Dos cuentos de Cecilia Eudave

Dos cuentos de Cecilia Eudave

 

 

Viaje

 

 

Odio desplazarme. Odio el tránsito del viaje. Ese lapso de tiempo para mí es insoportable, es el peor de los infiernos desde que lo recuerdo. No sé exactamente por qué. Pero una cosa es cierta: trasladarme siempre me ha causado una horrible sensación en el estómago, siempre pienso que todo va a salir mal y soy devorado por el abismo oscuro de mi panza. Así, a cada salida de casa por vacaciones, o por estudios, o por el trabajo, el peso es abrumador. Un vértigo estomacal causado por la incertidumbre me acecha constantemente. Ahora es menos, mucho menos. Déjeme contarle.

 

 

Un día, de esos abismales, mientras íbamos por la carretera rumbo al mar, mi padre me dijo —él ya había notado mis problemas severos durante los viajes: mareos, migrañas, erupciones de piel, enfermedades raras y un sin fin de etcéteras—: “¿Por qué no te distraes? No pienses en el traslado, busca algo en donde olvidar que te mueves, viaja”. Luego apretó mi mano antes de parar en una gasolinera a que vomitara. Recuerdo que bajé corriendo al baño pensando en las palabras de mi padre: “Busca algo en donde olvidar que te mueves, viaja”. Cuando entré a los sanitarios, eso lo recuerdo bien pese a mi edad, aquel lugar me pareció perfecto para olvidarme. Era repugnante, apestaba a orines y por todas partes estaba lleno de letreros obscenos o de mensajes mal escritos dirigidos a cualquiera. Tan abotagado me resultó aquel espacio que traté de contener el malestar devorando las letras maltrechas y ennegrecidas. No sé cuánto tiempo estuve mirando esas paredes mugrientas. Comencé a tocar aquellos muros inmundos, llenos de frases de gente que pasó por ahí dejando un instante de sí mismos. Instintivamente me toqué con la mano el vientre y noté con agrado que ya no me sentía mal. Y lo mejor, no tuve que vomitar, no sudaba y no tenía angustia. Entonces me repetía para adentro: “Tengo que llevarme algo de aquí, tengo que hacerlo”. Sólo eso pensé. Y traté de arrancar alguna frase de la pared, cualquiera, pues no era una selección sino una afirmación de ese momento lo que buscaba.

 

 

Entonces me percaté de que la puerta de uno de los baños tenía un agujero y estaba golpeada, era de madera conglomerada, así que con un poco de esfuerzo puede trozar un pedazo grande. Después, ya con ese pedazo en el piso, haciendo fuerza con un pie, logré trozar la frase y… llegó mi hermana con mi madre a buscarme y armaron tremendo lío porque yo había desmantelado la puerta del baño. “Es un vándalo, tenga cuidado con él”, le dijo el dependiente a mi padre mientras pagaba el destrozo.

 

 

No me importó mucho, y nunca les confesé qué era lo que había domado mi angustia y la había sacado del estómago: el júbilo. Sí, júbilo: montones de mariposas, o de ñáñaras, o de sensaciones indescriptibles, pero conocidas por cualquiera cuando algo nos afecta de tal modo que el bajo vientre, y el estómago, y hasta el sexo se estremecen. Yo siento eso al ganarle la batalla a la angustia del traslado, a la incertidumbre de no saber qué hacer de mí mientras no hay otra cosa que hacer sino pensar en mí, ahí, en el centro mismo del huracán del viaje.

 

 

