Desde la hamaca 

(Columna)

 

Mercedes Alvarado

 

Por Mercedes Alvarado

 

 

Mosches descubre esta felicidad: cuanto más se

libera un texto más poema quiere ser.

 

 

Eduardo Milán, Prólogo de El río sin orillas.

 

 

Hay una diferencia entre quien escribe poemas y quien ejerce la escritura de la poesía como manera de mirar, de nombrar, pero sobre todo como una forma de asumir la vida.

 

Si bien las antologías son una suerte de repaso a la memoria de un poeta, lo que resulta claro en El río sin orillas, que abarca de 1979 a 2014 en la escritura de Eduardo Mosches, es que es su poesía la que ha resistido a su propia memoria.

 

Porque Eduardo nombra, sí, pero su precisión en el lenguaje compone una suerte de instantáneas que, vistas al paso de treinta y cinco años, reconstruyen lo que ha sido una vida en la que la palabra ha marcado el paso.

 

El amor, el insomnio, la muerte, los árboles, el hambre, la guerra, otras ciudades… todo tiene cabida en la mirada del poeta; todo lo que nombra ha sido parte de un tejer con palabras que se publica en esta edición que en Blanco Móvil celebramos como una declaración de Mosches hacia la poesía que se vive y se escribe.

 

 

La palabra

 

Mi padre grita,

se despierta con dolor,

la cama se ha convertido en su territorio,

gira, se revuelve,

sus talones se hunden en el colchón

como si fuera tierra.

Se adelgaza la vida de mi padre,

la mirada se ha perdido

al interior de sus anteojos.

 

Sus palabras están tejidas con un hilo quebradizo,

se cuartean,

grita de dolor, de rabia,

el narrador de historias y agudezas

se ha quedado sin voz,

el dolor ha reemplazado a la palabra.

 

* Del libro Los enemigos del silencio, 2014.

 

 

La marcha y los círculos

 

Los ventiladores

familiares lejanos e insignificantes

de los helicópteros

son excelentes depredadores

del aire.

Giran lentos

ritmo leve

de blues

un jadear ronco de perro gris

que se cobija lánguido

bajo la sombra

del hombre caminando.

 

Un vaso de agua fresca

está al acecho

debajo de la almohada

sueños.

 

Pesadilla es vacío y sed

granos de sal en la garganta

y el aullido interminable del embrión.

 

Convertido el espejo en ventana

las aguas se solidifican

cambian los tiempos

agriadas sales

yerbas varían color

destila rabia de caballos

sólo vigilan

la marcha correcta

de sus circunferencias

quejosos por falta de ángulos.

 

Desechar pañuelos

carcomidos por lágrimas

que la lejanía produce

forma sutil

de soplar las velas

de los amores frustrados.

 

El ventilador continúa

su aburrido vuelo.

 

* Del libro Como el mar que nos habita, 1999.

 

 

V

 

Muñones de palabras

caminan en las calles del cerebro

para jugar seriamente

a inventar las respuestas.

 

Mi lengua y mis testículos

recuerdan sonrientes caderas y tibieza

calor de verso en los cabellos

lámpara apagando rodillas

soldar de pezones en los míos

mientras el beso se recuesta

en el vacío.

 

El avión flota

enredadera y peinar de nubes

para encontrar buscando

el cuerpo a la deriva.

 

 

VI

 

Una herradura se cuece en la cabeza:

los clavos horadan

el sudor de tensiones

en este viajero que encuentra sus valijas

mientras algunas bocas

se embalsaman en pasta amentolada

por tanto atardecer con las rodillas rotas.

 

*Del libro Viaje a través de los etcéteras, 1998.

 

 

Las palabras

 

 

II

 

No brota la inequidad del polvo

ni germina del suelo la aflicción

es el hombre quien la engendra

como levantan el vuelo

los hijos del relámpago.

 

III

 

Ésta es la zona

de los grandes mitos.

Encapuchados Moisés

almuerzan con ojerosos Jeremías

al costado todavía distante

cetrinos y delgados Muhamad

escupen huesos de aceitunas

entre sorbos de rabia.

A nadie se le oculta

la sonrisa.

 

Los músculos faciales tiemblan

y se dedican a llorar

por tantos lamentos

y demasiado muro.

 

Es un lugar soleado

que huele a muerte.

Algunas casas y sus piedras

se han construido

con brazos de números tatuados.

No se comen excesivas frituras

por temor al recuerdo.

Los aljibes se han llenado de lágrimas.

El balde sube y baja

mientras los pañuelos

flamean

en forma de bandera

 con una estrella azul

que comienza a tatuar

en otros hombres

señales de otro estigma.

 

El fruto y las higueras

han comenzado a derramar

leche amarga.

 

* Del libro Tiempos mezquinos, 1992.

