Cien volando: El mundo, entrecasa

 

Que no nos confunda el título con la anticipación de una oda al eterno poeta adolescente, al niño terrible que, tristemente, ha servido como conceptualización e idealización de cierto “malditismo” o nada más que para reducir y desgastar un rol modélico de la poesía (y, por extensión, del poeta) hasta representarla como una travesura bella pero inocua, rebelde pero temporaria, sentida pero olvidable. Aquí la autora no le dice adiós a esa figura con un aire de nostalgia sino que más bien entraña un desencanto existencial y un desacato femenino respecto a los ídolos incuestionables/incuestionados de la poesía universal. Nadie osaría meterse con Rimbaud, su solo emplazamiento sería juzgado como retrógrado e insensible, como ajeno a una poesía ya institucionalizada, consumada, inmóvil. Nos guste reconocerlo o no, toda aquella mitología conveniente del poeta rebelde se ha mantenido vigente, casi por inercia, como un estandarte, acaso como un bastión o un justificativo ante los enemigos del hecho poético, tanto desde géneros más rentables dentro de la propia literatura como desde la condescendencia tácita de las sociedades modernas y capitalistas hacia el arte.

 

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Pero Carmen, (le digo así con confianza porque esa es la complicidad que permiten establecer sus versos) encuentra otro territorio para edificar su poética. Frente a dicho contexto la audacia: Avendaño conversa con el Rimbaud de carne y hueso, por momentos lo regaña como a un mocoso y a ratos desprecia veladamente al pelafustán en que se convirtió y, a partir del acto de debatir al ídolo, emplaza a toda la tradición poética –eminentemente masculina, aventurera, egomaníaca– erigida sobre el supuesto de la intocabilidad del poeta francés, y lo hace a través de un recurso tan hábil como simple: la actualización del mito. “Si Rimbaud viviera hoy”, se pregunta en el título del poema,  “¿Lucharía al lado de las tropas palestinas? / ¿orinaría en la puerta de Monsanto? / ¿se amanecería en el nintendo? / ¿estudiaría inglés y computación?”.

Estas interrogantes engendran otras: ¿qué hace rebelde a un rebelde?, ¿sería posible tener ahora,  en esta sociedad, un poeta tan genial como precoz e incorrecto?, ¿dejaríamos que ello suceda? El desplome de un monumento quizás no signifique su muerte sino su humanización.

“Soñar la propia vida”

Es curiosa la transición de la experiencia migrante en México, el cuestionamiento juvenil de esa dislocación, a la tensión con las letras propias y ajenas (y ante el Rimbaud totémico), la toma de distancia (¿inevitable?, ¿total?) del mundo literario desde una (a la vez) fascinada y consciente maternidad y el repliegue hacia la casa-refugio, a veces casa-búnker o casa-trinchera. Estamos ante una autobiografía sugerida, traslapada, incidental. En lo formal, y en sintonía con buena parte de la poesía chilena del siglo 20 y 21, es clara la convivencia de una saludable pero medida dosis lírica, erudita, con enunciaciones más bien coloquiales, (post)modernas, que enriquece el diálogo y matiza los pasajes tonales de Adiós Rimbaud.

Puertas adentro

Un aspecto fundamental en este texto es el de lo que podríamos llamar “una cosmovisión doméstica”. Por elección o destino, la asunción de la vida hogareña traza un péndulo entre dicha y condena, entre renuncia y escape, entre fascinación y angustia. La persona-autor que establece las diatribas y monólogos elabora un cuidado juego de palabras, imágenes y metáforas y muchas veces recurre a un sarcasmo exquisito:

 

El qué dirán

Dirán los antiguos amantes:

“Tenía el culo fácil y el corazón difícil”.

“Se casó y tuvo un hijo”

Léase ya no es la misma

Léase ya no es joven

Léase nunca fue mía.

Dirán los compañeros de juerga:

“Era rápida para tragar y lenta para digerir”.

“Se casó y tuvo un hijo”

Léase ya no es la misma

Léase ya no es joven

Léase nunca fue de las nuestras.

Dirán los literatos:

“Para ser mujer no escribía tan mal”.

“Se casó y tuvo un hijo”

Léase ya no es la misma

Léase ya no es joven

Léase nunca fue poeta.

Y ella les dará la razón,

extraviada en la cocina de su casa

cual Rimbaud en el desierto africano.

 

Avendaño revela un lugar desde el que escribir (por momentos, a la manera de Clarice Lispector o de Wyslawa Symsborska): el universo doméstico como summa  y reflejo del cosmos, a veces como contracción o refugio del mundo, pero también como territorio de crítica e interpelación del “otro” mundo, el exterior (¿el de los hombres?), el que asumimos más grande, más importante y más trascendente, pero que en sus raíces se alimenta de cada pequeño acto, de la rutina entrecasa.  Y precisamente de los episodios de la vida cotidiana se desprendan los poemas, naturales: “la poesía es como barrer, / inútil, en este cochino mundo, / pero necesario”; de  la crianza de los hijos: “Mi hija lo arruga todo. / Como si quisiera hacer converger en ella / cada línea del universo.”; de las renuncias que muchas veces impone la familia: “Por la ventana de esta casa ausente / observo el mundo del que me despedí / para vivir contigo”.

Hay en cada poema, un acto de fe, un conmovedora indagación de lo vital.  Como en el poema Antes de la palabra, esta lectura es una voz que nos crece dentro. Lamento no consignar aquí mayores datos técnicos o editoriales, ni el precio de los ejemplares ni sus lugares de distribución. Estas impresiones no deberían adscribirse a un tiempo determinado.  Entiéndase, esta reseña no es una publicidad sino un homenaje.

 

Vadik Barrón Rollano (Moscú, Rusia,1976) cantautor y escritor boliviano. Ha publicado los libros de poemas: “Cuaderno Rojo” (2002), “iPoem”, (Yerbamala Cartonera 2008; Catafixia Editores de Guatemala en 2011), “Rocanrol y Canciones del Futuro” (Plural, 2011), Mención de Honor en el Premio Nacional de Poesía de Bolivia, “Los Espejos Sonoros” (Editorial 3600, 2014), “Tragaluz” (Editorial 3600, 2016) y “Matrioshka/Tren a la Isla” (Editorial 3600, 2017), “Maniquí” (Editorial 3600, 2018) y el libro de prosa “Minoría Absoluta” (Editorial 3600, 2014). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal con el libro “El Arte de la Fuga” (Plural, 2014) y el Premio Nacional de Poesía Franz Tamayo con el libro “Espasmo” (Editorial 3600, 2019). Ha participado en festivales y antologías nacionales e internacionales. Colabora con distintas publicaciones culturales bolivianas e internacionales y organiza el ciclo de lecturas Letra Viva en La Paz, Bolivia.

Como cantautor solista ha editado los discos: “Astronauta” (2007), “Minimalia” (2008), “Los Diarios” (2009), “Ovni” (2012), y “Efectos Personales” (2014), “Tragaluz” (2016, DVD + Libro) y “Agua” (2016) y “Suite Bee” (2018). En los últimos años ha ofrecido conciertos en escenarios de Bolivia, Perú, Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Alemania, España, Francia, Suiza y Dinamarca.

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