Los textos de Amauri Elías Sabido Che, Gonzalo Coral Vázquez y Yazmin Elicea Rodríguez, compilados en el marco de la clase de Periodismo y Narrativa Contemporánea de Yucatán, constituyen la muestra más vibrante y comprometida de la última generación de la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes de Mérida. Lejos de ser meros ejercicios de taller, estas piezas son el testimonio de un momento de madurez creativa en el que la literatura yucateca deja de mirarse al ombligo para abrirse al país entero. Cada uno de estos autores, desde sus trincheras profesionales y vitales, está construyendo un discurso propio que dialoga con las grandes preocupaciones humanas, y lo hace sin perder el arraigo en la tierra que los vio crecer. Son tres voces medulares, llamadas a convertirse en referentes de las letras regionales, y todo indica que en un futuro no muy lejano nos entregarán libros que profundizarán los temas que hoy apenas esbozan con tanta solvencia.
Amauri Elías Sabido Che, químico farmacéutico biólogo de formación, despliega en su crónica una mirada que transforma el laboratorio clínico en un escenario de profunda empatía. Su discurso no se agota en el registro de los protocolos sanitarios ni en la descripción de los trajes de protección; su gran acierto es convertir la venopunción y la desinfección en un vehículo para la conexión humana. Al narrar el encuentro con aquel paciente postrado en el covitario, Sabido Che enfatiza que el verdadero desafío no era la punción bajo tres capas de guantes, sino el reconocimiento del otro como un ser atemorizado y frágil. Su prosa, precisa y despojada de artificios, resuena con fuerza porque parte del detalle técnico para llegar al alma compartida, a ese miedo común que la pandemia visibilizó. Su voz recuerda que la literatura puede nacer del sudor y la tensión de un hospital, y que la empatía es, ante todo, un acto de valentía narrativa. Como aquel Jorge Cuesta que supo entrelazar su formación científica con la creación literaria, Amauri parece destinado a construir una obra donde el rigor del laboratorio se funda con la sensibilidad del cronista, y donde la ciencia se vuelve metáfora de lo humano.
Gonzalo Coral Vázquez, arquitecto y restaurador de patrimonio, construye un discurso que indaga en los pliegues de lo inexplicable. Su crónica en torno a una llamada fantasma que recibió su pareja en la madrugada, justo en el horario en que él solía comunicarse, es mucho más que un misterio tecnológico. Coral Vázquez enfatiza la tensión entre su escepticismo profesional, acostumbrado a medir y catalogar, y la inquietud visceral que le produce no poder darle nombre a lo sucedido. Su discurso oscila con inteligencia entre la explicación científica de las ghost calls y la hipótesis del cuerpo como antena, pero nunca cierra la grieta. Y es precisamente ahí donde su literatura cobra potencia: en la decisión de dejar visible la fisura, de no rellenarla con respuestas fáciles. Él no solo restaura muros coloniales, sino que restaura la capacidad de asombro ante el misterio, y su voz se proyecta nacionalmente porque invita a cualquier lector a cuestionar los límites de lo real. Su escritura, cercana al universo fantástico y desconcertante de Francisco Tario, transita con naturalidad por los bordes del terror cotidiano, haciendo que lo doméstico se vuelva inquietante y que la tecnología se convierta en portal hacia lo insondable.
Yazmin Elicea Rodríguez, maestra de primaria, entrega un discurso que se convierte en un agudo y necesario cuestionamiento a la literatura confesional contemporánea. Mediante un diario que narra su resistencia a escribir sobre la fotografía del niño sirio Alan Kurdi, la autora enfatiza una postura ética fundamental: no está dispuesta a convertir sus heridas en un espectáculo literario para obtener una calificación. Su discurso duele y divierte a partes iguales, porque expone sin filtros la procrastinación, la vergüenza de no sentir lo que se supone debería sentirse y la presión académica por entregar una tragedia personal. Sin embargo, cuando finalmente se sienta a escribir, lo hace desde la honestidad más brutal, desbloqueando incluso a un contacto del pasado para encontrar las palabras. Elicea Rodríguez no solo escribe sobre el proceso creativo; lo encarna y lo desnuda, demostrando que la verdadera literatura no está en el morbo de la anécdota, sino en la lucha por mantener la integridad mientras se busca la forma. Su prosa, atravesada por una rabia contenida que evoca la intensidad desgarradora de Alejandra Pizarnik, se niega a convertir el dolor en mercancía y, en esa negativa, encuentra su fuerza más auténtica.
Como maestro de estos tres escritores, he sido testigo de su evolución y también debo confesar que he aprendido mucho de ellos. De Amauri he aprendido que la ciencia puede ser territorio literario y que la precisión del laboratorio no está reñida con la emoción más genuina. De Gonzalo he aprendido que la duda y el misterio merecen ser habitados sin prisa por resolverlos, y que la arquitectura de una frase puede ser tan sólida como la de un muro colonial. De Yazmin he aprendido que la rabia puede ser motor creativo cuando se encauza con honestidad, y que negarse a exponer la herida por mero morbo es un acto de integridad que la literatura contemporánea necesita con urgencia. Su mirada crítica, su capacidad para cuestionar el mundo y para poner en tela de juicio incluso el oficio que están aprendiendo, es exactamente lo que la literatura mexicana y latinoamericana reclama en estos tiempos. Una literatura que no se conforme con repetir fórmulas, que no busque complacer al mercado ni convertir el dolor en espectáculo, sino que se atreva a indagar en las grietas de lo real con honestidad y valentía.
