Los ojos negros de la noche

 

 

Los ojos negros de la noche

Hiram Barrios

 

Cuando un hombre está durmiendo tiene en torno, como un aro, el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Al despertarse, los consulta instintivamente, y, en un segundo, lee el lugar de la tierra en que se halla, el tiempo que ha trascurrido hasta su despertar; pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse.  

MARCEL PROUST.

 

La imposibilidad de conciliar el sueño, o bien, soñar despierto, suelen ser los síntomas habituales del insomnio. Marcel Proust ha legado una imagen acuciante del insomne: un hombre que, revolviéndose en el lecho, es presa de evocaciones y reminiscencias.  La primera entrega de En busca del tiempo perdido inicia con las ensoñaciones de un narrador-personaje situado en un lugar incierto entre la vigilia y el sueño. La noche será así el lugar de encuentro entre el hombre y sus recuerdos.

 Los ojos negros portada

Para quienes el sueño está vedado, toda noche ha de ser proustiana: a veces quimérica, a veces reveladora, pero siempre una inquisición. Los ojos negros de la noche (Surdavoz, 2019) de Roberto Acuña parecen provenir de una, o varias, de estas noches. Se antoja como una suerte de “diario de un insomne”, una memoria poética que abordase las sensaciones que se acumulan —ya en la ensoñación, ya en la somnolencia— tras un largo (o al menos punzante) periodo en vela.

 

Conforman el libro diecinueve poemas cuyo punto de partida, ya se intuye, es la noche. No se trata, por supuesto, de una descripción o una loa de dicho lapso sino, más bien, de una introspección que se gesta desde la oscuridad, desde el silencio; la búsqueda de la palabra en la penumbra. Así, el poema que inaugura el poemario, “Plenilunio”, asemeja una especie de conjuro. El poeta lanza una plegaria que ha de entenderse como un rito de iniciación, como una invitación noctámbula. No es un apacible viaje alrededor del cuarto, sino la expedición nocturna, casi secreta.

 

 

Saltan a la vista los vocablos que van engarzando este primer poema, “Plenilunio”: suicidio, tiniebla, ruinas, infiernos, tristeza, obscuridad, orfandad, exilio, vacío, laberinto. Las primeras palabras de la invocación parecieran anunciar un camino insufrible. Y a pesar de ello, el poeta avanza. Quienes conozcan Tarde en recordar (UANL, 2016), obra anterior a esta apuesta, acaso sentirán un aire de familia. Nuevamente un yo-lírico auscultando un sentimiento de orfandad, de vacío. Los ojos de la noche, sin embargo, toman otra dirección. Si Tarde en recordar se sitúa en el pasado, este nuevo poemario lo hace hacia el futuro. Avanza. Este libro, pese al parentesco que sugiere con el anterior, no es una continuación, ni “clausura” una etapa en la trayectoria de Roberto Acuña, sino que abre nuevas posibilidades. Hay un manifiesto vedado desde el primer poema, un posicionamiento que preludia el tono que habrá de seguir en el poemario: seguir adelante, avanzar. 

 

El segundo poema, “Génesis”, perfila un salvoconducto para librar la noche: la escritura, que es a un tiempo la “Venda en la herida” y el “círculo […] que horada la penumbra”. Si la noche se posa sobre el poeta, será la palabra la encargada de iluminarle los ojos. Nótese el relato implícito —o, mejor dicho, subrepticio— que Acuña construye: un yo-lírico que, en primera instancia, invoca a la noche para, después, confrontarla; un yo-lírico que se adentra en la noche como si recorriera su consciencia. Si cada poema construye un sentido, no significa que éste se agote en sí mismo, pues la lectura en conjunto ofrece otro sentido.

 

Acuña no evade la multiplicidad de sentidos figurados que descansa en la noche. En otro poema, por ejemplo, la convierte en un objeto de deseo:

 

Acaricio su oscuridad con mi boca.

La medianoche comienza

al poblarla de tus paisajes,

de ese vibrar tuyo

que todo crea y destruye.

