Iván Vergara
Un silencio atlántico
Mi padre cruzó un continente,
se convirtió en indio posmoderno
al entrar por la aduana del nuevo mundo,
Iván Vergara
Un silencio atlántico
Mi padre cruzó un continente,
se convirtió en indio posmoderno
al entrar por la aduana del nuevo mundo,
surcó presto su orientación de monte
y perdida la esperanza tomó trenes,
autobuses para otras tierras,
aviones erradicados por la peste
y no era él
hoy mi padre yace en cama
bajo el agobio de las horas extra,
trajo un lastre de quinientos quince años
con el cual descansar los pies y las manos
y no sean él
yace mi padre en un techo de casa blanca
con su cuerpo moreno asfixiado por la historia,
con su cuerpo tallado por la vista de los volcanes
y un indómito yacimiento de leyendas
donde se escribe la historia de mi viejo,
sobre una ladera marina y tintas de piedra
ha salido esta tarde y se ha tirado al río
con el fardo absurdo de todo lo recorrido,
ha ahogado a los peces contándoles la historia
de un hombre y una mujer que se amaban
como tierra blanca y fértil,
yelmos recios de conquista
ha devorado al unísono dos continentes
y se ha convertido en tierra submarina;
salió por la tarde un indio posmoderno
y la noche recibió todas las almas,
todos los llantos
por la noche un llanto de ultramar,
por la mañana la tierra engreída,
conmocionada por la espera que mueve valles,
tumba ciudades, engendra mitos,
y lo que se escucha entre las ruinas
es un llanto que pierde a sus vástagos
un padre indio que duerme en casa blanca
con su corazón rebozando tierra,
rebasando a las aves,
resplandeciendo de nada
absoluta nada.
(20:45)
Se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco,
como se ven siempre los amantes,
en la hora compuesta, la cómplice;
se verán y se amarán desesperados
susurrando deseos a la almohada,
escurriendo por dentro, por debajo.
Llegarán las once
y la prisa
y el escape
y la cita
esperará otro día.
Se verán entonces a las ocho y cuarenta y cinco
del día siguiente,
exigidos hasta en sueños, en lo lejano;
se amarán como ladrones
o hasta que llegue la cordura
y el arrebato rosado del –hasta mañana.
Se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco
de los siguientes meses,
dejarán los lleven de la mano,
dejarán que el ritmo tome su compás
entre aquello que no creen,
que no quieren creer.
Se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco,
casi por coincidencia, como si no quisieran,
como si pintar de rojo la pared no fuera crimen,
como si ignoraran las horas y los sobresaltos,
como si la habitación fuera nevera de tiempo,
como si por debajo de las cortinas se escondieran
duendes; casi por coincidencia, como si no quisieran.
Se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco
decididos a comprometerse, a atarse,
con esas palabras que saben a vacío
cuando se acerca la inminencia,
la aletargada que llega segura
con pasitos trasatlánticos,
con fotos prostitutas de la vieja Sevilla,
con la ciudad Promesa como promesa
de que también podrá ser consuelo de los perdedores,
de los que no han de ganar.
Se verán entonces a las ocho y cuarenta y cinco
y para entonces ya los habrán olvidado,
no tendrán que dejarlos en el arrebato,
no tendrán que componer excusas para ellos;
se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco
de algún siglo que los haya dejado atrás.
Se verán entonces a las ocho cuarenta y cinco
de un día que aún no llega,
que paga para arroparlos
con aquel viejo aroma
de los nuevamente culpables.
06:08 hrs.
A mis abuelos
Aquella mañana se abre la tumba
que compartiría lecho conmigo,
libera gusanos e hijos de gusanos
y larvas e hijas de larvas.
Un licor a vivo descompuesto
riega la tierra
y cae borracha
y se fermenta
y no se enamora
y acepta ser madre
-a fuerzas-.
