Por  Indran Amirthanayagam

 

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OK, te quitaron tu teléfono en la oficina.

Tú que enseñas en la mas importante

universidad estatale de tu estado,

en un país considerado la primera 

potencia del mundo. Pero, sí, eres

de letras. No produces bitcoin o batutas,

ni siquiera mantequilla. Te perdono,

y te llamaré por la noche. Siento

una angustia por no haberte escrito

un libro entero en una noche. No sé

qué hacer con estos sentimientos

de orgullo por tí mi hermano

Abel, tan prolífico y prolijo,

y tu rebano de estudiantes

con cabello dorado 

y senos suculentos,.y yo

aquí con Paolo a lo lejos

y nadie más o menos. 

 

dr) el 17 de mayo, 2018

 

Por Indran Amirthanayagam

 

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Hay que reirse de todo y de nada, deja que las endorfinas solucionen la sopa

del día, que la vuelva un caldo claro, sencillo, y vendido a cinco soles. Así

puede ser factible, la vida en Lima, no importa si los edificios son encrustados

de cenizas impactadas, esa famosa patina oscura de la época de gaz de plomo,

de secuestradores de diplomáticos, de matanzas de paisanos, lo que la memoria

insiste revelar a pesar de las apuestas a un futuro incierto donde las mariposas

y los canarios siguen cayendo como tropas del primer batallón de las especies

del mundo contra el olvido. Así que Limeños, olvidemos y recordemos

nuestros pecados, y dediquémonos a cuidar a nuestros dependientes. Dice

mi estudioso de la selva que nuestros niños no alcanzarán los añs que hemos

gozado en esta tierra. Le respondo que no debemos revelar estos secretos a ellos.

Olvidemos y hagamos lo que podamos: buses inteligentes, ciclovías, mariposas

cultivadas bajo paneles solares, detrás de vidrio transparente, con una huella

ecológica inexistente, mi invernáculo, mi vida, mi bebé, bienvenido.

 
dr) el 15 de julio, 2018

 

Palabras de Jorge Boccanera en recuerdo del poeta Saúl Ibargoyen, recientemente fallecido

Se nos fue un hermano y compañero apenas comenzaba este 2019, mientras armaba algún proyecto para sumar a su extensa y variada obra literaria. El 9 de enero falleció Saúl Ibargoyen Islas, uruguayo con una larga vida en México, tierra que lo acogió como exiliado. Poeta, narrador, periodista, crítico literario, traductor y coordinador de numerosos talleres literarios, había sido homenajeado en 2018 en un Festival Internacional de Poesía realizado en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, donde escritores llegados de diferentes latitudes desglosaron Palabra por palabra –como tituló a una de sus muchas compilaciones- una obra marcada por una búsqueda estética en la que lo formal va del brazo de una mirada lúcida e indoblegable sobre el acontecer social de nuestra América. Esa vasta producción ya había sido elogiada por autores destacados como José Saramago, quien señaló sobre la novela Toda la tierra: “En verdad, hoy no son muchos los escritores a quienes el hombre real, interese tanto”, mientras Juan Gelman se refirió a los textos de Basura y otros poemas como “versos sorprendentes y hondos” dentro de “un lenguaje de limpidez espléndida”.

Leí la poesía de Saúl antes de conocerlo personalmente. Fue, por medio del poeta bonaerense Oscar Raúl Fernando García, quien mantenía correspondencia con el oriental. Cuando el exilio nos reunió en 1976 trenzamos una férrea amistad que duró 42 años en los que compartimos redacciones de diarios y revistas, la coordinación de varias antologías de poesía latinoamericana, viajes, cantinas, y sobre todo un diálogo constante, que si bien tenía un eje en el plano del pensamiento y la creación, nunca estaba exento de informalidad y de humor. Sobra decir que de ese diálogo que a veces se convertía en debate de ideas, siempre salí favorecido por la erudición de Saúl, inficionada por su experiencia política y su arraigo en la “cultura popular”.
Fue un poeta que amasó su obra con sueños y sangre. Un poeta que amasó su obra con indagaciones a fondo de lo humano, tal cual lo hicieran grandes poetas latinoamericanos, empezando por César Vallejo. Eso significa Saúl para mí, un maestro que a través de la amistad, destilaba sabiduría.


El pasado año cumplió sesenta años su libro El otoño de piedra, considerado el primer título donde cobra espesor su voz; lo abro al azar como suelo hacer cuando quiero mitigar el sinsentido y un verso suyo que me interroga (“a quién debo mi sangre”) basta para devolverme la esperanza. Es el poeta que intuye que su voz es un modo de sentir, es furia, es amor y reclamo; en suma, es “sangre” que circula más allá de los sonidos y las palabras.
Alguna vez escribí que uno de sus títulos, Poesía militante es la metáfora del hacer consecuente del poeta, aquel que realiza, a mi entender, la entrevista más a fondo a una realidad que contiene a la imaginación. Así, Saúl interpela a la realidad en distintas exploraciones estéticas que bucean en temas como el tiempo y lo efímero, la figura del padre, el tembladeral de una errancia continua, las ciudades caóticas y la humedad de un eros siempre a tientas sobre la página desnuda; pero por sobre todo la lucha por la dignidad, por la justicia.
Se acaba de ir un amigo, un autor y una obra que, desgajada en varios géneros -poesía, novela, cuento, testimonio, ensayo, crónica periodística y literatura infantil- se alza como una enciclopedia del desgarro; con su visión nada complaciente y con preguntas que nos abisman en ese “barro confuso” que el poeta no deja de escarbar.

 

Las palabras que recoge de un amasijo de tierra, hablan del despeñadero diario, pero también de una idea de comunidad basada en lazos solidarios, de reciprocidad y justicia. Hermano, compañero, cuate, gracias por tanta vida compartida

Jorge Boccanera

La revista realiza este pequeño reconocimiento a Saúl Ibargoyen, mas allá de su reconocida valía creativa, como poeta, narrador, ensayista y crítico social, Asimismo, pues fue un colaborador constante con nuestra publicación, nos acompañó como traductor de poemas del portugués, la entrega de poemas de su propia creación, a lo largo de estos 30 años y la colaboración de enlace con escritores de diferentes partes de nuestro continente.., Fue y es parte activa de la difusión literaria de Blanco Móvil .

Eduardo Mosches  

 

DE MI SE ESCRIBIRÁ…

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Ana Bertha Gómez: “Con nadie aprendí tanto sobre técnica y teoría, pero sobre todo de respeto a todos los estilos poéticos. Una genial actitud de desapego a su propio estilo al transmitir sus conocimientos”. Coincido con Ana Bertha, Saúl tuvo la capacidad de dejar ser a sus alumnos sin imponerse o imponer. Permitió que las vertientes fluyeran por sus propios caminos aun cuando el agua permanecía inevitablemente atada al cauce original. Nos dejó ser de manera respetuosa, pero disciplinada y crítica; jamás otorgando concesiones que demeritaran la esencia de la literatura.

Ulises Paniagua: “Lo que mejor he aprendido de Saúl es a vivir con la poesía a ras de tierra, a ensuciarme las manos con el barro de los versos; es decir, a escribir con la sencillez del hombre o de la mujer común. Yo lo quiero por su integridad, por su inalterable congruencia entre el decir y el hacer, por una postura clara y diáfana que permite conocer su mirada a pesar de las inclemencias del sistema”.

Judith Santopietro: “Ibargoyen es el Poeta y amigo de quien he bebido la poesía política y quien me adentró en la lectura minuciosa del Gilgamesh. Lo más valioso para mí es su amistad de poeta que canta siempre en toda circunstancia, incluso ahora en la decepcionante situación de este país”. 