Los tres, desde sus disciplinas diversas, están tejiendo un tapiz discursivo que enriquece el panorama literario de Yucatán y lo proyecta con solvencia hacia el resto de México. No escriben desde la periferia con complejo de inferioridad, sino desde la convicción de que sus historias, sus dudas y sus hallazgos tienen la misma densidad que los relatos centrales del país. La última generación del Centro Estatal de Bellas Artes demuestra que la literatura yucateca está viva y respira con fuerza, y que estas voces, honestas y audaces, están llamadas a ocupar un lugar destacado en las letras nacionales. Lo que hoy es un compilado de clase, mañana será el germen de libros que profundizarán estas obsesiones: la ciencia como empatía, el terror como pregunta, la rabia como resistencia. Porque Amauri, Gonzalo y Yazmin no solo escriben; están abriendo camino, y ese camino, sin duda, tendrá un horizonte compartido. México y América Latina necesitan voces así: críticas, honestas, capaces de mirar el mundo sin concesiones. Y ellos, sin saberlo quizá, ya están dando ese paso.
Esperemos que en los próximos años podemos seguir leyendo sus obras.
Jorge Manzanilla
Covitario: Cuna de empatía
Amauri Elías Sabido Che

Semblanza
Amauri Elías Sabido Che, esun Químico Farmacéutico Biólogo nacido en la ciudad de Mérida, Yucatán, el día 5 de septiembre de 1996, egresado del Centro Estatal de Bellas Artes, actualmente trabaja en el laboratorio de la Clínica de Mérida.
Recuerdo el rítmico taconeo de aquella secretaria acercándose hacia mí. Aunque sabía que significan esos pasos, preferí creer que estaría equivocado, y continue preparando las suspensiones microbiológicas para los antibiogramas. Fue hasta que escuché su voz en la habitación, que confirmé mis sospechas. Aquel domingo llegó lo inevitable. Era mi momento de entrar al covitario por primera vez. Tomé la planilla con los datos del paciente y me apresuré a terminar los antibiogramas. Al finalizar, alisté los materiales para la venopunción en la caja designada para los pacientes con Covid y me dirigí al área de CEYE por un chemise. Durante todo el camino me entretuve en mi mente tratando de recordar paso a paso la forma de vestirse el traje especial, ese que despectivamente llamábamos “de astronauta” y con el que contrabajo se respiraba.
Antes de entrar, me detuve apenas unos segundos en la puerta y a modo de flashback, se me vino a la mente el anhelo de estar en mi casa a estas horas de la tarde leyendo o viendo películas en Netflix. Si me hubiese quedado con la labor docente, sería una realidad. Pero no, elegí trabajar en el área clínica de un hospital. Exhalando el aire por la nariz volví a la realidad, abrí la puerta y una vez dentro me esperaban con el kit. Repasé: Guantes, Equipo de protección personal, cubrebocas KN96, lentes, careta y otro par de guantes. Finalmente, las enfermeras te ayudaban a amarrar la bata por la parte trasera y estabas listo para adentrarte a la cuna del virus respiratorio.
Cuando pasé a esa gran sala del hospital, se me pasó por el pensamiento un par de películas de ciencia ficción. Todos los médicos y enfermeros con los equipos de protección y aquellas gigantescas caretas, favorecían aquellas divagaciones. Me acerqué a la central de enfermería para confirmar los datos del paciente y asegurarme de cuales serían las pruebas de laboratorio que ese señor necesitaba. Su cama era el número cinco. Me dirigí con prisa para tratar de terminar lo antes posible la toma sanguínea y abandonar aquella área. Retiré la cortina, y estaba ahí tendido con el oxígeno en la cara, respirando con lentitud. Abrió los ojos al oír mis pasos cerca de su cama y apenas pude escuchar lo que trataba de decir. Me presenté como lo exige el protocolo de atención, le comenté que yo estaba ahí por las pruebas sanguíneas y con mucho esfuerzo extendió el brazo para que yo le revisara.
Previo a tocarlo, me ví obligado a ponerme otro par de guantes pues era lo que dictaba el procedimiento para estos pacientes. Alcé el brazo del hombre y comencé a ligarlo disimulando lo complicado que era pues el guante de látex se quedaba entre la liga. Entre tanto, sin darme cuenta, el paciente se bajo la mascarilla de oxígeno para dirigirme la palabra.
– No debe tener mayor dificultad, mis venas están a la vista – dijo lento y con dificultad. Desde mis adentros respondí para mí: – Si supiera que casi no puedo ver con los lentes y la carreta -. No obstante, le conteste un simple – No se preocupe, primero le voy a revisar el brazo antes de puncionarlo –. Aquel breve diálogo se tornó en una conversación memorable ya que el tiempo se nos alargó. Asegurarme de sentir la vena debajo de tres capas de látex permitió que pudiéramos conocernos.
– No le distingo bien, pero me da la impresión de que es usted joven, ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí en el hospital? – Exhaló al terminar de hablar.