Aquella mañana se abre la tumba
que recibiría mis restos
a no ser que ya no esté en ellos,
que haya abandonado
-cobarde-
los restos de mi carne
y sea otro y sea el mismo,
a no ser que huela extraño
y no extrañe lo vivo y lo resplandeciente
y aquello que despierte como si nada
cuando sea verdad
que ya todo ha ocurrido.
Y es cierto, se abre esa tumba que no es tumba
y no estamos ahí,
nos entierran juntos, semicompletos
en un relato firmado por mi
antes de nacido,
y es cierto, que me acerco a esa imagen
desde esta alcoba rodeada de llantos
que no se dedican a mi
sino a mi abuelo
que es enterrado por la tarde
en aquel monte de cruces que son todas
las cruces cuando ya no quedan vivos.
Y es cierto que camino en la comitiva
escoltando este cuerpo que me ha traído
desde un sueño de alcoba
que me tenía mejor vivo.
Aquella mañana enterré mi cuerpo
disfrazado de mi pariente más querido
y no lo notan, no se esfuerzan,
todas las coronas son Leopoldo Magaña
y ninguna Ivan Vergara,
presido mi sueño y en
cada sombrero de fieltro me siento
aureola, y en cada niño me siento ángel
de fábula, y en cada beso robado al cuerpo
frío me estremezco y todos los abrazos que
me otorgan me obligan a despertar, a
mirarme al espejo para decir que no, que no
soy aquel del féretro, que no son mis manos
las que levantan la cúpula y salen volando con
campanas de fondo, que el atrio no es un
rezo a nosotros, que somos pareja y que
esta noche somos esposos, que el vientre
tuyo se convirtió en cueva de vida, que no
es cierto, que no crece Polo en ti,
que es un sueño de reflejo el que distrae
la comitiva y los hace voltear,
que lo que veo es mi barba disminuida,
una navaja en filo y un respiro cortado
que sale de tu boca, que es la
primer palabra de tu vientre, que me llama
el sueño.
Aquella mañana termina con una oración
y lo que descansa en paz, como nunca lo ha
hecho, son nuestros cuerpos, exhaustos, gloriosos,
inquietos por el desvelo y el rígido despertar.
Inquietos abrimos los ojos
y nos miramos
sabiendo que no lo sabremos.
Abrimos las puertas,
construimos futuros cementerios.
Nadie te dirá cómo muere el tiempo
nadie te dará señas de su azar
ni te dirá cómo vencer su esfuerzo.
El tiempo es un aire estático,
lo transcurrimos
no habrá quien te hable de la angustia de las eras,
quien decida que frente a los espejos reinará el vacío,
quien decida que la noche hablará por sí misma,
que no habrá perros suficientes para la hoguera
no habrá quien te diga qué pirámides son falsas,
cómo rescatar la palabra del conato clasificatorio,
cuánto andar errante conducirá a la voz
de un tiempo ebrio de sequía,
denso de almas errantes
no habrá quien te diga cuán estériles son estos verbos,
el reloj sabrá de sí y será en el reflejo del hombre
un océano sin islas, un océano sin tierra que conquistar.
Iván Vergara García. México, 1979. Poeta, músico, editor y gestor cultural, documentalista.
Dirige la PLACA (Plataforma de Artistas Chilango Andaluces) México – España. Editor de Ultramarina C&D. Coordinó trece ediciones del Recital Internacional Chilango Andaluz (RCA) en Sevilla, CDMX y catorce ciudades de México y España. Ha participado en proyectos como actor y director de teatro, director de cortometrajes, locutor de radio y fue miembro del grupo de folk-rock Mañana. Autor de los poemarios Era Hombre Era Mito Era Bestia / Man Myth Beast (Ed. Ultramarina C&D, 2013) y Montañas de Aurelia (Ed. Homoscriptum, NY 2011). Coolabora regularmente para periódicos y revistas mexicanas como corresponsal de la región andaluza. En 2013 lanzó su proyecto de Micro documentales Contemporáneos entre NY, Londres, México y España.