Kong´oy omnipresente y otros poemas de Juventino Gutiérrez Gómez

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 Les preparamos un dossier dedicado a la obra del poeta oaxaqueño Juventino Gutierréz Gómez, con una selección de poemas de sus libros: Alfombra Roja  Kong´oy; así como ensayos de Héctor Carreto y Lázaro Tello Pedro. 

 

JUVENTINO GUTIÉRREZ GÓMEZ

(Foto: cortesía del autor)

Juventino Gutiérrez Gómez, 1º de julio de 1985,  Tlahuitoltepec, Oaxaca. De origen Mixe, reside actualmente en en la Ciudad de México y cursa la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la UAM Azcapotzalco. Ha publicado en las antologías Los coleópteros enfebrecidos (uacm 2013) y Poetas de reserva (Ediciones Fósforo 2013). En el 2015 su poemario En Ayuujk surca la memoria fue seleccionado en la convocatoria Parajes, emitida por la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca (SECULTA) para ser publicado. Con el poemario Alfombra roja ganó el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Francisco González León 2016, también fue becario del FONCA (2015-2016) y beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Oaxaca (PECDA) en la categoría de Literatura 2017.

 

En ayuujk

surca la memoria

 Lázaro Tello Pedró

En verdad yo habito

la garganta de un dios.

Saint-John Perse

 

Parece difícil presentar un libro cuyo título muestra una palabra de un lenguaje distinto. ¿Se trata de un libro mixe? Contestar esa pregunta con otra pregunta es de mala educación, pero ¿es acaso Los heraldos negros o Trilce un poema de una comunidad remota del Perú, o Cien años de soledad se reduce al pueblo de Arequipa Colombia? Las grandes obras convierten lo local en territorio general. Es eso lo que hace Juventino Gutiérrez, territorializar con su lengua materna la lengua extranjera, la lengua en la que están escritos estos comentarios. Los escenarios descritos, los diálogos y la agilidad para cerrar el poema son tan conocidísimos en lengua española. Yo le preguntaría qué tanto ha trasladado la esencia del lenguaje mixe a la construcción de poemas en lengua española.

El paisaje del libro de En ayuujk surca la memoriaapela a lo universalidad. Podría generar en este mismo momento controversia al decir que la literatura mexicana tiene dos padres modernos: Juan José Arreola y Juan Rulfo, los dos lectores de poesía, los dos con esta característica en su prosa. Situaré a Juventino Gutiérrez en la tradición de Rulfo, donde hay rostros desfigurados por la ebriedad, donde hay lomos encurvados por el látigo de la obediencia. Para continuar con esta imagen, diré que Juan Rulfo escribió una novela de la doble incomprensión de un poblador de provincia que llega a vivir a la gran ciudad, sí, novela, pero aquí estamos frente a una colección de poemas. Y no sólo eso, la aparición de la lluvia y las gallinas, el levantamiento del polvo que dormía y lo ha azuzado el viento forman parte de la paisajística del poeta.

La alegoría del árbol genealógico retoña en el libro de Juventino Gutiérrez. Ayuujk es el árbol de memoria, “memoria encendida”. Los epígrafes revelan esta intención: la de contar y cantar con la voz huérfana, que se levantará como yerba furiosa o pezuña de bestia. Cada animal, rata, gallina, pájaros o perros tienen la intención de liberar los porqués o los paraqués. El paisaje exterior logra revelar la intimidad, la manera de ver el mundo y de explicarlo por el poeta. Así, por ejemplo, los pájaros, construidos de frijol y maíz, buscan un descanso sobre la cosecha.

Hay en esas líneas interiores la reflexión de la lengua que se adormece para pronunciar palabras como camión, ventilador. Hay quienes hablan de dos mares que no mezclan sus aguas, aquí el cerebro se parte en dos hemisferios, en dos torrentes de doble aguacero. Se llega así a la construcción de sintagmas como “surcos de mi memoria”, “árido campo de la ciudad”, “el tronco de mi memoria”, “tamboriles de coche”, “tambores de hocico”, “empedrarse al trabajo”, donde pareciera que una palabra de carácter local se junta con otra para crear ese mecanismo doble. Las palabras interiores son luz que alumbran la página o la vida más allá de lo terrenal.