– ¿Lo dice porque me he tardado localizando la vena, verdad? -. Le respondí con calma. – No tiene que sentirse preocupado. Comencé a trabajar aquí con el comienzo de la pandemia; sin embargo, mi servicio social lo realicé en un laboratorio clínico -. Hice una pausa para respirar. – Lo que ocurre es que con tanto guante la sensibilidad de los dedos se pierde y si le agregamos que se me empañan los lentos con tanta máscara. Pero por eso hacemos las cosas con calma para asegurarnos de que todo salga como es debido -. Se terminó empañándome la careta.
– Ahora comprendo mejor. Ya se me hacía raro que los enfermeros tardaran en canalizarme. ¿Qué otros cambios han tenido que implementar? -. Sentí que aquel hombre estaba siendo honesto.
– Realmente fueron varios los cambios, empezando con adecuar un área específica para esta enfermedad, para evitar contagiar pacientes con otras patologías. Se tuvo que trasladar el área de urgencias a otra sección. Pero si lo soy honesto, casi no vienen pacientes a internarse por otras enfermedades. Solo los que están más graves consultan en urgencia. Se tuvo que capacitar a todo el personal para aprender a ponerse los trajes de protección y cómo quitárselo. Muchos otros cuidados debemos tener al llegar a casa -. Suspiré. – Sino es mucha indiscreción ¿Cómo llegó a contagiarse? -. Dejé que pensará su respuesta mientras le pasaba el alcohol en el brazo.
– No es indiscreción. Al contrario, tal vez contándole pueda desahogarme -. Me hizo recordar por un momento a mi padre en sus últimos momentos postrado en el hospital. – Exactamente no sabemos cómo me contagie, pero creemos que fue en un viaje que estábamos realizando con mi familia por vacaciones, celebrando el cumpleaños de mi nieta -. Tosió un poco. – Durante el regreso a Mérida comencé a padecer algunos síntomas de gripe y al arribar a casa ya habían empeorado los síntomas por lo que me trajeron a un médico para que me revisará. Me mandó a hacer la prueba de covid y el resultado fue positivo -. Sus gestos faciales cambiaron al pronunciar lo anterior. – Como no era grave, me dejaron en casa haciendo reposo absoluto y con medicamentos. Todos los días me medían la oxigenación, y ahí nos dimos cuenta de que estaba bajando rápidamente. Intentamos conseguir un tanque, pero no alcanzamos comprarlo porque me puse muy grave y decidieron que era mejor traerme aquí -. Se acercó el oxígeno a la boca.
– Muchos casos comenzaron así. Lamento que haya tenido que ingresarse, pero era necesario. Estando en casa no le podrían dar el soporte vital que necesita -. Expliqué tratando de animarlo.
– Lo sé. Las noticias de que muchas personas ingresaban a los hospitales y lograban salir pues fallecían, nos limitaban a traerme desde antes. Ahora que estoy aquí, no sé cuando saldré, no estoy seguro de poder ver a mi esposa e hijos -. Tosió fuertemente y agradecí llevar encima de mí todo ese disfraz.
– Me pongo en su lugar, le entiendo. No es nada fácil toda esta situación. Solo queda confiar. De algún modo todos nos enfrentamos a esta misma preocupación -. Y a mi mente comenzaron a llegar pensamientos intrusivos.
– Hablar con usted me ha tranquilizado. Es usted muy amable -. Dijo de último y no habló más pues se colocó la mascarilla debidamente.
Sin que se diera cuenta ya había terminado de extraer la sangre. Me despedí de aquel paciente y me dirigí directo a la zona de desinfección. Después, mientras me bañaba antes de regresar al laboratorio, me quedé pensando en las breves palabras que crucé con aquel señor. Una vez que llegué a mi área, me pusé a procesar las muestras. Cuando me dí cuenta ya casi era la hora de salida. Me apresuré a dejar los equipos listos para el siguiente turno. Afortunadamente los resultados del paciente que atendí eran esperanzadores.
El camino a casa era largo porque el transporte público era más tardado desde que comenzó la pandemia. Se suponé que debería haber menos gente por el confinamiento, pero no era así. Por más gel que me pusiera en las manos al abordar el autobús, aún existía una probabilidad de contagiarse. Para distraerme un poco intentaba leer, pero las miradas dirigidas hacia mí me distraían. A pesar de que la temporada en que te tiraban huevo en la calle por trabajar en el sector salud había cesado, aún consideraba la posibilidad de recibir alguno por la espalda.
Mientras caminaba a casa, meditaba en las medidas que tendría que tomar pues no había estado tan cerca de un paciente con Covid. Estando frente a la puerta de mi casa decidí que entraría por la parte trasera. Solicité que me sanitizaran por todo el cuerpo a pesar de haberme bañado en el hospital. E incluso, me volví a duchar. Ni con toda la espuma del jabón logré quitarme la sensación de suciedad e impureza. Entonces, puede empatizar con el hombre que atendí, sus miedos no eran infundados.
Gonzalo Coral Vázquez.

Nacido en Mérida Yucatán. Marzo de 1979. Egresado del Centro Estatal de Bellas Artes (Yucatán) en Creación literaria. Actualmente se desempeña como Arquitecto y docente universitario. Ha publicado en Cuadernos de Arquitectura de Yucatán. Y es colaborador de la revista Lectámbulos desde 2020 hasta la fecha.
