Poemas de Enna Osorio Montejo

Poemas de Enna Osorio Montejo

 

 

Naturaleza muerta en el patio trasero de la casa

 

Llueven jacarandas del cabello de un niño mientras lee en el polvo la noche de un
hormiguero. Se sabe que las hormigas transmiten de generación en generación el olor de
sus enemigos.

 

El aroma de su madre no es un perfume de quitapenas con tabaco, ni el tufo de la
orina concentrada en sus despertares; tampoco es su cocina o el detergente con cloro de los
días destinados al aseo profundo de la casa. Ella huele a mamá. Identifica su recelo hasta
dormido si en el sueño se le acerca como gata anaranjada o le persigue en un cuerpo sin
cara por la avenida principal de una ciudad nocturna, hasta caer por la fisura que en el
pavimento se abre para la salvación.

 

Él la ama
y jura que nació para arruinarle
la vida.

 

El viento se detiene en la boca del pequeño cuando el mapa de la noche queda bajo
flores moradas. Un insecto le muerde el meñique. Se reconoce en la antítesis. No grita.
Come hormigas.

 

 

 

 

 

Epitafios del niño y el cristal

 

 

(2000-2017)

 

Aquí descansa Christopher,
entre focos quemados y
el ácido de las baterías.
Murió por falta de atención.

 

 

 

 

 

(1977-2017)

 

Duerme, bajo las flores,
el hormiguero.
Gata anaranjada, amada madre,
sola y fría como siempre.
No quise arruinarte la vida;
tuve que pulverizar con mi navaja
los tintes cristalinos de tu voz alcohólica,
cuando te necesito o hay comida en el refrigerador
fueron las palabras cercanas al hogar.

 

 

 

 

 

(2014-2017)

 

Hay un niño que murmura la rabia.
Un grupo de hombres lo invitó a ser hombre.
Es el Istmo de Tehuantepec tierra caliente,
Salina Cruz, cuello de botella.
Le dieron una pistola y metanfetaminas.

 

La pipa de vidrio primero,
después el arma.

 

(2016-2017)

 

Christopher yace extraviado en una isla casi desierta y
comparte un billete para inhalar.
Su hígado terroso,
las fosas nasales como fértiles llaves con sangre.
En tres minutos ya no engaña el hielo a las neuronas,
no hay placer.

Cae,
desciende,
sin dopamina,
crash.

 

 

 

 

 

(2017-20XX)

 

Reposa el resto de nuestro tiempo en este asilo, Christopher.
Tu padre se divorció también de ti cuando se fue de mi lado,
aunque la ley dicte otra cosa.
Tiemblas mucho, soplas mis miedos.
No me dejas hueso sano y no quiero estar sola,
busco amor.
Estás enojado, hijo.
Dicen los psiquiatras que tu cerebro es un perro condenado a la cadena.
Fueron las malas compañías:

yo, los otros, el vidrio,
las dunas que cambian de lugar con el viento.

 

 

 

 

 

Israel es un águila que tiembla y tuerce la cabeza

 

Hermana, el cuervo del amor me alza;
logro pensarme sol.
Intento pronunciar tu nombre
pero la caspa del diablo me estrangula.

Francisco Hernández

Israel llegó como salido de una fiesta
con música de ambulancia
a toda velocidad.
Sonriente, sudoroso,
mordiéndose hasta la cutícula
los dedos azules,
las manos de árbol deshidratado.
Su cuerpo, campo de ensayos nucleares,
un pilar de huesos para el viento,
águila que se desmorona
como sombra de malos presagios.

Israel es guapo aunque esté torcido
y una cicatriz como grieta
viaje del nacimiento de su cuello
a la boca de su estómago.
Tiene labios de iguana bajo el sol,
mustios y apretados,
para que no se le disloque la mandíbula
o muerda y contagie la efervescencia de su cerebro

con largos caminos de talco.
Entre el bruxismo y sus ojos negros,
con pupilas de asteroide,
cierta violencia imanta.

