Jesús Gómez Morán

Empecemos esperpénticamente, esto es, por el final. La edición de Museo de esperpentos y ensayos de prosa bárbara de Josué Mirlo, hecha por Versodestierro, presenta una invitación a una doble lectura, que página a página no del todo se corresponde, pero sí en su visión de conjunto. Una de esas vertientes la constituyen por supuesto, los poemas mismos y la otra los estudios que los acompañan. Como la idea es nadar a guisa de salmón a contracorriente hablaré de los ensayos comenzando con el último.

Eva Castañeda Barrera se da a la tarea de subrayar la sintonía de Mirlo con las fluctuantes tendencias poéticas del siglo XX, y que en particular colocan a Ensayos de prosa bárbara con una rotunda cercanía a la poesía conversacional debido a su ingrediente narrativo. Víctor Hugo Díaz se apoya en la terminología de los no lugares propios de la sobremodernidad en la que vivimos, no sólo para hacernos ver aquellas zonas de pasaje que se manifiestan en la obra de nuestro poeta de Capulhuac, sino por la condición callejera y deambulante, sonambulante incluso, de su yo poético. Por su parte Ricardo Suasnávar “contemporaneiza” a Mirlo, quien en tanto contemporáneo a los Contemporáneos es un “no-contemporáneo” primero que nada porque su instrumento expresivo pasó del verso rimado al verso libre, y sobre el cual nos da una aleccionadora definición: “es tal vez en el verso libre donde el ritmo mejor puede respirar. Cede en seguridad lo que gana en novedad y asombro”. Si Castañeda Barrera acotó un juicio puntual sobre Ensayos de prosa bárbara, Marco Antonio Murillo hace lo propio con Museo de esperpentos, al señalar su evidente vocación arquitectónica presente en sus apartados dedicados al manicomio, al mercado y al museo propiamente dicho, siendo el primero de ellos el que mejor se conecta con ese otro espacio de ludicidad sin cortapisas que es el circo, como casi simultáneamente lo reveló en Rayuela Julio Cortázar (primera de una prolija serie lila de conexiones intertextuales).

En su oportunidad, Roberto López Moreno se esmera en reconstruir una imagen del poeta capulhuaquense a partir de momentos clave de su autobiografía, hace un pase de lista a una larga serie de amigos y autores líricos poco atendidos por el canon oficial. Rubén Medina apunta con toda claridad en su estudio a quiénes se les podría achacar, en el caso de Mirlo (tal vez por negarse a ser un peón de la diplomacia mexicana o en ulterior circunstancia un burócrata gubernamental), la nula atención que la crítica especializada le ha dedicado a su obra. Como si fuera el anverso de la nómina repasada por López Moreno, Jorge Hiram Barrios efectúa una revisión de ciertos registros poéticos canónicos evocados por Mirlo, en particular debido a sus parecidos estilísticos. Y por principio de cuentas, Carlos Aguasaco se enfoca en contextualizar con el momento actual el aporte poético de Mirlo, visión panorámica a partir de la cual se configura, a modo de “eco intertextual”, el concierto de voces diversas encarnadas por Josué Mirlo, alias Arnulfo Lorenzo Genaro Robles Barrera.

Todos los trabajos mencionados han entresacado una vertiente de enfoques que, sin embargo, no se agotan luego de transitar por las páginas de este libro. Tomaré precisamente la de índole intertextual para hilvanar una propia, despertada de forma irremediable, quizás porque el mismo curador de esta edición, Andrés Cisneros de la Cruz, así lo señala de manera a la vez arriesgada y precisa. La poética del espacio de Mirlo constituye un Da Sein a partir de su “distopía natural”, cuya rabia ante el desarraigo se convierte en ironía, hermana gemela de una visión analógica romántica categorizada por Octavio Paz en Los hijos del limo (como también nos lo recuerda Aguasaco). Esta particularización hecha por Cisneros al conectar a Mirlo con el poeta viudo de Nerval, suscita la posibilidad de extenderla hasta ese otro gran romanticismo, en tanto puesta en crisis, que es el existencialismo de vena grotescamente absurda. Una esperanza desengañada que se niega a cruzarse de brazos podría ser ese otro cariz que explicaría la raíz humanista de Mirlo: un existencialismo de hombre rebelde, un Estragón que nos confiesa que cansado de esperar a Godot se inventa una divinidad a la medida de sus necesidades:

!Qué triunfo el mío
cuando me sienta Dios!
!Qué embriaguez de mí mismo
cuando en su grito puro
galope el Universo
para decirme: —!dios! —
Como un nuevo Quijote,
haré de Sancho Panza
al viejo Dios mediocre.

