La literatura ha sabido captar la verdad silenciosa que habita entre las palabras, esa
materia vibrante que las academias no pueden fijar. La literatura, entonces, no se
inscribe en el espacio abstracto del pensamiento puro, sino en la textura densa del
cuerpo y sus pasiones. Es un lenguaje encarnado, un diálogo silencioso con la carne
del mundo. Y quizá por eso, frente a una modernidad que tiende a desmaterializar la
experiencia, leer y escribir siguen siendo actos profundamente subversivos: actos
donde el cuerpo y la palabra, lejos de excluirse, se funden en una misma danza
esencial.
En la filosofía moderna el escenario se transforma. Nietzsche, con su agudeza
aforística, rompe radicalmente con la visión clásica de la palabra como receptáculo
puro de la idea. “Nunca se comunican pensamientos”, escribe, “se comunican
movimientos, señas mímicas que nosotros releemos como pensamientos”. Lo que
aquí se desestabiliza no es solo la relación entre pensamiento y palabra, sino la
jerarquía que había mantenido al cuerpo subordinado a la razón. El cuerpo ya no es
obstáculo para la verdad, sino su condición misma de posibilidad. El gesto, el tono,
la respiración: todo habla. Todo comunica. Todo dice.
El lenguaje ya no se piensa como vehículo neutro, sino como una experiencia
encarnada, una coreografía de signos que se activa en el cuerpo del lector. Como el
sôma griego, el cuerpo no es ya la tumba del alma sino la escena misma donde el
sentido se revela y se oculta. La literatura, en tanto arte del lenguaje, se vuelve
también una práctica corporal, un acto erótico en sí mismo.
En el caso de la literatura mexicana contemporánea, esta dimensión ontológica adquiere un
cariz particular: el cuerpo no es ya el receptáculo pasivo del sentido, ni su tumba platónica,
sino su escena activa, su superficie viva. El cuerpo, como el lenguaje, no representa
simplemente: crea, inscribe, transgrede.
Hoy el lenguaje ya no se piensa como vehículo neutro. Es, más bien, una experiencia
encarnada, una coreografía de signos que se activa en el cuerpo del lector. Como el sôma
griego —cuerpo y sepulcro—, el cuerpo en la literatura mexicana se torna lugar de
aparición y desaparición del sentido. El lenguaje se vuelve práctica corporal, acto erótico,
gesto de resistencia. La palabra vibra en el músculo, en la memoria, en la herida.
Octavio Paz lo intuye con claridad cuando afirma: “El erotismo es un ritmo. En su
escritura, el cuerpo se vuelve signo y sentido, superficie de inscripción y campo de batalla
simbólica”. El erotismo, lejos de ser mera categoría sexual, es para Paz una forma de
conocimiento: separación y retorno, tensión y liberación. El cuerpo aparece como aquello
que revela lo que el lenguaje común calla: nuestra condición sexuada, nuestra
vulnerabilidad y nuestro deseo. En poetas como Coral Bracho, el cuerpo se vuelve una
escritura sensorial, líquida, ondulante, que pulsa con el ritmo del mundo.
La tradición filosófica también se ha hecho eco de esta revolución del cuerpo. Georges
Bataille señaló que el erotismo, como experiencia simbólica, distingue al ser humano de los
animales. No es simplemente cópula, sino transgresión de los límites, juego con la muerte.
En este sentido, la literatura mexicana contemporánea no representa el erotismo: lo
produce. Lo escribe. Lo encarna.
De manera similar, Søren Kierkegaard reflexionaba sobre cómo la música niega lo sensible
por su temporalidad evanescente, aunque solo puede experimentarse a través del sonido.
Así también ocurre con el lenguaje literario: es abstracto, pero nos alcanza a través de la
carne. Roland Barthes y Maurice Merleau-Ponty desarrollan esta línea afirmando que el
cuerpo no es un objeto entre objetos, sino el lugar desde el cual se hace mundo.
Husserl hablaba de una unidad entre cuerpo y espíritu que, sin embargo, no es monolítica,
sino “articulada de manera múltiple y, según las circunstancias, más o menos determinada”.
La literatura mexicana contemporánea nos muestra que esas “circunstancias” son históricas,
políticas, sexuales, simbólicas. El cuerpo no es un dato natural, sino un campo de sentido
en constante disputa.
Y así, en el horizonte actual, la literatura se convierte en un gesto metafísico y erótico a la
vez: en ella el cuerpo piensa, desea, recuerda. La palabra arde, vibra, se resiste. Ya no hay
logos sin carne, ni carne sin lenguaje. Cada poema es una respiración. Cada relato, una
cicatriz. Cada palabra, un cuerpo que danza.
Semblanza
Mexicana, es escritora, académica, investigadora, conferencista y poeta, tiene dos maestrías cursadas en España y se le han otorgado tres Doctorados Honoris causa, a la fecha tiene 25 libros de poesía publicados y tres libro de ensayo, su obra ha sido incluida en un gran número de antologías, revistas y periódicos nacionales e internacionales, sus poemas se han traducido a más de 10 idiomas. Ha recibido múltiples reconocimientos, los más recientes son: la medalla Pavlovich Korolev en Rusia 2023, Premio internacional de literatura Alejandra PizarnikEspaña 2024, premio: Il Canto di Dafne en Italia 2024, premio México de Periodismo 2024 y premio internacional de literatura erótica Anaïs Nin, España 2025, es columnista del Diario de Madrid y del periódico El Capitalino en México, tiene en el IMER Un programa de radio en Mujeres a la tribuna. Dirige ciclos, conferencias y talleres en La Capilla Alfonsina (INBAL), en el Museo de la Mujer (UNAM), en el Ateneo Español y en la Academia de Historia (UNAM), es presidenta de la Academia Nacional de perspectiva de género de la Legión de Honor Nacional de México y Directora del centro de estudios de la Mujer y del Festival Internacional La Mujer en las Letras de laAcademia Nacional de Historia y Geografía UNAM