Juan Carlos Castrillón: “Por la rica vastedad y la profundidad de su obra he apodado a Saúl Ibargoyen como el Tagore Latinoamericano. Valga la analogía para acercarnos al trabajo creativo de uno de los más importantes escritores en las últimas cuatro décadas, el poeta sembrador de poetas.  Cualquier libro suyo es siempre un deslumbramiento libertario ya que él supo apropiarse y potenciar la difícil receta de José Martí. Saber más que los demás, vivir humildemente y tener la compasión y la paciencia que los demás no tienen”.

Katia Palacios: “Tengo sus sabias palabras ensortijadas en los momentos de crisis: De lo que se trata es de salvar el pellejo, nena. Aprecio al maestro, pero también la charla solidaria del amigo que  responde chamánicamente y sabe querer desde la humanidad”.

 

Por Indran Amirthanayagam

 

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Me pides un poema sobre un Completo.

Déjame ver si tengo lo necesario a mano,

digo, un hambre de poca madre,

y una imaginación que cruza fronteras

arrancando pechos de palta y bulbos

de cebolla bañadas en mayonesa

y queso más blanco que esta hoja

llenando, y rápida, con los deseos

que guardo en mi sangre para

ti completo, sin nada de sobras

para mañana o pasado cuando

vuelvas a tu ciudad brumosa

al otro lado del continente.

Si, hablo a ti y de manera

absoluta y plena con manos

de grasa y ojos de yermas fritas

a la pobre, mi amiga completa.

 

dr) el 13 de junio, 2018

 

La revista realiza este pequeño reconocimiento a Saúl Ibargoyen, mas allá de su reconocida valía creativa, como poeta, narrador, ensayista y crítico social, Asimismo, pues fue un colaborador constante con nuestra publicación, nos acompañó como traductor de poemas del portugués, la entrega de poemas de su propia creación, a lo largo de estos 30 años y la colaboración de enlace con escritores de diferentes partes de nuestro continente.., Fue y es parte activa de la difusión literaria de Blanco Móvil .

Eduardo Mosches

 

 

VOZ INCESANTE EN LA PLUMA DE OTROS

 

Atisbaremos aquí algunas palabras sobre la palabra de Saúl Ibargoyen. Ensayos que sobre la obra del maestro fueron presentados en diversos foros. Iniciamos con algunos fragmentos de  la presentación que Ulises Paniagua, también discípulo del escriba uruguayo, hizo del libro “El escriba de pie”, en julio de 2013, y que nos muestra el impacto que la palabra de Saúl Ibargoyen origina en el lector desde la perspectiva filosófica abordando, también, la belleza de la fealdad en la obra ibargoyeana:

 

SOBRE EL ESCRIBA DE PIE Y OTROS VERSOS IMAGINADOS

Ulises Paniagua

2 de julio del 2013

 

La literatura latinoamericana de finales del siglo XX y principios del siglo XXI no puede explicarse sin la presencia poética y narrativa de Saúl Ibargoyen (aunque a algunos les pese); y en especial, no puede comprenderse sin los escribas, los bichos, los pelos y las salivas que el autor integra en su obra completa; y en particular en este poemario, que debe considerarse imprescindible para cualquier estudioso o franco lector de poesía. Los versos de Ibargoyen se atraen y complementan en la más fantástica de las entropías dentro de sus páginas.

Hay libros que dejan precedente, libros que se constituyen en símbolos, en estandartes de una causa, una idea, un desasosiego. El escriba de pie es uno de esos libros. Ignorarlo implicaría traicionar la contemporaneidad de las letras. Adentrarse en él, es internarse a la fascinación que produce leer los mejores sonetos de Quevedo, o contemplar los cuadros de Rembrandt o Gironella; sin  deslindarse de los tremendos claroscuros que podemos encontrar en la meditación interior a través de la poesía sufí, o sufí. Como referencia, acudamos al inicio de El escriba de pie:

No yo no soy el escriba ni el pintor / yo no soy el que manda en las palabras  / Mi nombre no fue encerrado en tinta mortal / mi nombre nunca fue borrado de la tierra.

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Hay tres referentes principales que constituyen el barro de estas letras. El primero, la inmensa carga espiritual en versos como: su puro nombre de paloma / nada tiene de canto… porque el nombre de paloma / nunca fue escrito aquí/  ni palabra alguna lo escribió… La más pura mística oriental.

El segundo, el cuestionamiento social en pasajes como éste: nunca he conocido…/ ni corrupción de desdentados funcionarios/ ni culpas de sacerdotes/ ni crímenes de estado / ni balanzas fraudulentas/ ni orinadas túnicas de rey… El grito rebelde de un librepensador en contra de las tiranías.

Finalmente, el planteamiento existencialista, al  más puro estilo de Sartre o de Simone de Beauvoir, al confesar: No soy el responsable / de que los astros tuvieran / vómitos de humo y fuego negro / ni de que la noche encerrara al mundo…/ No soy el escriba / ni sentado / ni en cuclillas / apenas balbuceante / apenas de pie. / Simplemente no pude mentir.

Una extraña concatenación de filosofías y conceptos, sin duda, las que se encuentran en la alquimia de Ibargoyen; pero en la profundidad y en la contradicción radica el encanto de su poesía. Por supuesto, la voz poética, este misterioso amanuense que se interna en el manejo de los elementos mencionados, integra a su propuesta otras tres virtudes, indispensables en los grandes poetas universales: la sinceridad, el oficio y el ritmo. La poesía de Saúl Ibargoyen nos remite de inmediato a esa honesta musicalidad del lenguaje, a ese canto acompasado que se gesta desde las hermanas tierras sudamericanas. Pocos como él para manejar el ritmo, un ritmo natural, una música libre y sin artificios.

También es importante destacar, en su obra, la eterna búsqueda del feísmo. Así podemos optar por llamarlo. No se trata de una fealdad burda, desafortunada; sino de la fealdad que permea su belleza a través de las más filosas pero perfectas espinas. Hablar de la estética de la espina, de la saliva, de lo pútrido que, en su oscura aparición, pertenece a la equilibrada maquinaria de la naturaleza y a la relación armónica de la vida y la descomposición: sarna de granito, vacas de basalto y pellejos partidos, chacales que fornican entre hierbas, espeso hilo de baba de araña, humo en coagulación; poros y pelos y gases y párpados son sólo algunas de las metáforas e imágenes que el poeta construye sobre esta línea.

Ibargoyen comprende y admira, con mirada científica, incluso, la muerte de todo aquello que perece. De lo que perece de forma natural, desde luego, porque, este combativo escriba se muestra firme en la lucha infatigable para derrocar las vanidades de los emperadores y la futilidad del poder que corrompe y aniquila al mundo; y sobre todo, se erige valiente contra el hambre y el exterminio globalizado, que nada comparten con la idea de la descomposición y las causas que rigen la vida y la muerte cotidianas en el planeta. En este sentido, se cuestiona en muchos versos, esta voz poética, el salvaje comportamiento de seres egoístas y asesinos. Ideas que se han forjado, sin duda, siguiendo las líneas de uno de sus autores favoritos, el Conde de Lautréamont.

Y el escriba, que nunca supo mentir, afinca su estilo en la preocupación perpetua de Lautréamont  de buscar en el hombre mayores virtudes, ajenas a los procesos dictatoriales, a la tortura, a los verdugos de hinchadas cuentas bancarias: ¿Qué poderes se alojan/ en el verbo poder?, nos dice la voz poética, ¿Alguien podrá respirar…/la ácida turbulencia del mundo?/ ¿Podrá multiplicar sus rentas de aire?/ ¿calcular las sumas de su estiércol?