 

Por Homero Carvalho Oliva

 

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Poética

La literatura es la perfecta metáfora estelar del tiempo, porque encierra el pasado, el presente y el futuro. Es infinita, como si cada libro fuera tan solo la palabra de un libro perpetuo que se escribe sin cesar. Está en eterno movimiento, nominando los mundos interiores, la vida cotidiana y la búsqueda espiritual, y se transforma en acción si el libro es leído y comprendido; entonces se convierte en una onda imperceptible que intenta interpretar el caos. Cuando el orden definitivo suceda al caos, la literatura ya no será necesaria y nosotros, los seres humanos, no tendremos sentido y los mundos, los soles y las galaxias, desaparecerán, no existirá nada y la nada es la negación de la palabra. Ése será el momento, cuando la Divinidad vuelva a despertar y conjugue nuevamente los verbos, para que todo vuelva a existir.

 

 

Los abuelos

Los abuelos de mis abuelos
no imaginaron cómo era la patria,
porque la inventaban cada día.

En sus sueños

la patria era el hogar,
el techo que salvar de las lluvias de enero
y el árbol elegido para que se transforme

en la madera de la cama de los hijos.

No importaba si no conocían el país,
porque al despertar había que contar los sueños,

conjurando las pesadillas,

con salmos matinales

y tisanas de paja cedrón,
para que la esperanza

no sea enterrada con el hijo de los vecinos,

que murió de viruela y ningún santo pudo salvarlo.

Los abuelos de mis abuelos
no figuran en los libros de historia,
porque no fueron héroes ni villanos,
aunque muchos de ellos empuñaron la espada
cuando los hechos eran más urgentes que las palabras.

Los abuelos de mis abuelos

no despojaron a nadie de sus tierras,
su conquista fue la del territorio de sus amadas
y fueron guerreros de la alborada
alistando los machetes

para cortar el sol en pedacitos.


Hubo artesanos y costureras

entre los abuelos de mis abuelos
y alguno cantó a orilla de los ríos,

mientras otro escribía poemas.


También hubo ganaderos y herreros

y quién sabe qué otros de mil oficios

porque en el pasado los títulos los daba la vida.


Los abuelos de mis abuelos
fueron portugueses, indígenas y españoles,
                        ¿acaso importa?
Importa el amor que nos legaron
y las palabras de este y del otro continente,

con las que narraban el asombro cotidiano.

En mi pueblo, Santa Ana del Yacuma,

la nación de los Movimas,
los nombres de Leónidas y Raquel,

mis abuelos paternos,
son pronunciados por niñas y niños

en las escuelas que ostentan sus nombres
y los de Nemesia y Humberto,

mis abuelos maternos,
son recordados en las cenas familiares.

En los abuelos, raíces mías,

semilla de muchas generaciones,

portadores de mi nostalgia

está el pueblo ausente.

Ellos, viejos sabios,

les contaban cuentos a sus nietos
en los que aparecían y desaparecían duendes y viuditas,
y sus rostros se transformaban en los monstruos de las leyendas.


Los abuelos de mis abuelos

creían en las aves agoreras
y en los cotidianos milagros de la Virgen.


Eran buena gente los abuelos de mis abuelos.
Y aunque no son los héroes de ninguna saga histórica,
la patria no habría existido sin los sueños de mis abuelos.

 

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Homero Carvalho Oliva, Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de cuento en México, 1981 y el Latin American Writer’s de New York, 1998; dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos (1995) y La maquinaria de los secretos (2008). Su obra literaria ha sido publicada en otros países, traducida a otros idiomas y figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales como Antología del cuento boliviano contemporáneo e internacionales como El nuevo cuento latinoamericano, de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrelato, España y Se habla español, México. En poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín y Festival de Poesía de Lima. Entre sus poemarios se destacan Los Reinos Dorados, El cazador de sueños y Quipus. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y es autor de la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España. Premio Feria Internacional del Libro 2016 de Santa Cruz, Bolivia. En el 2017, Editorial El ángel, de Ecuador, publicó su poemario ¿De qué día es esta noche?, Antología de poesía boliviana contemporánea, publicada por Amargord editores, de España y Antología de la poesía amazónica de Bolivia, publicada por Ediciones Sur, de Cuba; editorial Cintra y ARC, de Brasil reeditaron dos libros suyos.

 

Por Estéfano Robles

 

Conformarse con la tarde,
respirar el preludio del ocaso;
no tocar el claxon,
cerrar los oídos.
Sentirse aliviado bajo el rojo del semáforo.
No mirar la billetera
ni pensar en los impuestos.
Al César lo que es del César
y al gobierno todo.
Conformarse con la TV,
con el único vaso de leche;
jamás pensar en la renta.
Leer poesía los jueves.
Pero se dificulta,
todo se dificulta
cuando llegas a casa
y una delicada voz pronuncia:
                                                   “Ya no hay gas”

 

Estéfano Robles (Puebla, Puebla 1992), es un poeta, fotógrafo y dibujante mexicano de formación autodidacta. Se ha presentado por 3 años consecutivos en el complejo cultural “Quita Gameros” de la Universidad Autónoma de Chihuahua con las exposiciones fotográficas sobre la Capilla del Rosario, La Cocina Poblana y la Biblioteca Palafoxiana.
Ha compartido la serie de dibujos surrealistas “La fin absolue du monde” en el Astroseum de Tlaxcala, presidido por el importante académico e investigador Adip Sabag. Estéfano Robles cuenta, además, con una certificación oficial de Nikon –prestigiosa marca de equipo fotográfico– como capacitador de su grupo de asesores en el estado de Puebla.
En agosto de 2018 le fue otorgada la beca literaria del Festival Cultural Interfaz “Atemporalidades, Anacronismos y Emergencias”, celebrado en la ciudad de Oaxaca, México.
Ha compartido sus poemas en diversos diarios de su ciudad natal, en la revista religiosa "Abogado de la Biblia" así como en estaciones de radio de Puebla.

