Oscar González

 

El libro y el autor que hoy nos convocan nos hacen recorrer, a la vez, un tiempo y una obra. Pocas ocasiones habrá tan propicias para encontrar en una colección de textos la imagen viva y presente de un escritor y de su producción literaria. Quienes conocemos, de larga data, el trabajo de Eduardo Mosches en sus libros y en su revista de poesía –ya benemérita— bien sabemos que en estas palabras sin ruta se cifra toda una historia, o mejor, toda una serie de historias de y para la literatura contemporánea de este país y de varios otros.

Las historias breves que Mosches nos cuenta, para dar paso a los textos reunidos en cada número de Blanco Móvil, tienen que ver con todo y con nada, como debe ser. Sus temas, sus asuntos, son casi siempre de circunstancias, de coyunturas. Nos muestran la diversidad y la persistencia de una mirada un tanto desencantada y escéptica sobre un mundo en el que el autor va a encontrar, donde quiera que se manifiesten, los rasgos o las huellas del abuso del poder, de la negación de la justicia, de la acción brutal que reprime libertades y avasalla a los débiles.

En un estilo sin lugar a dudas singular y un uso libérrimo del lenguaje, aquí y allá los vislumbres, los chispazos, nos van revelando joyas insólitas e inesperadas. Por ejemplo, cuando describe a Guatemala como un “país con nombre triste y culpable, enjaulado no pocas veces entre los barrotes de los edictos militares mientras las montañas y los ríos tejen un gobelino móvil y multicolor…Los poetas y escritores han cantado y aullado sobre esta tierra cobrizamente indígena”. O bien --¡helas!— de pronto aparecen frases como “Los humanistas eran gotas de agua en el lodo”, aludiendo a los misioneros españoles durante la conquista de América.

Luego, en un viaje a la subjetividad de un surrealismo que él a su modo ha incubado y vuelto a reciclar, nos transporta desde un “río sensual” y unas “líneas sin frontera” al “árbol del vino, del color y la tibieza”. De ahí a los “paraísos submarinos” y aún al “paraíso en guerra”. Pero también a los “lagos de la palabra” y al “vacío de las cosas sin nombrar”.

Este último título, por cierto,  me pareció desde luego enigmático y desafiante: cuáles son, cuáles pueden ser esas cosas sin nombrar que nos enfrentan al vacío. Tal vez aquellas --pensé-- que no nacieron todavía, ni siquiera en la más descabellada y exuberante imaginación. Pero no. Parece tratarse más bien de aquellas en las que lo real y lo imaginario se funden y confunden, “son una sola cosa”, sin acabar de ser lo uno ni lo otro. Aunque no da una respuesta unívoca, Mosches pareciera aludir al limbo de lo innombrable, de lo que podría llegar a ser, o es sólo y hasta cuando lo toca la palabra. No es ésta, la palabra originaria, la poesía –nos dirá Heidegger—la que crea la cosa, pero sí es la que le da existencia humana. En todo caso lo que Mosches nos deja ver es que él aborda el tema desde “el acto de reflexión como un género literario”, es decir –según deduzco-- desde la filosofía como literatura, y, con mayor precisión, como poesía. Arduo tema, y complejo, del que se han ocupado entre otros algunos románticos alemanes, poetas y filósofos como Schiller y Heidegger, y entre los sajones. Wallace Stevens y Cummins.

En otra parte, peculiar síntesis, Mosches habla  surrealísticamente, del “peyote de la palabra”, donde todo está por descifrar. Aquí la pregunta iría en el sentido de saber si nos convoca a un viaje, a un tránsito, a una experiencia como las Huxley o de Michaux. El peyote, como sabemos por el Don Juán de Castaneda, es una planta de conocimiento, un camino de sabiduría, un estado del espíritu que nos conduce al origen de las palabras y las cosas. O bien nos convoca a reencontrar las cosas y las palabras  de un mundo que no alcanzó a destruir la espada convertida en cruz, donde “la voz no era acallada”, donde “los poetas y narradores se hacían presentes”. Yo me quedo con esta interpretación.

Hay un algo o un mucho de lúdico infantil en los textos de Mosches, como debe ser. Senect puer decían los latinos de los poetas: niños viejos o viejos niños. Lo mismo podremos decir seguramente de Eduardo Mosches, quien juega en la más amplia libertad con el lenguaje, sin perder de vista que de lo que se trata en última instancia es de “buscar, escudriñar entre las letras para resucitar la palabra que vuela, que fantasea, que ilumina. En fin, la palabra”.

Este texto fue leído en la presentación del libro, realizada el 22 de febrero de 2007, en la sede Del Valle, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

PALABRAS SIN RUTA; Eduardo Mosches; Plaza y Valdes; 2007; 154pp.