El escriba de pie y otros poemas es un libro completo, redondo, que visita los confines de la entropía física, metafísica y social. Un viaje al microcosmos, al macrocosmos y a la cosmogonía interior del escriba… Vendría poco tiempo después la continuación de este poema, El escriba otra vez, como una persistencia, una obsesión que obligará a la voz poética a mostrarse de nuevo; esta vez asegurando: Yo soy otra vez el escriba de pie/ con un corazón que empieza a herrumbarse /  por decisión de los dioses interminables, en una continuación tan magnífica como el poema que dio motivo a su escritura.

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En el 2010, Francesca Gargallo –escritora, feminista, activista, editora y docente- participó en el ciclo Protagonistas de la Literatura Mexicana, organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, y realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México el 28 de marzo de 2010 dedicado al maestro Ibargoyen. Ahí, Gargallo exploró la erótica faceta del poeta y su relación con la frontera lingüística entre el español y el portugués conocida como portuñol , así como también la experiencia y sino del migrante que tanto Gargallo como Ibargoyen conocían. La ponencia devela, en adición, la triquiñuela con que el maestro nos engañó durante algunos años con sus dos heterónimos: Muahmmud Ibn Al-Mahad y Mishiko Hado:

 

SAÚL IBARGOYEN, POETA DE UNA TÍMIDA Y DESMEDIDA ERÓTICA DE LA VERDAD 

Francesca Gargallo

marzo 2010

Cuando la realidad es desmedida, la poesía no tiene forma de ser equilibrada. El eros, que es pulsión de

 vida y canto necesitado de romper barreras, construye entonces el nexo entre lo final, lo extremo de nuestra experiencia humana: el amor y la muerte, la finalidad y el término, el objeto y su anulación. Pero a diferencia de lo que se cree normalmente, la relación amor y muerte no es sólo la que lleva a Tristán e Isolda a espirar una en los brazos del otro, es también la de la siembra en temporada de seca, es la búsqueda campesina de una semilla que desafíe al desierto o al huracán, es la pulsión de un mejor futuro, es la cotidianidad política del poeta que deja sus palabras para que la gente las haga germinar.

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Tengo el honor de conocer a poetas que desafían la censura implícita en la fama comprada con rodeos. Entre ellos, Saúl Ibargoyen es el erótico pronunciador de las “s” de la vida: sangre, sudor, semen, saliva, sentimientos, saudade, sobrevivencia, suspiros, sonatas, sur son las palabras que pesan en sus poemas, en sus relatos, en sus novelas y aún en esos híbridos novelescos que recogen sus memorias.
Desmedido como quien se libera de lo desagradable permitiendo a la escritura soltar las verdades que se guardan, Saúl Ibargoyen es conocido como “la gran coneja de la poesía uruguaya” por su capacidad de parir literatura: 40 libros de poemas, tres novelas, cuatro recuentos de relatos, una obra teatral, diversas antologías, la impresionante reflexión ético-política-sicoanalítica y literaria contenida en Sangre en el sur. El fascismo es uno solo son la avalancha de escrituras que su fértil pluma nos regala para inscribirlo, y de paso inscribirnos como lectoras y lectores, en el lugar de la vida, en el aquí y ahora que se multiplica en la hondura de los recuerdos, el arrebato de la pasión, la intensidad de la mirada amante.
Y desmedido como quien ha podido cantarle al mundo mejor y al sujeto del deseo carnal, haciendo de ambos un único objeto inalcanzable del deseo, Saúl es también un poeta de la palabra oral. Ha teorizado sobre las “hablas” reales de los pueblos que viven sin reconocimiento pleno, y que la literatura sólo recoge cuando la censura de lo reconocido ya no puede soportarse. Hablas en ocasiones poéticas y, en otras, prosas crudas de las fronteras lingüísticas, las que dicen las flores en el náhuatl castellanizado de Puebla o expresan posiciones en el español brasileñizado de la frontera norte de Uruguay, su frontera, su lugar del habla primigenia, su lugar de políticas necesariamente internacionalistas porque locales.

En La sangre interminable, de 1982, novela que se ubica en la misma área de la frontera lingüística y política de los cuentos de Frontera de Joaquim Coluna, de 1975, Saúl monta, tal y como lo haría un director de teatro, una narración de política, amor y muerte mediante dolores heroicos y cotidianidades laborales que se resuelven en metáforas históricas. Utiliza palabras y situaciones para expresar que entre las habilidades de sus personajes y el significado de sus actos en un clima de represión policial totalizante, se inserta casi como si fuera un personaje insustituible un lenguaje tan coloquial como reinventado por la necesidad de darle grafía al habla de la existencia popular. En Noche de espadas, de 1987, los neologismos, regionalismos, sincretismos son nuevamente los personajes de la trama de una lengua capaz de incorporar una palabra en guaraní y otra en francés para reconstruir la historia mítica y real de un Uruguay que es, en sí, todo él una frontera. En Toda la Tierra, del 2000, la zona de la frontera entre Uruguay y Brasil sigue siendo desde México el espacio donde ubicar la lengua de la utopía de América, la lengua de un mercader musulmán, un cura campesino, todos con algo de indio y algo de migrante, con algo de negro y algo de culto, personajes de un habla que permite al autor inventar el derecho a ser de una compleja América nuestra para no errar en la repetición de lo consabido, según el mandato de Simón Rodríguez.

Así como consagra el habla en su prosa, de manera continua, sin ruptura de sentido, Saúl Ibargoyen se manifiesta como un poeta de la palabra vital en su labor de tallerista y periodista. Saúl es un educador nato. Es un maestro. Un hombre que narra porque sabe, que suelta la imagen en la palabra para explicar, para exponer, para proponer.

Saúl ha escuchado, formado, dialogado a centenares de poetas, despertando en algunas la poeticidad con sus propias palabras, y empujando a otras a no censurarse, a defenderse, a que nada ni nadie logre impedirles dar rienda a lo que las inscribe en el lugar de su ser. Se necesita el entusiasmo del adolescente, la fuerza del militante, la perseverancia del estudioso, el interés del enamorado, el cuidado del amigo, el todo aderezado de despreocupación por el bienestar económico y la atención por la humanidad de la otra persona para lograr una oralidad poética tan constructiva. En Nuevas destrucciones escribe cual quisiera darme la razón:

Alguien sí se adelantó a todos los tiempos

y dijo en su lengua de cantor trashumante

que haría un verso de nada

un verso tomado de palabra sin nacer

de sonidos de árboles partidos

y llanuras incendiadas…

sí aquellos sonidos del tercer verso

de este canto que el viejo cantor

y sus cenizas perdidas

no podrán escuchar

 

La existencia de una musa total no es cosa menor para este poeta que tiene dos heterónimos, un muy místico Mahmud islámico y un amistoso Mishiko Hudo, de sintoísta memoria, con que homenajear insistentemente a la mujer que pone en peligro la seguridad del hombre construido por la sociedad tanto como al poeta que la desafía. En una ocasión Saúl me dijo: “Cuando me enamoro no corro peligro, la imagen nunca es real. No hay musa real. Las musas concretas tienen capacidad de iluminación, pero no son físicamente definidas”.

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La realidad del exiliado es no poder entender cómo ha llegado donde está ni poder ser entendido a cabalidad porque entre él y el mundo nuevo que lo acoge se inserta una especie de espejo humeante –creo que esta imagen mexica de la realidad que despierta a la razón es muy concreta para describir a la emigrante, al exiliado-; de tal forma la expresión del exiliado es la del elemento poético que se devela sólo poco a poco, tras mucho hacerse del rogar. La expresión del exiliado es la de la timidez de la poesía, la timidez que desgarra el velo del silencio sólo gracias al ímpetu de la necesidad de decir para ser.