Pero lo peor son las grandes distancias, y en los aviones, eso es mortal. Así que aprendí a buscar entre los pasajeros a alguien en quien aligerarme. Mi más grato recuerdo en este tipo de transporte me lo proporcionó una alemana. Viajaba de regreso a México en una línea aérea holandesa. El vuelo se había retrasado más de dos horas, por más jugos y bocadillos que nos dieron no lograba controlar mi desesperación. Por fin despegamos e intenté dormir un poco. No lo conseguí; a las dos o tres horas en el aire comencé a sudar y a sentir náuseas. Necesito olvidar que me muevo, me insistí para calmarme al tiempo que buscaba dónde ubicar mi movimiento. Y ahí estaba. Una joven de unos veinte años leyendo un libro al cual le arrancaba una página al terminar de leerla y la tiraba al piso. Ya se imaginará usted cómo tenía el pasillo, las azafatas malhumoradas no paraban de limpiar. Era maravilloso ver a alguien más desesperado que yo. Volví a sentir, con tanta intensidad como la primera vez, ese júbilo traducido en montones de mariposas, o de ñáñaras, o de sensaciones indescriptibles, pero conocidas por cualquiera cuando algo nos afecta de tal modo que el bajo vientre, y el estómago, y hasta el sexo se estremecen. Me acerqué hasta ella simulando desentumecer las piernas y pude observar su libro. Estaba en alemán, por lo cual deduje su nacionalidad. Luego le pude ver bien el rostro y las crispadas manos. El cuerpo rígido y, de vez en vez, esto era lo más fascinante, se arrancaba también mechones de pelo. Invariablemente estos iban a parar al piso, que las azafatas, tan serviciales y conscientes de la individualidad ajena en cualquier parte, recogían un poco malhumoradas pero sin decirle a ella absolutamente nada. El resto del regreso fue fenomenal, yo no dejé de seguir todas sus acciones hasta el término del viaje y, por supuesto, conservo un mechón de su pelo y unas páginas de ese libro. Hasta ahora ninguna persona ha sabido decirme a qué texto pertenecen.

 

 

Y como este tengo muchos, muchos viajes-objetos-recuerdos. Las uñas de mi madre, por ejemplo. Las obtuve durante un verano en la playa, cuando mi padre se entercó en llevarnos en lancha a nadar mar adentro. ¡Cómo se movía aquella embarcación! Odio eso, lo odio. Cuando por fin paró, mi padre y mi hermana se metieron al agua, mi madre se demoró un poco mientras se cortaba las uñas, y así, a contraluz, haciendo esto, me pareció más bella que nunca. Otra vez el júbilo traducido en montones de mariposas, o de ñáñaras, o de sensaciones indescriptibles, pero conocidas por cualquiera cuando algo nos afecta de tal modo que el bajo vientre, y el estómago, y hasta el sexo se estremecen. Eran tan pálidas, casi podría decirse: inexistentes. Papel de uñas. Las conservo en un pastillero de plata.

 

 

¡Ah, qué recuerdo me viene ahora! Huesos de ciruela amarilla. Están dentro de una bolsa de plástico con listón rojo, son los que mi hermana fue comiendo hasta congestionarse, por mi culpa claro, de camino a Mérida. Era tan agradable verla comer aquello, no me imaginé haberle dado tantas como para enfermarla. Su boca hacía un gesto muy sugestivo a cada mordida, luego corría el jugo por el mentón y le manchaba el vestido. Tampoco creí que mi abuela se enojaría cuando le pedí, aquella noche que viajamos en tren a la ciudad de México, los vellos del bigote que se sacó con pinzas en el camarote. Eran tantos. Y los ordenaba sobre una toallita pequeña de color azul claro, no pude resistir la tentación de tenerlos, y así poder dormir el resto del trayecto. Mi abuela era una persona formidable, me obsequió una cámara pequeña y dejó que le fotografiara los pies durante todo el recorrido que hicimos de Guadalajara a Monterrey. Tengo esas fotos en una cajita de cartón que huele a moras, porque ahí guardaba sus jabones traídos de Bélgica.

 

 

Cuando viajaba en grupos escolares o con amigos era terrible buscar maneras de anclarme en algo, pues, a cierta distancia, lo mío no parece muy sano. Eso me lo dijo una amiga, cuando se dio cuenta de que fui guardando en la mochila de acampar todas las colillas de los cigarros que se fumó de camino a la montaña. Pensó que tenía una especie de fijación con ella; nada de eso. Ella fuma de una manera tan graciosa, se traga más humo del que puede exhalar, y tiene los dedos tan amarillos por la nicotina… Uno puede ver los pliegues de la piel más claramente en este tipo de dedos. Son unos paisajes curiosos, tanto como las impresiones de los labios de mi amiga, siempre pintados de morado, sobre el filtro de las colillas.

 

 

Es triste; hay tanta belleza en los detalles y casi nadie viaja a ellos. En fin, la verdad no sé bien de dónde me sale esta fobia al movimiento. Quizá de esa estúpida frase: “El que se mueve no sale en la foto”. Bromeo. Tal vez por esto de recolectar fragmentos perdí mi último empleo. Mi jefe me dijo: “Eres demasiado creativo para este puesto, debes buscar mejores expectativas, aquí te estancarás”. La realidad era otra. Yo supongo que no le agradó en absoluto ver cómo envolvía, con cuidado extremo, todas las pajitas que utilizó bebiendo refrescos de lata durante un viaje de trabajo en autobús a Querétaro. A mi última pareja también le desconcertó que fuera tan inquieto. No le pareció nada gracioso detenerse cada cincuenta kilómetros, exactamente, para que yo recogiera cualquier cosa del camino y fuera haciendo “un catálogo de impresiones sobre la carretera y sus distintas formas de aquí hasta los Estados Unidos”. Me divertí muchísimo. Ella solo dijo: “¿Por qué no puedes quedarte quieto mientras viajamos?”. Ironía, ¿no cree…?

