No morí a los veintisiete años
No morí a los veintisiete años. Soy una sombra
temblorosa que se arrastra por la carne;
mi piel se agrieta sin historias que contar,
nada sobre la noche,
muerte aplazada
con la melodía del insomnio en mi cabello.
Soy testigo
de mis manos vacías y de mi palabra rota;
del otro lado de mis venas
hay una canción de Robert Johnson
que, como sueño
en pena, recorre la madrugada
y amanece en mis labios
fríos de cadáver que aún responde
a mi nombre.
No morí a los veintisiete y la muerte
acierta en bailar
junto a estos escombros de olvido que soy,
sombra accidental y adormilada, extranjera
e intrusa a cada paso;
malvenida.
No morí.
Y aquí estoy:
triste remedo de la luz, de la noche y de la carne,
verso cansado en que me exilio,
eco mutilado que se acurruca
entre las voces de una vieja canción de Janis Joplin,
de Jim Morrison o de Jimmy Hendrix.
Arrullo de noviembre
Canciones de cuna no sé yo casi,
algunas melodías de las sombras
adivino yo por las madrugadas;
estribillos de tierra y lumbre herida,
tarareos de no sé yo qué siglos,
cantigas de barricadas callejeras,
cicatrices de voces y silencios.
Te doy cada una de sus estrofas,
sus murmullos de días y de noches
con mi voz zurcida y mi voz en humo,
duermevela en los hombros de los astros
y en cada camino de tu palabra.
Tus oídos de luna que adormece,
tu mirada en los bordes de mi voz
bordan los silencios y los instantes
sobre los torbellinos de mi insomnio
y los ángeles perdidos que juegan
en los laberintos que ya se esconden
dentro de los confines de tus párpados.
Duerme, Luna, duerme, entre las nubes
de estas sílabas de arrullo y noviembre.
Me pierdo en la garganta del insomnio
Me pierdo entre la garganta del insomnio
en la noche que levanta siglos. Mi temor
de cuerpo dividido en sombras;
los muros, mi voz: los cristales.
Mi descuido de no saber lo que pasa.
Sólo entiendo tus labios, desnudos, concretos
sobre la insalvable isla de los míos;
sólo entiendo tu carne, tus manos, la noche
todo lo que salva a mi muerte
de morir fuera, distante,
afuera de todas las fronteras de tu carne.
Se derrumba mi cuerpo sobre la noche;
mi insomnio se sabe en otros ojos, otra boca.
No hay nombres, idiomas, alfabetos,
y lo que no es tiempo es conjuro,
es mundo; entiendo, son labios:
todo lo que salva a mi muerte
de morir fuera, distante, muy afuera
de todas las fronteras de tu carne.
¿Qué puedo llevarte este día?
¿Qué puedo llevarte este día?
Algo pequeño:
quizá la hoja en el piso
de un sol entretejido en la ceiba;
el silencio que lleva la hormiga en su lomo,
la broma,
la burla
de saber que la sombra no es de uno.
Algo muy pequeño.
No lo sé.
¿Habrá algo
que pueda llevar para ti en el bolsillo?
La soledad, un dulce,
la marea
o
mi sueño vagando a medio día.
En la voz de la lluvia
La noche escucha caer a las sombras
en la voz de la lluvia.
Los pasos hoy del insomnio del agua
se hunden muerte de tiempo que canta
en la voz de la lluvia.
Los rostros tibios, que llevo en el borde
ya limbos de éstos, mis dedos, se esconden
en la voz de la lluvia.
Tu nombre en vela resbala en mis manos,
sin vuelta dejan vacío mi tacto
en la voz de la lluvia.
Alejandro Martínez Lira nació el 14 de diciembre de 1975, día que el santoral dedica al poeta San Juan de la Cruz. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Es autor de dos poemarios: En la garganta del insomnio y En la revuelta de tus segundos. Ya prepara su siguiente proyecto poético.