En El escriba de pie Saúl, con tímida desmesura, escribe:

Pero que oiga el que nunca escucha

que lea o adivine

el de los ojos innumerables:

tampoco ahora soy el escriba…

Sí puedo palpar el frío

deteniéndose en un corazón

que se contrae

entre cáscaras y élitros negros…

Oye tú que aún no encuentras

una casa sonora

para los ecos de tu boca subjetiva

ni cinco huecos en un tubo de hueso

o de caña o de barro

para que una lengua se disponga a soplar:

 

 

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En el 2015, Saúl Ibargoyen me invitó a presentar, en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, una hermosa edición de su libro “Gran Cambalache”. Un libro maquilado como en el siglo XIX, en una imprenta de tipos móviles donde cada letra es un paciente y meticuloso instante de tiempo que el formador deja en cada uno de estos libros como prueba de su, también, poético trabajo:

GRAN CAMBALACHE

Angélica Santa Olaya

Coyoacán, julio, 2015

 

Gran Cambalache es una bella cajita de Pandora donde podemos encontrar la voz poética de Saúl Ibargoyen, inconfundible, rotunda e infatigable, como ya la conocemos; pero manifestándose, esta vez, en una diversidad de formas poéticas que sorprenden y emocionan en un solo libro. No me refiero sólo a los hallazgos tales como un poema a ¿Dos voces? que es un diálogo poético de profundidad ontológica a la manera mayéutica de Sócrates donde la luz del autoconocimiento es producto del cuestionamiento y, aun dolorosamente, aparece a los ojos de la voz poética que decide no llorar. Tampoco aludo, sólo, a esos haikus que se manifiestan intempestivamente, como pequeñas y sabrosas gotas de agua, casi en la parte final del libro. Me refiero también a los reencuentros con algunos poemas ya clásicos y bien conocidos por nosotros, los que seguimos y apreciamos la prolífica obra del maestro Ibargoyen, como lo son El escriba otra vez, cauda resplandeciente de ese bello libro titulado El escriba de pie o el ya también, por él cantado, en diversos foros y momentos y que le da nombre a este libro: Gran Cambalache; homenaje dedicado al músico argentino Enrique Santos Discépolo. Porque al poeta le gusta el tango y el candombe y la milonga como a todo buen uruguayo. Y entre sus tangos preferidos estaba el Cambalache porque su letra, al igual que los versos de Ibargoyen, es universal y atemporal en su incisiva lanza contra la miseria humana.

Gran Cambalache es una joya literaria no sólo por su contenido.  El papel, la tinta roja, las letras que hablan al tacto de los dedos ofreciendo sus pequeños canales y barrigas de papel son testimonio del tremendo cuidado y amor que este libro entraña. Texturas, colores, olores y detalles que delatan una acicalada elaboración que se convierte en delicia para el sibarita amante de la literatura.

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El tango Cambalache  fue escrito en 1934 y es un lamento que se vierte sobre los acontecimientos de la Argentina de entonces denominados la Década Infame, inaugurada y clausurada por dos golpes de estado, y durante la cual las condiciones político económicas de la población fueron precarias debido a los pactos realizados con el Reino Unido que promovieron el desarrollo industrial y, con él, la migración de población campesina a las ciudades. Proceso también conocido en México más o menos en la misma época. Es así que el Cambalache fue escrito poco después de una dictadura, la de José Félix Uriburu, que dejó al país sumido en una gran depresión, y represión, económica y, obviamente, moral. Entre las represiones sufridas se encontraba la del lenguaje lunfardo y las expresiones populares que referían críticamente a la ya mencionada Década Infame. De modo que el tango fue censurado.

No es una casualidad que este libro se llame Gran Cambalache. Parte de la letra de este tango dice, proféticamente: Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… en el quinientos seis y en el dos mil también… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue…  Llegó el dos mil y estamos en el 2015 y el gran merengue continúa a todo lo que da, no sólo en México y Argentina, sino en todo el mundo, como bien lo cantaba Discépolo. ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!… ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!, dice la letra de este tango, y hasta presidente, juez o actor. Porque antes la actuación era parte de la política; ahora son, literalmente, lo mismo, aunque de pésima calidad y sin conocimiento en ambos temas.

El Gran Cambalache de Saúl Ibargoyen comienza con una serie de definiciones de la palabra “cambalache”: Confusión, trueque de poco valor, mitote (esta me gusta mucho porque es muy mexicana y la aprendí desde que era una niña). Y otras más sofisticadas como: “coyuntura social no clasificable” o “mezcla híbrida de tendencias ideológicas o estéticas”, para aterrizar en “mamarracho cultural, político o religioso”. Es decir, un ecléctico, y nada inocente, desmadre. Justo como nuestras sociedades actuales.

Así pues, este conmovedor y poético Gran Cambalache, se ocupa, también de los desmadres que el mundo vive actualmente. La temática no es de sorprender conociendo al poeta Ibargoyen, siempre preocupado por los temas sociales y el estado interior de los hombres que los propician o lo sufren. De este modo, encontramos en este libro poemas llenos de preguntas que no sólo son lamento sino también provocación al bien vivir, a la esperanza:

¿Por qué descender llorando / el espacio que subimos a plena carcajada? / No dejemos que una sucia altura nos domine:... / no que las aguas de un gran río / ensanchen su negror de roncos esqueletos.

 

El poeta sabe que las preguntas son abismos en los que el hombre arriesga la cordura a cambio de un leve resplandor que guíe sus inciertos pasos. Pasamos la vida preguntándonos, extraviándonos, merodeando las verijas de la oscuridad donde habita la duda sólo para darnos cuenta de que somos simples ausencias defenestradas y buscándose. El libro, todo, en sus diversas posibilidades expresivas, es un gran cambalache de preguntas y respuestas que, no como un desmadre, sí como un diálogo, nos conduce de la mano de la poiesis del lenguaje por las veredas de la memoria colectiva e individual de nuestro desmadre material y espiritual.

Lo que importa en la poesía no es la plasticidad en sí, sino la imagen plena de acaeceres, henchida de vibración, dice Johannes Pfeiffer. Y la poesía de Saúl ibargoyen es precisamente imagen que vibra, a veces con rudeza, a veces con áspera ternura, al cobijo de la forma que es, más bien, el pretexto para que el Ser exprese las íntimas inquietudes del alma. Y esas inquietudes, en el caso del maestro, son casi siempre colectivas. Se ocupan del otro y del paisaje en el que ese otro encuentra el espacio de su fenomenología intuitiva y cosmogónica. Ese espacio que, consciente o inconscientemente, ha convertido en el patíbulo donde, día a día, sucede un Suicidio Anunciado, como se titula uno de los poemas más duros en el que nadie ve el rostro de una mujer diluyéndose peligrosamente en las calles de una ciudad horrible donde caminar puede significar buscar la tumba, en una vereda, acera o banqueta, sin saberlo. Este poema me causa una gran impresión reflexiva pues los acontecimientos mundiales de los últimos tiempos me han llevado a pensar en un suicidio terráqueo globalizado. Porque una sociedad que violenta, tortura y asesina a sus mujeres, a sus niños y a sus ancianos, es una sociedad que se está suicidando. Sin mujeres y sin niños no hay futuro. Y sin ancianos no hay memoria. ¿Qué quedará entonces? ¿Un ejército de robots que trabajan y repiten: Sí señor.  Sí señor., esperando el momento de la muerte antes de la tercera edad para no causar más sangrías a los bolsillos de los patrones con sus improductivas y enfermas ancianidades? Las ciudades son monstruos donde, hoy, todos somos extranjeros de la propia tierra, e incluso de nosotros mismos, sumidos en el pasivo conformismo de la incertidumbre que degüella la razón:

-¿Escuchas el combate del silencio / en el levantado aire de la cafetería?

