Lazlo Moussong

 

El hecho de que yo disfrute de este sitio, que en cierta forma sigo considerando inmerecido para mí, es que cuando Juan Antonio Rosado Zacarías me invitó a participar en la presentación del CD doble con música de su padre, mi respuesta fue inmediatamente, más o menos:

–No puede ser, Juan Antonio. Yo no puedo alternar en esa mesa de homenaje a tu papá, en la que participan naturalmente profesionales de primer nivel de la música, cuando yo ya ni siquiera sé leer la partitura de una canción vernácula.

Él pulverizó mis objeciones cuando me dijo: “Precisamente, porque no eres músico y trataste en condición de alumnado a mi papá, quiero que tú participes y nos platiques algo de aquellos recuerdos”.

 

*
Debo dar algunos antecedentes. Yo también estudié en la entonces Escuela Nacional de Música cuando estaba en la calle de Londres y la dirigía el maestro Ramón Serratos. Esto fue, si no yerro, entre los años 1954 o 55 y 1957. En el tercer año yo desistí, porque me di cuenta de que, para mis aspiraciones creativas como compositor, ya era demasiado tarde y que no me quedaba otro camino que hacerme escritor.

Juan Antonio Rosado y yo nos veíamos en la escuela y nos saludábamos amables al cruzarnos en el patio y los pasillos, yo con una edad entre 20 y 23, en tanto que empecé a percibir que en él había una madurez de la que fluía la estatura interior de este señor, que yo veía siempre serio, concentrado, en lo suyo, de un aire confiado y confiable. Él andaría por los 33 años.

Pero nuestro primer encuentro real se lo debo a un asunto desagradable, y es que una pandilla de pillos y mediocres alumnos recién había ocupado la Sociedad de Alumnos. Entre sus primeras iniciativas, ellos tuvieron la de llamarme para reclamarme que yo había organizado un cine-club que funcionaba una vez a la semana en un aula de la escuela, pero no se trataba de colaborar para fortalecerlo y conseguir el disfrute de más compañeros. Puesto que yo cobraba una cuota que apenas me alcanzaba para pagar el alquiler de las cintas de 16 mm y el proyector con su técnico (con la autorización de los maestros Serratos y Pedro Michaca, mi profesor de solfeo), yo debía dar a esa pandilla de pillos un porcentaje de las entradas. Ya lo decía Carlos Marx: “La explotación del hombre por el hombre”, o nanológicamente, del estudiante por el grillo.

Les expliqué por qué ni tenían derecho ni era posible darles ese gusto, y tuve la intuición de que nos ahorraríamos la desagradable discusión que seguiría, porque ahí estaba antes de mi llegada Juan Antonio Rosado quien, por lo que escuché al entrar, había llegado antes que yo a plantearles una encomienda sobre otro asunto, del director Serratos, con quien él llevaba un trato estrecho.

Entonces Juan Antonio intervino en mi apoyo y, con la autoridad que fluía de su fuerza interior les dijo, sencillamente, que yo tenía razón, que estaba realizando una actividad cultural valiosa para los alumnos. Esto fue suficiente para que nunca me molestaran más, excepto con una ridícula venganza de voltear hacia atrás el pizarrón cada vez que anunciaba yo una función. Cabe mencionar, a modo de  mexican curious, que al presidente de esa Sociedad de Alumnos yo me lo encontré como tres lustros después. Él trabajaba en su verdadera vocación: era agente del entonces Servicio Secreto de la Policía (curioso, previsible y sin duda extorsionador  contraste).

Cuando oí la grabación de la voz de Juan Antonio en el CD, escuché cómo  él coincide casualmente, con precisión y brevedad, en por qué yo supe que ya era muy tarde para mí aspirar a compositor y debía dejar la Escuela de Música. Él dice con sencillez: “La música viene siendo como la gramática: algo que hay que conocer para anotar las ideas musicales”, así que la gramática musical era algo que yo ya no alcanzaría a dominar para desarrollar un lenguaje musical propio y, como yo pienso que un buen y verdadero escritor debe dominar a plenitud la gramática de la lengua para dar forma, sentido, estructura, contenido, ritmo y estética a sus ideas literarias, el músico debe también dominar SU gramática.

