Gandhi, el monstruo espiritual por Javier Stirner

Gandhi, el monstruo espiritual por Javier Stirner




Comenzaré describiendo un evento: una horda de gente, practicante de la no violencia, se
apresura a recibir los golpes de los policías y se levanta todas las veces sin responder a las
agresiones. Algunos caen doloridos, otros vuelven a levantarse las veces que pueden. De
pronto sucede algo, uno de los policías rompe en llanto y al poco tiempo se une a la no
violencia.

¿Qué ha pasado ahí? ¿Con qué ariete se quebró el alma del policía?

Sin lugar a dudas es poco frecuente encontrarse con un monstruo espiritual como Gandhi. Y
le digo así por su gran fuerza anímica demostrada nada más y nada menos que por una
voluntad inquebrantable. La famosa marcha de la sal que realizó en protesta contra los
impuestos ingleses sobre este producto es una muestra de ello. Le mandó una carta al
gobierno inglés avisándole que iba a tomar sal ilegalmente del mar, y comenzó una
caminata de más de 400 kilómetros con un puñado de personas. Cuando llegó al mar tenía
más de 12 mil individuos con él. No me imagino qué sensación debió de haber sentido tras
tomar el primer puñado de esa sal.

Gandhi decía: “sólo puedo enseñarte a tener una voluntad inquebrantable”. ¿Qué tan
frecuentemente se puede encontrar una voluntad inquebrantable? ¿Cómo te levantas ante el
agresor? ¿Con qué pies caminas más de 400 kilómetros?

Esa fuerza en parte venía de saber que la verdad es la verdad, no importa qué circunstancia
sea a la que se enfrente. El Mahatma era muy consciente de su humanidad, de su fragilidad,
como escribe en su libro Mis experiencias con la verdad (1925), pero, a la vez, también
decía que era el más fuerte cuando se trataba de la verdad, plenamente consciente de que no
se trata de él. Y es importante entender que para Gandhi la verdad se practica, se
experimenta, que fundamentalmente se traduce en amor. ¿Cómo se practica ese amor, esa
verdad? Con la no violencia y despojándose de lujos, “vivir sencillamente para que otros
sencillamente puedan vivir”.

Alguien que tiene una voluntad inquebrantable muestra una fuerza del espíritu abrumadora,
y eso es algo raro de encontrar sobre la Tierra.

¿Quién serías si tuvieras esta voluntad?

El mundo le tiene miedo a la fuerza, consciente o inconscientemente, esa es una de las
razones por la que destruyen a aquel que tiene el poder de dirigir y mover masas sin
detentar ningún cargo político. Gandhi se convirtió en un símbolo de la paz y de la
liberación de la India, atentar contra él se convirtió en atentar contra toda la India. Por ello
muchos lloraron cuando murió el Mahatma, como si hubieran perdido a un padre, a un
amigo, y al unísono se oía el grito de la multitud: “¡Gandhi vive! ¡Gandhi vive! ¡Gandhi
vive!”. Porque tan fuerte como la muerte es el amor, y quien no vivió más que para sembrar
amor, vio sus frutos en su espíritu, en toda esa multitud en la que germinó. Lo que dio no
fue en vano. El amor floreció en millones y florece hoy en día en algunos de sus raros
lectores. Todavía aquí llega su espíritu y su sabiduría humilde.

“La fuerza no viene de la capacidad física, viene de una voluntad indomable”.
Quien vea a Gandhi simplemente como un actor político e ignore toda su dimensión
espiritual, lo pierde por completo. Gandhi era movido principalmente por este orden de
creencias que terminaban resolviéndose inevitablemente en el ámbito político, pero no a la
inversa.

No pretendo dar una explicación exhaustiva de quién es Gandhi, sino enfocarme sobre todo
en uno de los aspectos ejes de su vida: el amor a la humanidad como centro de su quehacer
y como motivo de su existencia. Y aun escribiendo sólo este aspecto queda relegado a ser
una parca sombra de la realidad que él encarnó con sus acciones, pues siempre será más
rica la vida del hombre concreto que lo que de él se pueda escribir.