-No, sólo puedo oír lo que tú no escuchas.

-¿No estoy aquí? ¿O existo como ausente?

-No te oigo. Ya te fuiste. Tu sombra en el suelo dejó una marca de café.

Sólo eres lo que en algún sitio / tu ausencia recuerda de ti mismo//

-Nada oigo. No importa. Sin pedir permiso / pasaré ahora al cuarto de aseo / y

derrotado el pantalón / me sentaré en el retrete / y no lloraré.”

La poética del espacio, como diría Gaston Bachelard, de este Gran Cambalache es el mundo. No sólo Argentina, Uruguay, México, Palestina, Israel, o Egipto. De hecho, el espacio poético es el Ser que se cuestiona y nos cuestiona con poemas fallidos o tangos fracasados. Es ese plato donde esperan las uvas, ese camino que sueñan los huaraches, esa piedra en que se disfraza la tortuga, el árbol, los perros, la copa, el viento, la noche o la niña cuyas lágrimas alguien de nosotros tendrá que cantar con toda su violencia se convierten en el numen que posibilita la frágil palabra y su cauda de letras con que el escriba, otra vez, nos recuerda que Quieren borrar el sudor de las naciones y que nos pregunta si están cantando los cantores. Hay que estar atentos, porque cantar es el recurso y el arma del que no olvida. Del que se pone en pie, con sus dos voces y su cargamento de preguntas a cuestas y, pluma en mano, sencillamente canta, aunque sepa que Siempre es difícil hablar como cantando.

Las canciones de este Gran Cambalache están llenas de vibraciones que nacen y estallan en el otro quien, en su infinita multiplicidad, posibilita al yo. Lo universal, finalmente, será siempre lo particular, pero para llegar al sitio del encuentro hay que caballear animaleando / entre células que agonizan / entre mojadas palabras y bostezos / entre anchas hojas que protegen / el roncar sagrado de la especie.

Un libro que nos retorna al origen y nos invita a cantar el perfumado vapor de la oscura transparencia.

 

Por Indran Amirthanayagam

 

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Hablar con la mente en otra parte, en la conversación

si en linea, con los dedos y el intercambio de lo cotidiano,

pero pensar igual en su conversión en versos, cómo

el hablar será transformado en algo permanente,

si versos pueden ser esculpidos en una roca

que sobrevivirá erupciones y terremotos antes de caerse

en el mar para estar descubierto después de décadas,

un siglo, por un buceador de tesoros en aquel futuro

sustentable donde te encontrará a ti, escrita en la piedra,

a veinte mil leguas bajo de las aguas. Tú, que cantaba

desde pequeña, montada en la silla de tu cocina

con tu abuelita a tu lado, y tu mama, maestra

en la escuela de la esquina, con la ventana abierta,

que te escucha y dice a sus alumnos, a los otros

maestros, a la gente que camina en la calle:

escucha esa voz, es mi hija que canta.

dr) el 20 de julio, 2018

 

La revista realiza este pequeño reconocimiento a Saúl Ibargoyen, mas allá de su reconocida valía creativa, como poeta, narrador, ensayista y crítico social, Asimismo, pues fue un colaborador constante con nuestra publicación, nos acompañó como traductor de poemas del portugués, la entrega de poemas de su propia creación, a lo largo de estos 30 años y la colaboración de enlace con escritores de diferentes partes de nuestro continente.., Fue y es parte activa de la difusión literaria de Blanco Móvil .

Eduardo Mosches

 

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SAÚL IBARGOYEN

 

La vasta y reconocida trayectoria del maestro Saúl Ibargoyen -poeta, novelista, cuentista, editor, dramaturgo, ensayista, docente, periodista y traductor- de origen uruguayo mexicano está plasmada en un centenar de publicaciones que quedan como legado para la literatura latinoamericana.  Entre ellas destacan Soñar la muerte (1994), El escriba de pie (2003) con el cual obtuvo el Premio Nacional Carlos Pellicer para obra publicada en 2002, ¿Palabras? (2006) que lo hizo acreedor al Premio Nacional de Poesía Juegos Florales de San Juan del Río en 2004, Sangre en el Sur (2007)  y Gran Cambalache de 2013. En 2008 el poeta fue nombrado miembro de la Academia de las Letras de Uruguay, su país de origen, donde recibió, también, varios premios y reconocimientos que pueden consultarse en la página Palabra Virtual donde, también, encontraremos poemas de Ibargoyen en su propia voz.

Saúl fue integrante de la llamada “Generación de la Crisis”, ubicada en Uruguay, entre los años 50 y 60 del siglo XX y radicó en México desde 1976 obteniendo la nacionalidad mexicana en 2001. Fue maestro de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México, SOGEM y director de numerosos curos y talleres literarios en México y Latinoamérica (Taller Juntaversos el más reciente), fungió como editor de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea y Subdirector de la Revista Plural. Nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad “Monseñor Oscar Romero” de El Salvador colaboró en la edición electrónica de la antología 43 poetas por Ayotzinapa publicada en 2015. Recibió el Bastón de Mando de los Pueblos Originarios en el estado de Hidalgo. Su obra fue traducida al inglés, ruso, francés, polaco, coreano, portugués, bielorruso, rumano, árabe, alemán, esloveno, croata, italiano y neerlandés

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ALADA PRESUNCIÓN DE LA SEMILLA

Angélica Santa Olaya

Coyoacán, 13 enero 2019

 

El conocimiento absoluto, no existe, pero hay que buscarlo… Quizá el amor tampoco exista, pero hay que buscarlo, dijo Saúl aquel día mientras hojeábamos libros de poesía y conversábamos de la insustancialidad de las certezas y de la dolorosa materialidad de la injusticia en la intimidad de su estudio, acogidos por la impaciente tibieza de las palabras que asomaban por entre los lomos polvorientos o lustrosos desde los altos libreros de la pequeña habitación.

Me gustaron tanto estas frases que las escribí de inmediato en la memoria de las cosas sustanciales. Faltaba espacio para almacenar tantas sabias y amorosas palabras germinadas por su boca de vate irredento, auténtico hasta la crudeza, terco en su colectivo pensar, amoroso en su áspera, pero límpida ternura. Conversar con Saúl Ibargoyen era beber de una fuente inagotable de sabiduría. Su memoria prodigiosa, la cual conservó hasta el último momento de conciencia, tenía la lucidez y el brillo de una necia luciérnaga que alumbra la oscura realidad.

Saúl tenía la fragilidad física de una libélula y su misma agilidad. Iba de un lado a otro sin cesar a todos los lugares donde la palabra pudiese habitar y ser construida. Volaba de un lado a otro del mundo dejando en el soplo de sus alas el mágico aliento de la poesía verdadera. Esa que sólo existe en los seres que no fingen, que lo dicen todo sin importar las consecuencias.

No soy el escriba

ni sentado

ni en cuclillas

apenas balbuceante

apenas de pie.

Simplemente no pude mentir.

