Enrique Winter

 

hechizapoemas

 

Hechiza, poemas anticipados, Víctor Hugo Díaz,
Editorial VersodestierrO, México, DF, 2015

 

Víctor Hugo Díaz anticipa en México un próximo libro. Es el resultado de una obsesión que tiene hace algunos años con pensar la poesía de sur a norte. Recuerdo cómo empezó durante la década pasada con el territorio chileno, compilando poéticas de Iquique antes desconocidas en la zona central y hoy en permanente diálogo con el sur peruano, el oeste boliviano y los estados mexicanos. El desplazamiento hacia el norte, siempre arriba en el artificio de los mapas, es también notorio sobre el cuerpo del autor, que comienza el libro No tocar (2003) con esta declaración de principios: “Escribo caminando y me siento a corregir”. De los pies en movimiento subiendo al trasero quieto rumbo al norte de los ojos donde todo comenzó, porque debe haber pocos poetas entre los nuestros que confíen más en el ojo que Víctor Hugo Díaz. Para él no hay otro ingreso a la poesía que salir a mirar lo que sucede en las calles, y de tanto habitar estos pulsos urbanos siempre tiene algo que decir, algo que él mismo le exige a toda obra, discriminando de antemano las que se engolosinan con cualquier otra cosa que no sienta el clima de la experiencia colectiva. Eso que ve y denuncia es su bandera política, y dan cuenta de la precisión conceptual con la que la enarbola los títulos de los ciclos de lecturas que ha organizado, como “Cuerpo, mirada, palabra” y “Poesía, cámara, acción”. Pero el ojo está en quien va caminando, por eso las fotos que capta son borrosas y, aun en la exactitud de sus encuadres, la función comunicativa de las imágenes tiene cortes abruptos. En esa rudeza formal su poesía se vuelve difícilmente imitable, más allá de su vasta influencia, reconocida o no, entre los poetas más jóvenes.

Ya que Hechiza fue publicado allá, el primer verso del que tal vez sea el poema más citado del mexicano Xavier Villaurrutia, pero por un motivo distinto, por un juego de palabras que Díaz jamás suscribiría (“y mi voz que madura/ y mi voz quemadura/ y mi bosque madura/y mi voz quema dura”), me parece una síntesis de la atmósfera de toda la obra del chileno y, en particular, de Hechiza: “En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen”. En los poemas de Díaz sentimos que algo aciago está siempre por sucederle a los personajes y él se dedica a narrarnos el silencio previo. Escribe poemas porque, a diferencia de la narrativa que tiende a llenar los espacios vacíos a favor de la fluidez, Díaz corta el verso antes de lo que esperamos, nos hace conscientes de ese espacio en blanco, usa la unidad básica de la lírica para el suspenso del crimen que no llega en la página sino en la mente del lector. En Hechiza lo más inquietante es lo que el autor no dice, lo que deja entrelíneas, distinguible por sus saltos de estrofa y por lo que van sugiriendo los títulos de cada poema. “Lo único terrible sucede a plena luz/ a ojos de todos” es el epígrafe de falta (2007), “donde todos trabajan de dobles/ pareciéndose a nadie”, el final del segundo poema de Hechiza. Reparemos en esos dobles de riesgo que actúan la escena en la que no pueden herirse los protagonistas, sobre ellos escribe Víctor Hugo Díaz, sobre sujetos invisibles en escenarios invisibles y sin motivo (“pareciéndose a nadie”). Para verlos se requiere estar ahí, sin producir, afuera.

Sus versos son cortos, pero rara vez exentos de una imagen. Apenas la hemos visto ya estamos en otra, como la experiencia misma de la intemperie urbana. Lo que nos detiene cuando es necesario para la asimilación de la experiencia no es el ojo, sin embargo, sino el oído, a través de sus recurrentes y logradas aliteraciones (“El tono en que brama la belleza/ que se esparce por el suelo” escribe en “Área chica”). Díaz mantiene en estos poemas anticipados la tensión entre objetivismo y extrema sensibilidad que le conocíamos por sus libros anteriores. Así, en el citado “Área chica” alguien se corta la cara con hilo curado en el primer verso, para que luego nos veamos atiborrados de objetos que enumera en los siguientes con una frialdad que nos invita a una serie de conjeturas respecto del fierro cargado, la aguja de acero, el cordel de la plancha. Su estilo minimalista no ahoga los objetos, les permite resplandecer y con ello recordarnos cuan violenta puede ser su sola presencia doméstica. Con Raymond Carver comparte esto y la elección de un solo elemento por texto que perturba lo demás; como el pescado monstruoso entre los niños de uno de los cuentos del norteamericano, Díaz pone una silla de ruedas “en la esquina que forma la muralla/ del edificio recién construido/ y la fachada de la vieja botillería”. Es, de nuevo, la sola presencia de un objeto cotidiano la que desestabiliza el poema y el despiste rutinario de nuestra mirada.

Si bien podría considerarse la poesía de Víctor Hugo Díaz como una de la suspicacia –sospecha desde el sentido de sus propias divagaciones (“de qué hablábamos” escribe al cierre de “La vejez chilena”) hasta de las variantes del castellano que lo llevan a explicar al pie lo que entendemos por fome o hilo curado, y a definir “hechiza” en la primera página, me parece que, sobre todo en este conjunto y aun en consideración a sus balazos y autopsias, la suya es también una poesía de la esperanza. Cada poema pareciera prometernos otra cosa, como nos sucede cuando miramos el “sol de invierno” o el “arco iris”, tal vez los conceptos que él más repite aquí. Creo que este optimismo triste, por así llamarlo, lo sintetiza “Fotografía en la playa”, el largo poema final. He visto muchas veces a Víctor Hugo leerlo y siempre termina desolado: “Pregúntame por qué”.