Only Colored de Héctor Santana

Only Colored de Héctor Santana

 

 

Only colored

 

 

Una tarde para aliviar el encierro pandémico, me dispuse a limpiar la bandeja de mi correo de los indeseables mensajes. Algunos impropios, otros impersonales. En esa especie de malabarismo intelectual, descubrí el mensaje de un amigo que traté -durante un virtualpari- en un colmadón, de los que solo expenden bebidas con espíritu. Como no había mucho que hacer en medio del encierro, participábamos de los virtualpari, se transmitían desde un colmadón al que pedíamos el ron, cervezas y un delivery que por unas monedas te bailaba “Drume negrito” en versión bachata. Si el dueño estaba de humor contrataba un diyei. Por unas semanas, repasamos los parisvirtuales que se sucedían de noche en noche como respuesta a la locura en la que mucha gente empezó a caer. Ayer, antes de tocar el toque de queda, me comunicó mediante un imoji, que deseaba que nos inscribiéramos en un taller de escritura virtual que daría desde un país suramericano un escritor de cierta fama o, de fama relativa como prefería decirle y porque no sabía el país de origen del narrador: “Es de Panamá pa bajo, un país grande”, sentenció en una nota de voz. Nunca supe la razón de llamar a esos mensajes orales, nota, si las notas musicales no aparecían en ellas y no se vinculaban con las calificaciones ni los mandados, allá las arbitrariedades del idioma. En esa nota o calificación de voz, recomendó el taller con tantas garantías que respondí de inmediato: sí, imojiando como él con un pulgar arriba. Al dejar la conversación, me atracaron las dudas. De todo tipo. No sé si por los días de encerramiento, pero dudé. Al parecer el amigo notó cuando abrí el mensaje de confirmación que refirió, y me insistió: “No te vas a arrepentir”. Una hora antes –porque tenía una de diferencia con respeto a nuestro país- estaba frente al ordenador esperando que abrieran la aplicación de la videoconferencia, solo sabía el nombre del autor que impartiría la clase virtual. Nada más. Juanillo, Yunillo o Limoncillo. No me quedó claro. A las cuatro: tres de Colombia –que era el país de origen de escritor- del día indicado, una voz de tono primaveral nos dio bienvenida. Supuse que tendría unos veinte, y unos ojos claros en donde uno podría perderse, antes de abrir su cámara. Hurgué en la pantalla con el deseo de encontrar el rostro de mi amigo. No estaba. Leí los nombres de los participantes, no vi su nombre, de todos modos, me quedé. A los dos minutos la imagen de Juanillo inundó la pantalla. Usaba lentes con una montura de pasta transparente que indicaban ciertas libertades en el autor que a la gente común le sabría amarga. A mí no. Embutido en su apalmerada camisa de cuello chino, pasaría inadvertido en la pequeña habitación en donde ajustaba el enfoque de la cámara. En el fondo una estantería repleta de libros en la que brillaba más el afán utilitario del conjunto que el estético. La mayoría con la cubierta descompuesta, daban razón del maltrato natural de los libros cuando caen en manos de lectores de noble y abundante apetito. Evidenciaban los libros de la parte superior, amor. En la parte baja de la estantería, lo mismo, aunque no daban evidencia de haber sido tocados: una hermosa selección de libros en pan de oro. No es que fuera amante de los libros, pero elucubré, pedirle un par prestados. Aquellos libros de lomo grueso daban ganas de comérselos. Bajo ningún concepto podría asumirse aquello como una manifiesta inclinación por el ostento ni por ninguna otra maña que no sea pasión. Frente al ordenador arregló un mechón desprolijo de pelo negro, tomó algún líquido de un pozuelo, a todas luces caliente. Luego, el mismo afamó el café de su país con palabras sencillas. Con pulcritud. “Aquí no tenemos el mejor café del mundo, pero el nuestro es un mundo.” Para sacarnos un poco del café, un niño vestido con una bata puro estilo del cucus clan o cucu clan. No sé. Atravesó la habitación con un cubre boca blanco con esvástica y un letrero a mano alzada donde se leía: “ONLY COLORED”. No sabía el significado de las blancas palabras sobre el fondo negro. Pero sentí miedo. El profesor continuó la explicación. Habló sobre la página en blanco. Dedicó unos ocho minutos en eso, sobre el párrafo iniciático, que debe sugerir, llenar de preguntas al lector. Y lo que sigue después: muda, dato escondido y el iceberg. Amaba su forma, explicaba los temas como quien desea vaciar un recipiente que conserva los misterios de una rara ciencia. Lo bueno fue descubrir, que no necesitaba llenarme. Necesario era aprender a escribir, era un profesional tirando cosas sobre la página en blanco, y llenando canastas con bolas de papel manchado de tinta. Sin llegar a ningún lado. A partir de ahora tomaré como eje temático los tipos de personajes, los halaré por el cuello, los sentaré sobre el escritorio hasta lograr mi objetivo. Gracias al maestro, nos lo fue mostrando uno a uno. Entré en confianza, mientras explicaba el asunto de la caracterización de los personajes. Disfrutaba la forma en la que movía las extremidades fuera del cuadro, por momentos veía el trozo de un dedo en el marco de la pantalla, una mano, un brazo como si observara a un ser deforme. Para continuar levantó el pozuelo con la foto de Tarantino. Se afanó todo el café, de tan mala leche que, si alguien hubiese querido leerle una taza con los restos del café esparcido por las paredes