Nadie llamó esa noche
Crónica de una llamada sin origen, en la zona donde el tiempo también se restaura
“Lo real se confundía con lo soñado o, mejor dicho,
lo real era una de las configuraciones del sueño.»
Jorge Luis Borges, Las ruinas circulares.
Una hora con cuatro minutos diecisiete segundos de silencio absoluto. Sin respiración, un sonido de estática, sin ruido de fondo, solo el vacío. Una nada marcada por el tiempo. Ella tuvo una llamada que entró a su celular, en Mérida, pasada la medianoche y en la pantalla aparecía mi nombre y mi número.
Mi teléfono no registró ninguna llamada saliente esa noche. Ella, en cambio, tiene la grabación de ese momento.
-Quieres saber que pienso de ella, solo creo que estaba asustada por el contexto y todo lo que era factible que pasara, solo fue receptora de la evidencia.
Cuando me lo dijo, su voz tenía un tono particular reconocible cuando alguien ha pasado horas sin dormir imaginando lo peor. En la zona donde trabajé recibir una llamada en la madrugada, con silencio del otro lado, no era una anomalía técnica. Era una señal de auxilio que no podía completarse, un secuestro, una extorsión o una amenaza, pero ninguna llamada saliente en el registro de mi teléfono existió.
-Ahora casi todas las noches utilizo el modo avión en el celular, me da cierta tranquilidad. Es una etapa, supongo. Como cuando uno deja de caminar por las mismas banquetas donde se cayó. Al final entiendo que el modo avión no evita nada; solo me da la ilusión de control.
En 2018 trabajé varios meses restaurando iglesias coloniales en el oriente del Estado de México: Chicoloapan, Chimalhuacán, Texcoco y Xochiaca, como arquitecto especializado en patrimonio edificado; esa zona tiene templos del siglo XVII que guardan en sus muros trescientos años de historia. Es un lugar caracterizado por asaltos a mano armada, robo de vehículos, secuestros exprés. La rutina que uno aprende rápido ahí es simple y dura. Entrar al trabajo a las siete de la mañana, salir a las seis de la tarde, encerrarse y no asomarse. Mi pareja estaba en Mérida y todas las noches, sin falta, hablábamos por teléfono. Era el único momento del día en que podía bajar la guardia.
Esa noche llegué tan agotado que solo alcancé a mandar un par de mensajes: “Hola, estoy bien. Me baño y te marco al rato.”
Llevo suficientes años restaurando lo que el tiempo rompe como para saber que hay grietas que ningún plano anticipa. Trabajo con planos, medidas, datos tangibles que tienen materialidad física. El escepticismo no es para mí una postura intelectual elegante, sino una herramienta de trabajo, si no lo mides, si no lo cuantificas, no existe. Así que, al tener el registro limpio en mi teléfono, el audio grabado en el suyo y el silencio perfecto en la grabación no era como para cerrarlo con una explicación cómoda. Así que me planteo tres posibilidades.
-El escepticismo no es un muro, es un andamio. Te permite trabajar a cierta altura sin caerte, pero no te protege del vértigo. Yo mido grietas, pero también las siento.
¿Cómo puedo sentirlas? Para un arquitecto es simple y más si es restaurador.
-Cuando entras a un templo del siglo XVII y el aire está pesado, cuando sabes; no cuando crees saber, sino cuando tienes la certeza de que algo ocurrió en ese muro que no está en ningún archivo. El escepticismo no te quita el escalofrío solo te impide correr gritando. ¿Qué no siento? Siento todo el tiempo. El problema es que no confío en lo que siento y esa noche, sentí algo que no puedo nombrar y eso me enoja. Me enoja porque yo debería poder nombrarlo, etiquetarlo, catalogarlo, ese es mi trabajo. Dar nombre a algunas anomalías.
Las llamadas fantasma existen y están documentadas con precisión técnica. En el idioma de las telecomunicaciones se les conoce como ghost calls o phantom calls. Llamadas que llegan al receptor con silencio total del otro lado, y que con frecuencia no aparecen en el historial del supuesto emisor. No son fenómenos raros. Son tan comunes que la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos ha emitido alertas recurrentes sobre ellas desde 2014, y múltiples operadoras tienen protocolos específicos para gestionarlas. Esto es tan molesto que no se puede evitar, inclusive bloqueando o no.
Un software automatizado, generalmente malicioso, lanza millones de solicitudes de conexión a números reales buscando vulnerabilidades en los sistemas. Estas solicitudes pueden enganchar una señal de llamada en el teléfono del receptor, que ve en pantalla un número conocido, mientras el lado del emisor no registra nada porque la llamada nunca fue iniciada por él, sino suplantada. También los autodialer, robots de marcación masiva usados por empresas de telemarketing, generan este efecto cuando llaman sin tener un agente disponible para responder. La línea queda abierta en silencio hasta que un límite regulatorio la corta automáticamente.