 

 

Lo que no entienden es que es jubiloso. Voy por la vida, como verá usted, desplazándome con mis pequeños fragmentos tomados durante el tránsito de cada viaje. Servilletas llenas de rímel de magdalenas casuales, dibujos de niños que se demoran entre los crayones en cualquier transporte, cerillos, notas de consumo, botellas, cenizas, bolígrafos y lápices, palillos, huesos, cáscaras, libros, revistas, monedas, bolsas de plástico, tickets, encendedores, rastrillos, frascos de desodorante y montones más de etcéteras. La recompensa es grande pues, al ser invocados estos recuerdos, viajo, y aparece, como si fuese la primera vez, ese júbilo traducido en montones de mariposas, o de ñáñaras, o de sensaciones indescriptibles, pero conocidas por cualquiera cuando algo nos afecta de tal modo que el bajo vientre, y el estómago, y hasta el sexo se estremecen.

 

 

Y ¿sabe algo?, ahora estoy seguro, mientras viajo con usted (que no ha dejado de hacer bolitas con el migajón del pan, ¿puedo conservarlas? Gracias). Le decía, ahora estoy seguro: nací para hacer esto, para recolectar fragmentos de los otros aquí, ahí, allá, en cualquier parte, fragmentos en donde olvidar que me muevo sin saber que me estoy moviendo y, sobre todo, pensar que todo es un gran viaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un buscador familiar

 

 

Siempre caminó animosamente entre los puestos del baratillo. Con sus ojos bajo los lentes de sol intentaba disimular su entusiasmo cuando caía de cuclillas para mirar fotografías perdidas.

 

 

—¡Qué casualidad! Tiene usted la foto de mi bisabuela y está junto a sus dos hermanas Lola y Jacinta. ¿Cuánto cuestan?

 

 

Y el señor del puesto del baratillo lo miró con curiosidad y morbo:

 

 

—¿Seguro que son sus parientes?

 

 

Preguntó burlón mientras recogía las fotografías para dárselas a Adolfo que sin consternarse volvió a preguntar:

 

 

—¿Cuánto por las tres?

 

 

—Deme veinte pesos.

 

 

Sacó unas monedas y pagó las fotografías. Después, con una profunda satisfacción, se alejó del barullo de aquel lugar y fue directo a su casa para buscar su álbum y pegar las nuevas fotos. Lo sacó de un cajón que no guardaba nada más que sus recuerdos. Al abrirlo se manifestaba su historia, porque ahí estaban sus familiares adquiridos: viejos tíos marinos, cansadas primas lejanas, ricos cuñados de tías bisabuelas, con los cuales se había perdido el contacto desde hacia muchas generaciones. Amantes del abuelo de su padre, hermanas bastardas del padre del abuelo con niños que seguro también eran parientes. Todo un árbol genealógico que iba en aumento, pues todos los domingos, después de su caminata por el baratillo, alguien más se incluía en el álbum. Álbum negro cargado de muertos y recuerdos casi suyos, casi ajenos.

 

 

A él le gusta rodearse de parientes importantes, llenos de gracia, de ingenio, porque él quiere reconocerse así, solo así. Ya no podrán decirle nada aquellos viejos compañeros de escuela, aquellas antiguas figuras que le dijeron que él no tenía a nadie. Luego venían los golpes y él caía al suelo mientras los desmentía con el rostro pegado a las celosías, sin poderse levantar porque un enorme pie le apretaba la mejilla con fuerza y lo confinaba al suelo.

 

 

Adolfo se sacudió aquellas imágenes muertas y sonrió, pues había encontrado a su bisabuela. Antes tuvo otra, pero a esa la quemó, pues no le resultaba tan bonita como la recién aparecida. La primera fue una distracción, un tropiezo, culpa de una emoción impaciente cuando ve y no observa bien las fotos. A la desafortunada impostora la confundió, la tomó equivocadamente entre aquel montón de retratos. Pero ya el pequeño error se ha disuelto, su verdadera bisabuela materna descansa junto a su esposo, un bigotón revolucionario de alguna parte del mundo, nuevo o viejo, lejano o cercano.