«La vida se alimenta de destrucciones. La vida es, sin embargo, la más fuerte. En el fondo y
a la postre, el amor es más fuerte que el odio. Tal es, gracias a Dios, la ley del mundo (…)
El amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el ser humano”.
Gandhi tenía la plena convicción de que el amor era la fuerza más grande del mundo y a la
vez la más suave.

Toda su vida se nutre y mana hacia ese principio fundamental: el amor a la humanidad.
Esto podría sonar a cliché o a alguna frase de autoayuda o superación personal, porque
vivimos en un contexto en el que grandes verdades son pronunciadas sin un conocimiento
profundo ni real, y por otro lado porque quienes lo dicen no comprenden lo que implica un
verdadero y profundo amor por la humanidad. Pues el amor así de grande y así de sentido,
no se puede fingir. El amor es profundo por su naturaleza y cualquiera que lo haya
experimentado sabrá que cala hondamente en nuestra alma. Importa quién lo dice y Gandhi
sostuvo con sus acciones esta verdad del amor. Justamente era para él eso, una verdad. Si es
la más grande verdad o la verdad por antonomasia, ¿cómo viviríamos de asumirla así?
¿Qué significaría encarnarlo? Es fácil amar a la humanidad en abstracto, pero piensa en
amar a los que te rodean, amar a los políticos, a los criminales, a quien ejerce violencia.
Todos pueden detentar discursos grandes sobre el amor, pero pocos han pretendido como
Gandhi amar a todos sin miramientos y menos han logrado significarlo con éxito.

Para ello, el Mahatma vuelve esencial la práctica de la no violencia y la desobediencia civil
pacífica. Porque el amor asume que no vale la pena ejercer violencia contra quien se ama,
su prójimo, y está dispuesto a amarlo a pesar de la violencia que reciba de este, para sacarle
de lo que el maestro considera su error, producto de su ignorancia. El que es fuerte y tiene
como recinto de su vida el amor debe ayudar al otro.

“La fibra más coriácea debe consumirse en el fuego del amor. Si no se consume es porque
el fuego no es bastante fuerte.”

Toma el papel de enseñar amando y se probará que su amor es verdadero y más fuerte
porque ante todo está dispuesto a morir por esa verdad que cree. Aunque el mundo se
oponga, “la verdad es la verdad” y seguirá siéndola. Para ello se debe tener un dominio
asombroso de la interioridad. Pues el hombre debe liberarse de sus miedos y sólo quien
posea el amor perfeccionado puede lograrlo: “el amor hecha fuera el temor”. Una vez que
el hombre ha dominado sus propios miedos tiene la certeza de que ganará.

“El no violento está seguro de la victoria cuando ha dominado su propio miedo (…) Sé
cómo predicar la no violencia a aquellos que saben morir; a los que temen la muerte, no
puedo”.

Es obvio que si se cree genuinamente que es verdad el amor no se tendrá dudas; el hecho de
tenerlas no le permitirá contar con una voluntad inquebrantable sino cambiante, y menos
podrá ejercer la no violencia contra sus agresores, en el momento crucial se doblegará o
huirá por el miedo, reconociendo su poder sobre él. Cuando el amor hacia su prójimo sea
perfeccionado no habrá nada que quiebre su espíritu y obligará al agresor a reconocer que
carece de dicha grandeza. La admiración hacia este tipo de santo nace de reconocer que no
se le puede imitar.

Afiancemos que, para liberar a la India, Gandhi no usó armas ni revoluciones violentas
contra el sistema, sino sólo su espíritu y voluntad; mostró que es posible tener resultados
sin ejercer violencia.

Y hay que entender que la no violencia era una práctica activa, no pasiva. Quien practica la
no violencia es el primero en salir al encuentro del violento.

“La no violencia no es cosa que se logre mecánicamente. Es la más excelsa cualidad del
corazón. Pero por lo demás se adquiere con la práctica (…) No es fácil andar por el borde
filoso de la no violencia en este mundo de fraude y odio… La riqueza no la ayuda, la cólera
nos desvía de ella, el orgullo la devora, la gula y la lujuria la ofuscan, la mentira la vacía,
toda precipitación injustificada la compromete”.

