Yendi Ramos

 

La carta de Augusto I

Querido padre:

Para borrar el efecto de mi pelleja he oído al idiota. Decía algo así como “que le corten la cabeza por
chillón”. Y nomás me acariciaba la espalda. Mi alma siempre ha tenido arena. Una heredad revolcada,
padre, por sinceros e irremediables nortes. Qué fácil es morder la fantasía, cuando se está solo,
frotándose a ella con aparente sumisión y salvajismo; sin vergüenza ni modo posible de encontrar el
límite.

Carlos Barbarito

5 poemas en prosa de su libro inédito

Cámara de eco

A modo de prólogo

Un escarabajo que arrastra una bola de barro. La imagen estaba en una  enciclopedia descolada, con olor a humedad. Era un niño entonces, delgado y pálido. Páginas más adelante, otra imagen: una calle cualquiera, tal vez en Bagdad, tal vez en Estambul. No recuerdo dónde, lo que sí recuerdo es un hombre vestido de blanco, con blanco turbante y, en la mano derecha, un palo a modo de bastón. Era un niño entonces, vestido con pulóver hecho con restos de otros pulóveres, y zapatos sin lustrar. No me olvido, en aquel libraco, que no conservo, de una fotografía del lado iluminado de la Luna, y en ella nombres: Mar de la Fertilidad, Mar de la Tranquilidad… Por largo tiempo creí que allí había agua y peces a los que daba nombres e, incluso, dibujaba. Esa añorada inocencia, a medias recuperada, y esas labores con lápiz mordido en un extremo –y no otro espíritu ni otra herramienta- concibieron y dieron a luz estas páginas.

C.B.

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