Israel es experto en clínicas de adicciones:
Océanica, Monte Fénix,
Hacienda del Lago y San Dionisio.
Le encanta la cocaína,
pero la nieve se acumula y entume y amarra
venas, tendones, músculos,
las neuronas;
se hace piedra,
pequeños glaciares con sangre
saturan y pican el tabique nasal
hasta que ya no circula el aire,
agujerean el cielo de la boca y
las palabras se pierden,
el whisky incendia,
los dientes como dados
ruedan.

Por si fuera poco ser Israel,
un bulto de arena le creció en el estómago,
otra ribera de la muerte.
Para extraer el tumor
le abrieron el tórax en dos mitades;
pero el cáncer no se ha ido,
no se irá, piensa él,
abrazando el desastre de su cuerpo.

Israel trajo el temblor.
La tierra empezó a bramar
para ponernos de rodillas.
No se detuvo por más vírgenes y santos
invocados.
Nadie podía salir de su habitación,
pues el seguro está por fuera de las puertas,
por aquello de los amantes y los fugitivos.
Los guardias nos liberaron
y salimos torpes,
niños lejos de casa,
asustados,
con los ojos sorprendidos
como lámparas que estallan.
Las convulsiones del planeta
se apoderaron de las plantas;
era de noche
y pájaros y murciélagos revoloteaban
en una sola parvada,
el agua de la alberca poseída por su condición líquida
se ondulaba como un breve mar cabreado,
las vigas de madera, los techos, las paredes
gruñían de espanto
después de muchos años en silencio.
Sobre el empedrado nos rendimos.
“¡Quiero hablar con mi familia!”
“¿Esto fue un terremoto?”
“¿Está de pie la ciudad?”

Entonces conocimos a Israel tembloroso
tras un día de abstinencia.

Con el cuerpo enroscado
bajo una tensión de calambre
pudo trascendernos.
Él, versado en reclusiones, dio consejos.
Sólo de verlo era un sabio:
picar, cocinar, inhalar, fumar, inyectar
la caspa del diablo.

Los malogrados evitan el agua

El agua es un elemento redondo.
Así los océanos y el manto de vapor
que abraza a la Tierra,
las gotas de lluvia agrupadas en la ventana,
el llanto en su ciclo bajo la pregunta:

¿Puedes ser libre?

Los malogrados emergen del agua materna para olvidar
un amor salvaje.
Son los llamados a detenerse en la violencia de existir,
a vencer el desierto atravesando el desierto
a velocidad de transparencia,

con los nervios desarmados no tienen salvación
ni como víctimas.

Para ellos no hay misericordia.
Ningún líquido mitiga sus resequedades.
Es necesario perseguirlos para que se bañen.
Les molesta, y tal vez, duele.
En sus ojos se estanca el agua que
corrompe y atrapa.

Cada insensato es una isla
y en su isla, un náufrago.

El agua es un elemento redondo
siempre bajo la cama.

Un mar de insomnio en el que los ojos
vuelven a la misma cabeza.

 

 

 

 

Semblanza. 

Enna Osorio Montejo, radica en la ciudad de Oaxaca. Estudió la Licenciatura en Humanidades en la Universidad de las Américas, Puebla. Ha publicado en diversos suplementos, revistas literarias y compilaciones como: Cantera Verde, Luvina, Círculo de Poesía, Bitácora de vuelos, Laberinto, Ciclo Literario; Poemas para un poeta que dejó la poesía, Cuadernos de El Financiero; Desde el fondo de la tierra, poetas jóvenes de Oaxaca, Editorial Praxis; Cartografía de la Literatura Oaxaqueña Actual II, Editorial Almadía; Asamblea de Cantera, 25 Años, Cantera Verde Ediciones; entre otros. Becada por el FONCA en el Programa Jóvenes Creadores 2011-2012 en poesía. Beneficiaria con Torceduras en la convocatoria CurArte es Guelaguetza 2020, SECULTA, Oaxaca. Autora seleccionada por la editorial española Torremozas en el XXXIV Concurso Voces Nuevas 2021. Pertenece al Mapa de escritoras mexicanas contemporáneas.