 

Para leer en voz alta

Cesar Gonzalez Chico

César "Chico" Gonzalez

 

Primer Sorbo

… —yo sólo canto en la regadera…

… —yo toco nada más el timbre, y desafino…

… dos lugares comunes para auto proclamarse un inepto musical… lo he escuchado miles de veces a lo largo de los años y siempre me ha parecido una estupidez; no sólo por ser un lugar común, sino porque declararse un inepto musical es, por un lado, declararse menos humano que el resto de los humanos y por otro, es tener en muy poco a la música… y aunque lo primero puede resultar posible –hay humanos menos humanos que el resto-, tener en poco a la música me parece inaceptable…

… una de las cosas más sorprendentes de la música, es que aquello que la gente más admira es la habilidad de alguien para pulsar con destreza un instrumento… eso tiene su mérito desde luego pero no es en sí, la música… en lo profundo, lo que admiramos de un músico talentoso es su mente y su alma, porque es ahí donde la música nace… y esa música recién nacida se traduce a través de los distintos artilugios que hemos inventado para ello… ingeniosos sin duda, pero sólo trozos de madera, piel y metal que no sirven para otra cosa que para traducir algo tan abstracto como una idea musical… pero la música sigue sin existir verdaderamente, incluso luego de pulsar un instrumento… para que la música sea hace falta todo un proceso que, si se le mira bien, parece tener una fuerte dosis de magia y de misterio… una cuerda vibra y contagia el aire a su alrededor que comienza a vibrar en esa misma frecuencia; la vibración viaja como una serpiente hasta introducirse en un oído humano… se activa entonces un complejo mecanismo de relojería que hace que esa vibración se traduzca en eso que llamamos música… la música no existe en ningún otro sitio que no sean nuestras mentes y nuestras almas… y si un músico logra que eso que creó reverbere en su alma o en el alma de alguien más, independientemente de si lo hace en una sala de conciertos o en la regadera de su baño, la música será punto de comunión, factor de cambio, fuerza transformadora, signo de lo humano, refugio y bandera, lágrima y consuelo, risa, festejo y baile… las voces de nuestras mentes y nuestras almas, cantando  juntas...

… ¿quién, digno de llamarse humano, puede no querer unirse al coro?...

   

Segundo Sorbo

… — ¿Mark?...

… era una voz que venía de lejos pero se acercaba, entre esperanzada y lastimera… por supuesto no sospechaba que se dirigiera a mí, pero se escuchaba cada vez más cercana, más insistente…

… — ¿Mark?...  

… hacía un par de días que había llegado a San Luis y era hora de seguir viaje a Chicago…

… a San Luis lo cruza por la mitad el río Misisipi y había un barco que remontaba el río hasta Davenport… era apenas la mitad del camino hasta Chicago, se hacía el doble de tiempo y era mucho más caro, pero en la disyuntiva de viajar en autobús o viajar en barco por el Misisipi por supuesto me embarqué al grito de:

“— Llamadme Ismael”…

… — ¿Mark?, me llamaba ella…

… estaba recargado en la barandilla de la cubierta mirando el río cuando se hizo evidente que era a mí a quien llamaba… me di vuelta y vi una viejita acercarse a una velocidad inimaginable para alguien de esa edad, con los brazos abiertos, lágrimas en los ojos y repitiendo Mark, Mark… me abrazó con fuerza y lloró en mi pecho mientras decía cosas en inglés que no alcancé a entender… yo estaba tan sorprendido que sólo atiné a abrazarla también hasta que dejó de llorar…  luego me hizo un cariño en la cara y se me quedó mirando largo rato, muy de cerca… se ruborizó al caer en cuenta que se había equivocado de persona, pero para justificarse, sacó de su bolsa una foto pequeñita y arrugada y me la mostró… el maldito Mark parecía mi hermano gemelo… incluso me pregunté si en una de esas fatalidades del destino que le gustaban tanto a Dickens, no sería ella mi verdadera madre y yo el famoso Mark…

… volvió a guardar la foto, se disculpó y parecía a punto de marcharse cuando me preguntó si aceptaría una invitación a comer…

… se llamaba Nancy, era de Kentucky, tenía poco más de 70 años, era viuda y estaba de vacaciones… venía con una turba de viejitas bastante rijosas,  que se pasaban la foto de Mark de mano en mano y hacían cara de asombro con nuestro parecido…

… Mark, su hijo, se había marchado hacía muchos años a Europa y no lo había vuelto a ver… de vez en cuando le llamaba o le mandaba un telegrama, pero en esos días tenía al menos tres años de no saber de él… … la foto correspondía a un tipo veinte años mayor, fotografiado a los veintiuno que tenía yo en ese momento…

