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Poemas del libro El cuerpo dormido de Misael Castillo

Lo que dura la oscuridad

ingreso al mundo
con la lengua de la noche
abriendo su mano
mansa por mi espalda
no sé cuánto dura
la oscuridad en el temblor
ligero de la infancia
pero se acaba
porque sí se acaba
porque la fuerza del manto
que sostiene la noche
encuentra nada
a qué aferrarse
y aunque resista
después de todo la voluntad
es un segundo y otro
y luego el cansancio
el desmembramiento
la pesadez
yo hablé
una vez sola y dije
—mi grito será
el de un niño muerto—
y nadie dijo nada






las despedidas son una piedra que choca contra todo en el aire


como un animal
templado y suave se fue
el nonato flotando
desbocado lo arrojaron
sin gracia en la penuria
no sé cómo hizo
para estar tanto tiempo
tambaleando entre
dos mundos para caer
liviano en la planicie
de bestias hojaldradas
nadie sabe cómo
atrapado en el sonido
hizo luz y flores en su piel
pacata para orearse
todos los días la noche
hace aliento de plomo
en el corazón de los solos
porque no nació
le pedimos que vuelva
pero está clavado
en el aire condenado
a limpiar
la tierra con sus huesos




cuando los muertos irrumpen en la mente se inquietan


reposaba
en el aire de frente
a una llanura
de luz tersa y piedra
cuando cerró
los ojos el mundo
le cubrió los huesos
con un animal
repleto de vergüenza
reposado en el aire esperaba
que alguien lo busque
y lo reviva
o lo apuñale que alguien
por fin le dé su lenta
calculada redención
sin embargo
nadie lo buscaba
le pesó nada el cuerpo
no le fue difícil
comer su propio
corazón aunque temblaba





El ritmo del río cuando corre
y cuando calla


No hagan ruido,
en la orilla un niño
juega obstinado con su sombra.
No le den lo que no quiere
No le hablen siquiera,
está rozándose
con la belleza.
Con su mirada hace
colibríes en el cielo,
ternura dócil para la tarde.
Un niño solo
que sobre el barro
dibuja una casa,
grita y canta
con la orilla
subida en los ojos.
Se ve triste
cuando intenta
llegar al otro lado
del río con silencio.
Este niño,
nada
necesita,
solo
se cobija con su canto.



La espera guarda un corazón
entre las ramas


Los niños trepan
de la costa a los árboles
flotando entre las casuarinas.
Son como ríos
que se amansan en el suave
movimiento de sus aguas.
No entienden
la tristeza pequeña
que viaja en la corriente.
Los lapachos distraen
y hacen escaleras
hasta el cielo
con sus ramas.
Galopan, entonces,
esperanzados los niños
en sus caballos rosados.
Trepan como saltamontes,
por los árboles,
inquietos, hasta Dios.
Desde allí, esperan
ser los primeros
en ver cuando doble
el agua en la curvatura
animal del río.



albañiles que ladran como perros


Como los pájaros,
que se escuchan entre sí
a kilómetros de distancia,
oigo los martillazos
sobre las paredes.
A veces
pienso que esa
es una forma extraña
de comunicarse.
La fuerza y la frecuencia
tienen su propia semántica.
Cada persona
habla como puede.





Al cansancio hay que ponerle el cuerpo


De quién son
estas hojas que caen
suaves sobre mi patio,
que traen a mí
la memoria del tiempo.
Estas hojas que avanzan
como tropeles sedientos
y saltan de los árboles
para musicalizar el día
No pasa seguido
pero la lluvia
les amortigua
la caída y corren
al ladito del viento.
¿Se habrán cansado
de rascar el cielo
con sus cuerpos?






El fuego


Los niños en el campo
arrancan moritas
y las comen
debajo de los sauces.
No encuentran la lluvia
la buscan
entre el ramaje.
El fuego avanza
en la oscuridad,
corre alegre sobre la hierba











Semblanza

Misael Castillo nació en Tostado, Santa Fe (1993). Publicó ocho libros de poemas
entre los que destacan El tiempo cuando falta (2021), Como el fuego que avanza
por la tierra (2023) Niño, Perfecto luminoso (2024) y El cuerpo dormido (2025). Fue
uno de los ganadores del Poesía Ya 2023. Sus poemas fueron exhibidos en la
muestra Arder en el Museo del Libro y de la Lengua. Co-dirige el medio sobre arte
www.espiasrusos.com .
Además, colabora con la Agencia Paco Urondo y es asesor editorial en Tiempo de
Parque.

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