Narrativa

  El espejo de Precioso   Zenobia ya lo sabía. El espíritu de

 

Dos cuentos de Ulises Paniagua

 

  

Manuscrito

 

Este manuscrito, de elegante caligrafía, fue hallado  por un camarero en una taberna de Ámsterdam, una tarde de noviembre. Su destino fue el cesto de la basura. A manera de advertencia debemos comentar que el manuscrito viaja, entre líneas, de una época histórica a otra,  en diferentes dimensiones territoriales, como si el espacio-tiempo fuese un lago cuyas aguas pretéritas y futuras se juntan, de forma discreta e imperceptible, de vez en cuando. El asunto del texto, sin embargo, es claro: se trata de una numeración acerca de los problemas que enfrenta un escritor, en su afán por publicar libros.

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 Nadie puede callarme los ojos

Juan Mireles

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 Plazuela, 7 de la tarde

 

Teresa Muñoz

 

 

—La verdad es que no quiero verte porque siempre caemos en la misma y yo me siento muy culpable con todo esto.

—Pero no te estoy pidiendo que hagamos nada, solo quería verte para que me dijeras por qué ya no quieres verme.

—Por eso, si nos vemos, volvemos a caer en eso que no me gusta.

 

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César González “Chico”

 

Primer Sorbo.

… cuando nos poníamos insoportables mi abuelo nos sentaba frente a un televisor igualito a los que aparecen en las películas del Santo… movía la palanquita de un pesadísimo y misterioso cubo de metal que estaba en el piso –supe después que era una especie de regulador- y la cosa empezaba a zumbar… minutos después, se encendía una lucecita roja que era la señal para que mi abuelo oprimiera un botón y en el centro de la pantalla verde oscuro aparecía un minúsculo puntito de luz… el puntito iba creciendo poco a poco hasta convertirse en uno más grande, luego en una mancha que iba llenando lentamente toda la pantalla y que encerraba figuras difusas que emergían como fantasmas de entre la niebla… sólo el ritual de encender la televisión tomaba, lo juro, alrededor de cinco minutos… 

 

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Por Alfredo Coello

 

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vivir demasiado

requiere algo más que tiempo.

Ch. Bukowski

 

Es voz y la escucha desborda la memoria. El habla de mis ancestros es página ya escrita durante muchos años. A quien sí escuché en las largas noches de invierno fue a  mi abuela materna. Hablaba como si el misterio estuviese pegado a sus labios. Habló muchas cosas, muchas. Hoy recuerdo sus ojos grisáceos ya de tanto testimoniar sus recuerdos, ojos de mujer campesina.

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