Quiero constatar sólo en aspectos muy generales —como muy gratos y privilegiados recuerdos, no con precisión e imposible textualmente— que a veces Juan Antonio se sentaba a mi lado un ratito en una banca del patio a platicar, y yo le hablaba entre algunas otras cosas de lo fascinado que me tenía la música sinfónica y de cámara que se estaba creando en los Estados Unidos, con tanta diversidad de tendencias, y cómo yo observaba que, al margen del folklorismo, muchos estaban en busca de una sonoridad propia estadounidense en su música sinfónica y (salvo excepciones) también de cámara, además de la progresiva penetración del jazz. Yo aún no había escuchado ninguna obra de Juan Antonio, pero no recuerdo por qué (indudablemente por pistas que él me habría dado) cuando oí su Rapsodia callejera (1956) sentí cuán claramente se conservaba al margen de nuestra corriente nacionalista (que yo no rechazo, sino admiro y amo mucho, pero no así a sus imitadores) y pensé en con qué espíritu tan independiente, original, congruente consigo mismo, creaba él su música, un poco (así me pareció a mí y no sé si diga una barbaridad) “aleteando” en torno a esos grandes estadounidenses, quienes no por su sinfonismo grandilocuente,  desmerecían en la música de cámara que varios de ellos también abordaban (desde Ives, Wallingford Riegger, Carl Ruggles, y más acá William Schumann, Walter Piston, Roy Harris, Henry Cowell, Roger Sessions y un largo etcétera).

Cierro esto precisando tonos: yo, joven y elemental estudiante y amateur de la música, le hablaba de esa música con entusiasmo cálido; él, en cambio, reconocía valores en ella, mas no sin atorones de reservas, pero no recuerdo que me haya desmentido sobre ese “aleteo” que yo le atribuí entre esa nueva música.

Uno de nuestros últimos encuentros sucedió el día 15 de marzo de 1957. El Consejo Técnico de la escuela, a propuesta de la Dirección de Ramón Serratos, con Pedro Michaca como secretario, decidió organizar un concierto de inauguración de cursos de 1957 en el Anfiteatro Simón Bolívar de la UNAM, en el que se entregaría un premio en efectivo a cinco alumnos, como estímulos por su aprovechamiento en sus estudios durante 1956.

Esos alumnos fueron y participaron en el concierto, en este orden de aparición: Manuel Henríquez (no el trascendental compositor del mismo nombre, sino un estudiante avanzado de piano y composición que tocó una sonata de su creación, bella, que me sonó bien estructurada y con mucha musicalidad, pero absolutamente apegada a la época y al estilo de Johannes Brahms a la mitad del siglo XX); Andrés Acosta, un muy joven y brillante estudiante de piano, que interpretó tres intermezzos de Brahms; Lazlo Moussong (quien aquí habla) por mi investigación teórica que derivó en un ensayo que titulé “La escala como alfabeto del lenguaje musical”, del que leí un resumen; la soprano Yolanda Delgado, quien cantó a Fauré, Duparc y Debussy, y —como cierre magistral— Juan Antonio Rosado, quien estrenó su Rapsodia Callejera, interpretada por un conjunto de alientos y percusiones formado con alumnos de la escuela, instrumentistas que, evidentemente, habrían ensayado y sido preparados con la dirección del propio compositor. Al respecto, él también hace una referencia en la grabación de su voz.

Esta obra que 60 años después sigue conservando su frescura y —digamos— su original personalidad, como lo demuestra la nueva versión plenamente profesional dirigida por el maestro Sergio Cárdenas, me demostró lo completo, lo ubicado, consciente y lúcido que ya era este excelso nuevo compositor en 1956, año señalado como el de su creación. Fue un gran gusto personal y un honor para mí que Juan Antonio Rosado me haya privilegiado con su actitud amistosa.

16 de junio de 2016

*Texto de la presentación del CD doble con quince obras musicales del compositor puertorriqueño-mexicano Juan Antonio Rosado R.