En mi caso hay un detalle que esa explicación absorbe con dificultad, la llamada llegó exactamente en el horario en que yo, todas las noches sin excepción, llamaba a Mérida. Ese horario era un patrón de comportamiento personal. No era un número redondo, no era una hora de oficina. Era nuestra hora. ¿Puede un robot de escaneo reproducir con esa precisión la costumbre de dos personas? Técnicamente sí. El software de suplantación puede usar números ya almacenados en el dispositivo objetivo. Estadísticamente, es posible. Pero la coincidencia tiene un peso que la ecuación no digiere del todo.
Normalmente coloco siempre el celular boca abajo, de día o de noche. ¿Por qué?
-Todavía despierto algunas noches y reviso si hay llamadas perdidas. Y a veces hay una, de un número que no conozco, a las tres de la mañana. Y durante unos segundos, antes de pensar, siento… revoltijos en la tripa.
¿Por qué no pensé en denunciar?, todos sabemos lo que eso significa, pérdida de tiempo, recursos y al final terminamos en el mismo sitio.
-Es ridículo porque son spam, telemarketing, errores de red. Pero el cuerpo no sabe de estadísticas y reconoce un patrón antes que la mente. Entonces boca abajo para no ver la pantalla brillar en la oscuridad y que mi estómago se cierre antes de que yo pueda explicarme que no es nada.
La segunda posibilidad planteada es la hipótesis del cuerpo como antena, que es la que suena más extravagante sobre el papel y, sin embargo, la más respaldada por casos físicos documentados. En 1981, la revista American Journal of Psychiatry publicó la carta de un médico que describía el caso de un veterano de guerra de 35 años, que 12 años después de haber recibido esquirlas de metralla en el cráneo, comenzó a escuchar música y voces de radio de manera involuntaria. Los fragmentos metálicos incrustados en su hueso craneal actuaban como receptor; el metal, como antena; el hueso, como conductor por vibración; el aparato auditivo, como altavoz. El mecanismo propuesto era el de un radio de cristal rudimentario. Rectificación de señal por el metal, demodulación por el tejido óseo y percepción auditiva involuntaria. Y no, no creo que sea mi caso, porque simplemente (o que yo recuerde) no tengo nada metálico.
El caso más conocido en la cultura popular es el de la actriz Lucille Ball, quien durante los años cuarenta afirmó escuchar señales y notas musicales a través de sus empastes dentales de amalgama de plata. La historia fue retomada décadas después cuando apareció en el programa de Johnny Carson, y fue analizada repetidamente. Snopes, el sitio de “verificación de hechos”, documenta el relato como parte de una leyenda urbana, incluso afirmando que ayudó en la captura de espías japoneses. Hay una carta publicada en American Journal of Psychiatry, en 1981, que describe el mismo mecanismo en otro paciente. Esto me suena más a ciencia ficción y yo no sé nada de ese mundo, aunque quizás suene a una historia de película, no lo sé.
-No tengo amalgamas, ni implantes, ni nada metálico en el cerebro, al menos que yo lo sepa de manera consciente.
El mecanismo físico es real y verificable. Las amalgamas dentales metálicas pueden, bajo condiciones específicas de proximidad, funcionar como transmisores potentes, actuar como antenas primitivas. Las ondas electromagnéticas inducen vibraciones mínimas en el metal, que se transmiten por conducción ósea al aparato auditivo. Así lo confirman investigaciones publicadas por la Universidad de Indiana y una revisión sobre compatibilidad electromagnética publicada en la revista Electromagnetic Waves and Electronic Systems en 2025. Con el reemplazo masivo de amalgamas metálicas por materiales compuestos no conductores en la odontología contemporánea, el fenómeno ha disminuido.
La pregunta que esta hipótesis plantea es algo incómoda: si el cuerpo puede involuntariamente recibir señales electromagnéticas externas sin que el cerebro consciente participe en el proceso, ¿puede también emitirlas? ¿Puede el sistema nervioso de una persona bajo estrés extremo y sueño profundo generar una señal que, en presencia de material conductor, el campo electromagnético de un celular en modo reposo sobre la mesita de noche propague y active una respuesta en otro dispositivo? No hay respuesta verificada a esa pregunta. Pero tampoco hay una demostración de que sea imposible, sin embargo, he trabajado con tanta ropa térmica de distintas telas, las cuales muchas veces ocasiona descarga eléctrica estática en las personas que se me acercan, que esto puede ser una opción.
-No, nunca me asaltaron, robaron o amenazaron, supongo porque estuve muy alerta, pero ese estado quizá fuera parte de la causa. Y no, no creo en los viajes astrales.
Lo que el lenguaje esotérico llama viaje astral, la neurociencia lo estudia bajo el nombre de out-of-body experience, o experiencia fuera del cuerpo. Y esta sería la tercer posibilidad planteada como respuesta. En 2024, investigadores del Donders Institute de la Universidad Radboud de Nimega, Países Bajos, publicaron en revisión conjunta con el Laboratorio de Neurociencia Cognitiva de la EPFL de Lausana una hipótesis que propone que las OBE ocurren durante las transiciones entre la vigilia y el sueño REM, cuando la conciencia mantiene cierto grado de actividad mientras el cuerpo ya está dormido. Lo que sí está documentado es que el agotamiento extremo es uno de los factores precipitantes más recurrentes de las OBE en personas sanas, sin patologías neurológicas ni consumo de sustancias.
