Rara Avis

Pura López Colomé

 

Extraña, rara ave resulta quien hoy día recurra a la poesía como conformadora de mundos no imaginarios ni ficticios, sino poseedores de una cierta tangibilidad, susceptibles de comprobación cabal por vía de la metáfora. Todo aquel que pretenda precisamente crear mundos, para ser un verdadero poeta, tiene que merecer el nombre. No es fácil, y menos hoy, cuando hay juventud que, si llega a leer, es no por placer o por atracción ante el poder oculto en la connotación, sino en busca de originalidades o lugares comunes, en busca de usos o significados “singulares” yuxtaposiciones o lapidariamente “exhaustos”.

Kenia Cano se ha lanzado con su más reciente libro al pozo profundo de estos aires, valga la sólo aparente paradoja, con dos tipos de alas: las del ave y las del pájaro, unas hechas de pluma para escribir y las otras para pintar, ofreciendo una doble lectura. No creo que sea gratuito que los poemas se agrupen bajo el título general de “Las aves de este día”, mientras que lo que puede ser una convivencia de tinta, dibujo, acuarela y grabado pertenezca a la familia más contundente, menos plural en sus posibilidades de sentido o su ars combinatoria – y vista bajo esa lente, más perteneciente al reino de la prosa-, que la autora se ve obligada a prender ante nuestra vista con un alfiler: “Éstos son los pájaros”.

Más allá de lo que constituye su propio y tradicionalmente definido sistema de sonidos entrelazados, su individual vehículo expresivo, en los dos lados de su moneda Kenia cuenta con espíritus tutelares, a quienes, según mi lectura, rinde homenaje siguiendo el camino abierto, interminable, trazado por su alcance visionario: para ser peregrino hay que poseer fuerza para aguantar los rigores del camino y, sobre todo, tener fe. En el primer ámbito, preeminente o no, según el lector-observador u observador-lector lo decida, la poesía se desenvuelve bajo la tutela de T.S. Eliot. En “Burnt Norton”, primero de sus Cuatro Cuartetos, poema insuperable, de amplísimo aliento si los hay, piedra fundacional- puesta ya casi un siglo- de nuestro edificio poético contemporáneo, Eliot escoge una casa señorial consumida por el fuego para ubicar su hortus conclusus, su jardín secreto, su edén (¿subvertido?). Al centro de su jardín de rosas se alza una Virgen-Venus, mezcla de inocencia y deseo, a quien él de alguna manera se dirige oscilando en medidas temporales dictadas, más que por el reloj, por la palabra. “Mis palabras hacen eco en tu pensamiento”, le-nos dice, sin perder de vista que “otros ecos pueblan el jardín”. Y son ecos múltiples los que emite Kenia quien, al centro de su propio huerto, ha optado por sustituir a la figura emblemática de Eliot por un laurel, árbol a su vez muy rico en cuanto a alusiones mitológicas y simbólicas, presentes en más de una tradición. Su laurel, antes que nada, se yergue como el milenario árbol indostánico, fuente de todos los mantras, que dio a la humanidad el don de las lenguas, ofreciendo en cada una de sus hojas una letra, una sílaba, un vocablo: “como la palabra hubiera…”; el poeta, después de descansar, acogerse, dejarse cobijar por el follaje, será quien tenga la tarea de ingerir sus hojas, dejándose poseer por un delirio oracular, nada menos que propio de las sacerdotisas délficas. No otra cosa pretende la más alta poesía: echar mano de sus poderes convocadores, evocadores, proféticos. Estirando, no sé qué tan consciente de ello, estas capacidades en ciernes, dice y omite Kenia, llevada por el despersonalizante flujo poético: “Hace tiempo escribí: Afuera sólo hay animales muertos/ Hoy esta lluvia agoniza frente a mi puerta/ ¿Qué tiene que decirme?/ De los amantes /que se cumpla el presagio/mientras sus lenguas se perforan/ y ese animal que es el deseo/los penetra/Que se cumpla el presagio/ que encarnen los días muertos/ mientras se redimen entre gotas de sudor/ y su piel no es más un río seco/ Escribí: Afuera sólo hay animales muertos/ y no escribí: se arrastran   me recuerdan a los hijos del mundo   sufren   escapan  no presienten su muerte   no tengo por qué verlos morir”.