… comimos, bebimos, nos reímos mucho y me cantó viejas canciones de  Kentucky; las viejitas cantaron a coro los “Greatest Hits Golden Oldies” y luego unas rancheras… ya más en paz le platiqué de mi viaje, de lo largo que iba a ser, de mi intención de llegar a Chicago, de estar ahí algún tiempo para luego cruzar a Canadá y de mis ganas de no volver… me regañó y me dijo que regresara pronto a casa y que no tuviera preocupada a mi mamá… me tomaba del brazo para pasear en la cubierta y me llamaba Mark todo el tiempo…

 … al fin llegamos a Davenport y hubo que despedirse…

… — i love you Mark, me dijo entre lágrimas… Nancy me abrazó, me besó, me estrujó los cachetes y una de sus viejitas compañeras nos tomó una foto abrazados en el muelle de Davenport… se subió llorando a un autobús que la esperaba, y desde la ventanilla me hizo señas de que le escribiera o de que me escribiría…

… cuando volví a México muchos meses después, había cuatro cartas de Nancy esperándome… mandaba fotos de su rancho en Kentucky, de ella con su perro, de ella con su caballo, de ella junto al lago… yo le escribí también algunas veces pero luego Nancy, la viejita de Kentucky, se perdió en la neblina de los años y del tiempo para volverse un recuerdo difuso…  

… muchos años después llegó a mi buzón un sobre… no tenía remitente y sólo contenía dos fotografías… en una de ellas, la que parecía más reciente, reconocí a una Nancy muy anciana abrazando a un señor de pelo entrecano que me resultaba extrañamente familiar; ambos muy sonrientes frente a la torre Eiffel… al reverso decía: “yes, he is Mark”…

… en la otra foto, arrugada y gastada, con un letrero al fondo que decía “Welcome to Davenport”, aparecía Nancy diez años más joven, abrazando a un muchacho de veinte años a quien me costó trabajo reconocer… al reverso decía: “he is Mark too, thks…    

     

Tercer Sorbo

... como a casi toda mi generación la escuela intentó vacunarme fundamentalmente contra tres cosas: el deporte, la lectura y la música… en el caso de la lectura estuvieron a punto de lograrlo hasta que llegaron en mi ayuda un tal Ismael, el arponero Queequeg, Athos, Porthos, Aramis y el Corsario Negro… en el caso del deporte, aunque fui un entusiasta jugador callejero de muy diversas disciplinas, incluido el cricket, el jai alai, la lucha libre, las carreras de avalancha, el water polo y el hokey sobre hielo, creo que lograron su cometido…

… juego dominó con bastante soltura…

… con la música no lo tenían tan sencillo… en mi casa había un piano, cinco guitarras, una batería, congas, maracas, claves, alguna vez un tololoche, muchos discos y mucha gente que hacía uso de ellos… todo el mundo tocaba, todo el mundo cantaba, así que por ese lado estaba a salvo… o eso creí…

… el sistema parecía no querer ser vulnerado así que mandó a su mejor hombre… un músico tan frustrado, tan amargo, tan temible que no me explico cómo sobrevivimos… su nombre debe yacer en algún rincón oscuro de mi subconsciente aunque no su imagen… era un tipo enorme hacia todos lados, con el cabello escaso y grasiento… con unas uñas largas y sucias que hacían tictictictic cuando ponía los dedos sobre el piano… …usaba un traje arrugado como si hubiera dormido con él puesto varias noches seguidas y tenía una voz rasposa y desagradable… todos le teníamos un miedo atroz porque era fácil desatar su ira, sobre todo si tocabas mal alguna nota en las infaustas flautitas que todos recordamos… entonces gritaba, aporreaba el piano, y te hacía sentir un gusano indigno de ser aplastado por su mugriento zapato…

…no aprendíamos mucha música, pero aprendimos a sobrevivir al miedo todos los viernes de una a dos de la tarde…

… sobre todo los viernes, yo tenía que quedarme en la escuela hasta mucho después de la salida de todos los alumnos -privilegios de ser el hijo del director-, así que vagaba por los pasillos de una escuela enorme y desierta… entraba en los salones, me robaba los gises y los útiles olvidados, rayaba los pizarrones… en fin, todo lo que puede hacer un niño de secundaria con mucho tiempo libre…

… una de esas tardes pasando frente al salón de música escuché a alguien tocando el piano… supe muchos años después que tocaba la Elegía en Mi bemol Menor de Rachmaninov… la tocaba con maestría pero con furia, con rencor y también con una inmensa tristeza… al piano mi temible maestro tocaba y sollozaba, como si en la partitura estuvieran escritas notas y sollozos… en pocos minutos aprendí que los monstruos también sollozan cuando creen que nadie los ve, aprendí acerca de la tristeza y de la lástima y que siempre debes llevar contigo un pañuelo para secarle las lágrimas a los cíclopes… 

 

El Poso de Café

... tarde gris para disfrutar lo que reconstruiste en la mañana, sobre las negras ruinas de la noche…

 

 

Por Leonel Granados

 

Nada es más verde que los campos en mis pupilas grabados

los tiempos ahora guardan solo una fotografía en sepia

de aquellos caminos del norte

en sueños logro ver la silueta llamándome

acercarme es extrañar aquella voz cálida

el murmullo del agua del Grande abrazando las grandes piedras

restos de titanes en mítica guerra

senderos de suelos espinosos

prohibidos al tránsito en semana santa

azotar las telas contra la roca era como abofetear a Dios

no recuerdo preguntar  tanto por la lógica de las cosas

ya no recuerdo a ese niño que sufría las gélidas noches

espiando las estrellas, la luna, la noche

entre los espacios de aquellas tablas

bañado de luz espectral

los grillos afinando su violín

la cigarra en un concierto con toda la orquesta nocturna

ronquidos vetustos seguridad me daban

frio…

frio amanecer al sol lo hacían deseable

nada…

nada es lo mismo después de todo

¡Cronos está de visita!