 

Saúl Ibargoyen no le mentía a la poesía porque sabía que ella era su amante más fiel. Entre sus palabras preferidas estaba “pellejo”. Esta palabra y sus derivados son una constante en la obra de Saúl y tengo la impresión de que cada pellejo nombrado por el poeta es precisamente esa piel de la que él se desprende para mostrarse ante los demás a través de su palabra.  Esa cubierta, cáscara o escama, como también le llama, que parecemos ser y que con frecuencia se aleja de las profundidades. Con ella, el entrañable maestro nos alerta acerca de esa apariencia que puede resecarse, desgarrarse o incluso partir y abandonarnos dejando lo esencial intacto. Como la cáscara que cubre la carne jugosa, no siempre gustosa, de un fruto pero que, sin lugar a dudas, constituye la sustancia de su ser y a la que hay que llegar para conocerse.  

Saúl Ibargoyen escribió y escribió, caminó y caminó por los despellejados y violentos territorios de este planeta sin soltar la pluma.  Cada poema, cada cuento, cada novela, cada testimonio, es un intento de conocimiento y autoexplicación.  Cada verso y cada línea la confirmación de que no pudo detenerse en el camino porque es un “animal incesante” que nos regala, paso a paso, la belleza y profundidad de su palabra que invoca los pellejos de todos los lectores, escuchas y aprendices.

Por eso Juan Gelman, quien compartió con él la dura experiencia del exilio además de la amistad, decía que Saúl era un “poeta original” que “suele padecer el embate del silencio que le dedican quienes están afiliados a lo novedoso y no atienden a lo sustancial.”  La palabra de Ibargoyen no fue vacua ni cumplió mandatos de silencio acerca de lo esencial que es, siempre, lo que a todos atañe. Por eso a veces el atronador silencio a su alrededor, por eso la cruenta cáscara de la indiferencia que de soslayo lo miraba, a veces, como se mira la verdad que padece de impudores. Las rasposas “pellejas” en las letras de Saúl no eran tersas y a veces rezumaban mostrando los agrios jugos en que dormita la indolencia. Palabras no aptas para oídos sordos guardados en la caja de las canonjías. Palabras que para el poeta eran un instrumento social. La firmeza de su ideología política marxista-leninista aderezada con el budismo y el sufismo, no era un abalorio sino la viva encarnación de la dolencia por el otro.  En ella no cabía el individualismo ni la falta de amor y esa membrana, tejida con el pensamiento y el sentimiento más desnudos, lo cubrió siempre con la luz que pertenece a los seres que esparcen su vital esencia con la sencilla generosidad de la semilla.

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El poeta Fernando Corona lo ha nombrado, sin titubeos, “el poeta más poeta” porque él y su palabra, entes indisolubles, perennes animales incesantes, eran Poesía. Cuando lo escrito va de la mano de lo andado no hay diferencia entre el poeta y su verso. Imposible distinguir al uno sin el otro. La poesía de Saúl Ibargoyen es inconfundible porque lleva el sello de la autenticidad y de la intensidad con que eróticamente, en el amplio sentido del término, exorcizaba la prolija turbiedad de lo inmóvil. Y, sin embargo, reconocía la belleza aún en lo confuso. Sacaba el agua de la piedra con su cincel de escriba terco que ha decidido grabar su huella indeleble. Y con esa misma humildad del escriba que sólo tiene cincel y corazón, dejó luminosos rastros forjados con recuerdos como hacen los grandes poetas con la tierra que los vio pasar.

 Para Angélica de su presunto maestro y amigo, Saúl Ibargoyen solía firmar -abrazos más, abrazos menos- los libros que me regalaba subrayando, con el “presunto”, la vulnerabilidad de la certeza que en él era cualidad y no defecto. Cuando escribió “Para la amiga y colega” mi corazón dio un vuelco porque sabía que él no hablaba de más ni perseguía la facilidad de algunas sonrisas triviales. Si alguna palabra, sobre mi palabra, creí con la certeza de estar viendo la luz, fue la de él. Porque cuando tuvo que sustituir la sonrisa por el gesto adusto para señalar el abrojo lo hizo y cuando tuvo que empujar el carro de la ajena indecisión lo hizo también con la férrea disciplina que tan bien sabía combinar con la claridad de sus afectos. Corregirnos sin dejar de hacernos sentir su cariño fue uno de sus grandes regalos.

Recuerdo que, al terminar el diplomado de Creación Literaria en la SOGEM, el cual cursé del 2004 al 2006, el maestro invitó, al terminar la última clase, a un pequeño grupo de alumnos, yo entre ellos, a conformar un taller fuera de aulas que, junto con sus enseñanzas anteriores, sentó las bases de mi quehacer literario. Desde ese momento se convirtió en mi guía, en mi gurú. Cuando publiqué mi segundo libro, “El lado oscuro del espejo”, tuve la ocurrencia de solicitar el prólogo de un renombrado poeta que en el texto más bien descalificaba mi trabajo. Totalmente confundida y triste, acudí a mi maestro y le pedí que me diera su opinión y la verdad porque, mi juventud y mi corto camino en el mundo literario, me hicieron trastabillar y contemplar la posibilidad de abandonar el intento de ser escritora. Cuando me llamó, luego de haber leído el libro, dijo: “Tengo que hacerte algunas indicaciones”. Temblé.  Al llegar me señaló una coma de más, un punto y el traslado de un verso a otro lugar del poema donde la música era mejor. Criticó mis tres puntos suspensivos que nunca le gustaron y que son mi maña. “Pero, ¿es publicable?”, pregunté aún incrédula. Me miró fijamente y dijo: “¡Por supuesto que es publicable! ¿Por qué no habría de serlo?” Y escribió la contraportada poniendo el calor de su mano en el hombro de mi temor. Nunca le mencioné el susodicho prólogo. Y, entonces, más que nunca, seguí con toda atención y  hambre sus enseñanzas que no sólo eran literarias, sino principalmente, de vida. La congruencia, la generosidad, la sensibilidad le eran inevitables.

Saúl Ibargoyen sufrió, física y psicológicamente, los golpes del poder desmesurado que transforma a los hombres en bestias indolentes y altaneras.  En junio del 2014, la UNACAR, Universidad Autónoma del Carmen, Campeche, rindió al maestro Ibargoyen uno de los numerosos homenajes de que fue sujeto. Ahí tuve el honor de proporcionar un acercamiento, al público carmelita, sobre su obra y su relación con las cruentas vivencias experimentadas durante la dictadura que propició su exilio en México donde permaneció 43 años hasta su muerte.

El poeta luchó, decenas de años, contra la indolencia y contra los estragos del exceso de poder no solamente desde su literatura en libros como Poesía política, Volver volver o Sangre en el Sur, por ejemplo.  Saúl es admirable porque luchó esgrimiendo la pluma para denunciar las desgracias del abuso de poder en las sociedades y también luchó, de manera directa y personal, en la construcción de una opción de gobierno mejor para las sociedades latinoamericanas. Sólo quien ha vivido en carne propia la tortura y el encarcelamiento, sólo quien sabe lo que es la huida en medio de la noche evadiendo al enemigo, sólo quien ha amado a un país, a una mujer, a un amigo, a un hermano o a una causa con la pasión con que Saúl lo hizo puede escribir desde el corazón el manifiesto amoroso, bien arraigado en la tierra, que lo echó al mundo. Un legado que Saúl desgranó, palabra a palabra, semilla a semilla, a lo largo de los años en su obra literaria. 

