Blanco Móvil, 30 años literarios


José Ángel Leyva
 
 
Texto leído en la presentación de la revista , leída el 8 de diciembre de 2015, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes

 

Mi maestro de psiquiatría, el doctor Miguel Vallebueno, solía afirmar que una persona tiene una mayor tendencia a aprender más que a hacer hasta los 30 años de edad, luego da inicio a una etapa más larga en la que el proceso se invierte y el aprendizaje no cesa pero la acción se concreta en proyectos de vida más determinantes. No sé cuánto de razón exista en esa afirmación de mi viejo y ya desaparecido maestro, pero en el caso de una revista podríamos suponer que su vida es equivalente a la de los perros, una equivalencia de siete por cada año humano. Sobre todo si la publicación periódica es de poesía, literatura o de cultura y más aún si es independiente, como es el caso de Blanco Móvil que arriba a los 30 años de edad humana, pero a los 120 años de edad canina. Así, la revista ha estado haciendo y se ha hecho al mismo tiempo desde hace ya varios decenios. Una vida a la que se ha aferrado con los dientes, con las garras y con la porfiada vocación comunitaria de su director, que no amo pero sí dueño y señor, el mexargén Eduardo Mosches.

En un país latinoamericano, particularmente en México, los asuntos culturales no suelen tener plazos extensos para su planeación y mucho menos para su permanencia si viven en el error, es decir, fuera del presupuesto. Nuestra historia sigue marcada por círculos sexenales y por la conveniencia intelectual. Sostener un proyecto cultural sin someterse a las veleidades burocráticas es ya en sí un reconocimiento a las excepciones, que no son pocas, como por ejemplo la revista Dos Filos en Zacatecas, del indómito José de Jesús Sampedro, con 41 años de existencia, es decir, 287 años perro. Muchos esfuerzos editoriales más se multiplican a lo largo y ancho de este país y de Latinoamérica con mayor o menor éxito, más o menos visibles, pero sí, son contados los proyectos longevos porque la permanencia es un problema de fondo en nuestros países, dominados por gobiernos escasa o nulamente democráticos, con poco o ningún interés por la lectura, por la educación, por el conocimiento y por forjar ciudadanía.

No sé cuál será el juicio o la perspectiva bajo la que se estudie o revise la andadura de Blanco Móvil al no representar a un grupo de escritores notables, a una generación literaria o a una agrupación religioso o política, acaso a diversos asistentes a sus asados y tertulias gastroetílicas con las que suele regalar a sus colaboradores y amigos, que hacen las veces de familia, y que le ha permitido ya, a lo largo de 30 años, mejorar la técnica del fuego en la parrilla y a darle el punto correcto a la carne. Porque lo más importante de un parrillero no es tanto poner la carne al asador sino medir los tiempos y las intensidades del fuego. El fuego demanda dos virtudes aprendidas, la paciencia y el saber, producto de la experiencia, de la perseverancia. Y creo que esta habrá de ser una de las rutas que emprenderán quienes hagan estudios académicos sobre esta publicación, sus diversos momentos editoriales, sus marcas formales y sus contenidos, su capacidad de convocatoria para tener colaboraciones solidarias. Mosches ha aprendido mucho y la revista es de mayor calidad en sus últimos años perro, más limpia, más clara en sus intenciones, más legible y más bella. Con la ya también longeva presencia de Pablo Rulfo en las portadas intervenidas con los titulares y los autores.

En esta muestra de narrativa, en la que descubro autores notables y no tan notables, obras reconocidas y reconocibles, textos completos o en fragmentos, cuentos, relatos, novelas e incluso cartas como la de Javier Sicilia, “Estamos hasta la madre”, dirigida a los políticos y criminales, que suena casi a pleonasmo en esta realidad de no creerse, hay además un amplio abanico geográfico acompañado por las imágenes de esa cruda sentimentalidad de Arturo Rivera, sin duda uno de nuestros pintores contemporáneos de mayor calado. El eclecticismo podría ser el rasgo distintivo de esta curaduría o selección —ahora que el término y el oficio curatorial ya comienzan a ser puestos en crisis—, acotada por el eslogan de “Treinta años de narrativa”, si no fuera porque uno advierte que hay, además de la presencia de autores que han participado ya en números anteriores o forman parte de su Consejo Editorial, una cierta identificación si no ideológica sí política y estética, o digámoslo de otro modo, en cierta mirada en común, discreta, del mundo.

No desconocemos las opiniones políticas del director de Blanco Móvil, ni su humor, ni su larga tradición de asados, sus utopías comunitarias, su paso por los kibutz en la ya lejana juventud, contabilizada en años humanos, su ánimo polemista y una indeclinable posición ante los derechos humanos y los de los perros, usufructuarios consecuentes de las parrilladas y los brindis caseros tras los cocteles de cada presentación de cada número de Blanco Móvil y de los libros del propio Mosches, siempre con largas mesas de presentadores y artistas escénicos. Además, entonces, de la longevidad literaria de la revista habrá que estudiar la participación de músicos, actores, artistas plásticos y visuales en general en el Blanco Móvil de cada página y de cada acto cultural al que ha convocado a lo largo de su ya admirable permanencia tres decenios humanos y de vigencia canina en los estantes de sus fieles lectores y amigos, de persecución de funcionarios y empresarios para que contribuyan con publicidad o financiamiento para cada número, que los asados y el vino los ha puesto Eduardo de su bolsillo y del de sus cuates.

Ignoro cuál sea el origen del título de esta publicación, qué lo motivó, pero me parece uno de los más logrados, más significativos y con mayor capacidad de responder a los vaivenes de la historia moderna, que responde a la frase de Rimbaud: ser moderno es ser siempre distinto de sí mismo. El blanco de la diana que escapa a la puntería del cazador o del guerrero, del que dispara un proyectil, del crítico, tal vez, pero también el blanco de la hoja que se mueve ante el acecho del autor, el blanco de la hoja que se mueve alrededor de la pupila, es decir, en el blanco de los ojos, el blanco de la muerte chiquita… que da vida, el blanco que invita a ser escrito y reescrito en cada lectura, el Blanco Móvil de los años pretéritos y el futuro por hacer. Larga vida a Blanco Móvil y a los asados, que amenazan con el peso de los años en ser vegetarianos.

Numero actual

PORTADA BM 136 137