El arte de no gobernar

Por Lazlo Moussong

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Se ha escrito mucho acerca del arte de gobernar, desde Platón, Aristóteles, Confucio y otros filósofos orientales, los pensadores romanos, Maquiavelo, Pío Baroja, Mao Tse Tung y el filósofo de Güemes, por sólo citar algunos de los más renombrados.

            Cierto que quienes menos los han leído o, en su caso, comprendido, han sido los políticos del mundo; hablo de simples políticos, de los aznares o asnares políticos –que, para el caso, da lo mismo la ortografía–, no de los estadistas como Vicente Fox (a quien dio este título recientemente, si no mal recuerdo, Jacques Chirac).

            Aunque del estadista Fox no tengo la menor duda de que no los ha leído, sabemos que tampoco lo necesita, pues él ha encontrado el gran punto medio por el cual, intuitivamente taoísta y exaltadamente neoliberal y zedillista, demuestra al mundo y, en especial, a los mexicanos, en qué consiste el arte de gobernar sin gobernar, de actuar sin hacer, de decidir sin resolver, de hablar sin decir, de prometer sin comprometerse, de seducir sin convencer y –miren hasta qué grado de congruencia con su filosofía– de casarse con la anuencia de la Iglesia sin casarse por la Iglesia.

            El punto de partida, el núcleo generador de esta acción en la inacción plenamente taoísta y neoliberal se encuentra en el principio de: Mentir-sin-decir-la-Verdad, pues sabemos que la Verdad no es una, sino múltiple, así que la verdad puede ser, igual, una mentira o una promesa o una inacción.

            A estas alturas ya podríamos hablar, no de un equipo de gabinete presidencial, sino de un grupo de discípulos o cofrades, que serían sus secretarios y supersecretarios de Estado.

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Ahí tenemos a Pedro Cerisola que, como su nombre lo indica, se finca en el principio de ser a solas (ser y sola), de no conectarse con la impía realidad, sino entregarse al Nirvana político que implica su asunción, por voluntad superior y nada de obscenidades curriculares, a una secretaría de Estado.

Émulo de San Francisco de Asís, Cerisola ha tenido la facultad de hablar con los patos de San Mateo Atenco y entablar acuerdos con ellos, y hoy, después de sus vacaciones y su taoísta y neoliberal inacción en el cerro del Chiquihuite (¡véase la similitud con el caso de Juan Diego igualmente en un cerro y cómo también enmudeció el hombre ante el prodigio!) lo caracteriza como el funcionario que, en todos los casos, mejor se e–vade vacaciones.

Nada menos se puede hablar del Secretario de Educación Pública (con decirles que ya hasta se me olvidó su nombre), que llegó bufando como búfalo en brama porque los mexicanos, ahora sí, íbamos a saber cómo era llevar la educación al pueblo, y su función ha sido la del silencio que el Maestro le ha impuesto, política de bajo nivel. ¿Para qué escandalizar al pueblo mexicano recordándole su ignorancia? Mejor convirtamos las estaciones culturales como XELA en promotoras de los grandes espectáculos cerveceros. Queda Opus 94 para dedicarla al box y la lucha libre; Radio Universidad sería ideal para que se entregue al fut americano; Radio Educación podría convertirse en taurina y... ¿y qué más nos queda de cultura radiofónica, que tanto había con el PRI, a pesar de todo? Vean la ineficiencia de la Verdad, cuando hoy, ya hasta hablar bien del PRI se vuelve crítico.

Perdón, pero mi ignorancia filosófica y mi espíritu pedestre me hacen olvidarme de la misión espiritual del foxismo. Hay más qué decir de este arte de gobernar sin gobernar.

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