Mientras tanto

Un nuevo día: el sol brilla y los ruidos cotidianos se dejan sentir. Tomo lo que necesito. Reviso mis bolsillos. De la cocina a la sala me separan cinco pasos largos y siete si me dirijo a la puerta. Tomó aire. ¿Qué habrá de nuevo?
Cierro la puerta, el chirrido de las bisagras me divierte. Reviso mis bolsillos otra vez, no olvido nada. Para mi suerte, hoy es un día de esos en que me encuentro lúcido. No veo a nadie. Escucho la cotidianidad. Mentalmente dibujo mi trayecto. Soy una persona que se repite a diario.
Avanzar tres cuadras, girar a la derecha, avanzar una cuadra, luego detenerme. Seguir calzada abajo y, por último, otro giro a la derecha. Todo ese trayecto me toma diez minutos, a buen paso… A medida que transcurra mi vida el tiempo irá aumentando y mis pasos se harán más cortos.

Hago las compras respectivas: vegetales, legumbres, una que otra proteína. Así transcurre cerca de una hora. La charla más prolongada que tuve fue con la chica de la caja. Otra vez reviso mis bolsillos. Borro de mi lista lo comprado. Voy de vuelta.

Se preguntará por qué no hablo mucho. La verdad, me da miedo iniciar una charla, como dije, hoy me siento lúcido. Por ende, un poco más osado.
A veces me paso horas sentado en la entrada de mi casa. No sé qué espero, o a quién. Mis vecinos me saludan, yo les devuelvo el gesto (obligado). Unos riegan las plantas, otros sacan a sus perros y otros solo pasan. Yo espero…
Espero que alguien se acerque y empiece a hablarme (de seguro ya noto la referencia). Déjeme decirle que no sé qué haría si eso ocurre. Yo limpio mis ventanas y al terminar vuelvo a sentarme. Sigo a la espera, de no sé qué.

En ocasiones siento un sudor frío que recorre mi espalda, ¿será miedo?, entonces pienso que quiero morirme. A veces, incluso, lo digo en voz alta: ¡Quiero morirme!
Si alguien me escucha y va de paso…, acelera su marcha.
Vamos, vamos, noto que quiere decirme algo: adelante.
No, no se equivoca, la verdad pienso que el mundo es cada vez más repugnante. Tranquilo, permítame explicar, pasa que como mi mundo es repugnante, entonces veo el horizonte igual de repugnante. Eso es todo.

¿Que si tengo amigos? Qué pregunta la suya. Creo que sí, bueno, la verdad, pienso que me quedan unos pocos. Hace mucho que no los veo, tampoco los visito. Siento que si les caigo de sorpresa puedo interrumpir sus quehaceres o que tal vez ellos están muy ocupados, y no deseo ser inoportuno para ellos. Pero me gusta, sabe, quedarme en casa, ya sea en silencio o leyendo o preparando algo en la cocina o jugando con mis gatos. Casi siempre como ya vio, me encontrara en la entrada, en mi asiento, Esperando.

A veces siento nostalgia. Y me digo: no me gusta quedarme solo en casa. ¡Ya ve! Me repito, soy una persona que se contradice.
Y aquí me ve: sentado, esperando algo o alguien. Lo que sea, la sola idea me da pánico. Y si lo que espero; ocurre ¿qué haría si ese alguien llega y yo no estoy afuera para recibirlo? Esta espera me causa angustia.

Estoy hecho a la resignación. Pienso que mi espera es infructífera. Que nada ocurre si no soy el mediador para que ocurra. Es como querer ganar la lotería sin comprar el billete, prefiero resignarme.

Mis pensamientos se entretejen de manera extraña, me sofoca pensar en esto.
Permítame traerle un poquito de limonada, ¿le gusta la limonada, cierto? o prefiere otra bebida.
Deme un momento.

…El tiempo pasa, la posición del sol cambia, como es obvio. Como cambian los pensamientos que tengo, y mi mirada sobre las cosas. A veces veo todo con colores vivos, y me resulta tan inmenso todo. Me siento como una hormiguita a la que Dios quiere quemar con su lupa. Otras veces todo es tan diminuto como si necesitara del microscopio, para verlo de mejor manera y no, no es que sea un Dios que juega con una lupa y quiera quemar hormigas, más bien soy esa presencia que se siente, pero no se mira, si me entiende.

Sé que sueño despierto: es una sensación vaga, así me decía mi madre: ¡eres un vago con sensaciones vagas! Es posible que todavía lo piense. Es más, yo mismo lo ratifico.

Todo esto me resulta un charco de nimiedades, de palabras o excusas, de una búsqueda o un desasosiego que no encuentro, meramente instintos, diría… es posible que tal vez salga adelante. Aunque lo parezca, no tengo ideas claras solo veo sombras e imágenes difusas que tal vez vi en algún lado y que me regresan a la memoria y se manifiestan, así como ahora se las estoy narrando.
Bueno, sin embargo, Le repito, no me queda más que esperar. Así que espero.

Creí que esperaba la llegada del invierno, pero no. No era eso. El sonido del agua, la lluvia: tampoco era. Esperaba una pareja, menos, no lo crea. Espero un amigo, no ya no.

Espero una carta o un paquete. Tal vez simplemente espero y ya. Tal vez solo tengo dudas…
Le pido por favor, antes de que se vaya, no se ría de mí o al menos no lo intente. Algún momento usted volverá a pasar y yo estaré aquí; sentado en la entrada de mi casa, limpiando las ventanas, a la espera de no sé qué.

Si usted me vuelve a ver regáleme una sonrisa. Acompáñame un momento con una limonada, como ahora, y tal vez para ese momento, y solo tal vez, ya le tenga una nueva respuesta
Mientras tanto
Espero.



Marcelo Cruz (Quito, 1992, Ecuador).

Escritor y periodista. Productor y conductor del programa literario El Galpón de los Cuentos Vivientes. Editor de Revista Digital Bagre Columnista y colaborador en varias revistas (La Ninfa Eco, Espora, La Barra Espaciadora, y Máquina Combinatoria). Autor de El gran monólogo (Barba azúl, 2015) y Ya me he explayado mucho y no he dejado que hables (Cactus Pinki, 2019 y reeditado en 2021 por la editorial mexicana Huerto de Libros).

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