 

Uno de los aciertos del libro, me parece, radica en la forma peculiar de erotizar, no sólo la noche, objeto principal de escrutinio, sino también el discurso. El fragmento antes citado forma parte del poema “Metamorfosis”, y es un ejemplo de un registro que recuerda una línea erótico-poética trabajado en México por poetas como Tomás Segovia, que acaso pueda contarse como una lejana pero latente inspiración de este poemario.

 

El insomnio anida en el poeta y acusa el yo-lírico: “pestaña a pestaña te me entierras”. No hay nirvana. Cada noche se repite un ciclo: muerte o renacimiento o, para usar palabras del poeta: incendio o paraíso. La noche puede aluzar o entenebrecer. Y el poeta prueba lo mismo el incendio que el paraíso en un movimiento pendular.

 

 

***

 

La naturaleza de la literatura es el lenguaje. Si bien me he enfocado en la manera peculiar de abordar el tema de la noche, no quisiera concluir este acercamiento sin destacar el tratamiento de la palabra. Descuella este poemario por la selección del vocabulario, la creación de imágenes sugerentes y, sobre todo, la conciencia sonora. La metáfora, ya anunciada desde el título, será el andamiaje retórico, la arquitectura verbal, que sustente al poemario; la aliteración, por otra parte, procura un verso eufónico: la poesía hecha con un principio de acústica. Basten un puñado de ejemplos:

 

Sangra el mar sereno de mi sangre

 

***

 

A lo lejos, te sueño en un sueño sitiado.

 

***

 

Verde furor que anega mis venas.

 

***

 

Se encienden, se dislocan sus vocales.

 

Ignoro a qué voces Roberto intenta homenajear con este libro, pero me arriesgo a mencionar unas presencias que he creído advertir: primero, el ya mencionado Tomás Segovia, aunque sólo funcione como punto de partida para arribar a otro puerto; segundo, Juan Manuel Roca, de quien Acuña parece tomar aquello que Marco Antonio Campos llamó “suavidad rítmica”: un gusto por la metáfora y la imagen cargada de sonoridad (por otra parte, la oscuridad, la sombra y el sueño han sido temas recurrentes en la poesía de Roca); y, por último,  Xavier Villaurrutia, de quien toma el epígrafe con que inicia el libro y cuya presencia se advierte en varios momentos. No sería descabellado incluir Los ojos negros de la noche en una tradición poética que deviene de algunas de estas voces.

 

 

Dos poemas de Los ojos negros de la noche.

 

 

Metamorfosis

 

Cada noche es una pequeña eternidad,

un reposo del tiempo.

En mi cuarto, habitado por ti,

la noche está abierta y en tregua.

Acaricio su oscuridad con mi boca.

La medianoche comienza

al poblarla de tus paisajes,

de ese vibrar tuyo

que todo crea y destruye.

Eternidad dentro del tiempo,

Edén en medio del derrumbe.

 

Un tordo vuela en círculos

sobre tu cuerpo, desciende

y va picando en silencio

su corazón entre tu vientre.

 

La boca de mi mano acaricia

el tacto de tu pubis.

Desperezas tu cuerpo,

horizonte abajo.

Un torrente de mariposas

agitan el sueño de sus alas en tu sexo,

danza de gruta,

sacrificio de dislocado bosque,

de febril febrero.

 

Una sed mineral humedece tu espalda,

escurre el sudor mi nombre,

eco cóncavo de tus caderas.

 

De tus glúteos mi tacto,

la flor del olfato muerde tu locura.

Se agitan y escurren los caimanes de mi boca.

 

Mi lengua naufragio y sed.

Soy el artesano de las órbitas de tu deseo,

obrero de ti misma. Cegador de soles.

De los olores nocturnos soy tu orfebre.

Mi oficio está en tu cuerpo

y en los abismos de tu ingravidez.

 

Barro en desvelo,

mojas con cada surco tuyo

el horizonte y los trabajos

de mis manos.

