Aforismos

Amedeo Ansaldi

 

Amedeo Ansaldi (Milán, 1957). Escritor y traductor. Obtuvo en 2010 el Premio Internazionale per l’Aforisma “Torino in sintessi” y en 2014 el Premio “Le Figure del Pensiero” (sección de aforismos) organizado por la Associazione Nazionale Pratiche Filosofiche di Certaldo (CI). Compiló la antología Aforismi al femminile (Puntoacapo, 2017), que reúne a dieciséis aforistas italianas.

 

 

Manuale di scetticismo (Puntoacapo, 2014) y L'onore delle condizioni (Babbomorto, 2019) reúnen sus aforismos.

 

** Versiones al español de Hiram Barrios

 

 

Poemas de Armando Alanís Pulido 

 

 

Llegas helada como el amanecer

 

Llegas despavorida,

haciendo o provocando un sonido,

llegas a tiempo.

 

 

 

Me aprieta el traje de astronauta

Sí, preferimos morir que separarnos, (me gusta cómo se oye).

El mundo al instante el mundo al instinto (me gusta).

Yo pinto mi pensamiento, desdibujo sonrisas,

 busco a alguien que me diga: no encontrarás aquí las respuestas que buscas,

consumo, muerdo con fuerza, me acostumbro fácilmente a las caricias…

Ni el amor me detiene.

 

 

Del libro: Poemas concebidos como un intento de mejorar el alma y escritos con infinitas probabilidades en contra o para ser más exactos eso que llaman amor mi corazón lo sintió nomás contigo

Capítulo Siete, 2018

 

 

Armando Alanís Pulido. Monterrey, 1969. Ha publicado 27 libros de poesía. Es fundador del proyecto Acción Poética que se realiza en 34 países. Está incluido en la Antología General de la Poesía Mexicana compilada por Juan Domingo Argüelles. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Experimental en 2009. La UANL le otorgó el Premio a las artes en 2005, y en 2017 el gobierno del Estado de Nuevo León la medalla al mérito Cívico en 2016. Su libro Balacera fue editado por Planeta en su sello Tusquets.

De Memoria de la luz:

 

I

Cielo desgarrado de luz,

lágrimas azules,

las manos del aire,

tenues,

te han dibujado

en los dolores antiguos ya abandonados por el tiempo,

en el tejido donde han crecido ausencias,

olas por donde cabalgan sueños,

tierras extendidas para que la nave,

vencida de horizontes,       

ice de nuevo las velas zurcidas

por donde la voz,

por donde el viento,

por donde la luz recuperen

el trazo que un gesto te ha cincelado

en los ojos.

 

Por Manuel Becerra

 

 

Otra canción de la ballena

La ballena es una isla efímera.

Alberga sobre el lomo, como un buey de mar, un cayo de pájaros.

 

Dentro de ella un manglar se refocila y se empobrece en cuestión de segundos cuando salta, da una contorsión y golpea de regreso la piel del mar.

 

Su corazón es una piedra calcárea que cada tanto vuelve a su punto de ebullición.

 

Tiene un espiráculo sobre su cabeza igual que un pozo en la colina:

Si el brocal se descoloca, cabe la posibilidad de la luz;

 

a partir de entonces la luna descubre en el interior a un hombre barbado

con un gorro de papel periódico asando un bagre en torno a una fogata.

 

El hombre levanta un leño encendido, contra la noche de la ballena, y alumbra sus paladares en cuyos muros está escrita la historia de las estrellas.

 

Su balada oscura de Silicio es tan antigua como la rotación de la tierra.  

Existe otra forma de cantar, pero existe bajo el agua.

 

En otra vida la ballena fue una nube de tordos, un hombre que murió bajo la espada.

 

 

Mery Yolanda Sánchez 

Cascada

Eras la confusión y la magia, la marioneta y los dedos. De golpe la vida tartamudea y te inquietas por los mutilados, si sueñan en los trajes que alargan sus pasos, si sostienen el cosquilleo del lamento. Bailas con los lisiados y la imagen que guardan en el zapato que les estorba.

Por Manuel Becerra

 

 

El cuerpo de mi hija se compone

de agua y de fiebre. De madrugada 

la sonrisa cumple su oscuro oficio.

A la hora del frío y del mercurio

retrocede la mano de la madre

como el mar de la bahía.

Entonces hay que poner paños húmedos.

Sobre sus flecos negros la coronan

la fiebre y el deshielo,

las coyunturas cálidas, la llaga

en el rencor por la vida.

Junto a mí, enfermo y pequeño

su cuerpo le hace de ángel y vuelve del delirio

con llagas en las manos. 

Pienso en esos momentos de poesía y de alquimia

y mi hija me señala a lo lejos un cerro

colmado de pequeñas aldeas y me dice:

mira, un cementerio barcos. 

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