 

 

A él le gusta pasar horas y horas meditando sobre las imágenes pegadas en su álbum. Están ahí, viejas, húmedas y algo raídas, pero están, siempre están. Puede hablarles, sonreírles y gritarles. Puede. Su angustia se disipa lentamente cuando mira a Mariana, la tía abuela de su madre. O cuando habla con William, el profesor inglés, amigo y primo político del hermano del bisabuelo Rafael. Y así pasan sus días, entre la rutina del trabajo y la búsqueda familiar.   Cerró su historia con pastas negras, encendió un cigarro y reflexionó sobre su familia. De su pasado tiene ya a todos sus parientes, pero su presente inmediato es vacío, sórdido vacío.

 

 

—Quizá ya debo de buscar a mi familia cercana.

 

 

Pensó.

 

 

Porque necesita buscar a los abuelos, a sus padres, a sus tíos, a sus hermanos. Había postergado un poco el encuentro, pues aún no terminaba de conocer las historias de su familia vieja, de sus antecesores. Quizá también porque sabe que resulta más difícil localizar a una buena madre, a un padre digno, a unos hermanos honestos y agradables, a sus tíos y primos, no puede ir al baratillo y comprarlos, ahí no están. Debe salir a la calle y buscarlos. Debe incluirse en las fotos. Debe elegir con cuidado. Debe estudiar a cada uno de los que formarán parte en el álbum negro. Es una tarea ardua, pero Adolfo se intuyó como un buen cazador por un poder otorgado gracias al conocimiento tan a fondo de su vieja familia: no puede equivocarse en las futuras elecciones. Ya es tiempo de terminar de buscar. Ya es tiempo de que él compre una cámara y salga a capturar la imagen de su familia.

 

 

Las búsquedas nos dan la satisfacción de los encuentros y, así, él encontró a su padre. Un abogado cincuentón que nunca faltaba a su despacho. El traje impecable, la cabeza en alto, los clientes satisfechos, las manos grandes. Y lo eligió porque era bueno, porque hablaba fuerte, porque quería a su familia verdadera y aparecía con ella en las fotos. No era de esos que solo tienen a los hijos ahí, como frías postales. O a la mujer cuando podía lucirse con dignidad. No, él era un apasionado de todos los años junto a su familia, eso lo conmovió, eso lo inclinó a tomarlo a él y no al dueño de una agencia de automóviles. Durante varias semanas lo siguió de un lado a otro y lo retrató en distintas acciones. Después lo contrató para una asesoría legal sobre un terreno ficticio que iba a heredar de una abuela inventada, aún sin imagen, por supuesto.

 

 

Adolfo, con la audacia que dan los años de un buscador familiar, le preguntó si podrían tomarse una fotografía juntos, pues su abuela desconfiaba de aquellos a quienes no les conoce la cara. El abogado accedió a tan extraña petición. Adolfo puso en automático la cámara y corrió a abrazar sin mucho entusiasmo, para no crear sospechas, a su padre. El flash los bañó a los dos con una luz casi familiar.

 

 

El encuentro con su madre fue menos afortunado. Adolfo la encontró en una licorería comprando una botella de ron. Sospechó que su madre andaba con problemas de bebida y eso no le gustó nada. Pero le cautivó el color de sus ojos y la forma de sus labios y decidió ayudarla. Pero ella pensó que Adolfo era de esos muchachitos que se dedican a atrapar a mujeres cuarentonas buscadoras de carne joven y vida propia. Se veían dos veces por semana en el parque para hablar de tonterías, pues a Adolfo no le interesaba saber nada de su otra vida, ni de los problemas con su verdadero esposo. Él ya le tenía uno mejor en espera, allá en el álbum negro. Tres o cuatro semanas fueron suficientes para reunir el material. Fotos bonitas. Fotos casuales de su madre y, por supuesto, de él junto a ella, dándole un beso en la mejilla. Esa fotografía le gustaba bastante, pues fue un momento tan amoroso, tan afectivo e íntimo. Dejó de ver a su madre, pues ya no le interesaba la realidad de su vida, sino la ficción de la próxima.

 

 

A sus abuelos paternos los localizó en un cafecito del centro de la ciudad. Adolfo cayó fascinado por la dulzura con la cual cada uno se buscaba las manos para sentir compañía. Definitivamente aquellos ancianos eran sus abuelos. Así pues tomó las fotos de rigor y él, en esta ocasión, no quiso incluirse en la escena. Él los quería de esa manera, solos y solo para él.