Esa noche llevaba acumulando semanas de jornadas de doce horas en condiciones de tensión sostenida. Si hay situaciones biológicas que favorecen que la conciencia haga algo inusual mientras el cuerpo duerme, esa noche las tenía todas. El mecanismo neurológico existe, los factores precipitantes estaban presentes, y la ciencia aún no ha cerrado la pregunta sobre hasta dónde puede llegar una conciencia que se desancla temporalmente del cuerpo mientras este duerme.
-Si me enoja o me da miedo esa situación, creo que ambos pero más me da miedo la posibilidad de que no haya nada. De que todo sea solamente un fallo técnico, un autodialer, una coincidencia estadística. Porque si hay algo peor que el misterio es la indiferencia del universo. Que esa noche no significara nada y yo haya pasado años pensando en una nada. Porque si es un ghost call, entonces yo soy un tipo que se obsesionó con un error de software. Y si es algo más, al menos sería algo, al menos habría una grieta real y no una fisura en mi cabeza.
El audio sigue guardado en su teléfono. No hay nada en él, o hay evidencia, una sombra. No volvió a ocurrir. Terminé ese trabajo, salí de aquella zona, y la vida siguió con sus propias geometrías. Pero la pregunta no tiene planos. No tiene medidas. No entra en ningún archivo técnico. A veces, las grietas más reveladoras no son las que destruyen un muro, sino las que demuestran cómo sobrevivió algo que debió haberse derrumbado. La grieta es el registro de la resistencia al tiempo. Uno no la rellena con mezcla nueva y pintura fresca para que desaparezca. Uno la estudia, la mide, la documenta, y la deja visible porque tiene más información que el muro liso que la rodea.
Ninguna llamada salió de mí esa noche. Pero el historial de su teléfono dice lo contrario. No le llamé, pero hay registro de que una llamada existió… y era yo.
Yazmin Elicea Rodríguez

Yazmin Elicea Rodríguez, Atlixco, Puebla, 10 de junio de 1995. Egresada del Centro Estatal de Bellas Artes en el área de Creación literaria. Facilitadora del programa “Entre Todos “de la Secretaría de Educación del Estado de Yucatán del 2020 a 2023. Maestra de Primaria. Actualmente reside en la ciudad de Mérida, Yucatán.
Confesiones
(por encargo)
“Escribir es también no hablar.
Es callar. Es aullar sin ruido.”
Marguerite Duras
Yo creía que sabia escribir.
Hasta que me pidieron hacerlo a partir de una fotografía.
Y el problema no fue la fotografía.
El problema fue lo que el maestro esperaba que hiciéramos con ella.
Miércoles 04 de febrero. 07:52 pm
Leímos A la Orilla, un texto donde la autora convertía su infancia y su vida sentimental en material de dominio público. Esta mujer expuso su vida en nueve cuartillas, decidida a vender sus tragedias por páginas. Yo leí con cuidado, tratando de hilvanar sus memorias con una imagen, y al mismo tiempo subrayaba frases que me parecieron contundentes por no decir morbosas.
El maestro mencionó que hoy en día convertir la herida en arte tiene fuerza y algo de estrategia editorial. Tomé nota mental.
Luego vino la consigna: escribir un texto similar a partir de la imagen de Alan Kurdi, el niño sirio que apareció ahogado en una playa turca en el 2015 mientras huía de la guerra. Perfecto, pensé. Solo tengo que mirar una tragedia mundial y, de paso, revivir una mía. La tarea no era analizar la fotografía, y escribir una crítica social como las que abundan. Se trataba de decidir qué parte de mi vida estaba dispuesta a compartirle al mundo, cuál de mis muchas tragedias me iba a dejar expuesta en la orilla de la playa. Tenía que convertirme en ese niño. No me gustó tanto la idea, aunque fingí que sí.
Jueves 05 de febrero. 03:30 pm
Hoy no tengo tiempo, la literatura puede esperar. En las mañanas soy maestra, en las tardes alumna y en las noches una zombi que juega a ser adulta funcional y escritora al mismo tiempo.
Lo curioso es que, durante el día, mientras me ocupaba corrigiendo tareas en el salón, en el autobús de camino a casa y hasta preparando el almuerzo, Alan Kurdi no me dejó un solo momento.
¿Qué me puede inspirar la foto de ese niño, si ni siquiera he tenido tiempo de verla bien?
Su nombre me persigue como si hubiera firmado un contrato emocional con él. Intento pensar qué partes de mi vida podrían dialogar con la suya. Hago una lista mental, descarto algunas por exageradas y otras por demasiado reales.
No es que me falten ideas.
Es que hay temas que es mejor no tocar.
No sé qué voy a hacer, pero seguro se me ocurrirá algo mañana.
Viernes 06 de febrero. 12:30 pm.