Extremo de la enunciación que más que una literalidad persigue una fenomenología es el rasgo que caracteriza la escritura de Mirlo, nos dice Andrés Cisneros, y apuntala su unión con el creacionismo de Huidobro (señalada asimismo por Carlos Aguasaco). Hablamos de una poesía más concreta que la poesía concreta de Haroldo de Campos, quien onomatopeyizaba sus referentes líricos o los dibujaba en la página, pues el principio fenomenológico en Mirlo es buscar reproducir las sensaciones despertadas por tales (quizás los mismos) referentes. En el caso del poema arriba citado, su creacionismo se circunscribe a la idea de trascender la condición mortal y perenne del ser humano. Maestros en esa búsqueda que le anteceden son, entre otros, William Blake, Walt Whitman y por supuesto Nietzsche: ¿y cómo no si el “primer hombre psíquico” de su poema “Imprecación” rezuma y resume todo el padecer experimentado por el polígrafo alemán mientras elaboraba su propuesta del superhombre, en consonancia con una gaya ciencia, quien como el yo poético de Mirlo, ante tal panorama “desde su obscuro y húmedo/ retiro/ ¡reía!.. ¡reía!.. ¡reía!”? A fin de cuentas podría decirse que al influjo de su pluma humanismo y pensamiento cósmico se hermanan: de ahí al canto de esa misma índole cósmica de Ernesto Cardenal ya sólo hay un paso.

Pero en esencia, ¿qué perseguía el poeta capuluaquense al animizar casas, animales, cosas y hasta procesos metereológicos y de la naturaleza? Como si una exfoliación abriera los poros de su “piel de palabra”, a través de ella se puede consignar la literatura del siglo XX, de los que le precedieron y del que vivimos actualmente. Tal es otra de las repercusiones por las que cada uno de los volúmenes que conforman la escritura creativa de Mirlo figuran a modo de estancia, a la vez que constituyen una síntesis de una amplia paleta de voces cromáticas. ¿Acaso no fue Mirlo un avatar de Pessoa que en cada título se reinventó como un poeta distinto? Obviando la lógica conexión esperpéntica con Valle Inclán, por momentos cubre un espectro que va de lo dariano a lo pelliceriano en Canto a la primavera, se transforma en tabladiano al modo en que aparece en La feria, contagiado ambos por López Velarde (autor al que parece homenajear con versos de sustantivos adjetivizados como “latido púgil” o “alba flor del dolor”), y quien a su vez siguiera la línea de Francisco González León, autor con el cual le encuentro mayores semejanzas a Mirlo. Compárese esta estrofa de “Crepuscular”

Un monje imberbe y pálido es el torreón soltero
que escucha por las noches, de un eucalipto austero,
los pecados mentales que cometía en su arranque
cuando veía a la tarde nadar en el estanque,

con esta otra de González León en su poema “Panoramas”:
No sé qué prefiero:
si el panal callado bajo del alero,
si el cinematógrafo del arbolado,
o si de la esquila la prisa y la risa
dentro del campanario de torreón longevo,
y que así me aclara la impresión precisa
de loca gallina que se escandaliza
porque puso un huevo…

En otro momento, como lo será el Cuarteto emocional, Mirlo dará acuse de recibo a la enseñanza meditativa de Enrique González Martínez. ¿Será necesario agotar el universo de referentes intertextuales que lo proyectan desde la vanguardia hasta el poeticismo del medio siglo mexicano? Quizás más que ocioso a estas alturas ya suene repetitivo. Básteme como cierre mencionar su proyección hacia futuro. ¿No suena un poco el poema final de esta antología, dedicado a su Mara, que está anunciando a la musa dilecta de Juan Gelman? Lo curioso es que el contenido del mismo evoca a ese otro gran poema en prosa que es el Adán y Eva de Jaime Sabines. No obstante, dentro de la aparente dispersión de tantas voces reunidas y tantos registros escriturales que conforman un largo bostezo lila entre senderos singulares, persiste como impulso integrador el eje de la susodicha percepción animista que conecta a su yo poético con las cosas y la naturaleza. Esa situación fenomenológica daría pie a percibir que en este libro trashuma algo que rebasa al poeta y aterriza en el hombre que, en razón de su rareza misma, decidió convertirse en un mirlo blanco.