Ha cambiado mi recuerdo pueril

Cada año que en mi vida pasa

un pedazo de ese infante que se fue de casa

dejando el norte, besando letras, versos, y un presente manifiesto

 

Leonel Granados, realizó estudios artísticos en la Escuela Nacional de Teatro, talleres de poesía y narrativa a cargo del poeta Iván Uriarte. Cuenta con más de diez años de experiencia teatral, incluyendo televisión y narrativa radial.
Ha sido incluido en una recopilación de poesía joven del Instituto Nicaragüense de Cultura, con la obra "En el claro del canto se anuncia el amanecer".

Actualmente escribe poesía al igual que algunos micro cuentos, con el anhelo que sus letras lleguen a diversos lectores.

 

Por Abhay K

Traducción por Aurora Piñeiro

 

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Octavio Paz

La historia es una cosa, nuestras vidas son otra…He sobrevivido; es suficiente...

Octavio Paz

Contemplando un bosquejo de sombras

a horcajadas entre dos pasados

mis pies sobre dos barcos

me mantengo a flote

componiendo poemas

Estoy solo en una biblioteca

leyendo libros prohibidos

perdiendo la fe con Voltaire

mientras la biblioteca se desmorona frente a mis ojos

estoy feliz porque he sobrevivido

Me encuentro unos godemiches en París,

no sé qué son,

avergonzado, pregunto a un surrealista

quien responde- “objetos para superar

la profunda soledad humana”

Creo que toda lucha es absurda

pero no puedo decírselo a nadie

así que visito a mi enemigo

quien me llama “traidor”

Neruda me abraza, y me dice “hijo”

Al encontrarme con Buda en La India

en el sendero pregunto

“¿qué es el Ser?” Buda sonríe

y se transforma en un pila

de piedras.

Traducido por Aurora Piñeiro

Carlos Fuentes

El gringo viejo se levanta

de su lecho de muerte

una última vez

con la conciencia tranquila

buscando una región

donde el aire sea transparente

donde la humanidad respire libre

de genocidios

ejecuciones masivas

y la siempre suspensa

espada de Damocles

            de la guerra

            -decepcionado

cierra los ojos

            para siempre.

Traducido por Aurora Piñeiro

Frida Kahlo

 

Espero, alegre, la salida- y espero no volver jamás.

Frida Kahlo

Un colibrí paralizado

con collar de espinas al cuello

sus diminutas alas alborotadas

pintando la tela

un tranvía estrellado

huesos desperdigados

sangre y agua

una rana verde nadando

sus ojos grandes y rojos

una casa azul en la lengua

los amantes merodean

moscas de verano

una dama cubierta de amarillas

mariposas en Manhattan

en la cumbre

de la Gran Depresión

un París malévolo

un Louvre vacío

con solo una tela

rosa y blanca

un elefante barrita solitario

una cama flotante, una silenciosa

Frida yace donde

un rayo de luz salta.

 

Abhay K. (1980) es un poeta y diplomático hindu, y el autor de ocho colecciones de poesía que incluyen El señor de los ocho ojos de Katmandú y La profecía de Brasilia. También es editor de CAPITALS (Bloomsbury), Cien Grandes Poemas de la India (UANL) y New Brazilian Poems (Ibis Libris, Rio). Sus poemas han aparecido en más de sesenta revistas literarias que incluyen Poetry Salzburg Review, Buenos Aires Poetry y Asia Literary Review. Su poema-canción ‘Himno de la Tierra’ ha sido traducido a más de 30 idiomas. Recientemente fue invitado a grabar sus poemas en la Biblioteca del Congreso, Washington DC. Estos poemas son parte de su próxima antología de poemas Los Alfabetos de América Latina.

Traductor
Aurora Piñeiro (España/México, 1970) es Doctora en Letras Inglesas por la UNAM, donde imparte seminarios sobre narrativa posmoderna, literatura gótica y narrativa angloirlandesa contemporánea. Ha publicado artículos académicos sobre autores del siglo XX, así como los libros En el fuego y la miel (2004), Cenicienta. La verdadera historia (2011) y El gótico y su legado en el terror: una introducción a la estética de la oscuridad (2017).

 

Por Homero Carvalho Oliva

 

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Crear un hogar

No es tan sencillo crear un hogar. Cada uno debe traer sus libros junto con sus sombras cotidianas. Las fotos de la familia y los sueños de la tribu. La lista de amistades y las canciones postergadas. Las vergüenzas íntimas y los ángeles redentores. Los fracasos vienen solos y las escasas virtudes aparecerán cuando se las necesite; imprescindibles son los defectos, porque sin ellos no podremos amarnos como se debe.

