Antonio Guillén

 

Al recordar a Dante (cuya pasión fue capaz de atravesar los anatemas de su época) y más específicamente, aquel círculo del infierno en el que Francesa de Rímini y Paolo Malatesta comparten el martirio perpetuo de la tempestad, me pregunto (y nos pregunto): ¿Qué encontraríamos al descender al segundo círculo del infierno hoy? ¿Seguiría vigente la posibilidad de castigo para quienes persiguen su deseo? ¿Podríamos angustiarnos, en un tiempo en el que “el más allá” resulta inverosímil, o peor aún insignificante, confrontado con la idea de vivir el momento?

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