El lenguaje del poemario se nos presenta desnudo y con toda su crudeza. ¿Es la crudeza, la suciedad de esa poesía sin pureza de la que hablaba el poeta Pablo Neruda? Hay dolor en los poemas de Juventino Gutiérrez. Hay látigos sobre las bestias y el hombre, hay llanto en la casa y sobre los campos:  «mi madre llora / los frutos muertos», se lee en un poema.

El lector encontrará poemas de tipo descriptivo, donde se habla de las trenzas de la muchachas, las coronas del campo, y de tipo dinámicos como la puesta en pie de una casa, la discusión sobre la mesa o las gallinas que salen a sacudirse del sueño, o la alimentación de la hoguera, alguna curiosidad cercana a la greguería de Ramón Gómez de la Serna. Otras veces no es descripción sino recreación: ¿por qué las aves buscan los sembradíos?, ¿qué es más viejo que el abuelo de la familia? Otras veces utiliza el lenguaje coloquial como primer escalón para construir una imagen. En el poema “De hierro es la casa” se lee: «mi madre hizo muchas veces rodar por la cocina sus nudos de garganta».

Recomiendo como primera lectura los poemas “Las coronas del campo”, “Merienda del Ayüüjk”, “La yunta”, “Xëmabëë”, “El zumbido de las moscas”, “Hábitat”, “Mala cosecha”, “De hierro es la casa”, “Pregonero”, “Bautismo”.

 

 

Lázaro Tello Pedró. Estudió Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha publicado ensayo, poesía y entrevista en diversas revistas nacionales.En 2014 mereció el segundo premio de la edición 45 dePunto de partidaen la categoría de ensayo con su trabajo “Insectario de retórica, Teoría poética de los insectos”. Actualmente es editor invitado de la revista Palabrijes y becario de investigación para El Colegio de México.

 

Un platillo que se sirve caliente

Héctor Carreto

 

México es famoso en todo el mundo por su concepto y celebración a la Muerte. La festeja como a nadie, porque es la invitada principal. El gran cineasta soviético Serguei Eisenstein, quien filmó en nuestro país la inconclusa ¡Que viva México!, escribió en sus Reflexiones de un cineasta: “México es tiernamente lírico, pero también es cruel: se burla de la Muerte.” Le asombraba observar lo natural que nos da devorarnos una calaverita de azúcar, con el nombre de alguien estampado en la frente. Para agregar un ejemplo más, basta con ver cómo “La Catrina” es bien recibida en muchos países. En Australia, por ejemplo, la gente se hace tatuajes con su imagen.

No debe sorprender, entonces, que gran parte de la poesía mexicana le rinda culto a la “Innombrable”, y que sea la preferida (a la par con la amorosa), por el lector nacional. Sin embargo, la constante de nuestros poetas, contrariamente a la irreverente precepción popular, ha sido la de sublimarla, de hablarle “de usted”, con la más recatada seriedad, con el sentido trágico que, en los mejores ejemplos, no se discute (“Muerte sin fin”, “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, por citar un par de ejemplos”). Por desgracia, abundan los facilones versillos solemnes. Y sorprende que el lector que disfruta del Pan de Muerto también disfrute de esta visión tan anquilosada.

Son otras las manifestaciones las que desacralizan la Muerte. Los periódicos han sido quizás sus mejores portadores: en las calaveritas, en los cartones, e incluso en la nota roja, los ojos ciudadanos esbozan sonrisas saludables.

Ahora, el poeta oaxaqueño Juventino Gutiérrez Gómez nos entrega su poemario Alfombra roja con un espíritu más cercano al del periodismo que al libresco. Y con mucho tino se vale del género epigramático, por su brevedad, ironía y contundencia, para formar el presente libro. Pero su humor nada tiene que ver con las inocentes e inofensivas calaveritas, que sólo buscan divertir. Su punto de vista es novedoso: aborda la página roja sin el humor involuntario de ésta sino con un tono abiertamente corrosivo, como lo advertimos en el poema “Últimas noticias”, que vale la pena citar completo:

                      

                        Sobre el mantel de concreto,

                                  un cuerpo femenino

                       ofrece su muerte como plato principal:

                                 el asombro traslada,

                       como las hormigas su migaja,

                                a los transeúntes.