Gandhi creía con maravillosa ingenuidad que “cualquiera puede hacer lo que yo hago”. Da
lo mejor de ti y lo mejor del otro saldrá. Es esa la razón por la que el policía se quebraba.

La verdad dentro de él reconoció el amor. Gandhi confiaba plenamente en la humanidad, en
quienes lo rodeaban e incluso en quienes lo traicionaban.

“Siempre he creído en la lealtad de mis enemigos. Y a fuerza de creer la he encontrado.
Aprovecharon mi actitud para engañarme. Once veces seguidas me engañaron y yo, con
estúpida obstinación volví a creer en su lealtad a tal punto que a la duodécima vez no
pudieron menos que ser leales. Descubrir su propia lealtad fue para ellos una feliz sorpresa,
y también para mí. Por eso mi enemigo y yo nos hemos separado siempre muy contentos el
uno del otro”.

Y cuando enviaban espías pensaba el Mahatma que debería evitárseles fatigas e inquietudes
inútiles, y debía facilitarles todos los informes que trataran de sorprender, tenerlos al
corriente de tus idas y venidas; mostrarles la correspondencia y confiarles los pensamientos
más secretos. “Yo exhorto a los míos a rechazar todo pensamiento que nuestros enemigos
no puedan conocer. Esta es para nosotros mismos una garantía de que sólo tendremos
pensamientos puros».

E incluso cuando alguien daba un discurso en contra de los ingleses, que en ese momento
dominaban la India, Gandhi no procuraba generar un discurso que implicara odio o
dividiera en bandos de enemigos/amigos. Él consideraba que los ingleses eran hombres al
igual que los hindúes, con una mezcla de lo malo y lo bueno, en la que, sin embargo,
predominaba lo bueno. Consideraba que hay una inclinación humana que tiende a ver sólo
lo malo en las personas, pero esa perspectiva, a su modo de ver, dependía muy a menudo de
una manera precipitada y mezquina de ver al hombre. Que el mal o el bien que se muestran
efectivamente en él depende siempre del lado que nosotros mismos volvamos hacia éste.
Pues el sabio creía que si le oponemos lo mejor de nosotros lo mejor de nuestro prójimo
surgirá a pesar de sí mismos, pues lo semejante llama a lo semejante.

Imagínate que alguien como Gandhi te diera lo mejor de sí. Estaría casi obligado a salir de
ti la luz que te están dando: “Una cosa tibia pierde su calor cuando toca otra cosa, una cosa
ardiente enciende todo lo que toca.”

Toda su figura es una constatación de esa voz interna que pregona el amor.

Al final de sus días lo asesinaron por no querer escoger un bando entre musulmanes o
hindúes, sino por querer la paz entre todos. Cuando fue a Bengala a hablar con los
musulmanes para que hubiera paz, la gente, molesta con él por no elegir enemigos, le ponía
vidrios y excrementos en el camino. ¿Qué hizo Gandhi? Se quitó sus sandalias y comenzó
la caminata. Pocos seres que han pisado la Tierra podrían decir esto con tanto peso: “mi
vida es mi mensaje”. ¿Qué dice nuestra vida diaria? ¿Qué mensaje es el que están dando
nuestros actos? ¿Qué pregonamos?

“Sé el cambio que quieras ver en el mundo”.





Javier Stirner. Oriundo de Oaxaca, estudió Filosofía y Letras en la UNAM, adicto a Whitman y a Kierkegaard, admirador de Gandhi, escritor de filo-poemas, buscador de la magia cósmica. Publicó un cuento en la colección Hebefrenia y en la revista Arte Boticario RAB. Colaborador en el programa de debate por internet «Instrumentos de Paz». Ha leído algunos de poemas en recitales y en programas de Radio Alhara راديو الحارة y en Radio Nopal. Fue redactor multimedia en la Agencia de Noticias del Estado Mexicano. Actualmente participa en el programa de radio Taberna de las Letras.