 

Nosotros

Fuimos tantas veces nosotros,

que me fui olvidando

que tú eras tú y yo era yo.

Hoy después de tantos años,

extraño que tú no seas tú y yo no sea yo.

 

Mi madre

 

Cuando mi madre estaba triste, cantaba mientras lavaba ropa, enjuagaba sus lágrimas con los versos de los boleros de Javier Solís y, luego, iba colgando las prendas en los alambres, que eran como bejucos que se desprendían de los árboles del patio. Llegaban los vientos de agosto y, al atardecer, convertían a los vestidos en fantasmas de lo cotidiano, y las camisas y los pantalones se volvían aves peregrinas.

 

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Homero Carvalho Oliva, Bolivia, 1957, escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional como el Premio latinoamericano de cuento en México, 1981 y el Latin American Writer’s de New York, 1998; dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos (1995) y La maquinaria de los secretos (2008). Su obra literaria ha sido publicada en otros países, traducida a otros idiomas y figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales como Antología del cuento boliviano contemporáneo e internacionales como El nuevo cuento latinoamericano, de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrelato, España y Se habla español, México. En poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín y Festival de Poesía de Lima. Entre sus poemarios se destacan Los Reinos Dorados, El cazador de sueños y Quipus. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y es autor de la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España. Premio Feria Internacional del Libro 2016 de Santa Cruz, Bolivia. En el 2017, Editorial El ángel, de Ecuador, publicó su poemario ¿De qué día es esta noche?, Antología de poesía boliviana contemporánea, publicada por Amargord editores, de España y Antología de la poesía amazónica de Bolivia, publicada por Ediciones Sur, de Cuba; editorial Cintra y ARC, de Brasil reeditaron dos libros suyos.

 

Por Juan Carlos Castrillón

 

 

El Sensei
cruza a nado hacia la otra orilla del océano cósmico
su vida es hoguera perpetua
que conforta pueblos
la muerte-esa hermana entrometida-
se sonroja
ante su propia inutilidad
el Maestro-un héroe de lucidez-
se adelgaza hasta ser nube
respira la vida en verso
reverdece la Tierra-amante favorita-
con su aliento
un coro de musas eclosiona
la obscuridad hermética
mientras la Luna-digna heredera-
solfea mareas de luz
Mi rabia-eterna confidente-
recomienda
gritar
correr
morder
decapitar
escupir acedo
pero un viento seráfico
consigna
que esto es el comienzo:
anuncio titánico
bicúspide efusiva
tantálico epíteto
tácita alegoría
elipsis asentada
idílio genésico
cranear de abrojos
El meollo de mi sangre
es solo un torpe ventrílocuo
del agobio
No hay nada que expiar
en el píloro del siglo
Hoy me sentaré
a llorar
como Gilgamesh
como Filoctetes
como Martín Fierro
como Eliot
por el hombre redivivo
por el soberano de su propio cerebro
por el paladín de dignidad
plañir con alegría
con violento agradecimiento
lloraré pa´delante
hasta la embolia del tiempo
No hay vacío: la exosfera se colma de palabras.

 

Juan Carlos Castrillón nació en México, D.F., el 3 de octubre de 1967. Es egresado de la escuela de escritores de la SOGEM. . Es fundador del Colectivo “ La Decena Trágica ”, mismo que ha dado recitales, ponencias, pláticas y conferencias en numerosos recintos culturales, librerías, preparatorias y colegios.

Es autor de cinco libros de poemas: Datura, Cuaderno de Poeta en Sexto Año, Cantos del Puerto-editorial Eterno Femenino- y Blues de Amor y Odio. Una novela: Homónimo, Treinta Minutos por segundo para Mirarte y no Entender-editorial Eterno Femenino. Y un libro de cuentos: Mejor Arder que Irse Desvaneciendo. También es autor de las antologías Árbol en Llamas (poetas contemporáneos) y La Subversión Poética del Rock (traducciones y ensayos) ambas en Sediento ediciones. Asimismo cuenta con el cd Clandestinos y Nocturnos.

 

Por Alfredo Coello

(Texto y Traducción)

 

          ¿Será necesario

          explicarte

          la sonrisa

          de la Mona Lisa

          para que tú

          me creas

          que el tiempo pasa?

                                 Paulo Leminski / Toda Poesía

 

El poeta vive en la poesía, inunda cír-culos al estilo James Joyce, errabundo de país en país cuando la poesía eslabona todos los intuitos del fabbro, el hacedor de poemas.

Su juego juguetón es solar de adivinanzas poéticas y estructuras sintácticas cuando navegan mudas las palabras en el sonido sordo de su tenor. Poetisa el sabor en el placer cuando a plazos parece pasar de plazo, o por acaso, tendrá la certeza de ser cuasi intraducible a otra lengua que no sea la curitibana brasileña.