                      Comienzan las suposiciones:

                                                               “atropello

                                                                suicidio

                                                                asesinato”

                      Pero la última palabra

                                 la tienen los medios

                     Que llegan como buitres

                               sin invitación al banquete

                                        ¡Extra! ¡extra!

                     “mujer ebria muere mujer atropellada”.

 

 

A lo largo de Alfombra roja el poeta insiste en mostrarnos el cuerpo humano post mortem, como un platillo que se sirve caliente, con el fin de que las miradas anónimas se alimenten de él. El poeta toma no poca distancia, y evitar el dramatismo. La víctima se aprecia de lejos, como un objeto. Y, como observamos en el poema citado, una cosa es lo que atestiguan los presentes, y otra distinta la que se lee trastocada por la prensa.

Con el mismo humor negro, traza poemas que se pueden leer como los cartones dibujados por el argentino Quino y por el yucateco Dzib. Comprobémoslo en la lectura de “Péndulo”:

 

Ayer leí en el periódico:

Un hombre

adornó su cuello

con una gargantilla

de poliéster trenzado.

 

 Minutos después

 coqueteaba

 en el aire.

 

Apreciamos lo visual del trazo de manera inmediata. En ningún momento se menciona la palabra muerte, pero “contemplamos” la historia como si fuera una ilustración. Aprovechando su agudeza, este agudísimo autor no se queda con las ganas de elaborar un poemínimo, a la mejor manera huertiana: “A este poema / le cortaron la lengua / por eso su brevedad.” (“Tortura”).

Tal vez la mayor ironía de este libro sea la tender una alfombra roja sin la pulcritud y el glamour de las estrellas del cine que se encaminan a buscar un espejismo bruñido, sino aquella que mancha de un color tinto el gris pavimento cuando un tráiler de doble remolque deja embarrado un cuerpo anónimo.

La poesía de Juventino Gutiérrez que revisamos en este libro será harto incómoda para las mentes convencionales, pero no por eso es menos intensa y sumamente refrescante.

 

Héctor Carreto (1953).  Poeta, narrador, editor y traductor mexicano, es autor de Coliseo, poemario con el que ganó, en 2002,  el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Actualmente es profesor-investigador en la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. 

 

 

Xëmabëë

Teresa Dey

 

Hace quince años, una epifanía inesperada cambió mi vida, desde luego que estoy hablando de la literatura. Mi vida de una forma u otra siempre ha orbitado en torno a la literatura. Ah pues fácil, pensarán, si saben hacer cuentas… A ver, hace quince años se fundó la UACM y tú eres de la plantilla inaugural. Ya sabemos, entraste a trabajar a la UCM. Y nos conociste y tuviste una revelación. Qué creen, sí, pero no. Es cierto que hace quince años comencé a dar clases en esta universidad… Sin embargo, la gran epifanía literaria no la tuve aquí, sino en Bacalar, Quintana Roo. Me llamó por teléfono una mujer que llegaría a mi vida para siempre. Era la poeta maya Briceida Cuevas Cob, me invitaba a dar un taller de poesía de cuatro o cinco días a los integrantes de Escritores en Lenguas Indígenas, A. C. (ELIAC). Entre ellos habían leído el libro de Como acercarse a la poesía de Ethel Krauze y querían un taller de ese corte. Por diversas razones, Ethel no fue, pero le dijo a Briceida que me llamara, que yo era buena para eso. Como verán, una multitud de dioses estaban de mi parte, así que acepté emocionada. No es que yo tuviera la menor idea de qué cosa era eso de “escritores en lenguas indígenas”, pero como todos, había leído a Nezahualcóyotl y los cantares mexicas; había comprado y leído un par de libros de poesía indígena contemporánea uno en mazateco-español y otro en náhuatl-español, pero no más.