 

 

La abuela paterna le preguntó la hora en un almacén. Era tan educada, tan elegante y ese pelo color zanahoria le hechizó. La acompañó a hacer sus compras con el pretexto de que era idéntica a la mamá de su papá. La anciana, con algo de desconfianza, se dejo acompañar. No hubo más remedio, por más resistencia que puso no pudo convencer a Adolfo; insistió tanto que fueron a una cabina y se tomaron unas fotos juntos. Esto último aterrorizó a la anciana, pues no veía la hora de abandonar a ese jovencito tan entusiasta de su persona. Por fin, a lo lejos, vio a su hija quien agitaba su mano llamándola. Adolfo observó cómo desapareció entre la gente. Sintió un poco de desolación pero logró sobreponerse, pues su álbum negro lo esperaba, y ahí estaría su madre y su padre, sus otros abuelos, para consolarlo. Regresó a la cabina de fotografías a recoger los impresos y se percató de que la anciana había olvidado el bolso. Lo tomó. Se fue directo a casa.

 

 

Una vez ahí vació todo el contenido sobre la cama. Con cuidado examinó aquello: pañuelos de papel, cosméticos, notas de tintorería y de compras, un cepillo para el pelo, un perfume y la cartera. Abrió esta última y con asombro salieron a su encuentro fotos de niños —seguro sus nietos—, de unas mujeres —hijas suyas, suponemos—, y una que lo cautivó en extremo: era el esposo de ella. Sí, ese de ahí era su abuelo. La sacó de la cartera y la colocó en su álbum junto a su nueva abuela. Lo demás lo acomodó con mucho cuidado en el bolso, lo regresaría, solo por la curiosidad de conocer al abuelo en persona.

 

 

Al día siguiente y después de salir del trabajo se fue sin pensarlo mucho a la casa de la anciana pelo de zanahoria. Con una emoción contenida tocó el timbre. Apareció una señora con mandil:

 

 

—¿Qué quiere?

 

 

Adolfo pensó en la idea descabellada de decirle “soy el nieto de la señora de pelo color zanahoria”, pero se contuvo y solo agregó:

 

 

—La señora olvidó este bolso en el almacén y quiero dárselo… personalmente.

 

 

La sirvienta lo miró con recelo pero lo dejó pasar solo hasta el jardín. Después regresó y le dijo:

 

 

—La señora no está pero deme la bolsa.

 

 

—¿El señor tampoco?

 

 

—El señor murió hace dos años.

 

 

Cuando escuchó esto no pudo contener unas lágrimas que cayeron sin remedio por su cara. La sirvienta con mucha consternación no supo qué hacer y simplemente lo echó de la casa. Adolfo sin poder contener el llanto por la muerte del abuelo, caminó sin rumbo durante más de dos horas. Después fue a casa. Al día siguiente avisó al trabajo que estaba de duelo. Se pasó toda la mañana mirando la foto de su abuelo, no podía recuperase de la pérdida, era el pariente que Adolfo más quería, el confidente, su modelo de niño y quién sabe cuántas fantasías más cruzaron su entristecida mente.

 

 

Una semana más tarde, un poco restablecido ya de la muerte del abuelo, empezó a meditar sobre el futuro y se dio cuenta que todos iban a morir algún día. Él debía ser menos sensible e ir acostumbrándose a ello. Pasar más tiempo con la familia, la del álbum negro, eso era lo mejor.

 

 

Volvió al trabajo más conversador. Iba a alguna que otra fiesta donde ya no hablaba únicamente de los viejos parientes, sino que incluyó a su madre y a su padre, a sus abuelos e inventó —bajo el efecto del alcohol— que tenía cuatro hermanos, tres hombres y una mujer. Total, ya los buscaría. Todos le decían que era un tipo afortunado por tener un ambiente familiar tan agradable. E incluso alguna que otra secretaria insistía en ver la foto de su mamá, pues por ahí alguien les dijo que era muy guapa. Adolfo lleno de satisfacción sacaba una foto de la cartera y la mostraba con el orgullo de un hijo verdadero.

 

 

—Adolfo, qué bonita es tu mamá ¿tienes alguna de cuando era joven?

