LA PIEL DEL TEZCATLIPOCA ROJO POR PABLO ANTONIO JUNCO

LA PIEL DEL TEZCATLIPOCA ROJO POR PABLO ANTONIO JUNCO



Luego del sacrificio de maíz y el desollamiento azteca, mexica o tolteca, su alteza
se cubría tal cutis resurgido con pellejo, la epidermis extirpada fungía cual máscara.
Así lograba lo feliz e inclusive curar enfermedades, etcétera. Impregnándolo indiviso
un ferroso gusto a sangre, irrealidad, retazo en salida por intersticio, tajado contimás
al jadeo filoso: abrir-pelar-quitar-lavar (hablando excepcional).

El cantar del cenzontle chilla cuando se despedaza, zarandea y aúlla, un haz de luz
azoga y es mercurial. Oh señor hechicero carmesí, colibrí carmín o don Xipe Tótec
en grato frenesí, si todas las criaturas gimen, según la profunda doctrina del apóstol
Pablo ¿por qué no deberían ser consoladas? Entonces, fluyan efusiones a ofrendas
pues tanto es necesario extraer jugo limpio como crúor impío.

Un sorprendente rasgo del sacrilegio, en torno al insondable andrajo, es ese vector
interno que cuasi cunde a gangrene. Su cercene produce horror, pavor, vergüenza;
antes, ahora, después. Arremete vil o cruel vía cuchara, cuchillos, pinchos, parrillas,
tenazas y tinajas que acumulan grasa. La mermelada de fresa choca con una gracia
sólo comparable a la belleza, nueva y apiñada, entalla renacida.

Respecto la dádiva humana, para brindar algo a un Dios hay que destruirlo frente al
hombre. Imposible las restantes partes: guerra, mutile, purga, tortura. Junto a pomos
de conserva: órganos, cortados dedos, orejas, tejido, músculo, pelo, uñas. Ablación
en plenitud con los desechos el mundo intestino, vascular. Decorticar es festivo, un
Camaxtli colorado u operador preciso. Su encarnado, dorado.

Ya sin sutura desbocan, atiborran su hocico y ojos hendidos con los colores zapote,
amarillo, albahaca, pino y musgo. Lleva consigo el abismo, la vida e incluso muerte,
no solamente sino completamente. Plumas de codorniz al trazo, sonajas colgando.
Suena un chicahuaztli y llueve goteando hacia la líquida violencia, mancha las caras
atónitas de los parásitos plácidos en el rostro del murciélago.