Así me embarqué en una aventura de asombro permanente, de orgullo y respeto. No voy a detallarles lo que pasó del 12 al 19 de agosto del 2001 en la casa de los escritores de Bacalar, ni lo que me contó la Laguna de los siete colores. Basta con decirles que ese taller cambió para siempre mi percepción y mi apreciación no sólo de la literatura, sino de mi país. Fue como aquel viaje de Gilgamesh al Apsu para conocer a Utnapishtim, el único hombre que no había muerto. Pues bien, yo no salí de allí hablando ninguna de las catorce o dieciséis lenguas de los integrantes del taller, como Gilgamesh no logró traer consigo la planta de la eterna juventud, pero dejó de temerle a la muerte. Por mi parte conocí a varios intelectuales indígenas que me enseñaron el valor de las palabras verdaderas, de esas que nombran lo que sólo se puede enunciar desde la lengua materna. Entendí, gracias a ellos, la eterna subversión de la palabra; la constante insurrección de defender el idioma originario frente al idioma predominante. Aprendí el amor a las raíces.

Aunque al parecer, no sólo yo tuve esa epifanía, coincidió con que mientras estábamos en Bacalar, justo el 14 de agosto, se reformó el artículo 2º Constitucional, donde por fin se aceptaba que “La Nación Mexicana es única e indivisible […] tiene una composición pluricultural sustentada en originalmente en sus pueblos indígenas […] que conservan sus propias instituciones culturales…” Y por vez primera se hablaba en la Constitución del deber de “Preservar y enriquecer sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyan su cultura e identidad”. Durante quinientos años, la lengua oficial de este país había sido el español o castellano, y desde aquel 2001, las lenguas y las culturas indígenas comenzaban a recuperar su voz oficial… Imagínense ustedes que de pronto les fuera arrebatado su idioma y se convirtiera si no en algo prohibido, sí en algo despreciable, una demostración de retraso o de inferioridad. Y no, no fueron sólo los españoles malvados quienes lo hicieron, también en el México Independiente y en el Postrevolucionario quisieron unificar en grises el colorido crisol de las identidades de este país.

Desde Bacalar, tengo la claridad absoluta de que las lenguas mexicanas enriquecen la literatura, la tiñen de otros matices y colores. Nombran lo que el castellano es incapaz. Por eso, cuando en la clase de Talleres literarios conocí al autor de este poemario, hubo una identificación inconsciente. Más tarde, cuando su directora de tesis, la doctora Grissel Gómez Estrada, me preguntó si quería ser sinodal, pues brinqué de gusto. Y eso que todavía no leía todo el trabajo. Para decirlo en corto, en cuanto llegó a mis manos, me cautivó. Al leer cada uno de los poemas de este libro nos transportamos al campo, a la tierra, a la validez de la simplicidad, al sol y las milpas, a los toros y la yunta, a la lluvia y su eco en la ladera de las montañas, al arroyo que llora con el niño, a la raíz que se nutre de sus lágrimas, a los brazos de su madre que lo consuelan. Palabras, sonidos, tonos, cadencias de la lengua Mixe, la lengua de los músicos, la sonoridad del ayuujk que se esconde tras estas palabras en castellano, perpetuando este doble corazón como llama mi amiga Briceida a los poemas traducidos. Y que tan bien describe este joven poeta: “Tengo un par de lenguas abierto en abanico/ construido en diferentes hemisferios./ Deletrea el viento y un ventilador,/ unos árboles y un jardín minúsculo/ reflexiona los nombres de las cosas./ Estas lenguas son torrentes de distintos aguaceros/ que van arrastrando mis ideas / al almacén del tiempo.//”.

Como pueden apreciar la poesía se enriquece, se enraiza y huele al viento de agua. Yo me siento profundamente orgullosa de que un poeta Mixe, en ayuujk y español, haya salido de nuestra carrera. Escuchen nada más cómo comienza: “La lengua ayuujk/ acomodó en los surcos de mi memoria/ palabras que germinan en el árido campo/ de la ciudad.//”.

Juventino mismo habla de la dificultad de aprender una nueva lengua y domarla: “Mi cerebro es una cárcel de ideas/ donde dos lenguas entrechocan./ Nombré la luz en ayuujk/ –Shëëw–/ y se atravesaron estruendos/ de otra lengua, que golpearon mis oídos/ con camiones, metro y tamborileos de coches.//". Y así, en español, el poeta nos muestra su dominio, al describir su infancia entera en tres versos: “El campo/ hizo sangrar/ mi infancia//".