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Pero no por esgrimir la pluma como arma se olvidó de amar y cantar a la mujer. Saúl no sólo cantó a la dolencia y al deseo de justicia en el mundo. Amó y cantó a las mujeres que, sin saberlo, paren a veces a los monstruos y a sus víctimas. Les cantó porque son el origen de la esperanza que el poeta tanto busca en los entresijos de las letras. El poeta ama la justicia de la palabra y de las mujeres al crear vida y materia con el amor. Las ama y les canta a todas. A las amorosas, a las malditas, a las polvorientas, a las solísimas, a las enviejadas, a las llorosas, a las eróticas, a las hermosas, a las sacerdotisas, a las extranjeras, a las doncellas, a las deshojadas, a las que viajan en avión y a las encalzonadas. Todas las mujeres y sus empellejados encantos fueron inspiración para la pluma del escriba que canta de pie a su diversa magia en libros como Poemas con amor, Erótica mía, Maldita mía o La musa en calzones.

 

Saúl Ibargoyen es un escritor mayor no sólo por la multiplicidad de sus temas sino por la variedad de géneros literarios que produjo. Novela, poesía, cuento, ensayo, testimonio. Además de ser periodista, traductor, editor, jurado, congresista, conferencista, prologuista, colofonista, incluso presentador de presuntos escritores árabes, activista y, por supuesto, Maestro. Un maestro generoso que compartió su sabiduría y su conocimiento; porque sabiduría y conocimiento no son lo mismo. Sabiduría es más que conocimiento, es intuición, es emoción, es corazón. Yo seguí su huella con fiel interés y amoroso respeto porque no sólo compartió conmigo su saber y conocimiento, sino porque fungió como discreto impulsor-catalizador de mi andar por el difícil mundo literario. De él he recibí no sólo la herramienta y la técnica, sino también la intención del conocimiento propio y de la otredad. Lo más valioso que Saúl me regaló, aparte de su amistad, es la conciencia de la otredad. Saúl no es un escritor del sólo si mismo. Su conciencia colectiva va de la mano de su experiencia y su grandeza humana.

Él, el Poeta. El despellejado que no duerme, el animal incesante, el palabrero de todos los abismos y todas las fronteras, el Escriba de pie que nos enseñó su peculiar y poético  modo de estar y tratar de ser en el mundo, o en la realidad, que es más pequeña que el mundo para nunca olvidar quién se es, junto a la musa, o el muso, que a veces andan por ahí rondando y cantando sus heridas en calzones.

 

 

La revista realiza este pequeño reconocimiento a Saúl Ibargoyen, mas allá de su reconocida valía creativa, como poeta, narrador, ensayista y crítico social, Asimismo, pues fue un colaborador constante con nuestra publicación, nos acompañó como traductor de poemas del portugués, la entrega de poemas de su propia creación, a lo largo de estos 30 años y la colaboración de enlace con escritores de diferentes partes de nuestro continente.., Fue y es parte activa de la difusión literaria de Blanco Móvil .

Eduardo Mosches

EL ESCRIBA QUE NUNCA SUPO MORIR

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DE DÓNDE SOS SAÚL

El poeta y maestro chiapaneco Roberto López Moreno escribió al conocer el deceso de su colega: “Ayer miércoles 09 de enero de 2019, falleció en la Ciudad de México el poeta Uruguayo-Mexicano Saúl Ibargoyen, luchador por las causas justas en América y en el mundo.”

 

TANGO PARA SAÚL IBARGOYEN

Domador de distancias
tu paso ha caminado
por la tierra del hombre,
que se ha vuelto tu paso.

¿En dónde está tu casa?
Estará siempre al lado
del camino que traza
compañero y hermano.

De donde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie 
los caminantes.

De donde es esa luz,
la que compartes
entre tus versos 
de cerebro y corazón.

Poeta generoso
de poemas alados,
luna y sol del camino,
norte y sur decantados.

Hoy quiero saludarte
con las riendas de un tango.
Ibargoyen, hermano
que renace entre cantos.

De dónde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie
los caminantes.

De donde es esa luz
la que compartes,
entre tus versos
de cerebro y corazón.

Bandoneón de bacanes,
de garufas de otarios
que se espiantan fayutos 
porque vos sos el tango.

 

R.L.M.
México. América.
09 de enero de 2019.

 

 

MI ÚLTIMO ABRAZO A SAÚL

Francesca Gargallo

enero, 2019

Su hija Itzel me escribió el lunes por la mañana algo así como “o vienes a despedirte del poeta o ya nunca más podrás hacerlo” y yo me lancé a la casa donde Saúl Ibargoyen vivió los últimos 20 años de su vida con el último gran amor de su vida, Mariluz Suárez.

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Recibí el mensaje mientras estaba en Ciudad Nezahualcoyotl, leyendo una tesis de un joven amigo; es probable que aprendí de Saúl a estar siempre dispuesta a a leer a los más jóvenes, a escucharlos, a reconocer su fundamental importancia para la literatura. De ahí me lancé a Coyoacán cambiando tres metros y una pesera porque de Saúl yo recibí afecto a lo largo de casi cuatro décadas, así como enseñanzas y mi inserción en el mundo literario mexicano. Fue el primero que me publicó un artículo y que insistió en que siguiera escribiendo literariamente a pesar de estar estudiando una maestría y trabajando.

Saúl ha sido mi amigo por 38 años, a veces tan cercano que, según algunos de nuestros amigos de Plural, fuimos pareja, por ahí de 1981-1982, en otras ocasiones más distanciados, pero nunca distantes, nunca sin interés uno por el otro, cuidando nuestras letras y nuestras emociones. Recuerdo muchos momentos de la vida de Saúl que no fueron sólo literarios, la operación de trasplante de hígado de su hija Itzel a los 18 años, por ejemplo, cuando caminaba de un punto a otro de un cuarto y me hablaba de ella como “una mujer fuerte” para no llamarla niña o hija u otras palabras que la disminuyeran. Le aterraba que viviera una vida rodeada de medicinas, estaba luego muy orgulloso de cómo asumió su salud. Supongo que una de las últimas alegrías de su vida ha sido saber que estaba embarazada.

Recuerdo igualmente otros momentos fundamentales en su vida: su decisión, primero, de volver a Uruguay al final de la dictadura y, luego de ocho años, de retornar a México, su país de elección y amor a la vida. Era un hombre dual, un pisciano, un poeta comunista, un latinoamericano con heterónimo árabe, un amante de la literatura al que le devoraba seguir escribiendo, un narrador que elevó los lenguajes fronterizos a la novela. Era un ser dual, quizás en eso residía también su pasión por México: muchas veces revisamos literatura acerca de que en estas altas tierras del Anáhuac, las divinidades eran mujer y hombre, vitales y mortíferas, diurnas y oscuras y se regían por la regla de que todo es dos y sólo se piensa si se dialoga.

Nunca fue mi maestro, debo ser una de las pocas amigas suyas que nunca fue su alumna, pero fue un guía y uno de los primeros hombres de mi vida que no me trató con displicencia o con la arrogancia masculina del escritor ya famoso hacia una joven que inicia. Lo he visto en muy pocos hombres, quizá sólo en Eduardo Mosches con mi hija, a la que quiere porque la conoce desde que la tomó en brazos, pero que respeta como joven narradora.

Compartimos los momentos de trabajo y entusiasmo por las revoluciones centroamericanas, nunca entendió la radicalización de mis posturas feministas, en particular mi opción por la autonomía, temía que perdiera la sensualidad de la vida y el trato con el mundo. Por el contrario, fue de las personas que entendió con más sensibilidad mi crisis de producción literaria, en los años en que trabajé en la UACM y  los inmediatamente sucesivos. Creo que fue la única época en que sintió pena por mí. Se compadecía de mi crisis creativa, pero no me dejó sola. Nos vimos algunas veces en un café de Coyoacán y me dijo en una ocasión que lo que más deseaba era que le dijera que había vuelto a escribir. Me faltó tiempo para contárselo.

