De Memoria de la luz:

 

I

Cielo desgarrado de luz,

lágrimas azules,

las manos del aire,

tenues,

te han dibujado

en los dolores antiguos ya abandonados por el tiempo,

en el tejido donde han crecido ausencias,

olas por donde cabalgan sueños,

tierras extendidas para que la nave,

vencida de horizontes,       

ice de nuevo las velas zurcidas

por donde la voz,

por donde el viento,

por donde la luz recuperen

el trazo que un gesto te ha cincelado

en los ojos.

 

Por Manuel Becerra

 

 

Otra canción de la ballena

La ballena es una isla efímera.

Alberga sobre el lomo, como un buey de mar, un cayo de pájaros.

 

Dentro de ella un manglar se refocila y se empobrece en cuestión de segundos cuando salta, da una contorsión y golpea de regreso la piel del mar.

 

Su corazón es una piedra calcárea que cada tanto vuelve a su punto de ebullición.

 

Tiene un espiráculo sobre su cabeza igual que un pozo en la colina:

Si el brocal se descoloca, cabe la posibilidad de la luz;

 

a partir de entonces la luna descubre en el interior a un hombre barbado

con un gorro de papel periódico asando un bagre en torno a una fogata.

 

El hombre levanta un leño encendido, contra la noche de la ballena, y alumbra sus paladares en cuyos muros está escrita la historia de las estrellas.

 

Su balada oscura de Silicio es tan antigua como la rotación de la tierra.  

Existe otra forma de cantar, pero existe bajo el agua.

 

En otra vida la ballena fue una nube de tordos, un hombre que murió bajo la espada.

 

 

Mery Yolanda Sánchez 

Cascada

Eras la confusión y la magia, la marioneta y los dedos. De golpe la vida tartamudea y te inquietas por los mutilados, si sueñan en los trajes que alargan sus pasos, si sostienen el cosquilleo del lamento. Bailas con los lisiados y la imagen que guardan en el zapato que les estorba.

Por Manuel Becerra

 

 

El cuerpo de mi hija se compone

de agua y de fiebre. De madrugada 

la sonrisa cumple su oscuro oficio.

A la hora del frío y del mercurio

retrocede la mano de la madre

como el mar de la bahía.

Entonces hay que poner paños húmedos.

Sobre sus flecos negros la coronan

la fiebre y el deshielo,

las coyunturas cálidas, la llaga

en el rencor por la vida.

Junto a mí, enfermo y pequeño

su cuerpo le hace de ángel y vuelve del delirio

con llagas en las manos. 

Pienso en esos momentos de poesía y de alquimia

y mi hija me señala a lo lejos un cerro

colmado de pequeñas aldeas y me dice:

mira, un cementerio barcos. 

Por Manuel Becerra

 

 

Crónica de la gente que ama los gatos

Pocas cosas sabemos sobre los gatos. Sabemos que su cabeza es del tamaño de una rosa natural y que es similar en peso y volumen al puño cerrado de un niño. Pero también sabemos que el rostro del gato nunca está en un solo sitio.

Mientras permanece adormecido en las manos de Grecia, mi hija, también está en el árbol de una vida pasada, bebe leche de almendras en una casa en Estambul, cruza a los vagabundos a la otra orilla del Leteo, devuelve con una arcada una bola de cabellos o está donde alguien cincela su rostro para la tumba de un rey.

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