Paulo Leminski (nace en Curitiba, en 1944, capital del estado de Paraná en Brasil, muere en 1989) El poeta se gaba de ser isósceles o hipótesis de su propia aventura o epítesis incrustada nadas más y nada menos que en la sombra del verso y el anverso de sí mismo en el Otro verso del migrante liminal. Se dice que su  primer poema lo escribió en latín a los nueve años.

 

en la vida diaria

lo que valía menos

pasa a valer más

cuando desvaría

 

Al mismo tiempo, el poeta ha muerto a los cuarenta y cinco años en su ciudad natal, donde se Cura Todavía en la sed que ni a toda hora es obra y ni toda obra es prima. Y si Curitiba no cura es porque es furtiva. Son tantas las horas y las hojas del escritor que ya no sabemos cuántas. Como suelta el Sol, Leminski suelta su cometa y urde en la poesía neo-concreta, mucho más líquida que concreta  o mucho más descuadrada y lúdica que la poesía concreta de los poetas brasileños capitaneada por Haroldo de Campos y compañía.

Hablando dé: Haroldo de Campos dice que conoció a Paulo Leminski en Belo Horizonte cuando la Semana Nacional de Poesía de Vanguardia. Corría el año de 1963, uno antes del golpe militar en Brasil. “Paulo Leminski se nos apareció, andaría por los dieciocho o diecinueve, un Rimbaud curitibano con físico de judoca, decantando versos homéricos, como si fuera un discípulo zen de Basho.” Luego lo emparenta con Pound. Bebedor de luz e igual vampiro de sueños o poli - lingue  parroquiano cósmico:

 

Por acaso este encuentro

          entre el tiempo y el espacio

          ¿no es más que un sueño que yo cuento

          o entonces un poema que yo concibo?

 

Su poesía viaja mucho más allá de todo enigma (canon), en las tinieblas del dolor y juego de este mundo que nos ha tocado vivir. Después de levantar el verbo sin músculos prepotentes, completa su obra cuando el viento sopla encima del cuerpo poético solar de su poemario póstumo Winterverno. El juego entre inglés-íngles y portugués del invierno, encueva su actitud ante la vida corta que le tocó vivir al poeta en su poiësis. Se decide entonces por esa diosa que sólo dice “besteiras” y habla de las cosas como si fuesen nuevas;

 

La Prosa:

no quise la prosa

apenas la idea

una idea de prosa

en esperma de trova

un orgasmo

una babosa

 

una poesía porosa.

 

 En sus múltiples claves al abrir la puerta lúdica de su poesía, la porosidad une suerte y teje  palabras inconexas acaso creativas en el goce de vivir: “donde nada dura / donde para/ para ser ventura.”  Y también nada en la aventura, de pechito. La nata-ción Nación nadadora de piedras y mar tropical brasileirísimo: donde nada dura… al mismo tiempo permanece.

 

yo quería tanto

 

ser un poeta maldito

la masa sufriendo

mientras yo profundo medito

 

yo quería tanto

ser un poeta social

rostro quemado

en el aliento de las multitudes

 

y ya vez

heme aquí

poniéndole sal

a esta sopa aguada

que apenas alcanzará para dos.

 

Aquí está atrincherado el guerrero con su Poesía-Pessoa  y en su mano arden piedras y poemas, remaleras cargadas de versos cortos y singulares. “Sin demagogia – opina la escritora brasileña  Ligia Fagundes -, con amor y humor, talento y lucidez  va abriendo caminos en la selva salvaje del lenguaje, en el repertorio caótico de nuestras cabezas mutiladas. Destila un todo de sabiduría y sus gotas de poesía, son colirio para nuestros ojos contaminados.”

 

en la lucha de clases

todas las armas son buenas

piedras

noches

poemas.

 

Son pocos los poetas que se han aventurado a cruzar la cuerda floja de las corrientes poéticas brasileñas. Leminski es uno de la banda más radical y sugerente, no sé, me gustaría aparejarlo a Torquato Neto, un poco aunque no tanto a Ferreira Gular y a uno que otro perdido en la nave de los locos. Leminski extiende la mano de su imaginación poética y arroja piedras, noches y poemas junto a la “generación del mimeógrafo” en contra de las élites de vanguardia poética, en medio de la dictadura militar más fascista del cono sur.

La última vez que nos encontramos en Londrina, Paraná, estaba traduciendo con su banda, el Paradiso de Lezama Lima. Conversamos sobre las enormes dificultades de la traducción. Leminski siempre asumió los grandes retos de la traducción, no sé si lo logró. Seguro que sí.

 

aviso a los náufragos

 

   Ésta página, por ejemplo,

no nació para ser leída.

   Nació para ser pálida,

un mero plagio de la Iliada,

   alguna cosa que cala,

hoja que regresa a la rama,

   mucho después de su caída.

 

   Nació para ser playa,

quien sabe Andrómeda, Antártida,

   Himalaya, sílaba sentida,

nació para ser la última

    que todavía no nació.

 

   Palabras que vienen de lejos

arrastradas por las aguas del Nilo,

   un día, esta página, papiro,

va a tener que ser traducida,

   para el símbolo, para el sánscrito,

para todos los dialectos de la India,

   tendrá que decir buen día,

y susurrar lo dicho al oído,

tendrá que ser la brusca piedra

donde alguien dejó caer el vidrio.

