Latinoamérica entre ladrones, policías y parias

 

Por Ana García Bergua

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“Siempre había imaginado lo que haría en una situación similar, cómo ese par de tacones representaban una desventaja para correr”, escribe en “Cobalto” Nilsa Martínez.

“Por el chisme de lo de la venta de drogas me corrieron de la escuela. Luego de un tiempo él salió del hospital, yo ya estaba en el Blue, ahí conocí muchos hombres, sobre todo polis, tus colegas: me ayudan a estar con él, aunque sea nomás por las noches”, escribe Norma Yamille Cuéllar

“El gordito se arremolinaba en mi alfombra llena de pelos del Kayser, además de polvo de días, ya que no había aspirado desde hacía como dos meses. De tanto darse vueltas acariciándose su mano ya tenía toda la cabeza llena de migajas de Kayser y pelos dorados. A pa’ pinches escritores. Estoy seguro de que a la primera chinga acabaría confesando que él había matado a Lady Di y hasta Trotsky”, escribe Iván Farías.

“Siempre me pareció estúpido ver a veintidós hombres corriendo tras una pelota. Durante el medio tiempo, cuando Antonio se acercaba a tomar un poco de agua, deslizaba la mano por su espalda empapada, bajo la camiseta, y le susurraba que había mejores formas de sudar.”, escribe Iris García Cuevas.

“Dicen que hemos matado a cuatro, y yo estoy seguro de que es mentira. Nadie se muere por un par de golpes en la cabeza. Se morirán de otra cosa, del susto, quizás.”, escribe el cubano Lorenzo Lunar

Y así podríamos seguir haciendo una pequeña antología de frases muy afortunadas en “Latinoamérica entre ladrones, policías y parias”, el número más reciente de Blanco Móvil: en él podemos leer un interesante y variado grupo de narraciones en las que el sustrato multitudinario de violencia y pobreza que asuela a nuestro desdichado continente se manifiesta de muy distintas y creativas formas. Narrativas provenientes de Argentina, Guatemala, Uruguay, Cuba, México por supuesto, cuyas distancias geográficas resultarían muy cortas a la hora de contar un fenómeno que iguala en sus desdichas a grandes territorios del mundo: la violencia de la multitud y la pobreza, las pequeñas venganzas, la corrupción y los abusos policiacos, los submundos del crimen y las drogas que son cada vez menos subterráneos, la crueldad de la muerte impuesta y su pérdida de peso y significado. El clásico género policiaco o el más turbio noir, con su pregunta de “quién lo hizo” y sus detectives melancólicos y ambiguas han tenido que adaptarse a una realidad cada vez más oscura y compleja donde los lindes entre el policía bueno y los delincuentes malos están desdibujados desde hace tiempo y la literatura tiene que abrevar de manera irremediable de la nota roja y la crónica periodística, de una realidad que en su horror mucho tiene de ficticia. Estas narrativas complejas y cada vez más actuales lanzan sus oscuros destellos escarlata al lector en este número de escalofrío de Blanco Móvil, la revista que desde hace tantísimos años dirige contra viento y Marea Eduardo Mosches.

Autores como los citados, entre muchos otros como Iris García Cuevas, Rebeca Murga o Carlos René Padilla, junto con otros de generaciones menos recientes como los argentinos Miguel Ángel Molfino y Guillermo Orsi y el mexicano Guillermo Rubio, o jovencísimos como Darío Zalapa, exponen las realidades dolorosas en las que se ahoga tantísima gente. La tradición de la novela negra y su lúgubre glamour han quedado quizás sobrepasados por un mundo en el que no parece haber otras alternativas más que las de contar y recontar esta violencia que no cesa y preguntarse por sus sinrazones. Este número de Blanco Móvil abarca también otro subgénero de la narrativa que sería el cómic noir de gran factura, a cargo de Edu Molina, de quien son las excelentes historietas e ilustraciones.

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