Capaz de encapsular el recuerdo en letra, Juventino retrata a su familia, como es tradicional, comienza por su padre: “Mi padre es un hombre callado./ Posee el silencio de las piedras/ aún ante la cadencia del viento/ que los echa cuesta abajo./” Y ese amor dulce que guarda en la memoria ayuujk de su madre: Algunos campos/ tenían la belleza/de mi madre./Sin duda/ fui sembrado/ en un hermoso campo. Pero todo tuvo un origen y allá en las serranías de Oaxaca, se reconoce y se respeta a los viejos por su sabiduría. De su abuelo dice que era un Chamán: “Xëmabëë// Mi abuelo sabía leer el destino:/ arrojaba puñados de mazorcas hacia arriba, / y el futuro desdichado se buscaba en el aire./". En otro poema termina de describirlo, con ojos de niño: “Yo creía que mi abuelo/ era el más viejo de todos los tiempos/ creía que él había visto nacer montañas,/ creía que él conocía a Dios / del que tanto  hablaba mi madre/ pero no, mi abuelo sólo era viejo lenguaje, / hombre que sabía nombrar las cosas:…/”.

Y tras leer este libro, puedo asegurar que Juventino heredó varios rasgos de su abuelo. Adelante pues, Xëmabëë, ya que corre la savia por tus venas, devuélvele al Ayuujk su canto. Devuélvele su derecho a aparecer en la literatura de nuestros días.

Hay tanto por hacer, tanto que seguir defendiendo, tantas palabras que necesitan ver su destino. Y es a poetas como tú a quienes el viento, el arroyo, el campo y el eco de las montañas, les han asignado esa tarea. Sigue adelante.

 

 

Selección de poemas

Juventino Gutiérrez Gómez

 

Inauguración

Todas las calles

         tienen su historia

y sus muertos.

 

Esta mañana

       la calle de mi casa,

recién asfaltada,

       estrena su historia

con un adolescente

      de cerebro escurridizo.

 

 (Del libro: Alfombra roja)

 

Efeméride

Los muertos nacen

        de los escombros,

                             de alguna plática,

        entre las páginas

                             de un periódico,

       entre las raíces

                            de los recuerdos

      y vienen a brotar

                           en lágrimas

                                     de sus familiares.

 

 (Del libro: Alfombra roja)

Héroe

Compatriotas:

                    ese hombre murió

                                          no por la patria

                                                              sino por la bala.

 

 (Del libro: Alfombra roja)

 

Habilidad

Rodin:

         tus esculturas

        fueron superadas por el artista moderno,

        quien esculpe a plomo su obra de carne y hueso.

 

 

 (Del libro: Alfombra roja)

 

Receta

Después del almuerzo,

           sin un horario,

sin una mueca,

          una dosis de plomo en la nuca,

otro tanto en el cuello,

         dos porciones en la tetilla izquierda

y una más en el hombro derecho,

la toma perfecta

para

           caer

                      rendido.

(Del libro: Alfombra roja)

 

Cruz y ficción

Señor:

          tú que entregaste a tu hijo,

                      jugoso cordero al paladar de los asesinos,

         y absolviste el pecado de los inmisericordes,

                     así, pido libres de culpa a este poeta

        que se dispone a crucificar a tus hijos

                    sobre una cruz de palabras.

(Del libro: Alfombra roja)

 

Ninfómana                               

Leticia, no te bastó

                     que el obeso cuerpo de tu esposo

te arrollara toda la noche:

                    decidiste salir a buscar

los encantos de unos neumáticos.

 (Del libro: Alfombra roja)

 

 

In memorian

Diógenes,

                      por ser el docto del pueblo

pides que a tu muerte

                     te edifiquen una estatua

y la acomoden dentro

                     de la rotonda de los hombres ilustres:

                                                                          sueñas bello amigo

                     no obstante, aquí en la ciudad de México

a lo mucho que puedes aspirar

                    es que tu muerte se exhiba

                                                                 en el periódico La prensa.

(Inédito)

 

 

Jits yijk jämiajtsp

Diógenes,

                       ku mejts natsijyi m´ixpikyi

m´amitëjpy ku winajts m´ëjky

                       jits tsijk pitëjktip tujk ja tsää tsejty mä jam wumpojk pyitsëmp

jits t´pijktääjktip jap mä ja jääy y´ët´të miti tiy ijxpëknäjxti:

                                                                             tsujkoni mejts mikujk mkumäjy

                   ja ku ka xnimatëynim, ku ixä nëwëjm

ti jatinëjn myijk moojp jits nëjkim mnayjääjwiyip

                  ku jam ëjky jap pyitsëjmp

                                                  nejkyjetspy miti xëëw La prensa.