¿No es así que la vida és?

 

 

Por José Luis Domínguez

 

 

A Ogawa Shizue.

Heráclito de Éfeso y Zenón de Elea parecen coincidir ante esos hermosos ojos de

                                                                                                                         alcancía,

precisamente ahora que la humedad de la tarde y las gélidas aguas del río Saint Laurent

comparten y entremezclan la dureza de un imponente gris metálico, aquí, en

                                                                                                                 Montmorency.

A dos millas de distancia, desperdigados árboles y un cielo –igual de grises, ambos-

se difuminan en una leve, casi imperceptible, bruma.

 Ante sus pies de infausta geisha y de princesa de eterna primavera,

 la grava y las piedras, al borde del río,

son también de un gris cobalto que hace juego con sus medias.

Sus zapatos, su bolso de mano y su listón en flor que adorna su sombrero blanco

son de un luto ceremonioso

igual que su costumbre de inclinar continuamente su grandeza entre los otros,

en un acto verdaderamente humilde con sus semejantes.

Veo su cuerpo frágil –silente escultura en línea vertical- y lo comparo entonces

con la dulce caña que, al semidoblarse, casi milagrosamente,

le permite al viento hacer con ella la música del alma que armoniza el universo.

Una tira de lana, estrecha y larga y guinda, cuya calidez rompe la armonía

de ese conjunto frío y rígido del mundo en Montmorency,

parece brotarle del pecho como una flor de sangre y cae sobre su espalda

a la que se protege con un longo y, sobre todo, elegante sobretodo blanco.

Qué lejos han quedado las terribles palabras de la abuela hablándole del holocausto,

qué lejos han quedado Hiroshima y Nagasaki aquel seis de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco, a las ochocientas quince de la mañana,

los cuatro mil kilos desplomándose y estallando a seiscientos metros de altura,

y su lento y altísimo,

y su alto y hondísimo hongo de átomos mortales que alcanzó los cuatro mil grados centígrados

que en las pesadillas de su segunda infancia veía repetidamente alzarse ante sus ojos;

la abuela te contó lo decepcionante que había sido entonces

escuchar en la radio la voz del emperador aceptando los términos de la rendición.

-Fue- dijo la anciana hibakusha- casi cortándosele la respiración- como si dios doblase las rodillas.

Y pensar que soldados jóvenes y valerosos habían muerto por combatir

bajo las órdenes de un dios que había exclamado:

-¡En realidad, también soy un mortal!

Qué remota la tierra de su sol naciente,

y qué oculto tras el matorral nuboso ha quedado ese otro sol crepuscular

que el otoño resguarda en Montmorency.

¡Ahh, Montmorency! ¡Ahh, inmenso río Saint Laurent!

¡Tienen el ritmo y la belleza, y un sentimiento de nostalgia, y de tristeza en esta tarde!

Aquí, a orillas del río Saint Laurent, en Montmorency,

se refugian e intercalan las imágenes como un hermoso palimpsesto

en el que se hermanan el río y la flecha metafísicos,

la inmovilidad de una estatua y el soplo mágico del viento,

el pasado que emerge con renovados bríos como un iceberg

y el presente que a la vez a cada instante se hace nuevo y se envejece.

 

 

José Luis Domínguez. Escritor polígrafo nacido en Cd. Cuauhtémoc, Chihuahua, 1963. Es promotor cultural desde 1992, cuando funda el primer Taller literario en su comunidad. Coordinó el grupo filosófico de los Neoexistencialistas y el taller literario “Scripta manent”, hoy llamado “Octavio Paz”. Ha coordinado los talleres literarios en las ciudades chihuahenses de Jiménez, Delicias, Guerrero. Ha fundado, coordinado y sido colaborador de varias revistas literarias del norte de México.

Libros: "Jonás", 1996; "Quinteto para un pretérito", 2000; "El jardín del colibrí", ensayo literario, 2002; el poemario "Los dedos en la llama”; crónica y memorias "El Barrio Viejo de mis recuerdos", 2006. El libro “Diez leyendas de Cuauhtémoc”, 2007. En 2008, la editorial canadiense Lettres des forges le publica “El amor es un tibio, tierno cuerpo de mujer” en francés y español. También aparece el libro “El amor destruye lo que inventa” en el sello de la editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México. Sus textos poéticos también han sido traducidos al inglés y al griego. En el 2009, la editorial veracruzana de Orizaba, Letras de Pasto Verde, le publica el cuadernillo de poemas titulado “Homenajes”. En el 2012, la editorial de la Benemérita Universidad de Puebla le publica el poemario “Palimpsesto”. En el 2013 publica el libro 12 Leyendas de Cuauhtémoc”. En el 2014 publica su poesía reunida “Los dedos en la llama”. En 2016 publica los libros “La otra historia de los menonitas”, “Manual de Poética para Universitarios” y “Dèja Vu y otros cuentos”. Desde hace ya varios años ha trabajado fomentando los cineclubs en varios cafés y restaurantes de su comunidad, además de ser el editor de los trabajos literarios de los alumnos del taller que coordina en su comunidad.

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