del pozuelo, hubiera sido imposible. Ajustó los lentes luego de pedir excusas. Reflejaban no sé qué cosa en la pantalla cuando se inclinó, supuse que lo hizo para buscar algo. Pero subió sin nada, levantó el pozuelo y me pareció haber notado un guiño en el rostro de Tarantino. Habló de algunos libros de escritura -saboreando un sorbo- apunté cada uno: El arte de escribir con maña, Escribir por maña, ambos de un mismo fracasado escritor de novelas sobre magnates dedicados a la pedofilia. Y la pornografía. Sabía que tan pronto terminara con el taller se los pediría a mi hermano que vive en Reading. Amaba comprarme libros. Solo eso. Las veces que pedí ropa en junio esperé hasta diciembre. Para mi hermano la ropa nueva era cosa de diciembre. El curso prosiguió su agitado curso, antes que pudiera reparar en el hecho, cruzó una niña, quise escribir por el cha para alertar al maestro del incidente porque no creí que le agradaría que una multitud diseminada por doce países en Latinoamérica estuviera observándola en pantaletas como la viva encarnación de uno de esos psicodélicos personajes de Woodstock. Si ninguno de los participantes denunció, por qué yo. Pregunté. Intenté hacerle señas al niño a través de monitor para que sacara a su hermanita del cuadro, pero mi mujer me advirtió, no es posible. Siempre Juana estaba atenta a las cosas que observaba en las redes. De buenas a malas, la niña bateó una pelota usando un dildo del mismo color de la esfera amarillenta que rebotó en la parte superior del estante. El niño casi la detuvo usando el cubre boca como guante. Fue un batazo fuerte. Derribó la edición preferida del profesor de Madame Bovary y Los relámpagos de agosto de Ibargüengoitia. De hecho al caer al suelo, tronó. Quise saltar, advertirle. No pude. Para complicar el asunto, cruzó mi esposa para gritarme, de nada valió la advertencia del curso con un profesor importante: “¿En eso es que tú estás?” Gritó. Intenté explicarle que los hijos o los sobrinos de profesor estaban de su cuenta. “Claro que sí.” Ripostó con una mirada en la que brilló la desconfianza acumulada por nueve años. Por más terrible que parezca, llevaba tres semanas de reconciliación bajo palabra con Yarberis. Y no planeé volver al infierno de antes. Yarberis desapareció apartando con los pies mi ropa esparcida por el suelo. Un enojo de Yarberis terminaba con mis ropas en el piso. Como forma de relajación, el profesor acotejó el cuello sobre una de las palmeras de la camisa. Al parecer, dormité por unos segundos, soñé que mi hermano me llamaba desde Reading para decirme que recibiría los libros en breve. Desperté, el profesor desorbitó los ojos. Acariciando la palma más próxima al cuello de la camisa, respondió a una joven ecuatoriana que le preguntó, sobre si era lo mismo escribir poesía que narrativa. Y se disculpó con una argentina a la que le cerró el micrófono en medio de una pregunta. Esa fue la única vez que vi al maestro responder con un treinta por ciento de la pasión con la que respondió las preguntas anteriores. “En el fondo es trabajo.” La chica no volvió a hacer acto de presencia por falta de voluntad o tiempo, éramos doscientos, una hora y media después. El profesor continuó sugiriendo qué hacer con la gente del “A MÍ NO SE ME OCURRE NADA.” Volvió a bajarse, bajo el escritorio como la vez anterior, cada vez por un espacio de tiempo más prolongado. Yo mismo quise advertirlo. Era una postura con cierto aire de misterio. “Para que se les ocurra algo, relean  lo que han escrito. Verán con asombro, como se destaponan las cañerías de la creatividad.” Sentenció con los ojos observando el piso. “Cañerías.” Repetí, creyendo que la obstrucción que padezco debía ser crónica. Se inclinó de nuevo. De pronto, como salida de un barrio del paraíso en donde no había serpientes ni manzanas, surgió una mujer en sus mejores días. Desnuda. Tomó los niños: la niña por las orejas y el niño también, con el dedo índice en vertical en los labios, gesticuló la señal de silencio. Siempre de espaldas. Llevaba tatuada la imagen de un avión destrozado con la inscripción Iber en el trozo del ala. La vi salir de la escena con los niños, tranquila. Repleta de serenidad. Quise seguirla. No pude. En ese instante el profesor inclinó la cabeza como las veces anteriores, esta vez dejó al descubierto el recipiente en donde guardaba el café. Rellenó el pozuelo, limpió sus comisuras con el hombro, antes del anuncio de la despedida, quedamos dos. El profesor despidió de pie, dejando ver por el triángulo de la entrepierna la estantería, la cámara permanecía encendida, por el pequeño triangulo observé la banderola arder, las llamas iluminaron el lado derecho de la mujer, el profesor salió del cuadro, y un grito discontinuo selló la actividad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Héctor Santana

Narrador de origen dominicano, publicó el libro de relatos Hombres sin Orbitas en 2016 y en 2008 el libro Poesía práctica. Es el ganador del primer lugar en el certamen literario de la Universidad Central del Este con la novela “La mano de Dios” en 2015 y del vigésimo concurso de cuentos de Radio Santa María en el año 2013 con el cuento “Ungry Young Girls”, ha sido coordinador del Taller literario: Los Nadie y Narradores de Santo Domingo. Sus textos aparecen en distintas antologías: Santo Domingo No Problem, Summer Writing Institute Anthology in New Hampshire (2011), En el fondo del iceberg (2012).