En fin, un pilar en mi vida, el querido Saúl Ibargoyen que nos dejó el 10 de enero en una Ciudad de México más caótica que de costumbre por la falta de gasolina. José Angel Leyva había decidido hacer un programa de radio en la Secretaría de Cultura de la ciudad dedicado a su producción  poética y yo llevaba en el morral algo así como 15 libros suyos (apenas una probadita de su inmensa producción) cuando el tráfico provocado por la crisis de abasto de combustible en la lucha contra el Huachicoleo me impidió llegar a San Ángel desde la Santa María la Ribera. Chin, el Metrobus mismo, a pesar de su carril especial, no se movía.

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Saúl seguramente fue un pilar en la vida de muchas otras personas, tuvo una constante actividad de tallerista, redactor, poeta, conferencista. A lo largo de cuarenta años me he encontrado con alumnas suyas, mujeres y hombres como Juan Carlos Castrillón, que me han revelado que gracias a él nunca cayeron en una poesía sin más sentido que el orden y la asonancia de las palabras.  Igualmente conocí a alumnas suyas que pudieron concienciarse sobre su cursilería gracias a que Saúl ejerció con ellas una ironía falta de agresividad, casi amorosa.

En menos de dos meses, perdí a dos grandes amigos de vida y de letras, mi amada Aralia López, maestra feminista, poeta casi minimalista, y a Saúl, a quien llamaron con cierta sarcástica mala leche “la coneja de la poesía uruguaya” (él se reía mucho del apodo, que en el fondo le gustaba) por su enorme producción. Vivir es también un constante aprendizaje de desprendimiento.

 

¿DÓNDE CABE LA LUZ?

Angélica Santa Olaya

13 de enero, 2019

Hace dos años, el director del taller Juntaversos, Juan Carlos Castrillón, organizó una lectura en un café, de Miguel Ángel de Quevedo, para festejar al maestro Ibargoyen. La esposa de Saúl, Mariluz Suárez, me habló por teléfono y me dijo: “Por favor atenta en la esquina con tu maestro porque va caminando con un maletón lleno de libros. No quiso que yo lo acompañara. La maleta pesa mucho.”  En esos momentos su salud estaba, ya, muy deteriorada, pero se negaba a detener el paso. Le costaba mucho trabajo caminar. Y sí, llegó al evento con una maleta llena de libros para todos. Él, que debía ser el obsequiado, nos obsequió a nosotros. Dar lo hacía feliz. Quienes tuvimos el privilegio de gozar de su amistad y sus preceptos conocemos la cabalidad de su paso y la profundidad de su sentimiento y pensamiento; cualidades que imprimieron a su obra la universalidad y la trascendencia de las cosas que no mueren.

El 9 de diciembre del 2018 tuve la fortuna de ir a visitarlo y encontrarlo despierto y dispuesto luego de aciagos días de enfermedad. Platicamos de literatura, de poesía, de política y del homenaje que le estábamos preparando para enero. Le gustaba conversar de política, de poesía, de futbol y de las cosas simples que habitan la cotidianidad. Hablamos del momento coyuntural que vive México.  Su voz creció, a pesar de su frágil salud, para ensartar mi atención en la aguja con que tramaba, magistralmente, el delicado hilo de la reflexión. Gran conversador de sencillas palabras y hondos temas nos advertía en cada encuentro que el camino no tiene más reserva que la necedad del arrojo y que lo esencial es intangible y está libre de encierros y certezas.

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Estaba muy emocionado por su próximo homenaje y le pidió a Mariluz ir en su representación pidiendo al enfermero que fuera a cuidarlo. Ese día lo disfruté, lo abracé, lo besé –con el permiso de Mariluz- sin saber que sería la última vez, le dije cuánto lo quería y él me entregó un ejemplar de una publicación de haikus de Mishiko Hado y una bolsa llena de libros suyos para regalar el día del homenaje a los asistentes. Al final me mostró uno de sus últimos libros publicado en Francia, bilingüe. Estaba muy contento por esa publicación. Más tarde, Mariluz me llamó para decirme que el poeta se había quedado muy contento y que mandaba decir que se cuidaría mucho para poder estar en el homenaje “Presunta Semilla” aunque fuera en silla de ruedas. Me emocioné mucho sin intuir su veloz partida.

Por todo esto, hoy, luego de caminar con un pequeño sobre en la mano, conteniendo un poquito de sus cenizas para colocarlas en algún lugar de Coyoacán -tal como él lo dispuso haciéndonos partícipes a sus alumnos y amigos de sus últimos momentos materiales en la tierra- no sabía dónde ponerlas. Entre titubeos encontré a Marielle. Le informé que había llegado tarde a la repartición de sobrecitos. Su gesto entristeció, así que abrí mi sobre, corté un pedacito del mismo papel y vacié, ahí, la mitad de las cenizas con la seguridad de que Saúl nos miraba y sonreía.  Caminé algunos minutos sin saber a dónde dirigirme y ningún lugar me parecía digno ni adecuado. ¿Qué lugar es el mejor sitio para la Luz? ¿Dónde cabe la Luz? ¿Cómo separarse de la Luz? ¿Cómo abandonarla? Y de pronto recordé que él no era de ningún sitio y así nos lo hizo saber hasta el último momento dejándonos elegir, a cada uno, donde ponerlo. Diciéndonos, por última vez, que lo que decidiéramos estaba bien. En su última encomienda estaba la libertad que tanto buscó por sobre todas las cosas. Comprendí que, en realidad, mi indecisión era un pretexto para no dejarlo ir. Él fue de todos los lugares, de todos los pasos, de todas las huellas, de todos los aires y aguas del mundo. Él fluyó y nos estaba dejando fluir libremente aún de su mano, pero pidiéndonos, también, la Libertad. Una mata de arbustos verde limón me llamo con su viveza y ahí lo deposité para que fuera, nuevamente, en esas raíces y renaciera como una hoja tierna y luminosa otra vez. Para que continuara su vocación de semilla en una sencilla joya que embellezca el mundo con su transitoria y, a la vez, perenne existencia. Rocié con su amorosa partícula la tierra de todos los otros por los que él siempre habló levantando la pluma y dije: “Gracias, hasta pronto”.

Quede el terco memorial de su obra como ese vuelo que, en compañía de la alada presunción de la semilla, parece cantarnos su epitafio desde donde ahora se encuentra soñando la muerte:

Viajero lector no busques aquí las palabras:

siempre estuvieron en otro lugar…

¿O es que pensamos enseñarle al sol cómo se hace un hilo de sombra?

 

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CON AMOR Y AGRADECIMIENTO

Hasta el reencuentro

 

 

 

 

Por Indran Amirthanayagam

 

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Me dices que ayer la tierra vio un eclipse

y será propicio esta mañana comprar una planta

e introducirla en la casa, al mediodía. Me va a

traer buena fortuna. Me va a sanar los males

psicológicas, me va a hacer feliz cuidandola.

O puede ser igual una mascota, y así seré responsable

de la vida de otro ser vivo. No está mal, enseñar

ser generoso, buscar alimentos, hacer la limpieza.

Y ya sabes lo que que recibiré, ese amor, esos ojos,

esas flores abriendo a la luz. No lo pierdes. Sal.

Busca tu planta, mascota, novia, piedra preciosa,

el poemario de tu padre, aquel que te dio

luz verde, cuyo poeta revisó tus primeros versos

y te presentó con sus amigos, con aquel otro papa,

el barbudo Allen G. Qué suerte y fortuna vives

por haber ido esta mañana a buscar una planta.

 

dr) 11 de agosto, 2018

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