 

 

Pesa la costumbre

Mi madre, tierna hoguera

espera a mi padre

hasta media noche

mientras los perros construyen

una muralla de ladridos

contra el mal augurio.

Mi padre no llega,

aún construye ese puente

que lo regresará pleno

a la hoguera de mi madre

quien termina por consumirse

nuevamente esta noche.

 

(Inédito)

 

Jääp jatën ntsinäyim

Jan täjk, unjk jën

ximi awispy kojtsnaajx

jits jan teejts y´jätpj

jits jakam yi ujkti

jënts muty yik pitëktip

mët ja wyojtäjktë

jits ka nyäsp ja wenjk wunmäny.

Kajp jan teejts yjääts,

pi jamnim ja puente ja tsijk ëyi

miti wääjts yik wumpetiyip

jatikok jam ntäjk yjätäjkjetps

pën yät koojts

jatikok ixäm tsënyas.  

 

 

Guarida

Cuando los animales

          recogen sus cuerdas vocales

de los árboles,

         de los tejados

de los maizales:

                       están guardando

                                            mi lenguaje.

 (Del libro: Kong´oy)

 

 

Konmuujky

Ku yi jiyuujk

          tkonmuktë yiy äw ayuujk

jam kipy kyëxp,

         jam tëjk kixpy

uk jap moojkjotp:

                     jan äw jan kutujk

                                            yi kionmujktëp.

Kong´oy omnipresente

También vivo

          entre los verdes altozanos.

Soy el espíritu del monte,

          lluvia que cae a pedradas

sobre la memoria de los mixes;

         viento que trenza

los movimientos de las milpas

         y, a veces,

                               relámpago:

                                                  claridad de este pueblo.

 (Del libro: Kong´oy)

 

Ëy ëmä ja Kong´oy tyënë

Nayi jaten ëjts jan tsinatsääjk

           jap n´päjts, tsujxk jitun jëtsp.

Ja ujts animajäw ëjts,

          ja tuuj miti kä´äp säm ja tsää

jap ayuujk jääy kyupäjkijxpytsi;

         ja poj miti tsiajkpy

ja moojk äy

        jits juun´jats,

                  ja witsujk:

                             miti kyunojktajkpy yi ayuujk kääjp.

 

 

Primera construcción

A lo lejos, una casa y su sombra

es una casa vieja

nació entre milpas y arroyos

bajo techos de estrellas

con las risas de una familia.

El tiempo todo madura

y maduraron esas familias

en otras casas, en otros entornos.

Cuando un temblor pasa

la casa recuerda su corazón

y palpita por breves minutos

mientras se desmorona

la fortaleza de sus ladrillos

y otra grieta surge en sus paredes

separándola así de la vida.

 

(Inédito)

 

Ja të´ëjk myijawyën

Xeem awemp, tujk ja të´ëjk mëët jay ap

apääjk të´ëjk yë

moojk jëtspy nëëj jetpsy

jits määtsä patkijpy yi ojts kiajx

mët ja xontääjky.

Yi et tukiyi yi tsijk majääyi

jatën ja jääytsë ojts miajäänitë

pijky kääjpxixpy apijk tijkjëtspy.

Ku ja ujx nyajx

yjäämyetypy yi të´ëjk jay jot

jits y´atëjtspijk tutäjky

jits jay jënts muuty

kiaotëjkë

jits jatijkojk nawiaxiyi

jatën yi të´ëjk kiutäätejki.

 

Nacimiento visto desde Kong´oy

La cultura mixe nació

como se piensa una idea,

despacio,

          despacio,

y guerra y muerte

floreció después.

 

 (Del libro: Kong´oy)

 

Yitën ja Kong´oy t´extääjky ja juky´äätën

Yitën ojts yi ayuujk

kääjp tyontäjk

säm yijk pawunmay

tujk ja wunmäny

tutääjky,

          tutääjky,

jits ixok´nim ja ojk´kën jits ja tsep

ojts pyëtëjkitë.

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