Después de significarse, simbolizarse, la Poesía con mayúsculas grabadas en su tronco, sus ramas, su corona, pasa a dar a luz a las aves (para que el batir de alas libere al cuerpo), que a su vez llevarán sobre las alas –su propio follaje del follaje – la carga metafórica del deseo, que oscila de la condición mortal al tiempo que la limita, que viaja del canto al silencio. Atenta a las reverberaciones del jardín, el ave de Eliot exclama: “De prisa, hállalas […]” Y casi víctima de un desmoronamiento de sentido ante semejante aspiración, se pregunta: “[…] Allá en nuestro primer mundo, ¿habremos de seguir la decepción del zorzal?” Encarnando esta ave el engaño, siendo capaz de imitar el trino de cualquiera de sus congéneres, para que el hombre no se abisme pendularmente entre la necesidad y el placer, el poeta lo hace volver a sus cabales, a no perder de vista su condición de no-ave recomendándole: “Avanza, avanza, dijo el ave: la condición humana no puede soportar demasiada realidad”. Kenia, dueña de un nuevo aleteo, trabaja a su modo el terreno arado por Eliot: “De prisa dijo el pájaro/ y el hombre se levantó al llamado/ En el centro del mundo los pájaros confían/ celebran si nos vemos/ si crecemos en el abrazo del otro/ si la edad se cumple en cada niño…” Dicho de otro modo, el deseo – entre las imágenes plurales del canto- nos mantiene concupiscentes. Romper su cadena interminable en busca de la satisfacción implicaría establecerse en lo que Eliot llama “punto fijo”; lo que Goethe antes que él llamó “el horrendo grito en torno a lo que acostumbramos nombrar silencio”; y que por su lado Kenia lleva un peldaño más allá descubriéndolo en un lugar, un locus amoenus, la madre de barro donde el árbol cava sus raíces, en virtud de un cambio verbal, un cambio de tiempo: “la tierra guardará silencio”, prorrumpe primero en cursivas, en un futuro de tono profético; y más adelante, en un subjuntivo, un incierto condicional, se reviste del tono propio de la plegaria: “Qué alivio si un día la tierra/ guardara al fin silencio”.

Para fortuna de la poesía de Kenia, y en calidad de favorable augurio, el faro de Wallace Stevens, ese otro espíritu tutelar, ilumina su camino –si bien intermitentemente- , ofreciéndole la posibilidad de aproximarse al enigma del mundo sin confundir el blanco principal de la observación. Sólo así la descripción se tornará en revelación. En lo personal, yo creo que esta vía poética para captar el prisma del instante, el porqué de nuestra angustia ante la inasibilidad del tiempo, encarna una de las más interesantes del quehacer de hoy. Así se atreven a hablar ya no de aves de altos o bajos vuelos, sino de pájaros y hasta pajarracos de carne y hueso, hormigas, insectos diversos, peces, abejas, incluso perros “con su carga de huesos” quienes prefieren lanzarse a pormenorizar al menos uno de los múltiples sentidos de las visiones de cada día, siguiendo los pasos de quien antes propuso más de una manera de observar un mirlo, sin la menor intención de que una zarza ardiente hiciera las veces de señal encendida. Sólo en virtud de esta vena expresiva, Kenia torna a los pensamientos casi seres tangibles, amantes que “han caminado bajo el fresno/ bajo el tabachín ya seco/ junto a la magnolia que no abre gracias a ellos/[que] Hoy no buscan milagros en los pájaros ni mensajes en los insectos”. Presenta un doble filo esta manera de calar, decididamente guiada por lo visual. Stevens sabía que el tránsito de la abstracción a “la cosa descrita”, que le permitía contemplar una desde el sitio de privilegio de la otra o viceversa, era la única manera de construir un mundo, el deseable mundo despersonalizado del poema: “Ahí estaba, palabra por palabra,/ El poema que tomó el lugar de la montaña.” Y por si alguna duda nos hubiera cabido respecto al lector, sin el cual el texto en realidad queda inacabado, concluye: “El lector se volvió el libro; y la noche de verano se volvió, entonces, el ser consciente del libro.” ¿Por qué, dada esta manera tan eficaz de llegar a la verdad poética, he hablado antes de un doble filo? Porque, a mi parecer, el ser de palabras y no de emociones o sentimientos que debe ser todo poema late, vive, desde su ritmo inherente, su combinación silábica, su tarareo interior, esencialmente musical, y requiere reciprocidad amorosa para con la voz misma, antes que para con la magia observada en torno. Dejarse hechizar por los cambios de luces exteriores es un riesgo que, al parecer, Kenia está dispuesta a tomar; tan es así que se permite meditar poéticamente respecto de los quehaceres del pintor, del poeta y de su propia persona con un poco de ambos: “Ella se sienta y duda si son signos/ o la poesía del mundo los tiene ya tomados/ escritos/ eso la atemoriza un poco…” Creo que ahora sabe que desde luego es la Poesía encarnada en Dafne, el culto a la palabra y no a la escena, lo que hace al “Sol de los Inicios” responder a su súplica. No es ella quien resolverá el enigma del deseo simbolizado en un árbol, un ser vivo con cuerpo (corteza) y alma (savia), al centro del hortus conclusus. La palabra tiene, tendrá, la última palabra. De ahí que los amantes vieran “al sol ocultarse detrás del laurel […]cómo la luz del centro se vaciaba[…]”pues era “la noche[quien] ardía en el árbol”.

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