 

 

Entró en un sofoco mental terrible. No tenía fotos de su madre cuando era joven, ni de su padre, ni de los abuelos y debía tenerlas. Abandonó la fiesta con el corazón estrecho y la respiración sofocada. Pasó dos noches sin dormir, revolviéndose en los pensamientos, buscando salidas y no las había. Decidió conseguir las fotos de su familia lo más pronto posible, primero las de su madre, pues era la más solicitada en las reuniones. Afortunadamente tenía la dirección de la casa, ella se la había dado hace tiempo cuando quedó de llevarle copias de las fotos que se tomaron juntos, cosa que nunca hizo.

 

 

Durante varios días observó el lugar donde habitaba su madre. Anotó los horarios de entrada y salida de sus ocupantes. Recorrió mil veces el sitio, aprendió de memoria los detalles en su exterior y, por fin, decidió entrar a tomar en préstamo las fotografías. Pues él no era un ladrón, era el hijo de la señora de esa casa, su hijo más querido.

 

 

Entró por la parte trasera justo del lado del jardín. Rompió un cristal y abrió la ventana. Sin perder tiempo en detalles buscó desesperadamente los álbumes familiares. No, no los encontraba. Su frustración se elevó al máximo y comenzó a tirar cosas sin darse cuenta de la hora. Buscaba, buscaba, solo buscaba… Y así, en ese estado de abandono, no se percató de que uno de los hijos llegó a la casa. Cuando estuvo frente a él Adolfo lo tomó con fuerza y le ordenó que le dijera dónde estaban los álbumes. El jovencito aterrorizado, temblando como una imagen frágil, casi sin color, lo condujo hasta donde estos se encontraban. Adolfo soltó al adolescente y comenzó a hojear los volúmenes perdiendo de nueva cuenta la noción del tiempo y del lugar donde se hallaba. Minutos después el mismo muchacho regresaba con una pistola y le apuntaba directo al cuerpo.

 

 

—Quédese donde está hasta que llegue la policía.

 

 

Adolfo le sonrió, tomó las fotografías que ya había escogido y quiso salir corriendo del lugar sin medir las consecuencias. Debía llegar a colocarlas en su álbum negro. Pero el muchacho se interpuso en su camino, ese jovencito que  bien pudo ser su hermano. Adolfo lo miró a los ojos y descubrió que efectivamente tenían la misma mirada, un poco fuera de este mundo. Sí, reflexionaría sobre la posibilidad de incluirlo en su familia. Fue cuando volvió a escuchar su voz.

 

 

—Ya he llamado a la policía, quédese donde está o disparo.

 

 

Adolfo intentó quitarle la pistola y forcejearon un poco. Después se oyó un disparo sordo que encontró refugio en el cuerpo del adolescente. No podía creerlo, él había matado a su hermano. Porque en ese momento aceptó esa fraternidad, mientras la sangre corría por sus manos y manchaba las fotografías que desfallecían en el piso. Entonces, Adolfo abrazó fuerte al muchacho contra su pecho, no supo que otra cosa hacer. Lloró. Lloró hasta que llegó la policía. Luego la familia del jovencito y por último su madre que le dedicó la mirada más cruel, expulsándolo para siempre de ese paraíso filial.

 

 

Y lo arrojaron en una celda fría y oscura. Lo interrogaron hasta el cansancio sobre el móvil de aquel injusto asesinato. Le confiscaron toda su historia, todo su pasado y lo devolvieron a una realidad tan insólita. Por fin fue condenado, a prisión perpetua, sin entender bien por qué su padre, abogado de oficio, no se presentó a defenderlo. Por qué su madre lo desconoció como hijo y lo condenó al encierro. Por qué sus abuelos no van a visitarlo. Por qué la abuela del pelo color zanahoria no movió sus influencias para atenuar su condena. Y sobre todo no entendió por qué la familia es tan cruel aún cuando se imagina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cecilia Eudave

(Guadalajara, México). Narradora y ensayista. Algunos de sus libros son: Registro de Imposibles (cuentos, 2000, 2006, 2014),  Bestiaria vida (Novela, 2008, 2018), con la cual ganó el premio de novela Juan García Ponce, Técnicamente humanos y otras historias extraviadas (Cuentos, USA, 2009), Para viajeros Improbables (Microrrelato, 2011), En primera persona (cuentos, España, 2014), Aislados (novela, 2015) y Microcolapsos (microrrelato, 2017 ). Escribe también cuento infantil con títulos como Papá Oso (España, 2010) y Bobot (2018), y novela para jóvenes destacando la saga de la Dra. Julia Dench, detective de lo paranormal. Ha sido traducida a varios idiomas y participado en varias antologías y revistas tanto su país como en el extranjero. En el 2016 se le otorgó la cátedra América Latina en Toulouse, Francia.