Salgo de la escuela con hambre, y no puedo pensar bien con el estómago vacío. Primero lo primero: engañar a las tripas con un plato de potaje, después si me queda algo de voluntad, la literatura. Esta semana fue agotadora física, mental y existencialmente. Y todavía tengo que escribir sobre Alan Kurdi. Bueno, no exactamente sobre él. Sobre mí fingiendo ser él. Que no es lo mismo, pero se parece demasiado. Apropiación emocional con fines académicos. Termino de almorzar y el sueño quiere vencerme y yo elijo no poner resistencia. Después de todo ya no tengo veinte años y dormir un rato después de comer debería considerarse una estrategia de supervivencia. Me duermo sin culpa. El niño puede esperar, lleva en la orilla de la playa desde 2015. Luego de dos horas me despierto evitando nuevamente a Alan Kurdi. Salgo a hacer ejercicio, más por despejar la mente que por salud o vanidad. Regreso pasadas las ocho de la noche. Me baño y me siento frente a la pantalla.
Busco la fotografía.
La miro, la vuelvo a mirar.
Ajusto el brillo de la pantalla, como si el problema fuera técnico más que inspiracional.
¿Y qué me inspira?
Nada.
Nada literario.
Nada artístico.
Nada de nada.
Ni una lágrima estratégica, ningún sentimiento oportuno, ni siquiera una metáfora decente. Solo incomodidad.
Investigo al niño: su historia, su contexto geopolítico, cifras, datos duros. Pero pronto huyo de los datos. Las cifras no duelen. Tampoco mueven nada dentro de mí.
Alan Kurdi se está convirtiendo en una piedrita en mi zapato. ¿O lo será la tarea?
Son las 11:07 pm.
Cierro la computadora.
Antes de quedarme dormida pienso: ¿Qué clase de persona no siente nada frente a un niño muerto?
Me duermo.
Sábado 07 de febrero. 08:30 am.
Desayuno pensando en la fotografía. Tomo mi café sola. Bueno, no exactamente. Alan Kurdi me acompaña, merodea en mi cabeza. No es casualidad: es una tarea pendiente. Intento decidir qué podría escribir. Mientras más lo pienso, menos convincente me parecen las cosas.
Tal vez no estoy luchando con el niño.
Tal vez estoy luchando conmigo.
Con lo que implicaría escribir eso.
Y voy perdiendo.
No llego a ninguna conclusión útil. Así que hago lo que cualquier adulto suele hacer ante una crisis: evadir la realidad. Me ocupo en otras cosas: en lavar la ropa, en asear el baño, en limpiar la casa y, ¿Por qué no? hasta cocinar algo decente. No disfruto hacerlo, pero alguien tiene que compensar la negligencia doméstica acumulada de lunes a viernes.
Cuando al fin termino ya son más de las cuatro de la tarde. Tengo reunión en la iglesia. Antes de salir de casa me comprometo a regresar temprano y escribir algo.
Todavía sábado 07 de febrero. 11:22 pm.
¿Algún autor consagrado habrá escrito empachado por cenar pizza? Lo dudo. Mejor me duermo. Supongo que la literatura puede esperar otra noche. Y quién sabe, tal vez si me duermo el niño sirio tenga la cortesía de aparecer en mis sueños y explicarme, de una vez por todas ¿Qué espera de mí la literatura contemporánea? Porque yo ya no estoy segura de qué espero de ella.
Domingo 08 de febrero. 04:30 pm
Hoy salí de casa y regresé después del mediodía. Almorcé y, por primera vez en toda la semana, tomé una decisión firme: hoy sí voy a escribir. Se acabó la procrastinación literaria.
Me siento frente a la computadora y veo la fotografía de Alan Kurdi. Lo observo con la disciplina de quien espera que la inspiración aparezca por pura presión visual.
Empiezo a escribir. Borro.
Escribo otra vez. Vuelvo a borrar.
Pasa una hora, luego dos, luego tres.
La única idea consistente que aparece en mi mente ahora es el hambre.
Voy a la cocina y me preparo un sándwich. Mientras lo mastico en silencio, le pido perdón al niño por haber insinuado toda la semana que el problema era él.
No lo es.
El problema soy yo.
Porque empiezo a darme cuenta de algo incómodo: no quiero ser como ese niño al que el mundo entero conoció a través de su tragedia. Él no pudo elegir si quería ser visto así. Yo sí puedo elegir la tragedia con la que debo darme a conocer… y eso es justamente lo que no quiero.
Termino el día con la hoja en blanco.
Lunes 09 de febrero. 07:30 pm
Trabajos atrasados, tareas, responsabilidades de la casa. La vida adulta tiene una habilidad admirable para mantener a raya cualquier crisis literaria. Aun así, el niño sigue apareciendo de vez en cuando en mi cabeza, como un recordatorio incómodo: tengo una tarea pendiente y una conciencia ligeramente irritada.
También pienso en mi incapacidad para escribir este tipo de textos. Es curioso, porque puedo inventar personajes, construir tragedias ajenas y asesinar gente ficticia sin demasiados conflictos morales. Pero cuando se trata de hablar de mí, la máquina narrativa empieza a fallar.
En fin, solo me queda un semestre para terminar la carrera en creación literaria. Después de eso dejaré de escribir por encargo y podré dedicarme, en teoría, a escribir lo que quiera. O, al menos, eso es lo que uno se promete cuando todavía está estudiando.
Martes 10 de febrero. 12:25 pm
Apenas llego a mi casa y siento que Alan Kurdi me ha estado esperando. Puedo verlo sentado en el escritorio de mi cuarto. Escribir sobre ese niño sirio (o, más exactamente, escribir sobre mí a partir de él) es un ejercicio delicado. Sigo sin decidir ¿Cuál de todas mis tragedias personales podría exponer al mundo sin verme ni demasiado fría ni demasiado vulnerable?