Negra estrella alumbras mis huesos.

Me engarzo a tu orgasmo,

torcido animal del deseo;

hipa y se desangra hasta su “no puedo más”.

 

En los dedos de tus pies

un hormiguero atiza el incendio

que consume el mañana.

Me besas,

la claridad reposa en la sombra

arqueada de tus talones.

 

Labio a labio oscurecemos,

somos selva, negra llama del río,

grito de corazón mordisqueado,

serpiente sangre,

luna de obsidiana,

cuerpos chapoteando

en el denso lago de la noche.

 

 

 

 

Hoy escribiré un poema para mañana

 

 

Hoy escribiré un poema para mañana,

cuando el rocío se haya fugado de las hojas,

y los alfabetos sean pájaros de ceniza,

vuelo

sin cielos ni rutas.

 

Con una futura tristeza hacia el pasado

el polvo puliré de los olvidos,

letra a letra

iré tirando pedazos de pan

por un camino sin brujas

ni ogros o niños.

 

Hoy o cuando nada quede

se derramará en el silencio

de los hoteles vacíos

y en los esqueletos de las calles

y en el cadáver y en las soledades del amor

la tinta, la mancha de este grito,

la urgencia de la semilla

por ser pétalo,

el sueño de un monstruo,

desnuda espina,

laberintos del solitario,

espejos de mí, sin mí.

 

Cuando nada quede,

¿se derramará aún el eco

de lo que nunca dijimos?

¿Los jardines y las grutas de nuestra carne

aún reirán la memoria de su desnudez?

 

¿Qué tranquilidad en la fuente

o en esas hojas de húmedo sosiego

recordarán el incendio del agua,

las maderas combadas de la marea

del aliento y las sales de nuestras sombras?

¿Qué vasija amortajará los restos de un cuento

y el atisbo de un poema?

¿Quién nos cantará

cuando la amnesia haya regalado

el sosiego al último poeta?

 

¿Qué letras se habrán perdido

con la derrota de nuestros labios?

¿Qué sonido se habrá quedado desdentado?

¿Con qué caries, tu nombre?

¿Con qué terquedad el mío

y la raíz sin fruto ni árbol

del ahora, del empedrado

en que aún no caminan estas palabras

dichas para nadie, porque nadie aún

carga, ni cargará jamás con su futuro

ni con el clavel ni la viga de su dolor

ni con la pérdida y la desesperanza

que es mirar las sombras vacías,

la frescura deshabitada

de las lágrimas del último

paraíso de su historia?

 

La carne inmóvil, presa de sí, no de otra,

enemiga de sí misma morirá enemistada.

Huerto cerrado a la alegría,

espada viva entre la piel dormida,

vergel sin hojas ni zumos,

sombra estéril será, serenidad sin paz,

viento seco y desarmado.

Serpiente, oscuridad de luz

puesta a secar

con todos sus venenos hibernando.

 

¿Qué río recordará tu silueta y este sueño

fatigado de repetirte noche a noche, 

de esperar una ventana por fin abierta

y un cuerpo desnudado de su propio cuerpo,

ávido de su propia dentellada

y de su sed de tiempo y muerte,

y carcajada y vacío;

sed de ser por y en el deseo,

rubio malecón en espera

del ahogo de sus ebrios marinos?

 

¿Cuál olvido cerrará por fin nuestra boca?

¿En qué mes del año dejaremos de suicidarnos?

¿En qué mes quedarán destrozadas

las rodillas del último día?

O tal vez la vena abierta de sus horas

sangrará hasta dejarnos lívidos y temblando

en el último gemido

y en la última virgen y león del alba.

 

Hoy escribiré un poema para mañana,

hoy que ya es y fui

y demasiado…

y no

y nadie

y tú

y es siempre y es siempre,

pero siempre nunca, nunca y tarde.

 

 

Roberto Acuña. Los ojos negros de la noche. Tuxtla Gutiérrez: Surdavoz, 2019.

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