Tres décadas de poesía en Blanco Móvil

Juan Domingo Argüelles

 

El jueves 20 de mayo de 1982, en el Auditorio Justo Sierra de la UNAM, el escritor uruguayo Mario Benedetti ofreció la conferencia “La cultura: ese blanco móvil”. Ahí dijo: “La cultura es un blanco, pero móvil, y esa movilidad es también una de sus más verosímiles posibilidades de salvación. La cultura tiene la movilidad de los pueblos que la generan, y en ese sentido es imprevisible e incalculable. Siempre es capaz de sacar de la manga, o del bolígrafo o del pincel o de la guitarra un recurso inédito, una nueva agilidad, una manera original de burlar al enemigo”. Añadió: “La cultura es móvil, cambiante, dinámica; sus jurados enemigos si bien a veces la hieren en sus suburbios, en sus bordes, en sus arrabales, casi nunca la alcanzan en sus centros vitales, en su esencia, en su vida perdurable y transmisible”.

Eran tiempos de persecución cultural a manos del poder. Tiempos de dictaduras en América Latina, como hoy son tiempos de dictablandas neoliberales en los que la cultura sigue siendo blanco de ataques y asedios a través de acciones más sofisticadas: dictadura de mercado, educación tecnocrática, venta a granel de libros que promueven la incultura y, en general, formas que van socavando, cada vez más, la riqueza intelectual de las naciones.

Aunque Eduardo Mosches, ávido lector de novela negra en ese entonces, tenía en mente, como él mismo explica, El blanco móvil (1949) del narrador estadounidense Ross Macdonald cuando en 1985 fundó su revista, pensó también en el concepto de la cultura como ese blanco en movimiento. Cabe traer a cuento este concepto ahora que la revista Blanco Móvil celebra su trigésimo aniversario: tres décadas de promover, fomentar y divulgar la cultura, treinta años de pluralidad y de ir a contracorriente de las modas del mercado literario.

Cuando la revista cumplió cinco lustros, señalé algo que ahora reitero: Blanco Móvil y Eduardo Mosches han sido tenaces y persistentes al insistir en una especie de asamblea plenaria que invita a los que escriben a que también publiquen, y, con ello, convocar a los lectores a que lean. Parece cosa fácil, pero no siempre es posible, sobre todo porque muchos de los que pueden leer no siempre leen. Desde hace treinta años esta revista se ha propuesto una forma de abordar la experiencia de la lectura con una diversidad de voces, géneros, talantes y afanes que convierten las páginas en una auténtica tertulia cultural.

Convocados con un tema específico en cada número, los autores (sean escritores o artistas gráficos o plásticos) coinciden en las páginas y contribuyen a enriquecer la comprensión y el placer sobre el asunto que los reúne. En el caso de este número especial del 30 aniversario, lo que tenemos son poemas, poetas y ensayos sobre poesía. De diversas generaciones, de múltiples estilos, de distintas ideas sobre la estética del arte de la poesía, los autores que Eduardo Mosches reúne en esta entrega de colección son aquellos que han estado en la revista desde su fundación hasta nuestros días. Juan Gelman, Eliseo Diego, Olga Orozco, Roberto Juarroz, Hugo Gutiérrez Vega y muchos más que ya no están físicamente entre nosotros, y una nómina amplia de poetas maduros y jóvenes que continúan la tradición lírica en México y en otros países de América Latina y de otras latitudes.

Leer y escribir poesía son ejercicios casi secretos, pese a internet, porque la poesía es lo que menos se parece a un espectáculo masivo. Es una suerte de convivencia íntima y de experiencia personal que incluso en las páginas de una revista no resulta tan pública aunque se publique. Rodeados, como estamos, de libros de éxito inmediato y de revistas de sociales y espectáculos, la poesía se plantea prácticamente una utopía: mantener viva la emoción inteligente y perdurable en medio de la barahúnda de lo instantáneo. Y a ello contribuye, desde hace tres décadas, Blanco Móvil.

No ignoro que el género poético es uno de los que mejor se han adaptado a los dispositivos digitales, pero sigo creyendo que el poema mantiene una intimidad que es casi una resistencia. Se resiste a ser moda y a estar al día, y sigue siendo, en esencia, un idioma de minorías, no porque así lo queramos, sino porque lo que tenemos en abundancia no son las generaciones poéticas, sino las antipoéticas. En este medio, el blanco móvil de la cultura sigue oscilando para no ser alcanzado por el proyectil que lo destruya.

Sabemos que la poesía no le importa a todo el mundo, y lo sabemos porque, si le importara, nuestro presente sería otro y mejor, y nuestro futuro no se vislumbraría tan deprimente como ahora lo miramos. Pero, además, si la poesía importara más que los poetas, los lectores y los poemas, importarían también más que las vanidades. Lo peor del caso es que como sentenció José Emilio Pacheco en célebre poema:

 

Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

 

Celebro con los colegas y con los lectores, con Eduardo Mosches, su director, también poeta, estos treinta años de Blanco Móvil y, especialmente, estas tres décadas de poesía, deseando una más larga vida (de la que ya tiene) a este proyecto editorial cuyas dignas prioridades son los lectores y la cultura, ese blanco móvil.

3 de marzo de 2016.

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