Solo de pensarlo me duele la cabeza.
Mañana debo entregar un texto del que no tengo ni el título.
La buena noticia es que la procrastinación literaria suele alcanzar su punto máximo de eficiencia justo antes de la fecha límite. Ya lo he vivido antes. Tal vez el pánico y la presión hagan lo que la inspiración no quiso hacer en toda la semana.
Aunque no duerma nada, ni esté convencida de querer hacerlo, esta noche algo tendré que escribir.
Después de todo, dicen por ahí que la literatura contemporánea se sostiene de personas cansadas escribiendo confesiones.
Miércoles 11 de febrero. 07:00 pm
Carajo. Hoy se entrega la tarea.
Estuve trabajando en el mismo documento Word toda la semana. Escribía una línea. La borraba. Escribía otra. También la borraba. Y así varias veces. Horas y horas viendo el cursor parpadear como si se estuviera burlando de mí.
No me salió nada.
No pude escribir nada.
No por falta de voluntad, más bien por negación.
Al final solo un compañero entregó la tarea.
El resto terminamos discutiendo con el maestro. Porque, sinceramente, nadie entiende qué objeto tiene esta tarea. ¿Qué busca exactamente? ¿Que hagamos fila para contar nuestras desgracias? ¿Que escarbemos en nuestras heridas, escojamos una y la expongamos al público?
Porque parece que de eso se trata.
Convertir la vida privada en objeto de evaluación.
Tal vez los verdaderos escritores pueden hacerlo sin dificultad. Transforman sus pérdidas y fracasos en escritura. A mí no me sale. No quiero sentarme a negociar con mis propias heridas para ver cuál le conviene mejor a esa tarea. Tampoco quiero convertir lo que me duele en un espectáculo literario.
El maestro, al final, entendió nuestra postura y leímos dos textos más. Supongo que como ejemplo de lo que esperaba que entregáramos.
Dos ejemplos de literatura brillantemente contemporánea.
Los leí.
Ahora creo saber qué debo escribir.
Viernes 12 de febrero. 03:30 pm
Hoy no me levanto del escritorio hasta terminar la tarea.
Primer paso: claridad emocional, o algo que se le parezca.
Miro la fotografía del niño otra vez. Está muerto, ahogado en la orilla de la playa. No siento nada, pero igual me esfuerzo por sentir. Escarbo dentro de mí y finalmente encuentro algún sentimiento aislado que podría funcionar.
Segundo paso: Elegir una tragedia personal.
Porque, eso es lo que se escribe ahora.
Eso es lo que gana premios de literatura.
¿Una tragedia reciente? Claro que sí.
¿La que más me haya dolido? Eso sería perfecto.
Ya lo tengo.
Hablaré de mi última relación amorosa. Aquella que fue a distancia.
Ahora toca decidir qué versión de esa historia conviene contar: la hoja aguanta todo, pero también tengo una reputación que cuidar.
Intento escribir, pero no se me ocurre nada. Otra vez frente a mí, la hoja en blanco.
Necesito materia prima. Regresar al origen.
Agarro mi celular y busco el chat de un contacto bloqueado.
Leo mensajes viejos.
Me detengo en uno. Luego en otro.
Sonrío leyendo el: “No te olvides de mí”, “Ni tú de mí”.
Esas dos frases bastaron para mandar al carajo el progreso de 5 meses.
¡Estoy haciendo todo lo que mi terapeuta me había pedido evitar!
Cierro el chat.
Lo vuelvo a abrir.
Desbloqueo el contacto y marco la lada +57…
Pero cuelgo antes de alguien me responda del otro lado del mar caribe.
Y así es como una a una llegan las palabras.
Escribo, escribo, escribo.
Y de pronto la tarea que no pude hacer en toda la semana está delante de mí, casi lista. Leo todo lo que he escrito. Hay párrafos demasiado autorreferenciales. Mejor reestructurar. Cambio algo por ahí, cambio algo por allá. Y ya va quedando.
Vamos a experimentar un poco…
¿Y si en vez de escribir lo que pasó en realidad escribo lo que quería que hubiera pasado …?
Sigo escribiendo.
Terminé, pero ahora me pregunto:
¿Esto es un texto posdramático, autorreferencial o una ficción?
Tal vez un poco de todo: una mezcla de heridas, vergüenza y la presión por entregar una tarea.
Escribir este texto me hizo recordar demasiadas cosas.
Ya me puse triste.
(Y eso, al parecer, era justo lo que hacía falta)
Por mi salud mental, mejor continúo mañana.
Sábado 13 de febrero. 04:50 pm.
Escribir, borrar, reescribir.
Ahora sí, el texto está listo.
O al menos lo suficiente para entregarlo.
¿Estará bien?
Eso lo sabré el próximo miércoles, cuando el maestro y mis compañeros escuchen la tragedia que me inspiró Alan Kurdi.
Ellos escucharán mi tragedia y yo escucharé las suyas.
Y de todo lo que escribí (real o no) solo dos personas sabemos la verdad.
Una soy yo.
La otra…nunca va a leer esto.

