el pensamiento,
saca a relucir viejas costuras,
recuerda celos que lo atormentaban
piensa dónde puso añejos rencores
y sale a la calle, enmarañado y brutal,
buscando un alma que lo contenga,
una mano que lo acaricie
o una mirada que lo proteja.
Perpetuamente angustiado.
Miserablemente indefenso.
Semblanza
Juan Carlos Rodríguez, periodista y escritor, nació en Junin y reside en
Venado Tuerto (Santa Fe). Fue designado Embajador de Paz por Mil
Milenios de Paz. Obtuvo recientemente el reconocimiento mundial con
diploma de honor de APREINT (Agencia de Prensa Internacional) como
escritor y periodista. Está incluido en la Gran Enciclopedia de la Cultura
Universal, tomo 1. Formó parte de la Antología 100 Poetas por la Paz en
ocho ediciones.
Obtuvo recientemente el Premio Internacional de Literatura Manuel Ekiwa
Estrella. Ha publicado siete libros de poesía y uno de revisionismo
histórico.
Ha estado presente en las ferias del libro virtuales de N. York, Italia,
México, España, Colombia, Chile, Perú, Angola, Puerto Viejo (Ecuador),
Australia, Filipinas y Argentina.
Ha ganado varios concursos nacionales e internacionales en poesía y
narrativa. Está incluido en varias antologías americanas y argentinas.
Forma parte de Cien Poetas por la Paz y del Movimiento Poetas del
Mundo.

